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Mario Camelo: la noche del exilio, el avanzar de las lámparas
Américo Ferrari
Procedo
de siglos de errancia
son las palabras liminares de este último libro de poesía de
Mario Camelo que se articula en dos secciones, Proposición de
lámparas y Lo conversado y el mar, título este que
había elegido primero el autor: lámparas que en la vigilia
alumbran el verso errante y el oleaje incesante de la errancia
¿en busca del “otro lugar”? Notemos para empezar que,
etimológicamente, “conversari” quería decir en latín morar,
vivir en un lugar. Puede que el poema abra ese lugar, el único
acaso donde “Nada se ha perdido: / Lo que danza como un
pistilo en medio del poema / También conoce los ritos / Y los
labios / Que avanzan como una proposición de lámparas / A la
altura de la vigilia (…) Sin duda en otro lugar /
una nueva luz danza. La poesía de Camelo, canto errante como
el de Darío, es busca y esperanza de conquista de ese otro lugar
para que el hombre y su palabra, por fin, estén. El hombre y su
palabra humana que debe ser (todo en en la poesía de Mario nos
lleva a esta intuición) de origen divino, pero en nuestro exilio
“Hasta la presencia de lo Divino es incierta”. Para rescatar un
fulgor de certidumbre hay que bucear en esa incertidumbre: la
ausencia de la presencia de Dios.
Pero lo que constata ante todo el poeta es que la palabra
también o, digamos mejor, sobre todo ella, la que nos funda como
la infancia y la muerte, está en el exilio con nosotros pero
cada vez más lejos de nosotros, como perdida: Mi infancia y
mi muerte / Para siempre perdidas y errantes. E
inmediatamente: Las palabras, / Dónde están? / Las palabras
no están / Y lo que quedó sembrado en la ráfaga de un
crepúsculo, / Y lo que no quedó sembrado. / Las palabras? / Ya
no están. O están también ellas desterradas. Y se sospecha,
subterráneamente, lo más terrible, que ya casi no son. El
malestar de la errancia, el exilio, “la sangre viva de los
naufragios” por todos los mares en la inquieta persecución de un
lugar para estar marca con extrema dureza esta obra de palabras
donde “cada palabra” es “una ola errabunda visitando la lengua /
y la lengua una ciudad arrasada”:”Lengua sin oficio”. Sobre los
escombros de la lengua el cometido del poeta es reedificarla,
buscarle quizá una tierra donde arraigue, aunque sea precaria ;
se adivina leyendo estas páginas que el quehacer de la poesía es
dar presencia y realidad a la palabra ausente, devolverla a su
oficio, acercarse a la luz del Verbo que era en el principio, y
rescatar la palabra poética, la hacedora, sobre lo único que
queda: el alterado silencio de Dios.
Esto
nos lleva a subrayar la importancia y la función del silencio en
esta poesía tan exenta de concesiones a la facilidad retórica.
El silencio en la obra de Mario es una ascesis para la conquista
de la palabra verdaderamente poética, la que, como quería
Hölderlin, funda lo que permanece y es lo más inocuo y lo más
peligroso: He aprendido lenguas como una ascesis del silencio
(…): Nada más que silencio. / Las palabras como en un
acta sellada. Lo que es preciso recalcar aquí es que el
silencio en estos poemas no es para nada el recurso retórico tan
socorrido de encerrar unas palabras negras en grandes
espacios blancos para que el espectador de este cuadro vea con
sus propios ojos lo exquisitamente silencioso que es el poeta,
ni menos aún el repetir veinte veces “silencio” o cualquier otro
término semánticamente emparentado ; sino que es, en la
arquitecura del poema, un material de construcción que tiene una
función importante en la música de las palabras, como la tiene
también en la música sin palabras: se integra en las secuencias
verbales y se amalgama con ellas, pone una sordina a la
sonoridad hispanocantante, prohibe todo derrame verbal, reprime
la musicalidad sonorosa y obliga a las palabras puestas a raya a
prolongarse en música callada. En relación con esto me permito
reproducir aquí un fragmento de una carta de Camelo que he
recibido ya empezados estos apuntes: “Si los escritores tenemos
alguna dificultad con el castellano, en Hispanoamérica nuestro
monstruo es la verborrea, y cierta inclinación a una musicalidad
que a veces prima sobre lo esencial. No sólo el modernismo nos
crea aún problemas, como las rancheras, el tango y los boleros,
sino también, y cosa más importante, la influencia de las
lenguas indígenas, dulces y sonoras, que sin duda han
enriquecido nuestra lengua, pero que en nuestro caso puede
representar el camino más corto entre la mediocridad musical del
poema, y la intención del mismo”: la intención de la voz, que es
efectivamente como la columna vertebral de la poesía de Camelo.
Yo me limitaré a observar que lo que no hay de ninguna manera en
sus versos es la mediocridad musical ; pero todos estos textos,
vertebrados por un ritmo estricto, están impregnados de música
aunque carecen de todo retintín y de toda cantaleta. Es la
sonoridad complaciente, pienso, lo que molesta al autor en
algunos escritores hispanoamericanos. Hay que decir por lo
demás, y en honor a la verdad histórica de nuestra literatura,
que se trata aquí de una herencia española. Es seguramente lo
que quiere significar Camelo cuando habla de la “alguna
dificultad” que tenemos los escritores con el castellano.
Lo musical en esta poesía reside efectivamente en el ritmo libre
y modulado que combina la métrica de la versificación con el
fraseo de una prosa íntimamente melódica, lo que da a las
composiciones un movimiento, una cadencia donde el compás del
verso se funde con el fraseo armonioso de la prosa poética: hoy
(..) que proso estos versos… dice César Vallejo en un
célebre soneto en endecasílabos bien medidos y perfectamente
asordinados, Piedra negra sobre una piedra blanca.
Me atrevo a creer que el poeta colombiano suscribiría de buena
gana esta formulación del poeta peruano. Recordemos a este
respecto que Novalis
─
“el egregio extranjero de ojos pensativos, de flotante andar y
labios tiernamente cerrados en los que abunda el canto”
─
escribió la primera versión de sus Himnos a la noche en
“verso”, o sea en versos “libres”. Después,
para la segunda versión, ordenó todos estos “versos”
horizontalmente en la página, y salieron los primeros poemas en
prosa de la literatura occidental. El ritmo interno de su poesía
no cambió sustancialmente. El ritmo es la sustancia de la forma
de la poesía. Todo esto concierne a un tratamiento de una forma
poética, la del verso, su cadencia, su música ; pero una forma
no significa nada aislada de la estructura formal de la obra en
su cabalidad, que a su vez cobra su sentido de la visión del
mundo que representa. Las imágenes asumen en esta representación
una importancia singular al fundir en una sola visión términos y
percepciones procedentes de órbitas semánticas heterogéneas,
pero hay que decir que estas construcciones no tienen nada que
ver con la derramada facilidad de la escritura llamada
automática de los surrealistas. Se puede observar que la
estructura de estas imágenes visionarias va de lo más simple
(Una mujer fértil… me observa desde su rosa náutica ;
la sangre viva de los naufragios…) hasta las asociaciones
más complejas (Delante de mí un gran rumor de aguas subterráneas
/ Atravesadas por un solo pensamiento / Como un vasto
movimiento de limo que en su peregrinación / Llena de voces
la memoria de los sacrificados ; Una anchurosa muerte
bordada de cangrejos / avanza espumante como agua arrastrada
/ y ajena ; Secos prodigios esculpen en mi oído rumores / De
tempestades marinas contra los tajamares de una ciudad / Donde
comentadores insomnes leen el texto del mundo ; Cada palabra
prohibida hunde las máscaras / Hacia germinaciones
inusitadas. Y otras igualmente insólitas e impactantes. Son
como diseños diferentes pero que correspondieran en un punto
sobre translúcidas placas de cristal superpuestas y en
movimiento.
El raudal de imágenes en estos poemas se integra en el ritmo
que vertebra un organismo multiforme y lentamente móvil como el
mar, y el movimiento incesante de la música se funde con el
movimiento de las visiónes que nos abren no directamente el
entendimiento sino la visualización del sentido de lo que la
palabra poética dice: el cielo, el fuego, la mujer y el hombre,
la muerte, el desierto de Dioses ciegos, pero sobre todo el mar
de la errancia y del naufragio, para que lo que está llamado a
aparecer aparezca: Debe ser que cada don / Proviene de una
vertiente de fuego, / Que cada oscuro oleaje / Ancla su
naufragio con estrépito / Para que entre fluidez y contracción /
Aparezca… / Como una lluvia sin contornos / No quedando luego /
Sino fragmentado reflejo / Entallada ventana al infinito.
De cada naufragio por las rutas del exilio y de la errancia algo
queda: fragmentos de infinito, quizá, que el poema busca
reflejar… Fragmentos, podríamos interpretar, del sentido del
origen que se ha perdido en el destierro de una tierra que fue
nuestra, ahora tierra desterrada también ella, tierra de nadie ;
lo que está en juego en la condenación del errante no es sólo el
lugar y el hogar de un hombre o del hombre, sino su palabra, el
verbo prístino, ahora degradado y desmadejado como la errancia
de donde proviene el cantor: la desmadejada errancia de donde
provengo. La palabra, el canto no es un instrumento del ser
humano: es su ser, y no sólo del humano poeta: del humano a
secas. Por eso ante la palabra perdida, ante la lengua sin
oficio, el heroísmo de los poetas de estos tiempos de penuria
es, contra viento y marea de naufragios y de exilios,
reinstaurarla en su oficio, hacerse ellos mismos oficiantes ( en
el pleno sentido religioso del término) ante el altar de la
palabra: Lengua sin oficio, / Pero con oficiantes la alta
vigilia / Como en busca de orillas / donde se honora la brisa de
la tierra, / Y toda cosa simple, / Toda cosa yacente sobre la
arena / Encuentra las llaves puras, / Su vestido de islas, / Una
hierba ilustre sobre el mar del exilio. Estos breves versos
de luminosa belleza me parecen declarar, transubstanciada en la
poesía misma, la poética de Mario Camelo: la poesía, si es algo
hoy, ha de ser busca, sobre y a través del mar del exilio, busca
de las orillas de una tierra que no sea un mero pasaje del
exilio: de unas cosas simples donde están quizá las “llaves
puras” del hogar perdido, del reino acaso que quisimos fundar (Quisimos
fundar otro reino / Con los signos / Más fastos), del lugar
que no existe pero nos llama.
Es eso sin duda lo que explora a lo largo de la obra el
personaje que lleva la voz cantante en estos cantos. El
personaje es el errante, el náufrago que encarna abstractamente
en “yo”, “mi”, (procedo, desato, escribo, / mi cuerpo / mi
sangre, etc.), o en “nosotros”, “nos”, a veces “el hombre”: en
suma lo que, clásicamente, se suele llamar el “yo lírico” o el
“yo poético”. Pero uno puede preguntarse siempre quién es o a
quién encarna este yo lírico, y responder sin peligro de
equívoco: no exactamente el autor, el ciudadano que imagina y
produce el poema y su sustentáculo, la persona a través
de la cual resuena la voz que es una “multitud de voces que
habitan [su] cuerpo” pero que, transmigradas al poema, habitan
ahora el cuerpo del poema, y desde éste, ya emancipadas y
autónomas en cierto modo, hablan, para decirlo de nuevo con
palabras de Vallejo, en representación de todo el mundo.
Entendámonos. La voz que clama o musita en los poemas, como la
emoción que la impregna, proviene desde luego del autor, Mario
Camelo, colombiano, nacido en Leticia a orillas del Amazonas,
desde donde empézó muy temprano su práctica de errante emigrando
a regiones colombianas menos selváticas para al fin cruzar los
mares que resuenan tanto en su obra y recalar en Europa: ¿Por
qué haber llegado hasta aquí, / A esta frontera baja y estrecha
de país extranjero?, dice el poeta o el yo lírico que lo
sustituye, en Segundo libro de crónicas (1994). Es
importante recordar que por destino o designio de la historia
Mario es un errante doble: por judío y por latinoamericano ; y
yo ya casi estaría por pensar que en materia de errancia los
latinoamericanos nos llevamos ahora la palma y casi estamos
dejando atrás hasta al judío más errante. Los mares que resuenan
tanto en los poemas resuenan desde la historia más antigua, pero
tienen también en la historia moderna un diseño geográfico
preciso: de este a oeste y al contrario. Más de veinte millones
de italianos
¾y
es sólo un ejemplo actual tomado de la realidad escueta de la
historia¾
han emigrado en un siglo, sobre todo a América, y en los años 70
Il Corriere della Sera, de Milán, publicaba un artículo,
“Il ritorno dei piroscafi”, sobre las naves o aviones cargados
de argentinos que llegaban a Italia, tierra de exilio como lo
fue la Argentina para sus antepasados. Vamos y venimos y
naufragamos por doquier. Por eso no es de extrañar que esta
poesía se inspire tanto en la historia y en el mito, el mito
sobre todo que es la dignidad y la verdad de la historia. Como
hace observar Helena Araújo “el poeta se inspira en la tradición
oral arcaica, cuya poesía, como experiencia de lo sagrado, se
emparenta al panteismo y al animismo”. O sea que la errancia es
doble: por los mares de esta tierra y también en el tiempo, por
la oralidad de los mitos y también por su escritura: Perdido
el paraíso inventamos las palabras (…) Condenado estoy a
errar por edades / de opulentos manuscritos. La errancia, la
añoranza del paraíso perdido, la pérdida del reino no es en esta
obra un tema literario sino una experiencia íntima y radical de
la persona: es esa experiencia y la emoción que suscita lo que
se plasma en el poema, lo que mueve al canto. De ahí seguramente
tantas reminiscencias de la Biblia hasta en la forma de
versículos de muchos versos, y una especie de añoranza difusa de
las viejas culturas americanas, del mundo precolombino, que
presiona seguramente tácita en Proposición de lámparas y
Lo conversado en el mar, pero está explícita a menudo en
la obra anterior, principalmente en Conjuros (1983).
Hasta tal punto que cuando conocí a Mario Camelo, recuerdo
que lo llamaba amistosamente “el poeta precolombino”. Me había
enseñado un poema evocador del tema que me impresionó. Desde
este punto de vista y desde muchos otros conviene leer
Proposición de lámparas a la luz de las lámparas que han
precedido estos poemas: la obra anterior hasta los dos libros de
Crónicas (1990 y 1994). Una obra es una obra, no
una sucesión de libros sueltos.
Ahora, reanudo y corto el hilo de mi discurso sobre la cuestión
del yo poético y de mi discurso a secas: lo que quería decir es
que el yo biográfico del poeta se caracteriza por su pertenencia
a. Es un individuo que se sitúa entre otros individuos y tiene
una personalidad, un documento de identidad, unos episodios en
su vida, es, en suma, alguien que no es otro. El yo que en el
poema asume la voz, las voces es precisamente otro, diría
yo, o mejor dicho lo dijo Rimbaud. Goza una especie de
universalidad y de libertad en el ámbito del poema a la que no
puede aspirar ningún yo de carne y hueso y en este sentido no
representa fundamentalmente a su hacedor, el individuo que le
otorga la función de hablar en el papel: representa, así
universalizado, a cualquier humano que esté en situación de
exilio y de penuria y seguramente todos los humanos estamos en
eso, incluidos los que no se dan cuenta. Esta función de
representación le da un carácter particular, el de no ser
alguien: es cualquiera, es todos, nadie en particular: la
persona sin nombre que en el poema hace pasar a través de la
máscara la multitud de voces que dicen la errancia de todos los
errantes por los mares y las tierras y el tiempo inacabado que
siempre quiere expulsarnos del origen. Pero “dificilmente
abandona el lugar lo que mora cerca del origen”, dice el autor
citando a Hölderlin. Lo que mora cerca del origen es el Verbo,
el que prende en el alma, la carne y el hueso del individuo de
carne y hueso que es el poeta Mario Camelo, singular y
perteneciente: y de él emana y a él pertenece, ahora sí, la
singular punzante emoción que impregna estos poemas y la belleza
de sus imágenes, sus visiones, sus sonidos, su silencio.
La poesía es acaso hoy la única actividad del mundo que se da
absolutamente gratis. El poeta es un dador, un donador. Los
dones que nos aporta en su obra Mario Camelo no tienen precio y
lo único que el lector nónimo o anónimo puede dar en cambio es
su reconocimiento, tanto en la acepción de dejar constancia del
valor de lo donado, como en el sentido de agradecimiento. Así
que, imitando a Oliverio Girondo que en su poema “Gratitud”
agradece todos los dones de la vida, a mí, como lector que tiene
aquí que declarar su nombre (y me atrevería a hacerlo también en
nombre de más de un lector anónimo), no me queda sino firmar
como el poeta argentino
Américo
Ferrari,
agradecido.
Ginebra, mayo de 1998. |