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Wáshington Delgado: la poesía de todos los días
Américo Ferrari
En
la pléyade de poetas que empezaron a escribir y a publicar en el
Perú a finales de la primera y principios o mediados de la
segunda mitad del siglo XX
─
los que aparecen a menudo bajo la denominación de “generación
del 50”─
la de Wáshington Delgado (1927-2003) es una voz original y
señera: original porque el sentido de sus versos a lo largo de
toda su obra poética se origina en el acto mismo de la expresión
que es busca de la palabra justa y nueva sin el menor
rebuscamiento de la originalidad ni de la novelería, y señera
por personal y acendrada en el silencio donde nace en poesía
toda voz auténtica.
Señera y original, la obra poética de Wáshington es
relativamente parca: seis breves poemarios escritos entre 1951 y
1970 y reunidos en UN MUNDO DIVIDIDO: Formas de la ausencia,
El extranjero, Días del corazón, Canción española, Para vivir
mañana, Destierro por vida, seguidos de un largo silencio
hasta Historia de Artidoro (1994), una de sus mejores
obras a nuestro juicio y finalmente, después de un largo
silencio entre 1994 y 2003 (en el silencio nace y crece la
poesía), casi coincidiendo con la muerte del poeta y publicado
en España, el poemario Cuán impunemente se está uno muerto
(2003), título tomado del poema LXXV de Trilce
y que es un sobrio homenaje a César Vallejo. La parquedad
y el recato que caracterizan también a los dos poetas admirados
y queridos por Wáshington, Pedro Salinas y César Vallejo, es sin
duda una virtud de poetas exigentes: exigen ante todo que el
silencio tenga a raya y module la inevitable sonoridad del
canto; al revés de tantos versificadores vociferantes como hay
en nuestra tradición hispánica Delgado, igual que Bécquer en su
tiempo, nos habla en voz baja y medida; nos habla quiere decir
que la poesía se dirige a través del oído al sentimiento y la
inteligencia de un lector siempre singular que es,
inseparablemente, un oidor: uno que no necesita, para oir el
poema, que le griten al oído. Un lector de poesía no es sordo:
sabe escuchar la música callada de San Juan de la Cruz y el
silencio que subyace en todo decir: “Poesía no dice nada: Poesía
se está callada, / Escuchando su propia voz”, ha dicho en versos
inolvidables Martín Adán; y esa voz callada que la poesía
escucha la escucha igual el lector del poema que es, en cierto
modo, un lector del silencio subyacente en toda palabra
auténtica: el lector de silencios es inseparablemente uno que
avizora en el poema la presencia y las formas de la ausencia.
Formas de la ausencia
es el título del primer poemario de Wáshington Delgado fechado
en 1951-1956. Se puede entender que si la ausencia tiene
formas toda ausencia es perceptible en sus formas como es
perceptible todo hueco en lo lleno y toda palabra que declare la
ausencia en la presencia del poema. El primer texto en el umbral
de Formas de la ausencia está dedicado precisamente a un
gran poeta ausente porque lo ausentó la muerte precisamente en
1951, Pedro Salinas a quien Wáshington, como hemos dicho,
admiraba mucho; observemos de paso que a veces se ha achacado al
poeta “una influencia española” que no se percibe o no se ve en
qué pueda consistir, salvo quizá en los primeros poemas, los de
Formas de la ausencia, donde se puede rastrear, y el
propio Wáshington lo ha declarado, la presencia de Salinas,
(pero presencia no es exactamente “influencia”), como hay una
presencia de Vallejo en la obra de los españoles José María
Valverde y José Ángel Valente entre otros; y después en las
composiciones de Canción española, y eso sólo en algunas;
de otro modo desde el siglo XVII hasta nuestros días la poesía
española y la hispanoamericana son ríos confluyentes que nacen
en cumbres paralelas y desembocan en el mismo mar: la poesía de
lengua castellana.
El poema “Elegía”, dedicado a Pedro Salinas visiblemente a la
muerte de éste (Salinas murió en 1951 y el poemario está fechado
1951-1956) con el que se abre la obra poética de Delgado, es en
el sentido estricto de la palabra, como lo declara el título,
una elegía: “Composición poética del género lírico en el que se
lamenta la muerte de una persona o cualquier otro caso o
acontecimiento digno de ser llorado....” (definición del DRA), y
podríamos subrayar de entrada que el tono elegíaco es recurrente
e impregna muchos textos del poeta , entre otros, y muy
dolorosamente en el poemario Artidoro, donde asoma más de
un muerto matado en la historia reciente del Perú; los casos y
acontecimientos dignos de ser llorados son innumerables en la
historia de nuestro país y de todos los países del mundo, pero
es necesario subrayar que Delgado no es para nada un poeta
llorón; de cabo a rabo su poesía es triste e irónica, sin
efusiones y, como en Novalis, en Leopardi, en Baudelaire, en
Trakl, en Eguren, en Vallejo la muerte está en ella, forma de la
ausencia que invade los poemas como una presencia siempre
trenzada con la presencia de la vida. La bella elegía que hace
de pórtico al primer libro parece referir a la muerte de Pedro
Salinas más que a la amada muerta y presente a lo largo del
poemario: Ya nada te despoja de la pura palabra / en que
vivías. Ya no hay más mundo que ése / de tu voz sin tus labios.
/ No nieva. / Ningún paisaje moja / tus ojos apagados. Ninguna
brisa bebe / tu sonrisa cerrada. / Todo es río en tu muerte, /
todo es espuma para el sueño y lentitud de cielo / besado por tu
sombra. Ahora, la elegía se prolonga en los 36 poemas que
siguen y refieren a una muerta, la amada inmóvil como en el
libro de Amado Nervo. Refiriéndose a Salinas ha dicho Wáshington
“Yo lo imité debilmente y escribí un primer libro: Formas de
la ausencia”: en realidad, leyendo y releyendo este primer
poemario del peruano no nos viene a la cabeza el concepto de
“imitación” y menos aún de “débil” imitación aunque sí se puede
hablar de analogía entre el fondo y la forma de la obra de los
dos poetas, ya que Salinas sin duda alguna está presente en la
obra de Delgado; tales analogías se pueden encontrar igual
entre, por ejemplo, algunos textos de Los heraldos negros
de Vallejo cotejados con otros de la poesía de Julio Herrera y
Reissig, y de ellas ya se ha ocupado ampliamente la crítica y
dentro de la crítica el propio Wáshington.
Después del pórtico en homenaje al poeta español el libro
Formas de la ausencia consta de dos partes numeradas I y II,
la primera sin título y la segunda intitulada “Simple memoria”:
las dos constituyen un solo poema de un ritmo libre, sostenido y
riguroso: un solo poema en fragmentos dominado de principio a
fin por la melancolía y el recuerdo, por la melancolía del
recuerdo y la presencia de una ausente.
Tibios azogues goteaban sobre el alba / mientras yo te negaba.
Mientras yo te negaba / equivocando sueños, iluminada muerte /
caía de tus párpados. / No te vi, no te vieron los ojos / del
amor que perdías:
son los primeros versos del primer poema después del introito
dedicado a Salinas y que ahora vienen dedicados a la amada
ausente y hasta el fin de las 35 páginas que ocupa el texto en
la edición de la Casa de la cultura del Perú (Lima, 1970)
guardan la misma mesura, la misma tristeza musitada en tono
menor; podríamos acaso definir estos versos (si cabe definirlos)
como una retórica del silencio hablado frente a la muerte, y es
que el silencio en estos poemas se percibe tanto por debajo de
la palabra como el sonido de las palabras mismas. Hay una
atmósfera de voces apagadas que reemplaza al silencio, dice
el poeta, y “un mundo posible (...) crece en las
palabras que no dijimos nunca. Silencio y ausencia son las
dos obsesiones que vertebran este primer poemario: silencio que
resuena en la palabra, ausencia sellada por la presencia de la
muerte.
En la obra de Delgado el silencio de la muerte subyace bajo
todas las palabras que se dicen en la vida y carga esas palabras
de un sentido trascendente: ascendente a través de toda vida; lo
que expresa el poema es el vínculo indisoluble que religa la
vida a la muerte y a lo largo de la obra la una no es sin la
otra: movimiento análogo al que vertebra casi toda la obra de
César Vallejo. Así en el poema “Yo quiero” en el poemario
Días del corazón: : Viejas profesías hacen leve la
muerte, / el día es un montón de escombros pero yo quiero /
mirar lo que renace (“Yo quiero”); y en el poema
“Conocimiento de las cosas”, en el mismo libro, a través de todo
lo que cae, la oscuridad, el tiempo de la amargura, las horas
del silencio el día sobrevive; todo lo pequeño se levanta y el
poeta marcha entre desconocidos, amigos y parientes que iluminan
la tierra y “construye su país con palabras”. (“Héroe del
pueblo”). ¿Y cuál podría ser la misión del poeta en tanto que
poeta (“mano que escribe y escribe” como dice Martín Adán) sino
construir con palabras? En este sentido Wáshington hubiera
podido reescribir los versos de César Vallejo. “Hoy me gusta la
vida mucho menos / pero siempre me gusta vivir, ya lo decía”; y
es quizá la palabra poética, tan impregnada de muerte, sobre
todo en Historia de Artidoro, lo que más une al poeta con
la vida: con la vida suya y la de los demás. La dialéctica de la
muerte y la vida es una constante en la obra poética de Delgado
y el núcleo mismo de su poesía.
El segundo libro de poemas lleva el mismo título que una novela
célebre de Albert Camus: El extranjero, pero la visión de
esta extranjería es bien diferente. En la obra de Wáshington el
extranjero, el poeta mismo (pero el poeta mismo “en
representación de todo el mundo”, podríamos decir) parece
sentirse como un extranjero en su patria y desde el primer verso
del libro pregunta por ella: Pregunto por mi patria, / por su
noche inacabable y su leyenda, declarándose “olvidado
habitante de una patria perdida”, y a partir de ahí la actitud
del poeta frente a su patria es al mismo tiempo interrogativa y
definitiva en el sentido etimológico de “definir” dónde está la
patria, de “ubicarla”; así el poema intitulado llanamente
“Patria” que se abre con una interrogación: Donde duermen mis
padres / ¿está mi patria? y se cierra en un enunciado que,
aunque declara muerta a la esperanza, se afirma en la espera de
reunirse al fin con sus mayores: Más allá / de la muerta
esperanza / yo te espero / licor dulce, leve tiera / de mis
mayores. La tierra de los padres, en el sentido riguroso y
etimológico de la palabra, es la patria; y hay en estos versos
como un eco del poema de Vallejo “Lomo de las sagradas
escrituras”: “Hasta París ahora vengo a ser hijo. Escucha, /
Hombre, en verdad te digo que eres el HIJO ETERNO”.
Mientras tanto en el siguiente poemario, Días del corazón,
el poeta empieza declarando su adhesión a la poesía: la poesía
es la patria grande, inubicable y universal de todos sus hijos
que re-generan en ella la patria geográfica e histórica: hijos
de sus padres, hijos de su patria e hijos finalmente de las
musas que soplan la poesía y andan dando vueltas por el universo
mundo: La tristeza tiene oídos pero los ojos son de la
alegría / y a la hermosura del universo pertenece el aire de tu
voz, inacabable, y entonces para uno que se pone a caminar
por el mundo y por la poesía, si tomamos un camino u otro da lo
mismo: lo que cuenta no es el camino sino el caminar: Un
camino equivocado es también un camino (...) Y nada son
los días de la muerte.
La patria, la tierra de los padres, regresa insistente,
explícita o implícita, en los poemarios Para vivir mañana,
fechado en 1958-1961, una de cuyas secciones lleva por
título “Historia del Perú”, y Destierro por vida
(1951-1970); podemos observar de paso que los pocos años que
Wáshington pasó en el extranjero transcurrieron entre 1955 y
1958, cuando estuvo haciendo estudios en España, y nos parece
evidente que ese viaje de estudios al país al que el poeta
dedica el poemario Canción española no pueden
considerarse como un “destierro”, o si no cada paso que uno da
en un país extranjero sería un paso en el destierro; en esta
poesía el destierro parece estar ante todo en el propio país del
poeta, quien lo dice claramente en el primer poema de Tierra
extranjera, “Canción del destierro”: En mi país
estoy, / en mi casa, en mi cuarto, en mi destierro, y
remacha en los dos últimos versos: Yo vivo sin cesar / en el
destierro; pero no hay que tomarlo tampoco muy a lo trágico
pues el propio poeta puntualiza en el mismo poema: Me rodea
el silencio y
─alguna
vez─
/ es alegre el destierro;
menos mal aunque el destierro transcurra en el propio país del
poeta.
Volvamos a la ya citada sección de Para vivir mañana:
“Historia del Perú”; el título del primer poema repite el título
del poemario: Para vivir mañana y arranca así: Mi casa
está llena de muertos / es decir mi familia, mi país, / mi
habitación en otra tierra, el mundo que a escondidas miro:
es decir que la casa del poeta se ensancha de pared en pared
hasta abarcar todo el universo mundo, con lo cual los muertos
que llenan la casa son legiones y representan la humanidad
entera: la casa donde vive la humanidad es relativamente grande.
La historia del Perú evocada en estos poemas es amarga (No
hay un pasado / sino una multitud de muertos, dice el poema
“Historia del Perú) pero también esperanzada: si el pasado del
Perú no es sino una multitud de muertos el poeta se vuelve al
futuro siempre posible, entre hombre vivos que naturalmente
conversan con sus muertos; en “Para vivir mañana” hay como una
analogía con El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegría y
quizá también con el poema “Masa” de Vallejo donde todos los
hombres de la tierra rodean al muerto y éste se echa a andar:
“la tierra es ancha e infinita / cuando los hombres se juntan”,
termina el poema “Para vivir mañana”. Mientras tanto el poeta
busca en el valle de sombras que es su país la luz de su pueblo:
Luz de mi pueblo, dulce / sustancia de la carne y el alma, /
¿dónde estás, qué nombre tienes / cómo es tu fuerza? (“En el
valle de sombras”). La luz de su pueblo es visiblemente una luz
que, en el Perú por lo menos, brilla muy poco hoy y entonces no
queda sino la esperanza de que brille mañana: Vivo para
mañana y eso es todo. / Y eso no es nada. Y sin embargo es / la
única luz que alumbra este soneto. (“Difícil soneto” en
Destierro por vida (1951-1970)). La única luz que brilla en
la oscura historia del Perú está en lo por venir. Así lo siente
y lo declara el poeta; pero el porvenir no puede nacer sino del
presente en que se escribe la obra poética de Delgado y hacia
ese por venir el poeta la orienta al afirmar la esperanza en una
patria futura menos llena de sombras y de muerte, como en el
poema “Los tiempos maduros”:
Este tiempo es el tiempo
del desorden y no sabemos
palabra de la vida, sílaba
del amor o de la muerte.
Con nueva voz inventaremos
la esperanza y el fuego.
Escuchad el silencio temblorosos o
alegres
y mirad de frente el aire
cuando crece.
La primera parte de la obra, Un mundo dividido, se cierra
con el impresionante poema “Globe trotter” dominado por un
leitmotiv de principio a fin del poema: He caminado por los
desiertos toda mi vida” (...)
He caminado por los desiertos toda mi vida / y nunca llegué a
ninguna parte.¿Quién
llega a ninguna parte sino al desierto cuando al salir de cada
escuálido oasis se entra en un desierto y otro desierto y otro
desierto? La configuración desértica de la costa del Perú
influye quizá también en la Stimmung angustiada y
dolorosa, aunque también a veces esperanzada, de la poesía de
Delgado.
Este estado de ánimo se prolonga o repercute en la obra poética
ulterior cuya primera parte se cierra con los poemas de
Destierro por vida en 1970. Después, un silencio de 14 años
hasta la publicación de Historia de Artidoro en 1994,
aunque el silencio no concierne a todos los 19 poemas del libro
definitivo, pues las primeras versiones, después revisadas y
corregidas, de los tres primeros habían sido ya publicadas en la
antología Reunión elegida (1987), pero da lo mismo: lo
que menos importa en un poema como en cualquier ser viviente son
las diversas formas por las que ha podido pasar, su proceso de
desarrollo hasta que el poeta ya no lo toca más porque así es la
rosa y así es también el hombre que crea el poema, ya que éste
vive en el tiempo como el poeta o mejor dicho, como dice
Wáshington, el poema vive o se levanta entre el tiempo y los
hombres.
El tiempo, el tiempo. El tiempo donde caen / flores, frutos,
imperios / Y no se salvan. El oscuro tiempo / donde los nombres
brillan. / Entre el tiempo y los hombres / se levanta el poema:
así reza el primer texto de Historia de Artidoro, pero
son “tiempos oscuros en siglos de opresión” añade, como haciendo
eco a la exclamación de Hölderlin: “Y para qué poetas en tiempos
de penuria”: “porque los poetas dicen lo que permanece” responde
el poeta alemán.
Si lo que permanece en el Perú es la penuria y la opresión la
respuesta del poeta peruano es ante todo su denuncia que encarna
ahora en Artidoro y su historia, y esta denuncia implica el
deseo o la voluntad de que lo permanente sea otra cosa: lo
contrario de la opresión y la penuria.
En sus breves “Explicaciones acerca de Artidoro” que introducen
los textos del poemario Delgado dice que quince o veinte años
atrás “Artidoro nació como un nombre cuya sonoridad [le] atraía”
sin que el autor supiera por qué hasta que la sonoridad del
nombre del personaje tomó cuerpo y autonomía: “empezaba a vivir
con carne y huesos propios, con recuerdos suyos, con esperanzas
suyas” y enderazaba la pluma y corregía los textos del autor,
quien acabó por percibir que “la historia de Artidoro se
confundía con la historia peruana o la historia del mundo”: en
suma, un alter ego en cierto modo autónomo y en cierto
modo dependiente de la inspiración y las obsesiones de su
creador en “los tiempos oscuros que nos tocó vivir”; la mejor
prueba de esta “otredad” y esta “identidad” del poeta y sus
personaje son los dos poemas “Prado de la amargura” y “Un
caballo en mi casa” que se repiten idénticos o casi en
Historia de Artidoro y en Cuán imponemente se está
uno muerto salvo, para el primero, una leve modificación del
texto en los dos versos iniciales: “Artidoro se encuentra
despistado /en solitario prado de amargura / y su viejo reloj /
se detiene vencido por estólido, impenetrable sueño” en
Historia de Artidoro, y “Por solitario prado de amargura /
me pierdo y mi reloj / se detiene vencido por estólido /
impenetrable sueño”” en Cuán impunemente se está uno muerto.
Todo el resto del poema es idéntico en los dos poemarios: así
que el yo del poeta y el él de Artidoro se
confunden en un mismo yo; el hecho es que la historia de
Artidoro se confunde mucho con la historia de millones de
peruanos y de hombres del mundo en estos tiempos oscuros
incluyendo al poeta. Este aspecto local al mismo tiempo que
universal es lo que marca la historia de Artidoro pero también
la historia de Wáshington y de todos a quienes nos ha tocado
nacer y vivir en el Perú y su pueblo que, al fin y al cabo, vive
en el mundo y eso desde hace mucho tiempo antes del fin y del
cabo.
El libro es breve: 50 páginas de texto incluyendo las páginas de
títulos de las secciones. Al principio, en el primer poema,
Artidoro es tan sólo un nombre del que brota el recuerdo “de
antiguas esperanzas”: el entusiasmo puro se deshizo en el aire
de la historia; y el segundo texto “Antiguos entusiasmos”,
invadido por la muerte, ni siquiera nombra al personaje, nombra
sólo a la muerte, la muerte de la canción, de la esperanza y de
todos aquellos que están enterrados bajo la tierra del olvido:
de nuevo en el “Todos han muerto” de
la última estrofa del poema reaparece el fantasma de Vallejo y
sus “Todos han muerto” del poema “La violencia de las horas”: en
Vallejo son los muertos de su pueblo, Santiago de Chuco, que el
poeta nombra uno por uno incluyendo a “Rayo, el perro de mi
altura”; en Delgado son todos los que “yacen enterrados / bajo
una tierra leve, / la tierra del olvido”, junto con la canción y
la esperanza. La desesperanza y la muerte parecen acompañar a
Artidoro a lo largo del libro, desde el tercer poema , “Río del
olvido”, hasta el penúltimo en que el personaje aparece como un
desaparecido, anónimo entre miles y miles de desaparecidos y que
sólo recuerda el poeta que le dio nombre y vida en la poesía. La
última sección del libro, “La historia se repite”, comprende un
solo poema: “Elegía en 1965” bien diferente de las primeras
elegías a Cernuda o a la amada inmmóvil: ahora es una elegía “A
todos los muertos extraviados en el mar de la historia” que es
la historia del Perú y es también la historia del mundo en que
vive el Perú.
Y es la historia de Artidoro. Vayamos ahora por partes: en la
primera aparición de Artidoro lo vemos detenerse en alguna calle
de la vieja Lima por las que suele deambular para escuchar la
voz / de los tiempos pasados (...). una canción fugaz, /
río que viene del profundo olvido / y regresa al olvido. Las
calles y plazas de Lima, recurrentes de poema en poema como el
ritmo de los versos que la evocan,
─junto
con su casa donde lo encontramos alguna vez leyendo, fumando,
tomando café en la sección del libro intitulada “La vida íntima”─
son como la residencia habitual de Artidoro el callejero: las
calles de la vieja Lima, el jirón de la Unión o, mejor dicho,
“las ruinas del jirón de la Unión, / clavel marchito / de un
Perú de metal y de melancolía”, la calle de Mercaderes, una
vitrina de Baquíjano, Matavilela y San Francisco... Por esas
calles Artidoro camina hacia la muerte. “Artidoro camina hacia
la muerte” (“Elegía limeña”) por el jirón de la Unión y lo
acompaña en una guitarra un conocido valse criollo: yo te
pido, guardián, que cuando muera / borres los rastros de
mi humilde fosa. / No permitas que crezca enredadera / ni
que coloquen funeraria losa. Esta no permisión está
patentemente declarada en el último poema del libro lleno de
muertos anónimos que “la historia indiferente dejó abandonados”.
La historia indiferente del Perú está señalada o aludida a lo
largo de todo el libro, por donde andan mucho los muertos
desconocidos, pero sobre todo en los dos últimos “capítulos”:
Entrada en la noche y La historia se repite.
Artidoro camina hacia la muerte y en Entrada en la noche
llega casi al destino al que se encamina: entra en la noche de
la historia, anónimo como el soldado desconocido,
sin ser soldado y sin que nadie lo conozca salvo el poeta que lo
crea, que se llama Wáshington y parece ser, ya lo hemos dicho,
como un alter ego de Artidoro: “¿Por quién doblan las
campanas”... ¿: las campanas doblan por ti”: por ti es por
todos, tú, yo, él, nosotros y ellos. En el poema “Última
conversación con Artidoro” sin embargo el personaje,
“maravillosamente salvado de las balas” no muere fusilado “junto
a cien compañeros” sino que, enterrado en una zanja logra salir
de la tumba común y vive un tiempo a salto de mata, y cuando
cesó todo / el odio y el terror, / pudo llevar en Lima
/una vida apacible sin nocturnos temores / una oscura existencia
levemente alumbrada / por una extraña luz que a veces
irisaba / sus gestos, sus palabras breves como relámpagos, /
palabras que escuché, que él acaso escribiera / en papeles
perdidos: como el “poema perdido de Artidoro” en el texto
del mismo título. Se puede decir que el héroe fantasmal que
deambula por las calles del antiguo centro de Lima y por los
poemas del libro Historia de Artidoro hasta que un día,
“después de la batalla”, se muere en su casa, es un héroe que ,
para citar de nuevo a Vallejo, “vive [y se muere] en
representación de todo el mundo”: de cualquier hijo de vecino
del Perú y del propio poeta peruano que lo ayudó a nacer. Los
hijos de vecino somos muchos, los poetas hijos de vecino un poco
menos muchos, pero al fin y al cabo ahí estamos y Artidoro, como
lo presenta su creador es también un poeta aunque “ciertos
versos se perdieron en viajes y carcelerías” y “otros se
corrompieron antes de ser escritos”: hay que decir en descargo
de Artidoro que eso puede pasarle a cualquier poeta.
El último y único poema de la última sección del libro, La
historia se repite, es de nuevo una elegía que lleva por
título “Elegía 1965”; recordemos que la obra poética de
Wáshington Delgado se abre en los años 50 con un poema
intitulado “Elegía” dedicado al poeta español Pedro Salinas,
pero ahora ya no no se trata de una elegía a un poeta muerto
sino a los combatientes muertos y “extraviados en el mar de la
historia”: lleva como epígrafe dos versos de Chocano: “Después
de tanta sangre, no derramada en vano, sólo quedó la nieve
teñida de carmín”, mientras que el poema arranca reproduciendo
unos versos del poema “Masa” de Vallejo ligeramente modificados:
“Después de la batalla, los combatientes muertos / parecen
esperar...” (Delgado): “Al fin de la batalla / y muerto el
combatiente, vino hacia él un hombre” (Vallejo). Los dos poemas
presentan un paralelismo pero mientras el poema“Masa” evoca el
milagro que obra Jesús sobre Lázaro muerto, pero trasmutándolo a
un Cristo colectivo que son todos los hombres de la tierra, en
el poema de Wáshington no obra el milagro ni la utopía:
Después de la batalla, los combatientes
muertos
parecen esperar, con el oído en tierra,
una última llamada o la mano benévola
y amiga de la historia, no el silencio tenaz
que los cubre y oculta sobre un cálido suelo
vanamente poblado de hierbas y guijarros,
árboles y alimañas.
No hay resurrección milagrosa. El Cristo de hoy es la historia y
la historia en la visión del hombre moderno, desengañado de
utopías, lo hace todo, menos milagros : Sobre la tierra
esperan muy tranquilos los muertos. / La historia indiferente
los dejó abandonados / bajo un cielo vacío. Pobres muertos
inermes, / no los abriga el sol ni molesta la lluvia. / Sobre
sus cuerpos rígidos discurren las hormigas / en callado desfile.
Los muertos están muertos y la tierra los acoge, sin más, en
una “morada estable” por fin...y ¿Qué les dicen la inmóvil /
tierra, el distante cielo? Solamente les dicen / que ya no hay
esperanza. En la visión lúcida y amarga que el poeta tiene
de la realidad, de la realidad de la historia y de la vida del
hombre en general podemos entender que en cada hombre que lucha
por la justicia hay una luz de esperanza que se apaga en la
muerte pero no aparece ningún Cristo colectivo que resucite ni
al hombre individual ni al hombre en masa como en el poema de
Vallejo. Delgado lo ve claro y no concede nada al optimismo
retórico o a la retórica optimista: todos nacemos y morimos pero
nada ni nadie renace de verdad sino en la retórica del discurso,
retórica a la que visiblemente la historia de Artidoro le cierra
la puerta. Podemos decir que la poesía de Wáshington Delgado no
es ni optimista ni pesimista: es, a secas, lúcida, meditativa y
está invadida por la tristeza: y hay de qué. Sin embargo debemos
recalcar las palabras arriba mencionadas de la cita de Chocano
que figura como epígrafe en “Elegía en 1965”: “Después de tanta
sangre, no derramada en vano, sólo quedó la nieve teñida
de carmín”: los combatientes han muerto pero quizá no en vano...
La historia de Artidoro es la historia de un hombre del Perú que
vive en Lima, que “se encuentra despistado / en solitario prado
de amargura (“Prado de la amargura”) y pasea su melancolía y
“camina hacia la muerte” entre “las ruinas / del jirón de la
Unión” y sigue después caminando hacia la muerte en un campo de
batalla de donde sale indemne hasta que la muerte lo recoja
llevando él “en Lima una vida apacible sin nocturnos temores”
(“Última conversación sobre Artidoro”). Es un libro y es un
hombre invadidos por la melancolía y la tristeza pero no por la
desesperación: un ciudadano entre otros; por la limpidez, la
armonía, la belleza de estos versos sencillos no creo que se me
tache de exagerado si digo aquí que Historia de Artidoro
es la obra maestra de un hombre, un gran poeta, que dedicó
modestamente su vida a la poesía y a la enseñanza en las aulas.
Pasarán aún varios años, nueve exactamente, antes de que se
publique en España la tercera y última colección de poemas de
Wáshington Delgado, Cuán impunemente se está uno muerto,
pero está claro que la fecha de publicación de unos poemas no
tiene nada que ver con la fecha de su escritura (la fecha
asignada en el texto al primer poema del libro, “Sobre la
traslación de los restos de Vallejo” es 1986, o sea 17 años
antes de la publicación en 2003). El título ha sido tomado del
poema LXXV de Trilce de Vallejo, el poeta al que
seguramente Delgado se siente más cercano y al que dedica el
primer poema del libro que en realidad contiene dos libros bien
diferentes presentados como dos secciones de un solo poemario:
“Traslado de restos” y “Hombre de pie”: en la primera sección se
prolonga a veces el tono coloquial e íntimo dominante en algunas
composiciones de Historia de Artidoro y se
descubre, aparte de la inclusión de los dos poemas ya citados,
alguna analogía con la atmósfera doméstica de algunos versos del
mismo libro si cotejamos por ejemplo “Defensa del tabaco y la
lectura” en Artidoro y la primera estrofa de “Amores sin
tragedia” en Cuán impunemente se está uno muerto. La
segunda sección de este poemario, “Hombre de pie”, ostenta una
escritura poética más compleja y rica en imágenes y aunque
también en estas páginas reaparece la ciudad de Lima, el jirón
Cailloma, la “lluvia” limeña y la neblina (“Ciudad de Lima:
Nunca conocerás el secreto de la lluvia, hecha estás de húmedos
engaños, nunca te librarás de tu moribunda primavera y la
niebla siempre dibujará un bigote inútil encima de tu boca”-
“Bajo la lluvia”), de una manera general se puede decir que
estos textos de “Hombre de pie”, que privilegian a menudo las
imágenes y una atmósfera que podríamos calificar de oníricas, se
apartan bastante, por lo menos en la superficie de la escritura,
de la preocupación delgadiana por la historia y el estado
deletéreo del Perú y el “mundo alarmante” donde se sitúan el
Perú y su historia, y al que se refiere el buen prólogo que ha
escrito Juan González Soto para la edición española de Cuán
impunemente se está uno muerto.
En el primer poema del libro, evocativo-argumentativo,
irónico-tristón, “Sobre la traslación de los restos de Vallejo”,
el poeta se pregunta, en el fondo, para qué serviría traer al
Perú los huesos de un poeta que declaró según parece, “no
volveré al Perú mientras quede piedra sobre piedra” y escribió
además “Todos mis huesos son ajenos, yo tal vez los robé”,
versos citados en el poema de Delgado: huesos de nadie, en buena
cuenta; y medita sobre la importancia que puedan tener tantos
“viajes, traslaciones, artículos, discursos / alrededor de unos
huesos”...mientras nadie recuerda un libro, un reloj, un
sombrero que pertenecieron a Vallejo y por lo menos se ven en
las fotografías, lo que no sucede con los huesos; y se cierra el
poema de los huesos y otras pertenencias de Vallejo con cinco
versos definitivos que dicen de manera concisa lo que queda
definitivamente del poeta César Vallejo: “Vallejo sólo es un
poco de aire lánguido / cuando se leen sus versos, un poquito /
de luz cuando se lee, por ejemplo: / ‘Mientras la onda va,
mientras la onda viene, / cuán impunemente se está uno muerto”;
y eso es en realidad todo lo que queda de cualquier poeta ya
ausentado en la muerte: un poquito de luz... cuando se leen sus
versos’; esa luz permanece y está fulgurando intermitente pero
permanente en la poesía de Delgado donde aparece, por ejemplo en
el título y en el cuerpo del poema de inspiración tan social
como lírica (todo en la poesía es lírico cuando un verdadero
poeta agarra la lira): “¿Ya no traerá la hormiga pedacitos de
pan al elefante encadenado?” (otra cita de Vallejo). En este
poema el poeta no se refiere al “proletariado” sino a los pobres
de solemnidad de los países pobres: “Los obreros de Francia/ de
Suecia, de Alemania, / de la Europa Feliz, / más feliz que la
Arabia / de los cuentos de antaño, / comen ostras de Ostende, /
beben vinos de Alsacia, / veranean en el Cantábrico. / Cada
semana dan su cuota / para los desvalidos compañeros / del
Tercer Mundo, / ¡alabado sea Dios!”. Todos son pobres, pero hay
el pobre acomodado, el pobre pobre y el pobre miserable como, si
recuerdo bien lo llamaba Vallejo.
El tono coloquial, irónico y triste se prolonga a lo largo de
casi todo los poemas de “Traslado de restos”, entre otros “La
poesía es un pastel no muy dulce” (Ha llegado el momento / de
imitar a las moscas / y buscar un pastel incombustible / como la
poesía por ejemplo: ese pastel no demasiado dulce que no se hace
con tinta ni papeles / ni dinero, que se hace solamente con amor
e ironía), “Iremos a Lisboa”, “Caracol en el tiempo” y el
excelente tríptico “La revolución a la vuelta de la esquina”,
lleno precisamente de ironía y amor, donde Delgado se declara
“un poeta occidental / perdido en la selva / de los humos
nocivos / de la ciudad de Lima”: “El problema es la añoranza”,
dice en el mismo tríptico y, glosando a Quevedo: Delgado:
Se fue la edad de oro. / Vino y se fue / la edad de bronce./
Pasó la edad de hierro. / He vivido largos años / en la edad
tormentosa de los billetes de banco. / Ahora es la edad de las
tarjetas de crédito. Quevedo: “De la edad de oro / gozaron
sus cuerpos / pasó la de plata / pasó la del hierro / y para
nosotros / vino la del cuerno”. En la del cuerno parece que
estamos siempre, en el siglo XVII y en el siglo XXI...
Los poemas de la segunda sección del libro, “Hombre de pie”, lo
hemos dicho ya, tienen otro ritmo, otra andadura y un
tratamiento de la imagen que es nuevo y como recién nacido en la
obra de Wáshington ya cerca de su muerte: visiones, imágenes
eidéticas que destellan en una prosa poética estrictamente
ritmada: de pronto nos encontramos en unos parajes extraños y
familiares al mismo tiempo porque a veces estos extraños parajes
son la misma ciudad de Lima, un lugar recurrente que aparece y
reaparece y desaparece siempre detrás de la garúa limeña y en el
centro de Lima (reaparece, por ejemplo, el jirón Cailloma”
“amado por las prostitutas y los vendedores de naranjas
podridas”): “ahora, en esta lluvia que me quita las ganas de
vivir”, había dicho Vallejo. Así también en el poema “Bajo la
lluvia”: Camino bajo la lluvia, sostenido por el aire y con
la esperanza de pisar tierra alguna vez (...) Ciudad de Lima:
nunca conocerás el secreto de la lluvia, hecha estás de húmedos
engaños, nunca te librarás de tu moribunda primavera y la niebla
siempre dibujará un bigote inútil encima de tu boca. Te morirás,
ciudad de Lima y yo caminaré aún bajo la lluvia que moja,
deshace y no perdona libro, recuerdo ni tristeza.
Sin embargo, fuera de estas alusiones fugaces al centro de Lima,
que era ya el centro de la historia de Artidoro, estos
últimos textos nos sitúan en parajes oníricos y extraños como el
horizonte del primer poema, “Hombre de pie”: Con una mano
descosida y a riesgo de que se desparrame su interminable acopio
de falanges, señalo entre verticales parpadeos un horizonte
perpetuamente deshecho, perpetuamente agonizante, perpetuamente
otro. Esta mano descosida parece la hermana de la mano
desasida de Martín Adán, ambas dando manotones de ahogado en los
extramares de la realidad: una atmósfera de angustia y de
pesadilla envuelve estos poemas donde galopan por calles
desiertas “caballos enloquecidos”, en una “fallida evasión”, en
un “imposible vuelo” (“Caballos invernales”); y en “El viaje
incontenible”: Desesperadamente y a caballo voy en busca del
mar crujiente más allá de la noche. // Negra es la realidad,
negro mi traje y negro el aire marino que me llama”. Más
allá de la noche ¿será el alba o la másnoche de la muerte? O las
dos: toda poesía verdaderamente poética prende en la ambigüedad:
“acaso se me perdió el camino”, dice el poeta: y al fin de la
vida ¿quién no se lo pregunta aunque ni siquiera sea poeta...? Y
el poeta vuelve a la siempre soñada edad de oro, siempre eterna
por no vivida: “Dulce edad de oro, nunca fuiste usada”, en el
poema “Perdido y no vivido”. Dulce de todos modos en la
imaginación de todo lo que hubiera podido ser y no ha sido. El
libro se cierra abruptamente en las últimas líneas del poema
“Lachrima Christi” en la soledad, la sequedad y la oscuridad de
la noche: En esta hora infernal me apoyo únicamente en la
soledad del mozo dormido que se arrastra sobre el aserrín
de esta taberna y me condena a vivir en la sequedad absoluta del
mundo, en una absoluta vigilia sin lágrimas ni amores, donde
sólo puedo beber la inacable oscuridad de la noche; pero la
poesía es circular y avanza a través de intuiciones opuestas,
entre el día y la noche, la luz y la sombra, lo claro y lo
oscuro. La poesía de Wáshington no hace la menor concesión a la
facilidad de las mañanas que cantan ni al optimismo de salón: es
dura y transparente como el cristal, y cuando a través del
cristal lo que se ve es el negror de la noche en que vivimos lo
que puede absorber y decir hoy el poeta es eso: la inacabale
oscuridad de la noche, hoy; pero también puede decir lo que ya
había dicho y que hemos citado: Vivo para mañana y eso es
todo. / Y eso no es nada. Y sin embargo es / la única luz que
alumbra este soneto.
Esa luz a la que ya nos habíamos referido, y que irradia a
menudo de su poesía, es también lo que queda de Wáshington, más
el recuerdo de la persona viva para quienes lo conocimos y
podemos recordarlo en el fragmento de vida que nos queda. |