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Yulino Dávila: la aventura, la escritura

Américo Ferrari

Yulino Dávila entró, se supone, en poesía a principios o mediados de los años setenta, o sea cuando surgió y se movió en el Perú, en torno a un manifiesto y a un gran descontento no sólo artístico-literario sino también político-social, el grupo de poetas “Hora Zero” al que él perteneció y al que José Miguel Oviedo dedicó un libro: Estos trece. Yulino, sin embargo, no figura entre esos trece y pienso que en su/nuestro país y fuera del país se lo conoce y se lo lee poco. Y se entiende por qué: hace un buen cuarto de siglo que escribe poesía sin casi publicarla ni divulgarla, salvo por gracioso don de poemas sueltos o cuadernillos de poemas mecanografiados a sus amigos. Yo mismo lo conocí personalmente en un encuentro relativamente casual en Barcelona en el verano de 1987. Algún tiempo después recibí un cuadernillo que contenía, mecanografiados, los poemas o una parte (“parte gestante”, dice el autor en una carta) de los poemas de El tratante, que fue publicado en Lima recién en 1995. Recuerdo que hallé entonces ciertas afinidades con (o influencia de) la escritura de Trilce en ese libro que me parece una obra central en la trayectoria de la escritura del poeta. Escritura, la de El tratante, dislocada o acrobática (el primer poema de aquel libro se llama precisamente “Acróbata en su disloque”) y al mismo tiempo, a lo largo del libro, notoriamente homogénea y unitaria. Libro central por su importancia en la obra de Dávila pero también en sentido cronológico, entre estos poemas de los años setenta y lo que ha escrito más recientemente y aguarda publicación.

Toco aquí la cuestión de la cronología de paso y sólo para ayudar al lector a situarse en la evolución de una escritura sumamente móvil pero en la que se distinguen también rasgos que el tiempo no borra, como sí hacía con los pasos de los enamorados en el caminito del tango. De hecho, Dávila en lo que concierne a su poesía es reacio a la precisión de las fechas, por lo menos estampadas. Todo deseo quiere eternidad, profunda, profunda eternidad, dice Nietzsche-Zaratustra, y precisamente el deseo nos parece ser la constante que articula y suelda las diversas partes de esta obra poética, lo que da la unidad del tema o de la obsesión, pero que no es independiente de cierta continuidad también en la escritura. El deseante es personaje explícito de uno de los poemas de El tratante, e implícito en casi todos los poemas de la obra independientemente de la cronología. Yulino se ha dignado, no obstante, comunicarme oralmente algunas indicaciones que nos ayudan a situar los eslabones sucesivos de esta poesía. Dentro de este esquema cronológico el poemario Hebras de Malasaña, reúne poemas que datan de su estadía en Madrid. Malasaña es el nombre de un barrio de la ciudad en el cual vivió el poeta en la segunda mitad del decenio de los setenta (el último y único poema fechado, dedicado al ajenjo y a una chica supuestamente ajénjica, dice: Madrid 1979). Los poemas de El tratante han de ser posteriores y su elaboración cubre sin duda una buena parte del decenio de los ochenta. Por fin lo más reciente y en espera de publicación el poema largo, inédito, Shihoshomen,” O misiva al modo de un jardín japonés”, carta o “discurso” a una amada sobre el trasfondo de las convulsiones de nuestra época, constituye una nueva etapa en la visión y la expresión del mundo de Yulino Dávila; contrapunto entre YO y TÚ, donde la palabra poética recupera una andadura más pausada, distendida y equilibrada.   

Pero este era ya hasta cierto punto el caso en Hebras de Malasaña. La expresión poética en este libro es, si no transparente, por lo menos translúcida y ciñe el tema de una manera  representativa, si cabe decir. La trama verbal presenta o figura en el teatrillo del poema la aventura de un personaje que anda rondando por las calles, los bares, las casas y los catres siempre con figura femenina encima de lo que se supone ser su barrio: una aventura sobre un fondo de cotidianidad trivial pero transfigurada, emancipada o superada en una atmósfera como intemporal entre la luz y la sombra de las drogas, el trago y sobre todo el erotismo eréctico (pero sobre un modo sentimental y a veces incluso netamente irónico): de manera que el yo poético resulta tan inseparable de la “tú poética” (el yo del sujeto-objeto femenino, desplazado de la sábana blanca a la página blanca, al que apuntan continuamente los poemas) que hombre/hembra parecen a veces formar casi un solo personaje de dos cabezas y cuatro piernas. Desdoblamiento y unificamiento. Desde el punto de vista de la eficacia poética, tanto por el fondo representado como por la forma representante, es sin duda un logro: el impacto en la sensibilidad del lector me parece, en muchos de estos poemas, patente.

Esta escritura representativa sin embargo no es nada simple; su complejidad proviene seguramente de la confluencia en el quehacer literario del poeta de otros dos focos de expresión artística que le son familiares: la música y el dibujo. Yulino es, en efecto, un melómano irreductible y un dibujante eximio. Quienes han podido ver algunas muestras en las paredes de su casa en Barcelona  habrán apreciado la excelencia de sus creaciones. Lo que representa ante todo la trama verbal de Malasaña es un complejo de vivencias y percepciones mundanas, percepciones de una realidad toda penetrada de deseo y por consiguiente en principio teñida de irrealidad: no precisamente deformada, sino que más bien toma forma al pasar por el prisma del deseo irisándose al mismo tiempo en secuencias musicales y en cascadas de imágenes que a veces lindan con el virtuosismo del barroco (algunas recuerdan a Gómez de la Serna o a Girondo): imágenes como dibujadas abstractamente con palabras y sonidos. Como muestras basten algunos botones: Las escobillas contra los platillos suenan a un freír de alboradas en el horizonte (“Remiendos en sol”); el alfabeto de gelatina / que se blinda en el abrazo ; el cielo raso es una mano que se ha deshecho de mis ropas mal planchadas  (“Inalámbrico en mi sostenido”); La línea blanca fragmentada de las autopistas / colgadas de mis pestañas; La Luna (… ) retratada en todas las vitrinas da una cara de ataúd abierto (“Atosigado”) ; en el limbo de sus muslos de cascadas (“Tema para una cantante”) Voy a estirarme en busca de una imagen (“Diapositiva de una silueta”) ; etcétera.

La música, por otra parte, interviene en estos poemas por alusiones a la música y a los músicos, desde Duke Ellington, Elvin Jones, los blues en general, pero indudablemente también los ritmos del folklore latinoamericano, remontando hasta Vivaldi; o, más directamente, dando la pauta para plasmar la materia verbal como una serie de variaciones sobre un tema musical: los dos primeros poemas, “Remiendo en sol” e “Inalámbrico en mi sostenido” se presentan explícitamente como variaciones sobre temas de Duke Ellington. El ritmo o el fraseo de estos textos integra seguramente a menudo trozos melódicos o frases musicales, y es algo que hay que tener presente para leer, y escuchar mientras leemos, la poesía de Dávila.

La influencia, ahora, en la poesía escrita de la música cantada, sobre todo de cierto tipo de canción latinoamericana parece ejercerse también sobre la letra y el tema dominante (la mujer y su cuerpo) de la poesía de Hebras de Malasaña, aunque, gracias a Dios y a la intuición del poeta, sólo esporádicamente. Emilio Adolfo Westphalen, criticando a Vallejo, de quien nunca ha soportado el aspecto llorón, sentimental o patético, dice, reconociendo de todos modos la intensidad y la altura de su poesía, que de pronto hay ella caídas que, según él, el propio Vallejo ha indicado en su poesía como mis famosas caídas de arquitecto. El arquitecto Dávila también las tiene, como al fin y al cabo todos los que vivimos para trabajar en la arquitectura del poema, y resulta que con mayor nitidez y desenfado que Vallejo las detecta y define él mismo: zurcidas imágenes chorreando melosamente para ti (“Molido”). Las imágenes melosas para ti vienen del bolero, pienso yo, o de otros aires del continente siempre naturalmente para ella. En Malasaña lo que pueda haber de meloso en las imágenes procede de las alusiones a la amada o de la descripción más o menos obsesiva de la anatomía de las amadas que de pronto acaba, en el poema “Ajenjo”, en un catálogo cuasi exhaustivo que se diría inspirado no ya en la simple letra de un bolero sino en una parodia de la letra de los boleros a cargo de Les Luthiers: su espalda… su poniente… Sus piernas… Sus pechos… Su perfil… su cadera… Su pubis…   

He dicho esporádicamente refiriéndome a este tratamiento del tema de la figura femenina, pero en realidad, la presencia de la mujer en Malasaña es continua aunque difusa, y se difunde siempre como un cuerpo asediado por una especie de alma en pena, un fantasma: Y he derramado tuertos y collages en mis entramados / tomando el metro con risa de fantasma / que desea lo mismo que todos los fantasmas - un cuerpo. Y, en efecto, ¿quién que sea fantasma y quién no es de algún modo fantasma, hombres o mujeres podrá jamás desear otra cosa?

En realidad estos textos, en medio de su palpable posmodernidad, representan un regreso al o una continuación del antiguo lirismo erótico de los trovadores y poetas de la edad media y el renacimiento, lirismo que reaparece invicto en los albores del romanticismo, en Blake o Novalis, por ejemplo: poetas del deseo, fantasmas también ellos, en busca de un cuerpo que entonces se representaba en el poema velado por el alma y expresado a través de signos corporales evanescentes que significaban siempre deseo, nunca posesión: una cabellera irreal a fuerza de figurar los rayos del sol, unos ojos, una mirada, un porte huidizo y prometedor. Diríase que el lirismo de entonces exigía la irrealidad de la posesión: el otro parece exigir al contrario realismo y más realismo (y eso, en ese antro de irrealidad que es el poema); y sus signos son ahora las prendas o las presas mejores de la amada: las más palpables y agarrables. En el lirismo erótico que podríamos llamar clásico, de Dante y Petrarca a Baudelaire incluido, el deseo, al expresarse en rimas, desrealiza en cierto modo la carne espiritualizándola y cercándola de un halo de misterio, sólo por la magia del verbo. Muchos poetas contemporáneos, en cambio, y de los dos sexos, no subrayan, en el acercamiento al cuerpo, sino la función meramente biológico-psicológica: el contraste resulta impresionante: “Como si de sus labios se moviera / un espíritu suave y amoroso / que al alma va diciéndole: suspira.” (Dante); “Tu carne espiritual tiene el perfume de los ángeles” (Baudelaire): “Y yo sólo quiero desabrochar tus trajes… ”, “Te aúpo al lino tapiado de caricia / abierta / te aspiro /…  Yo me pierdo en tu sótano más alto / de oleosos jugos / Una cinta / corre en tus caderas / Tu cuerpo dibuja al mío / sin fronteras” (Dávila); “Pienso en el bruto libre / que goza donde quiere, donde puede”, dice Vallejo…  

Este realismo erótico se agota en sí mismo. Queda solo con su aventura y su escritura delante del lector ese personaje solitario y angustiado, un yo insistente, aislado, desarraigado, perdido y tentacular, en busca de unos cuerpos más o menos anónimos que lo saquen de fantasma. Es esa aventura nocturna, la esperanza que tiene el alma de que un cuerpo la salve, lo que da fundamentalmente sentido, consistencia y dimensión dramática a este primer poemario de Yulino. Una poesía de la soledad. Temas y formas de expresión se enriquecerán y se diversificarán en la obra posterior, pero en el fondo encontraremos análoga figuración con distintas figuras acarreadas por un vehículo verbal que se renueva. Queda la persistencia del lirismo y esa incesante persecución de los cuerpos deseados por los fantasmas deseantes. “Cada fauno con su tema”, dice el autor en un poema de Los tratantes. Faunos fantasmales somos seguramente todos, incluyendo la nutrida fauna de las faunas, pero los más necesitados de un cuerpo o de muchos ¿serán, seremos los poetas?

Creo en todo caso que podemos saludar la continuidad del lirismo en este poeta peruano en el umbral del segundo milenario: se lo va a necesitar.  

Este ensaio integra o volume La soledad sonora (Voces poéticas del Perú e Hispanoamérica), de Américo Ferrari. Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial. Lima, 2003. Sua inclusão na Banda Hispânica só foi possível graças à generosidade do Autor.

 

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