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Raúl
Deustua: la palabra, la esfera
Américo Ferrari
En
la antología que publicaron en 1987 Mirko Lauer y Abelardo
Oquendo con el título Surrealistas & otros peruanos insulares
se lee: "Entre la poesía de difícil acceso material que este
tomo reúne, ninguna es menos hallable que la de Raúl Deustua
(Lima 1921)". No es hallable porque, como decimos de alguien que
no está en su casa, "no se encuentra", no está donde debería
estar, en la casa de los libros que son las librerías y las
bibliotecas; y como subrayan Lauer y Oquendo, "las antologías
ignoran los contados versos suyos aparecidos en revistas,
inclusive su hermosa Arquitectura del poema, solo volumen
editado por el autor, y de la cual se tiraron apenas 200
ejemplares". Heidegger diferenciaba entre publicidad y
publicación: por lo dicho se podría pensar que Deustua va
más allá y rehuye tanto la una como la otra; pero seguramente no
es eso, sino más bien una actitud de reserva y de recato frente
a su propia obra y quizá también una especie de confianza en la
trayectoria necesaria de los poemas como obra destinada a un
público, fuera incluso de cualquier contingente decisión del
autor: esto es, que el destino del poema es encarnar y cobrar
sentido en sus lectores; y que no le toca al autor cortejar al
destino ni molestar a los editores para que publiquen una obra
que, al fin y al cabo, interesa mucho más al lector potencial
que al autor real quien, habiéndola escrito, se supone que la
habrá leído; le basta quedar a la expectativa de que la obra, ya
madura para ir al público, se publique. Y en efecto,
aparte de una quincena de poemas publicados entre 1945 y 1969,
Deustua, en 1980, dio a la imprenta (la imprenta de Hueso
húmero en Lima) Sueño de ciegos, un poemario breve y,
en 1989, Islas, diez poemas más que insulares, aislantes.
Lo que debemos subrayar aquí es que Sueño de ciegos,
publicado en el nE
5/6 de Hueso húmero (Abril-Setiembre de 1980) es uno de
los 10 cuadernillos[1]
que, por sugerencia de Abelardo Oquendo, Deustua mandó a Lima en
1989 para que se publicaran en la editorial Mosca Azul. El
proyecto de edición desgraciadamente se frustró debido a
circunstancias materiales e inflacionarias del todo ajenas al
albedrío del editor y del autor. El destino inscrito en la
trayectoria de la obra viene a subsanar ahora esa frustración.
Es cosa difícil para un crítico tratar de penetrar en el recinto
de esta poesía perfecta y hermética para interpretarla,
explayarla o explicarla sin hacer añicos el recatado sentido y
la arquitectura misma del poema, construcción y forma, aunque
esta forma en el fondo es su sentido: como si uno quisiera
irrumpir en una ciudad sin puertas cuyas murallas fueran de
cristal duro y frágil. Es una poesía sin concesiones a escuelas
y modas literarias, de lectura a veces difícil por su contención
y su sobriedad verbal, por su exclusión inexorable de la
anécdota, pero sobre todo por su exploración del ámbito siempre
extraño de la otra orilla de la vida real: la nocturnidad, el
sueño, la ceguera: lo "invivido", concepto importante y
frecuente en la obra de Deustua. Una vez que uno se mete en esta
poesía oscura lo más que se puede hacer es encender unas
lamparitas que alumbren algún trecho del camino, para tratar de
descubrir, describir y marcar los pasos principales de lo
escrito, subrayar los momentos más intensos de la expresión, las
constantes semánticas, los conceptos, imágenes y símbolos clave,
la visión o visiones dominantes del mundo del poeta y su
reverso: de su reverso especialmente, pues más que del mundo, la
visión que hay en esta poesía es la de la otra cara de este
mundo, la nocturna y sellada que se le enfrenta como la noche y
el sueño sagrados de Novalis se oponen a la luz del día donde el
hombre despierto y fatigado mueve sus diligentes manos: en la
oposición sueño/vigilia se anuda toda una temática compleja
alimentada de intuiciones y obsesiones que podríamos calificar
de metafísicas; algo como la intuición de una unidad anhelada
fuera del tiempo, que se entreteje en los poemas con la
comprobación desengañada del paso indiferente de los años, los
actos cotidianos, las cosas y los útiles que nos acosan y nos
vencen día tras día en la trabajada vigilia.
Notemos, sin embargo, para empezar, que hay en el discurso
poético donde se concatenan estas intuiciones dos vertientes de
la palabra que las plasma en poemas: en la primera, la voz que
dice o canta es anónima; se supone detrás un yo poético pero
éste no se manifiesta casi nunca en su función de hablante o
cantante; lo que el lector recibe es la comunicación de algo
constatado, acá o más allá, presentado a secas o someramente
descrito, una intuición como metafísica de algo que nos llamara
al otro lado de nuestra vida temporal y que a veces en el poema
se presenta como lo "invivido":: "Hay el periplo inhabitado/ la
ardiente imagen que es el signo/ de lo invivido" (Una palabra
intenta definir la esfera..., 5); "Hay un momento en que el
amor se calla" (Tanto ciego bajo el cielo, "Ordenación
del olvido"); "El hombre en su impotencia/ corta el cordón
umbilical y llora" (Tanto ciego..., "Las huellas"); "Así
el nocturno o su regreso a lo invivido (...)/ a lo invisible
donde un ángel/ se burla de los años" (Alguna vez la música,
3). Esos textos, sin dejar nunca de ser intensamente poéticos,
excluyen no sólo toda efusión lírica sino, en cierto modo, el
"lirismo" propiamente dicho, si tenemos en cuenta que lo lírico
se caracteriza por la presencia central de un yo poético que
recuerda o exalta sus propias vivencias en el mundo volcando el
sentimiento en canto: su melancolía, su dicha, su esperanza,
etc. Este yo lírico, y alguna vez elegíaco, sí existe, en
cambio, en la otra vertiente de la obra: aparece esporádicamente
en varios poemas, para después ocultarse tras haber apenas
insinuado su recuerdo, su amor, la soledad en que lo deja el
apremio del tiempo y el diario trajín, los viajes, las ciudades,
los trenes... Está presente sobre todo en La voz interrumpida,
serie de elegías donde la voz del yo del poeta se dirige,
insistente y entrañable, a un tú ausente, quizás ya acogido por
la muerte; así como en el poema "Curiosamente la recuerdo
inmune" de Decía que en la sombra. Hondo y secreto, el
lirismo de Deustua excluye toda efusión y todo patetismo. A lo
largo de la obra, el proceso, que recomendaba Leopardi, de
"enfriamiento" del poema es patente.
Volvamos a la primera vertiente, la de la voz, en modo alguno
impersonal pero sí de algún modo desindivualizada, que dice lo
que nos atrae hacia su centro más allá de nuestra percepción
ingenua e incierta de las cosas; se trata -y es seguramente uno
de los aspectos más importantes en la obra de Raúl Deustua- de
una meditación sostenida sobre la cara oculta de la realidad y
su íntima relación con la palabra humana que la asedia:
Una palabra intenta definir
la esfera, la clepsidra, el tiempo,
palabra vertical, inútil, bella,
rodeada de sí misma,
vuelta al mundo
como el revés de un guante.
Más
bien sílabas
que se aglutinan o fonemas simples
que un hombre inventa, mas la esfera existe,
es transparente y nos perdemos
en su arbitraria arquitectura.
Para nosotros arbitraria y muerta
pues ignoramos la raíz del número,
el sello, el símbolo, y el signo mismo
que en su materia oculta.
(Una palabra intenta definir la
esfera, 1)
Este poema es el primero del más breve de los cuadernillos de
Deustua que es también el primer poemario en el orden en que los
hemos recibido. La misteriosa esfera es objeto de cada uno de
los cinco poemas del cuadernillo y un objeto cada vez nombrado
por la palabra que intenta definirlo, a su vez nombrada como
"palabra", "verbo" o "nombre" en los poemas 1, 2, 3, 4. Por
supuesto que la palabra vertical, inútil y bella, al fin no
define nada, o bien no define la esfera y su centro sino
delimitándola, circunscribiéndola en el poema circular y breve.
Es lo unico que, en su inutilidad, puede hacer la palabra que
ciñe al mundo ()otra,
la misma esfera?) sin penetrarlo: el centro de la esfera es
inalcanzable: "Aspero el verbo que transita, / errado el
tiempo:/ sabemos que la nada / en la vigilia es equilibrio,
/ruptura si la noche nos revela / el centro de la esfera
/inalcanzable / en su tensión de azogue, hermético / lugar que
sólo el sueño sabe." (Una palabra..., 2).
La esfera y su centro
)es
uno de los tantos términos que intentan, si no definirlo al
menos aproximarnos a lo que solemos llamar con un vocablo casi
ininteligible "el ser"? En todo caso el poeta nombra
precisamente al ser, sólo que, paradójicamente, lo nombra para
decir que es el ser el que inventa el nombre: "La esfera es
acerada mas cercana/ a la quietud perpetua, al ser/ que está
inventando el nombre,/ el laberinto donde el hilo/ conduzca
-siempre- a luminosa soledad." (Una palabra..., 3). La
imagen del "laberinto" retoma y explica en cierto modo la
"arbitraria arquitectura" de la esfera que a su vez recuerda la
"arquitectura del poema", título de la única obra publicada por
el poeta. La arquitectura de la esfera y la del poema hecho de
"fonemas simples que un hombre inventa" están relacionadas. Todo
ello arroja una luz oscura sobre lo que en los poemas aparece
como un núcleo de la exploración poético-metafísica de Raúl: el
haz de intuiciones formado por el ser, el tiempo y la palabra
poética se representan en la esfera, habitada por el verbo
calcinado ("Es allí, en esa esfera, donde vive/ el verbo
calcinado por la tierna/ virtud de lo insumiso (Una
palabra..., 4) y por el tiempo: "pasos de amor, mirar de
ciego, esfera / perfecta donde sólo habita el tiempo" (La voz
interrumpida, 5); y se deja adivinar que en cada noche del
hombre se reinicia en el sueño un periplo por las orillas de esa
esfera imantada y cada noche naufragamos mientras ignoremos "la
raíz del número, / el sello, el símbolo y el signo mismo / que
en su materia oculta". Así "la palabra se encierra en el
silencio / y vuelve al núcleo milenario": (Una palabra...
4):
Hay el periplo inhabitado
la ardiente imagen que es el signo
de lo invivido.
Del naufragio
queda
la voz del tiempo estéril, soledad
del hombre en cada noche,
su paso por la esfera multiplica
el silencio y lo impregna,
lo transmuta y el oro es sello inmóvil;
forma de ser -perecedera-
donde todo es el luminoso centro,
morada del sigilo y la aventura.
(Una
palabra...5)
)Morada
a la que el hombre, alquimista de su propio silencio atraído por
el luminoso centro, vuelve siempre, trata de volver, en un
infinible periplo donde cada partida es un naufragio? Volver a
su morada y naufragar en esa vuelta es signo y destino de lo
humano: "El hombre ha vuelto a su morada, a su alambique / que
destila una luz ahogada apenas / por los años"" (Vías también
ciegas, "Escombros"), "El hombre ha vuelto a su morada /
estamos solos y nos corroe el tiempo, / dos sílabas apenas y el
silencio" (Ibid., "Años de luz").
La esfera poética de los versos de Raúl, existente,
transparente, acerada y en las fronteras de la quietud, morada
del verbo calcinado, vía por donde pasa el hombre nocturno en
busca del centro luminoso e incalcanzable, morada a su vez de la
aventura y del sigilo: sello, símbolo y signo oculto en su
propia materia: esa esfera y su centro que se expande por los
poemas es móvil e inasible y su centro está en todas partes y su
circunferencia en ninguna: abarca al mundo y nos abarca a
nosotros por más arbitraria y muerta que nos pueda parecer; y
"el signo mismo que en su materia oculta"
)no
viene a ser, en la escritura misma del poema, materia y signo de
la palabra poética?
Toda la aventura, toda la ventura, en el dominio de la poesía
sucede de noche, diremos, para formular de alguna manera la
enseñanza que sacamos de los versos de Raúl. Y las vías de este
viaje al lugar libre y cerrado de la noche son, siempre, las
vías del sueño: vías ciegas. El sueño y la ceguera corren
parejas. El poeta es ciego, todo el mundo lo sabe, y sólo en la
ceguera poética se puede encender la visión del centro luminoso
que, claro está, no es exclusiva de los que escriben poemas,
simples transmisores: la ceguera es cosa de humanos en el sueño
y no sólo poetas transitan por el sueño, todos los hombres
transitamos por el sueño: "tanto ciego bajo el cielo"... Tanto
sueño por el suelo. Y el sueño vuelve siempre "como una máscara
que en la vigilia/ me permite esperar el otro sueño" (Elogio
de la ruina, 1); es preciso sin embargo destacar que el
sueño como se presenta en los poemas, pero también como puede
suceder en la vida diaria de todo el mundo, no es un simple
fenómeno fisiológico que se dé siempre de noche y cuando
cerramos los ojos para dormir: el sueño de los hombres también
está en la vigilia:
En la máscara atónita del sueño
a veces resta algún fragmento, alguna
señal del tiempo, particularmente
el no vivido, el que se pierde en aras
de la llamada transparencia o sombra:
da lo mismo si el sueño es de vigilia
o si su rostro es la nocturna, hermética
aventura en que se hunde siempre el hombre.
(Decía que en la sombra,
5)
Da lo mismo... "No toda es vigilia la de los ojos abiertos",
dice también Macedonio Fernández, otro que andaba dando vueltas
en torno a la esfera y su centro. Sea como fuere, el sueño, la
noche y el silencio que impregna las palabras en la noche, y
estas mismas palabras que se calcinan en el anhelado centro de
la esfera son motivos fundamentales de la obra escrita: "La
palabra ha inventado el sueño / el sueño la palabra" (Decías...,
4).
Claro que no todo se reduce a este buceo metafísico en
el "Mal de mis noches, mar de siempre" (Vías..., 13), "el
mar inevitable" (Decía..., 8), no todo está en este decir
lo oscuro casi sin sujeto, salvo algunas veces un fugaz
pronombre personal, mi(s), nuestro(s)... Aparte de los poemas
líricos centrados en la ausencia de un ser entrañable a los que
ya nos hemos referido, otras composiciones nos muestran a un
poeta, viajero impenitente entre Ginebra, Viena, Roma y Nairobi,
contemplando ciudades, ruinas, paisajes, estatuas, columnas,
arquitecturas...: "He vuelto a Roma en el invierno. Suman / años
y nadie cuenta mis partidas, / mi constante llegar entre dos
trenes" (Un mar apenas, "Regreso"). Evocaciones de la
cultura griega, Atenas, Mileto, ciudades y paisajes italianos,
Bolonia, Florencia, Padua, Roma, Venecia, Viareggio; viejas
ciudades españolas también, y una mirada más bien fugaz y fría
sobre la desolación y las ruinas de la historia: una partida de
ajedrez que se juega contra el tiempo (Un mar..., "En
jaque"). Y de pronto, dos veces en medio de ruinas y paisajes
italianos, irrumpe entre nostálgica y ansiosa la pregunta por el
Perú:
)Y
el Perú? Su limpia arena de metales
que corro a duras puñadas contra el viento,
que entrego a escondidos olores vegetales,
a familares noches que alimento?
Perú de blandas piedras y altas sierras,
de hombres que uno a uno suman cero
y abandonan la flecha con que yerras
el tiempo, la sombra, el pordiosero.
"digamos...que todo está de pie en la nada" concluye secamente
la voz y concluye de momento la travesía.
Los versos de Deustua son a menudo oscuros en sus visiones,
límpidos y de una sobriedad extrema en las formas de su lisa
arquitectura: como una esfera de cristal transparente y nítido a
través del cual se muestra toda la tiniebla del ser. Lo que se
puede constatar, desde un punto de vista estético, es que en, su
pura sencillez, es muy bello este cristal con toda la sombra
inmóvil que deja traslucir.
La poesía de Raúl Deustua es singular y poco comparable, pero
si nos ponemos a buscar afinidades, y no "influencias"
(concepto, para la poética, calamitoso que en italiano denota
una enfermedad infecciosa bastante conocida) oiremos quizás ecos
lejanos de los clásicos latinos y de la poesía anglosajona de la
que Deustua ha sido siempre lector asiduo (de todos los poetas
que son o han sido, el único que nuestro autor nombra
explícitamente en sus versos es Keats): desde Catulo hasta Ezra
Pound, ambos traducidos por él al español. Y si volvemos la
vista a la poesía contemporánea en lengua castellana, la
"palabra vertical" de Raúl Deustua ofrece correspondencias con
la "poesía vertical" de Roberto Juarroz, y no sólo por cierta
semejanza exterior entre la expresión de los dos poetas sino
por la estructura misma del poema, breve, sobrio y directo en
los dos autores, y también por la recurrencia de intuiciones
ontológicas; Julio Cortázar ha subrayado, refiriéndose a la
"Segunda poesía vertical" de Juarroz, "esa visión totalmente
libre de impurezas (verbales, dialécticas, históricas) que en el
alba de nuestro mundo tuvieron los poetas presocráticos" y "ese
apoderamiento total del ser por la poesía". Algo análogo se
podría decir de la poesía de Deustua. Lo que más separa
seguramente a los dos poetas es la distancia entre la parquedad
de la obra del peruano (poco más de un centenar de poemas) y lo
copioso de esa especie de diario poético que es la Poesía
vertical del argentino. Se podría también rastrear contactos
y afinidades secretas, formales y temáticas, con la poesía de
Borges: formas, símbolos e imágenes, el ajedrez o el laberinto
como metáforas, entre otras; y en España con la obra de José
Angel Valente, por ejemplo. Y con otros. Pero son comparaciones
vanas que interesan sólo a críticos e historiadores de la
literatura: la única afinidad que realmente cuenta es la
afinidad entre el autor y su lector.
Para mí, lector, en ocasiones metido a crítico, Raúl Deustua es
uno de los mayores poetas en lengua castellana en esta segunda
mitad de siglo. Pienso que muchos otros lectores potenciales
podrían pensar lo mismo.
NOTA
[1]
Una palabra intenta definir la esfera, Elogio de la
ruina, Sueño de ciegos, El mar es la memoria, Vías
también ciegas, Un mar apenas, Tanto ciego bajo el
cielo, La voz interrumpida, Alguna vez la música, Decía
que en la sombra.
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