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La
poesía de Carlos López Degregori: presencia de nadie, ser de
nada
Américo Ferrari
Antes
de ponerme a escribir estas reflexiones sobre el último libro de
Carlos López Degregori, Aquí descansa nadie, me he
sentido tentado de releer, diría mejor impulsado a revisar su
poesía reunida hasta 1994 con el título Lejos de todas partes.
Impulsado por dos motivos: primero, porque la escritura y las
intuiciones de esta obra, desde los poemas fechados en 1975,
presentan una movilidad impresionante controlada por una
voluntad de orden y rigor que estructura un proyecto de unidad y
evolución del discurso poético a través del tiempo y su pavoroso
poder de dispersión ; y segundo, porque el título Lejos de
todas partes envuelve la obra toda y es una llave que debe
franquearnos la entrada a sus recintos, tan extraños a veces
como la casa de Antonia Hareazcoa y el fantasma de mujer que la
habita en Aquí descansa nadie: Aquí tienes la llave. /
Sé que no te alcanzará la vida para pagármela pero igual te la
entregaré.
Se puede suponer que el autor integrará más tarde Aquí
descansa nadie (1994-1997) en una nueva edición de Lejos
de todas partes (1975-1994: las fechas colindan) pues el
último libro suelda y prolonga en la cifra de un año y los que
siguen formas y visiones semejantes y diferentes que garantizan
el movimiento de continuidad/cambio ya aludido. Por lo demás, el
procedimiento de integrar una obra poética bajo un título que la
marca en permanencia se ha dado ya en América con Leaves of
Grass de Walt Whitman y, más cerca de nosotros, en, por lo
menos, tres poetas hispanoamericanos contemporáneos: Roberto
Juarroz (Poesía vertical), Javier Sologuren (Vida
continua), Jorge Eduardo Eielson (Poesía escrita). En
López Degregori el título único nos parece estar implícito en lo
hasta ahora escrito por el poeta incluyendo el ultimo libro.
Ahora, si las palabras “lejos de todas partes” conciernen a toda
esta obra hecha de palabras es porque, como ya he dicho,
constituyen una clave para la interpretación de los territorios
extraños que el poeta revela y vela al mismo tiempo y que a
veces precisamente se sitúan a distancias vertiginosas de la
percepción llamada común, o mejor dicho, sólo de situarse se
des-sitúan, y el lector los ve simplemente aparecer y
desaparecer lejos de todo y sólo en la cercanía que les presta
el marco irrisorio de un papel blanco manchado de tinta. Javier
Sologuren ha dicho que “el lenguaje poético de Carlos López
Degrori postula un sistema -propio- de correspondencias lejos de
todas partes, salvo del centro mismo de su emisión”, lo que es
exactísimo si se entiende “centro de emisión” como centro del
acto de creación que no puede ser otro que la propia mente del
creador y en este sentido no es sólo que el poema imaginado esté
cerca de la cabeza de su autor: está dentro, cabría decir. La
cosa comienza cuando sale y desarrolla el germen de lejanía y de
ajenamiento que le ha inoculado el creador y que (no es ofensa
pensarlo) el propio creador tendría ya en la cabeza. Se intuye
entonces que, una vez suelto, el poema se aleja vertiginosamente
del creador infectado contagiando de paso a un número
indeterminado de lectores. Y es ahí donde ahora sí se plantea el
problema de lo lejos, del centro y de las partes, o sea de
acercarnos a aquello que está lejos de todas partes: el poema,
sus formas, sus figuras, sus lugares, sus personajes que se
mueven y evolucionan a su antojo atravesando distancias
indeterminables entre el autor y el lector. El mismo Sologuren
ha dado una visión certera de la naturaleza de estos textos:
«...secuencias de flotantes cadenas de desencajes verbales que
corresponden a un espacio donde el centro de gravedad queda
abolido”: o sea que, abolido, no está en ninguna parte
¾igual
se lo puede suponer en todas partes, que es en fin de cuentas lo
mismo¾,
y en este espacio poético sin centro que atraiga hacia él las
formas, figuras, representaciones, imágenes flotantes, al lector
no le queda más remedio que flotar también él como un
astronauta, pero no uno metido en la cabina de su nave con una
trayectoria determinada sino directamente en un espacio sin
puntos de referencia precisos.
Los poemas desrealizantes de CLD, apólogos sin moraleja y sin
lugar ni sujeto cierto, historias que parecen haber saltado
fuera de la historia, se ven descentrados o desorbitados por una
voluntad implacable de extrañamiento u ocultamiento que atañe
tanto a la escritura (imágenes sorprendentes por lo alejado de
sus términos, adjetivación exigua destituida de toda referencia
lógica a nombres que a veces descalifican en vez calificar
¾cabezas
prestadas, mirada digital, pájaros carbónicos, cielo forzado,
lluvia aherrojada, bala cantora, saliva confabulada, jorobadas
mariposas¾,
o referencias sesgadas a improbables referentes), como al objeto
de la escritura que los escribe: paisajes y personajes “en
trompe-l’oeil”, sucesos sin sucesión, situaciones sin sitio y
sitios imprecisos como Loraine (“Loraine no existe” pero
“podríamos estar sentados en Loraine”, “esta vez en otro
espacio”, en “alguna improbable dirección imaginaria”, se lee ya
en un texto del primer poemario, Un buen día). Hay todo
un juego de espejos empañados, una fantasmagoría donde las
figuras los cuadros y los marcos aparentes aparecen como negados
en un tiempo y un espacio de quitaipón. Se adivina algo detrás
de algo y eso es todo, o es nada. No es una poesía
oscura: la poesía es un cristal nítido, lo oscuro o, mejor, lo
misterioso es lo que se percibe tras el cristal. La percepción
de este universo verbal se da siempre en una atmósfera tan
ambigua que Edgar O´Hara echa mano, para situarnos en ella, al
concepto de lo translúcido en su introducción a Lejos
de todas partes: «....estos elementos parecen coexistir en
puntos translúcidos. Es decir, que dejan pasar la luz pero
impiden que uno vea lo que hay detrás”, para concluir: “Esta
poética pone en práctica no la revelación de intimidades sino
más bien de subterfugios, eslabones falsos, suposiciones”. Pero
a lo mejor no hay revelación de nada sino de la lejanía, el
vacío, la ausencia. Y es que si los poemas no revelan, o se
niegan a revelar intimidad alguna, es porque la única intimidad
que pueda exhibir un poeta, como cualquier mortal, es la de su
“yo”, sólo que, en el poeta, éste se encuentra más o menos
disfrazado o transmutado en yo lírico o poético ; y lo que hacen
precisamente los textos de esta obra es, si no expulsar o
aniquilar a este yo (no se deja...) lleno de creencias, deseos,
temores, dudas y certezas, de “intimidades” en suma, sí (en
tanto que presencia en el poema) despojarlo de sus disfraces,
neutralizarlo privándolo de identidad, desindividualizarlo. Así
desvelado, el yo no revela nada pero se revela él mismo
como ente anónimo e indeterminado, como un personaje cualquiera
que asume la función meramente técnica de sustentar un sujeto de
la narración, cualquier hombre, todos nosotros, nadie en
particular.
En Aquí descansa nadie culminará de momento este
cuestionamiento irónico y subterráneamente angustiado del yo
poético
A riesgo de resultar algo prolijo me ha parecido pues necesario
repasar estas premisas deducidas de la obra anterior que pueden
servir de hilo conductor para adentrarnos en el ámbito de
Aquí descansa nadie. Subrayemos que el epitafio enmarca esta
recopilación de poemas entre el título que la abre y el último
verso del último poema (“El poeta de mil años”) que,
reiterándolo, la cierra. Como si todo sucediera entre dos
lápidas.
Lo primero que debemos notar es que de los 21 poemas (algunos
con subdivisiones, como ““Cicatrices”, “Altares” y “San Lázaro”)
contenidos en las tres secciones de la obra (Nieves y
cicatrices, Nuestra Señora de los Lobos y Aquí descansa nadie),
20 introducen un “yo, mi, mí» a veces no en tanto que tal sino
desdoblado en “nosotros, nuestro, nos” o en un “tú, tu” (yo
tuteando a su otro sí mismo) que se desdobla a su vez en “ti”
como objeto de su propio discurso. El único texto, creo, que se
narra sin intervención de pronombres personales es “El encuentro
nupcial”: los desposorios del hombre con la muerte. “El yo corre
aquí todas las aventuras”, como dice Macedonio Fernández
refiriéndose a sus propios personajes o entelequias de personas,
pero lo que es seguro es que no representa nunca en realidad al
yo siempre inasible del autor, ni siquiera cuando éste lo
presenta irónicamente como tal: así en el texto «Una noche en
1958 el autor se encuentra con Remedios”, historia cargada de
misterio erótico y mortuorio que se supone sucede en México en
la casa de Remedios, muerta amante inquietante: recordemos sin
embargo que en 1958 el “autor” en la realidad del tiempo tenía 6
años... Pero también podría encontrarse aquí una clave que nos
remita biográficamente a una persona real: la pintora
surrealista española Remedios Varo que vivía en México donde
murió realmente en 1963, fecha, expresamente consignada por el
poeta, de la muerte de la Remedios poemática. La clave realista
nos permite suponer que en 1994 o en otro año del tiempo real el
poeta haya admirado un cuadro de Remedios, la cual en 1958 se
habría pintado a sí misma penetrada por “una aguja”: pero esta
realidad biográfica se disuelve en el aire imaginario del poema
a partir de la fecha imaginada del encuentro con Remedios. Lo
que queda y domina es la densa atmósfera de misterio que
impregna el texto. Este es en todo caso un buen ejemplo de la
manera sesgada y elusiva que tiene CLD de evocar el tiempo y el
personaje ”Yo, autor”. Del mismo modo el poeta que en el último
texto del libro habla en primera persona y que en la noche de
año nuevo de 1999 tiene mil años y es nadie se enfrenta
elusivamente en una hoja de papel con el poeta limeño que tendrá
esa noche 48 años y es alguien. Pero alguien se fragmenta en
muchos y yo, que es nadie, son casi todos: sucesivamente el
nadie que aquí yace en la ultima página del libro es el huyente
que huye de ninguna parte a ningún lado en el poema “Huidas»,
(al leerlo pensé en los versos de Vallejo Va corriendo,
andando, huyendo / de sus pies (...) a fin de huir, huir y huir
y huir), el que recuerda “el año de los hielos en el poema
del mismo nombre, el ladrón de oro (igual podría ser ladrón de
fuego) de “En grandes letras de oro”, el que cae de rodillas
dispuesto a seguir, en su ascensión hacia los astros, a las
víctimas del hombre que vino con el frío de setiembre (“Fue en
setiembre con el frío”), el autor que se encuentra con Remedios
en el poema ya citado, el poeta de mil años del último poema y
de “Medallón” en Nuestra Señora de los Lobos, el misterioso
personaje del poema “San Lázaro” que se define a sí mismo como
“nadie”: Que ¡quién soy yo ? / Nadie./ Mi nombre no es Lázaro.
“Soy indiferente y eso es grave / en poesía», dice el hablante
de un poema que es también una poética (“Tarde de castigos”) en
Lejos de todas partes ; lo que puede interpretarse en el
sentido corriente de no preferencia por esto o aquello pero
también, en un estrato más profundo de la lengua, yendo a la
raíz misma del vocablo y en el movimiento de con-fusión de los
elementos de realidad e irrealidad que gobierna esta poesía,
como yo no difiero / no difiere de otro ni de nadie ; tal
o cual situación, lugar, personaje o parte es, en un punto
indeterminado lejos de todas partes, indistinguible de otra
situación, otro lugar, otro personaje, otra parte. Aguien
refleja a nadie que lo refleja, algo refleja nada y en nada se
refleja, ahora en tal fecha se resuelve en un nunca
sin fecha. Sin cesar alguien transparenta a nadie, algo a nada,
ahora, ayer o 1958 y 1999 a nunca. Nadie nada nunca es,
me viene ahora a la memoria, el título de un relato del escritor
argentino Juan José Saer. Los tres términos están siempre,
latentes o manifiestos, en la dialéctica poética de Carlos López
Degregori.
El ambiguo juego de espejos entre la persona y el personaje,
entre yo, alguien, nadie, ser y nada, tiempo e intemporalidad
afirmándose y negándose a lo largo de los textos,
transformándose en su contrario ante nuestros ojos, desencadena
un movimiento de contrastes que constituye una de las líneas
directrices de Aquí descansa nadie. Pero estas
abstracciones constituyen apenas el esqueleto de la obra. La
otra línea, la que sustenta su encanto, está en la expresión de
este movimiento, en la magia poética del lenguaje que enciende a
veces figuras, imágenes, visiones límpidas y extrañas de
evidente belleza: de ir y regresar viven mis manos ; los
abrazos, los pájaros cayendo fulminados como estrellas ;
las cicatrices son flores que andan buscando el cuerpo de un
jardín (“Cicatrices I”) ; las heridas que bajan al centro
de la tierra ; crestas ardientes para saltar de las
estrellas (“Huidas”) ; Transparente, atravesado de casas
suspendidas en el aire ; Deja que arañe tus paredes para
que salga un hilo de ángeles y sangre (“San Lázaro”) ;
Como si... se quebraran al unísono las gargantas / de las
estrellas (“El poeta de mil años”), estrellas (...) rotas
en tu vaso / con su carne aún en llamas (“Unas tan frágiles
estrellas”), etc... El impacto de estas
imágenes eidéticas es tanto más fuerte cuanto menos frecuentes
son en la obra: son todas certeras e inquietantes pero casi se
podrían contar con los dedos de la mano (no creo que haya en el
libro muchas más de las que he citado): el lenguaje poético de
CLD, sobre todo quizás en este libro, excluye todo procedimiento
retórico derramado y fácil como la fabricación en serie de
imágenes o clichés metafóricos mediante procedimientos mecánicos
que mezclen confusamente las papas con las estrellas: el
surrealismo de escuela o de cenáculo, la escritura falsamente
automática y verdaderamente estereotipada.
Pero si la expresion traslaticia por imágenes es en estos poemas
parca y ocasional, encontramos en cambio otro procedimiento de
traslación que no cuaja en una figura o metáfora cerrada sino
que es móvil e insistente: es el acercamiento insólito de dos o
tres elementos semánticos normalmente heterogéneos que, por su
recurrencia, parecen cumplir en el libro una función
estructurante: el caso más significativo es seguramente el de
cicatrices-herida(s) asociado ya en el título de la primera
sección a nieve(s)-frío-hielo-blancura (Nieves y
cicatrices) y por otra parte a palabra(s): las palabras
del poema, se sobreentiende, tan lejanas de la palabra
instrumental de la anécdota o el ornato retórico como está lejos
la nieve y el hielo de la atmósfera entibiada y pegajosa de la
ciudad donde escribe el poeta: de nieve son las palabras de
la nieve. La herida y la cicatriz parecen ser el término que
enlaza el frío, la blancura y el silencio de la nieve con la
palabra poética y con el necesario enfriamiento del poema
que ya preconizaba Leopardi: ruega para que sea de nieve /
por ti [mi Señora de los Lobos] / mi última palabra.
Desde el poema “Cicatrices II”, al principio del poemario:
Este eco que ahora escuchas se volverá nieve / y esta nieve
herida bestia / y esta bestia trueno / marcando inmensas
cicatrices en el cielo, hasta “El poeta de mil años” al fin
del libro: vociferando / en una lengua muerta / historias y
canciones de mil años, / reconocer entre tantas cicatrices los
rostros que tuvimos. La última herida, la última palabra del
ser que es nadie ¿quedará abierta ? Esta difícil confluencia de
términos heterogéneos en un sentido complejo y único que sella
la unidad de la palabra en los poemas sólo aparentemente
dispersos es un reto que, mantenido, da nacimiento a una obra
poética magistral. A una obra de poesía y a una poética.
Observemos en este sentido que el proceso de escritura de la
poesía de CLD incluye, dispersa en el curso mismo de la creación
de los poemas de Lejos de todas partes, una reflexión
sobre el hacer y el objeto de la poesía, en especial en textos o
series de textos como “El talento y el poeta”, “Contra la
autobiografía / Homenaje a Fernando Pessoa”, “Tarde de
castigos”. Unas muestras: Tener derecho a escribir / uno de
sí / o para sí. / Creo que no lo tengo ; el poeta no es
confesional ; decir menos la verdad / concentrar lo que
fue el único misterio ; véngate del surrealismo ; no quise ser
surrealista ; no creo en la escritura automática ; Quiero
enterrar con paciencia / todo simbolismo: y es evidente que
esta poesía está totalmente desligada de la estética surrealista
y de todo simbolismo de escuela. De otro modo, si le quitamos a
“símbolo” su sentido pobre de representación convencional y lo
devolvemos a su origen semántico, fragmento de realidad visible
que nos abre la búsqueda de una realidad oculta, no dicha o
invisible (en Eguren, por ejemplo), se puede adivinar en más de
un término de estos poemas significaciones veladas con las que
se apunta a un sentido siempre indeterminado y generador de
misterio, por ejemplo en “carbón”, palabra que acude dos veces
creando un halo, negro y luminoso, de percepciones ambiguas:
Nada es más carbón que tu nombre encendido de carbones en
el contexto inquietante de “A mi Señora de los Lobos” y, en otro
poema no menos turbador: y si no estoy porque he salido /
para no regresar más / o he enfermado de carbón / o he muerto.
( ”En una anticipada despedida”). Son esos “puntos translúcidos”
que advierte O’Hara en los apuntes ya citados pero que, en
realidad, más que en las palabras están en las situaciones en
general que presenta el poema, situaciones límite cargadas de
inminencia y amenazas, de angustia e inquietud sin que se defina
nunca la fuente del misterio que de ellas emana: así en el
vértigo del primer poema del libro, en la casa de Antonia
Hareazcoa, en San Lázaro, en el frío mortal de setiembre, en el
encuentro con Remedios, en la inquietante figura de Nuestra
Señora de los Lobos, en casi todos los textos del libro, en
suma. Es una empresa perfecta de construcción del misterio y los
materiales de construcción son la ausencia, el vacío, la
presencia de nadie, el ser de nada: lejos de todas partes
descansa nadie.
Y por fin termino: la de López Degregori es
¾ya
lo he dicho¾
una empresa radicalmente original en nuestra poesía. No le veo
antecedentes, no se puede captar en estos textos ninguna
influencia directa. Está en efecto lejos de todo y en especial
de las formas, los temas y las referencias culturales de los
coetáneos del poeta que escribían en los años setenta. Pero
también de los poetas de lengua española y de los creadores
peruanos desde Eguren hasta las generaciones del 50 y del 60. Si
Carlos López Degregori tiene que ver con una tradición, es
precisamente con la tradición de rupturas que me parece
caracterizar nuestra poesía en el Perú y en América en general:
se puede notar, para considerar sólo el caso del Perú, si
seguimos el hilo de la creación poética desde Eguren, que
Vallejo, el primer gran poeta cronológicamente después de él,
acata el genio del autor de Simbólicas pero su obra va
por caminos totalmente divergentes; lo mismo hacen respecto a
Vallejo los de la generación siguiente: Moro, Martín Adán,
Westphalen: le vuelven en cierto modo la espalda y se abren cada
cual su propio camino, su itinerario poético singular ; así como
respecto a ellos los que acuden en los años 40-50: Sologuren,
Deustua, Eielson, Salazar Bondy, Varela, Belli. Todos en el
mismo recinto crean por su cuenta obras marcadas por un sello
personal inconfundible: El recinto es América, el desierto,
el bosque. el misterio, el híbrido, el futuro, ha dicho
Martín Adán en su ensayo De lo barroco en el Perú.
Me he referido líneas atrás a la poética de López Degregori
contenida en los textos de “Tarde de castigos”. En la última
cláusula dice así:
Emprendo una obra de la que no hay ejemplo
y que no tendrá imitadores.
Es exactamente eso. No hay ejemplo.
NOTA
El filósofo Fermín Cebrecos Bravo ha dedicado un estudio
hermenéutico largo y de gran densidad a la poesía
reunida en Lejos de todas partes en una
perspectiva sobre todo existencial. El estudio detallado
del proceso de la universalización del yo poético en la
obra de CLD constituye una parte importante de este
notable estudio. Vale la pena leerlo y meditarlo (Fermín
Cebrecos Bravo: “‘Qué puede uno en el límite conceder’.
Una aproximación provisional a la poesía de Carlos López
Degregori”, en Humanitas, Revista de la Facultad
de Psicología, nº 33, Julio-diciembre 1995. Universidad
de Lima. Fondo de desarrollo editorial, pp. 17-75).
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