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Borges: traductor y traducido
Fernando
Sorrentino
1. Avatares de un ciruja cerca del Duomotc "Avatares de
un ciruja cerca del Duomo"
En abril de 1999, y con el título de Sette conversazioni con
Borges, y «A cura di Lucio D’Arcangelo», Arnoldo Mondadori
Editore publicó en Milán la versión italiana de mi libro
Siete conversaciones con Jorge Luis Borges.
En su momento, recibí en Buenos Aires las pruebas de imprenta de
la traducción italiana. Tras revisarlas con la atención que
merecían, envié, el 19 de enero de 1999, una extensa carta a
Lucio D’Arcangelo, en la que señalaba una cantidad de errores de
traducción, nunca imputables a ignorancia del español sino a
desconocimiento de algunos aspectos de la cultura argentina (por
ejemplo, confundir cuadrera, ‘carrera de caballos’, con
cuadra, ‘caballeriza’).
Afectado de un mutismo que envidiaría la momia de un faraón, D’Arcangelo
jamás respondió una sola palabra. Pero, en general, siguió
casi todas mis indicaciones y corrigió casi todo lo
que había que corregir.
En las páginas 43-44 del original español Borges dice:
[…] y yo, que he conocido algo a los malevos, he observado —cualquiera
puede observarlo— que casi nunca usan el lunfardo. O no sé:
usarán una palabra de vez en cuando. Por ejemplo:
Era un mosaico diquero,
que yugaba de quemera.
Si alguien hablara así, pensaríamos que se ha vuelto loco o que
está ensayando una broma. Porque nadie habla así. Todo ese
lenguaje de las letras de tango, que tomó en serio Américo
Castro, es un juego literario, no más.
Los octosílabos lunfardos son obra de Francisco Alfredo Marino
(1904-1973) y pertenecen al tango El ciruja (1926).
Ciruja es apócope humorística de cirujano, y designa
al pobre diablo que vive de recoger desechos de los vaciaderos
de basura. Formulada esta aclaración, voy a «traducir» los
versos del lunfardo al español:
Era una muchacha presuntuosa
que trabajaba en la quema [de basura].
En las pruebas italianas, Lucio D’Arcangelo colocó un asterisco
en el vocablo diquero para explicar su significado. El
asterisco remitía al pie de página, donde —azorado— leí:
*È anagramma di «querido». [N.d.T.]
Como este aserto constituye un disparate mayúsculo, en mi carta
le expliqué:
diquero
no es anagrama de «querido»; es palabra que viene del caló
español. Adjunto fotocopia del libro de la máxima autoridad en
cuestiones de lunfardo, don José Gobello.
Y, en efecto, le mandé fotocopia de la página 26 de Vieja y
nueva lunfardía (1963), donde, en el apartado «Del caló»,
Gobello nos ilustra con su sapiencia habitual:
Dique
y diquero son palabras intrigantes. Creo haber deshecho
la intriga mediante dicar, que en caló es ver. A
comienzos de siglo dar dique era enseñar o dejar ver un
objeto, al mismo tiempo que se lo cambiaba por otro sin que lo
notara el interesado: una variante prestímana de la estafa. Como
muchos otros modismos de la técnica ladronil, adquirió pronto un
sentido traslaticio, y dar dique comenzó a ser,
simplemente, engañar con falsas apariencias. […]. Luego a quien
daba dique, o se daba dique, como se dice ahora,
se lo llamó diquero. Tal como en los siguientes versos de
El ciruja, menos esotéricos de lo que a simple vista
parecen si se tiene en cuenta que mosaico no es sino una
deformación de moza:
Era un mosaico diquero
que la yugaba e’quemera,
hija de una curandera
mechera de profesión.
(Nótese una ligera variante en el segundo verso. En rigor, hay
elisión del fonema d; entonces debería ser que la
yugaba’e quemera.)
Cuando, hacia mediados de 1999, tuve en mis manos el ejemplar de
las Sette conversazioni con Borges, comprobé —doblemente
azorado ante el hecho irreparable— que, al pie de la página 39,
se hallaba esta información:
*È anagramma di «querido». [N.d.T.].
Sin embargo, en la página 56, D’Arcangelo añade a mi nota 26 el
siguiente corchete, que contradice (y, por suerte, enmienda) la
información anterior:
[Esempio di stretto linguaggio gergale, il cui senso è il
seguente: «Era una ragazzotta presuntuosa / che lavorava da
robivecchi». N.d.T.].
[649 palabras]
2. No le deis al césar lo que no es del césar (y, menos aún, si
el césar lo ha rechazado)tc "No le deis al césar lo que no es
del césar (y, menos aún, si el césar lo ha rechazado)"
Cuando tenía diecinueve años (1962), mi devoción por Kafka y mi
desconocimiento del alemán me llevaron a adquirir la versión
española de Die Verwandlung. Era la de la Editorial
Losada (de Buenos Aires), cumplida, según rezaba la portada del
libro, nada menos que por Jorge Luis Borges (en 1938).
Tiempo después, advertí que la traducción no respondía a las
costumbres léxicas y sintácticas de Borges.
No se trataba de la presión que el texto original ejerce sobre
el traductor, obligándolo a adecuarse, en mayor o menor medida,
a las características del autor traducido. La divergencia
estilística era abismal: resulta extrañísimo que nadie se haya
dado cuenta de que tal traducción no era, ni podía ser, obra de
Borges.
La simple lectura me indicaba dos cosas: 1) la traducción no
pertenecía a Borges, y 2) tampoco pertenecía a ningún traductor
argentino: una importante cantidad de rasgos la caracterizaban
como labor de un traductor español. Por ejemplo:
a) Uso de pronombres enclíticos: encontróse; hallábase;
sentíase; infundióle; díjose.
b) Uso de léxico o de giros no argentinos: aparecía como de
ordinario; una estampa ha poco recortada; Mas era
esto algo de todo punto irrealizable; Y entonces, sí que
me redondeo; Eran las seis y media, y las manecillas
seguían avanzando; concentró toda su energía y, sin pararse
en barras, se arrastró hacia adelante.
c) Uso del pronombre le como objeto directo (leísmo): un
dolor […] comenzó a aquejarle en el costado; Estos
madrugones le entontecen a uno por completo; Celebro verle
a usted, señor principal; motivo suficiente para despedirle
sin demora; harto mejor que molestarle con llantos y
discursos era dejarle en paz.
Las piezas “Un artista del hambre” (Ein Hungerkünstler) y
“Un artista del trapecio”, título del todo caprichoso por
“Primera tristeza” (Erstes Leid), que forman parte del
mismo volumen, nos ofrecen las mismas peculiaridades de La
metamorfosis.
Unos años más tarde (hacia 1970) tuve la inolvidable experiencia
de realizar el libro de entrevistas Siete conversaciones con
Jorge Luis Borges. No quise, desde luego, desaprovechar la
oportunidad de interrogarlo sobre aquel punto. El diálogo fue
así:
F.S.: Me pareció notar en su versión de La metamorfosis,
de Kafka, que usted difiere de su estilo habitual…
J.L.B.: Bueno: ello se debe al hecho de que yo no soy el autor
de la traducción de ese texto. Y una prueba de ello —además de
mi palabra— es que yo conozco algo de alemán, sé que la obra se
titula Die Verwandlung y no Die Metamorphose, y sé
que hubiera debido traducirse como La transformación.
Pero, como el traductor francés prefirió —acaso saludando desde
lejos a Ovidio— La métamorphose, aquí servilmente hicimos
lo mismo. Esa traducción ha de ser —me parece por algunos giros—
de algún traductor español. Lo que yo sí traduje fueron los
otros cuentos de Kafka que están en el mismo volumen publicado
por la editorial Losada. Pero, para simplificar —quizá por
razones meramente tipográficas—, se prefirió atribuirme a mí la
traducción de todo el volumen, y se usó una traducción acaso
anónima que andaba por ahí.
Muchísimos años más tarde (1997), ciertos factores externos me
impulsaron a buscar la “traducción acaso anónima que andaba por
ahí” (y que, sin duda, Borges siempre supo cuál era y dónde
estaba).
Como me resulta más sencillo aportar gris información verdadera
que elaborar brillantes hipótesis falsas, ejecuté de inmediato
la búsqueda necesaria (además, muy simple y nada misteriosa) y
pude así encontrar en letras de molde las versiones de “La
metamorfosis”, “Un artista del hambre” y “Un artista del
trapecio”, que, transcriptas con las mismísimas palabras, fueron
atribuidas a Borges, desde 1938 hasta hoy, en las sucesivas
ediciones mencionadas.
Las tres constan en la Revista de Occidente, que en
Madrid dirigía José Ortega y Gasset, y las tres se hallan —de
una manera muy de entrecasa— sin mención del traductor, sin
mención del título original y sin mención de la publicación de
donde fueron traducidas. He aquí los datos precisos:
1) “La metamorfosis”, de Franz Kafka (1ª parte), Revista de
Occidente, tomo viii,
abril-mayo-junio de 1925, nº
xxiv, págs.
273-306.
2) “La metamorfosis”, de Franz Kafka (2ª parte), Revista de
Occidente, tomo ix,
julio-agosto-septiembre de 1925, nº
xxv, págs. 33-79.
3) “Un artista del hambre”, de Franz Kafka, Revista de
Occidente, tomo xvi,
abril-mayo-junio de 1927, nº
xlvii, págs.
204-219.
4) “Un artista del trapecio”, de Franz Kafka, Revista de
Occidente, tomo
xxxviii, octubre-noviembre-diciembre de 1932, nº
cxiii, págs.
209-213.
Con estas precisiones, tan fáciles de verificar, ya no será
razonable seguir diciendo que Borges tradujo al español Die
Verwandlung, Ein Hungerkünstler y Erstes Leid,
afirmación errónea que se repite, con inmerecido éxito, desde
1938 hasta el día de hoy.
[800 palabras: ni una más, ni una menos]
3. El
vuelo del águila
En el
Trujamán titulado «El ilimitado don Francisco» escribí:
Sin que
ahora logre determinar dónde ni cuándo, recuerdo que en cierta
entrevista Jorge Luis Borges se refirió, de una manera por donde
parecía correr una sonrisa irónica, a don Francisco Soto y
Calvo.
«Debo a la
conjunción» de mi memoria y el azar el hallazgo del texto en
cuestión. Se encuentra en el libro de Roberto Alifano El
humor de Borges (Buenos Aires, Proa, 2000). Habla —no
escribe— Borges y, por supuesto, vale la pena escucharlo con
atención:
[Francisco
Soto y Calvo] era un hombre solemne, sin ningún sentido del
humor. Él era estanciero, poeta, traductor y también editor.
Soto y Calvo consagró toda su vida a las traducciones y a la
poesía: un amor no correspondido, por supuesto, ya que era un
poeta mínimo. Ahora, siguiendo aquello que dijo Bernard Shaw, yo
no puedo referirme a este amigo mío en otro tono que no sea el
del humor. Involuntariamente, su obra de traductor está llena de
disparates y no se la puede ver en otra forma que no sea la del
humor. Era el único traductor que traducía del idioma inglés sin
conocer inglés, conociendo solamente el idioma castellano. Un
caso curioso, ¿no? Soto y Calvo partía de la teoría de que había
que traducir palabras, en el mismo orden y con el mismo número
de sílabas. Yo le señalé, alguna vez, que esto era imposible.
Por lo pronto, las mismas palabras, en el mismo orden, ya
presupone una sintaxis similar en los idiomas. En inglés, en
alemán o en francés se debe anteponer el sujeto al verbo: en
cambio, en castellano no. Por ejemplo, si yo digo «llegó un
jinete», «un jinete llegó», es lo mismo; pero en otro idioma no
se puede empezar por el verbo. Esto, obviamente, no le importaba
para nada a Soto y Calvo. Él sostenía, convencido, que con su
sistema se podía traducir correctamente.
[…].
Una vez me
leyó una traducción que había hecho de Al Aaraaf, ese
poema largo de Edgar Allan Poe, donde por primera vez se
fusionan la técnica y la poesía. Recuerdo que un verso decía así:
The eternal voice of God is passing by, / And the red winds
are withering in the sky! («¡Pasa la voz eterna de Dios, / y
los rojos vientos se marchitan en el cielo!»). Soto y Calvo me
leyó su traducción, realizada con las mismas palabras, con el
mismo orden y con el mismo número de sílabas, y decía: «Ya no
brama en la esfera el hórrido aquilón». Yo, entonces, observé
tímidamente que me parecía que no eran las mismas palabras, en
el mismo orden y con el mismo número de sílabas. Y Soto y Calvo
me contestó: «Yo esperaba algo mejor de usted, Borges; el águila
vuela muy alto». Esto lo dijo con cierta indulgencia hacia mí;
el águila era él, por supuesto.
Desde
luego, si yo fuera juez, consideraría con reservas este
testimonio de Borges: son más que evidentes la alegría de crear
ficción y de improvisar oralmente una anécdota graciosa, y
también el placer humorístico de la hipérbole y del embuste.
Y está muy
bien que sea así, pues siempre he sido de la idea de que la
literatura debe ser más bella que la verdad.
[551
palabras]
4. El
cuento de Borges sobre «el cuento de Borges»
Como se
sabe, Norman Thomas di Giovanni tradujo al inglés la mayor parte
de la obra de Jorge Luis Borges. Entregado a esa labor, estuvo,
hacia el año 1970, residiendo bastante tiempo en Buenos Aires.
Yo lo
conocí, vi cómo trabajaba y puedo asegurar que el hombre era
inteligente, culto y capaz, y muy puntilloso en su tarea.
Por
razones que ignoro, lo cierto es que la relación amistosa entre
Borges y di Giovanni terminó por deteriorarse, y que el escritor
argentino quedó resentido con su traductor norteamericano.
Por tal
motivo, años más tarde consideró oportuno revelar cierta
anécdota. Ésta se halla en las páginas 36-38 del volumen de
Roberto Alifano El humor de Borges (Buenos Aires, Proa,
2000), lectura que, dicho sea de paso, me permito recomendar
fervorosamente.
Borges y
Alifano están conversando sobre el hábito de tomar mate, los
errores que se cometen en su preparación, las ácidas
consecuencias de una ingesta exagerada, etcétera. Ahora bien, el
mate no sólo es la infusión sino también el receptáculo en que
se lo bebe. La estricta ortodoxia indica que éste debe ser una
calabaza; la heterodoxia puede adquirir diversas formas
reprobables (un jarrito celeste, en el caso del don Isidro
Parodi de los Seis problemas; un mate de madera, en el
del autor de este Trujamán; y hasta —horresco referens—
un vasito de vidrio en los ejemplos más heréticos).
Habla
Borges:
—Yo tenía
dos clases de mate, uno tipo galleta, y otro común, tipo jarrito.
Ahora, caramba, he perdido ese hábito —se lamenta—. No me cae
bien; aunque a veces suelo incurrir en algunos mates, quizá para
despuntar el vicio, como decía mi madre.
Borges
hace una pausa, ríe pícaramente y sigue hablando.
—¿Yo no le
conté a usted lo que me pasó con di Giovanni? —comenta—. Bueno,
él había traducido un libro mío al inglés. En uno de los relatos
hay un indio que queda moribundo después de una batalla; se
arrastra hasta el degollador y pide que lo terminen de matar.
Dice así: «Mate, capitanejo Payé quiere morir». ¿Sabe qué puso
di Giovanni, en un llamado que hizo al pie del libro?: «Mate:
infusión criolla que se succiona con un adminículo llamado
bombilla». A mí me parece asombroso que no se diera cuenta de
que lo que pedía el indio era que lo mataran y no que le cebaran
unos mates… No sé, era como si pidiera una cerveza Quilmes o una
ginebra Bols.
No puede
negarse que la historieta es graciosa.
Sin
embargo, las cosas sucedieron de manera muy diferente.
Primero,
les sugiero a los amigos curiosos que, en las obras de Borges
traducidas al inglés por di Giovanni, busquen esa llamada al pie
de página, para verificar exactamente cómo es la cita.
En seguida
les digo que fracasarán en su busca. No existe tal nota al pie
debido a que no existe traducción de ese cuento al inglés.
Y no
existe tal traducción al inglés debido a que jamás existió ese
texto en español.
Mientras
un segmento del cerebro de Borges exponía ante Alifano qué
clases de mate tenía en su casa, otro segmento inventaba
simultáneamente la realidad del cuento, el episodio, el
capitanejo, su nombre, la súplica, la traducción al inglés, la
nota a pie de página.
La alegría
de improvisar, el gusto por la hipérbole, el placer del
humorismo se aliaron en Borges para adjudicarle a su ex amigo di
Giovanni un grado de estupidez y de ineptitud que éste se
hallaba muy lejos de padecer: un brillante ejercicio, en fin, de
literatura fantástica.
[606
palabras]
5. El
original infiel
Jorge Luis
Borges publicó por primera vez el poema en prosa «1982» en la
edición del 28 de octubre de 1982 del diario Clarín, de
Buenos Aires. Luego ese texto fue incorporado, ya para siempre,
al volumen Los conjurados (1985).
Antes de
que transcurrieran seis meses, el poema fue traducido al inglés
por Nicomedes Suárez-Araúz (profesor boliviano radicado en
Estados Unidos) y publicado en The American Poetry Review
(Filadelfia, marzo-abril, 1983).
Ahora bien,
cuando Borges recibió la traducción, decidió introducir en ella
una serie de correcciones, modificaciones y agregados. Con esta
nueva forma inglesa el poema fue republicado en el libro
Twenty-four Conversations with Borges – Including a Selection of
Poems (entrevistas por Roberto Alifano, traducciones por
Nicomedes Suárez-Araúz, Housatonic, 1984).
Veamos
algunas de las modificaciones:
A.
Original español de Borges: detrás de la fila de libros.
B. Versión
Suárez-Araúz: behind the line of books.
C. Versión
Suárez-Araúz modificada por Borges: behind the row of books.
Que el
inglés diga line o row no altera el original
español.
Pero, en
la enumeración caótica del párrafo segundo, las modificaciones
son significativas:
A. Es
parte de la trama que abarca estrellas, agonías, migraciones,
navegaciones, lunas, luciérnagas, vigilias, naipes, yunques,
Cartago y Shakespeare.
B.
It is a part of that plot that encompasses stars, misery,
migrations, sea voyages, moons, glow worms, night watchmen,
playing cards, anvils, Carthage and Shakespeare.
C. It is but a point of the web that encircles stars, deathbeds,
migrations, thorns, agonies, vigils, pyramids, glow worms,
Carthage and Shakespeare.
Vemos que
en A y en B los elementos de la enumeración son once, y que B
respeta escrupulosamente el orden de A.
Pero en C
los elementos sólo son diez y en este orden: estrellas, lechos
de muerte (=¿agonías?), migraciones, espinas, agonías, vigilias,
pirámides, luciérnagas, Cartago y Shakespeare. En primer lugar
se repite, en dos términos, la idea de agonías; en
segundo, desaparecen navegaciones, lunas,
naipes, yunques; en tercero, se incorporan espinas
y pirámides.
Las
palabras finales del poema son la fragancia del nardo,
que B respeta como the fragance of a thistle. Pero que
Borges (C) reemplaza por the scent of a rose.
Por las
razones que sean, Borges reelaboró la traducción inglesa del
poema. Curiosamente, el original español no fue modificado:
estamos, pues, en presencia de un caso extraño: el original que
no guarda fidelidad a su traducción.
[398
palabras]
6. Borges:
acusado y absuelto
El número
17 de la tercera época de la revista Proa (Buenos Aires,
mayo-junio, 1995) registra un breve texto inédito de Julio
Cortázar titulado «Translate, traduire, tradurre: traducir».
En él,
entre otros temas, compara el placer de traducir con el trabajo
de traducir:
Trujamán
silencioso, en mi juventud viví tiempos de delicia mientras
traducía libros como Mémoirs d’Adrien, de Marguerite
Yourcenar, o L’immoraliste, de André Gide, y años después
los pagué con jornadas de horror o de letargo frente a los
informes de algunos expertos de las Naciones Unidas en las
esferas (ellos lo escriben así) de la sociología /
alfabetización / regadío / medios masivos de comunicación (sic)
/ biblioteconomía / reactores atómicos de agua pesada, etcétera,
que en general merecían su denominación de «informes» pero en
segunda acepción.
Hay
también algunas bromas sobre errores o disparates variados que
se deslizan en traducciones y no falta —en su estilo de
artificiosa oralidad— la simpática autotomadura de pelo:
He
palidecido al releer fragmentos de mis viejas versiones
literarias, como en el caso del célebre pero olvidado estudio
del abate Brémond sobre plegaria y poesía, donde me equivoqué
sobre el esprit en el sentido de ingenio o agudeza y lo
traduje derecho viejo como ‘espíritu’, estropeándole el pasaje
al buen abate.
Pero en
seguida agrega:
Claro que
peor le ocurrió a Borges que en un poema creo que de Francis
Ponge tradujo sol por ‘sol’ en vez de ‘suelo’, pero ya se
sabe que esas cosas pasan en las mejores familias, vide
San Jerónimo.
Muy bien.
Ocurre que, en toda su vida, Borges tradujo, del francés, tres
poemas (o, mejor dicho, un poema y una suerte de prosa poemática):
1. El
poema es «Paysage cruel» (constituido por cuatro partes
tituladas «Trame», «Moments», «Animale», «Le temps de l’insecte»);
esta obra pertenece a Édith Boissonnas (1904-1980).
2. Las
prosas poemáticas pertenecen, en efecto, a Francis Ponge
(1899-1988) y se titulan «De l’eau» y «Bords de mer».*
La revista
Sur, en su entrega dedicada a la literatura de Francia
(Buenos Aires, año 16, nos. 147-148-149,
enero-febrero-marzo, 1947), incluye todos estos textos en
versión bilingüe con páginas enfrentadas: en las pares se halla
el original francés; en las impares, la versión española de
Borges.
Por exceso
de escrúpulo (Cortázar escribió «creo que de Francis
Ponge») revisé también el texto de Edith Boissonnas: allí no
aparecen los vocablos sol ni soleil.
Tampoco se
encuentran en «Bords de mer». Pero sí en «De l’eau», según este
detalle:
El vocablo
sol figura cinco veces (a = Ponge; b = Borges):
a. Comme
le sol, comme une partie du sol, comme une modification du sol.
b. Como el
suelo, como una parte del suelo, como una modificación del suelo.
a. […] se
couche à plat ventre sur le sol […].
b. […] se
acuesta boca abajo en el suelo […].
a. […]
dans son désir d’adhérer au sol […].
b. […] en
su deseo de adherirse al suelo […].
En cambio,
soleil sólo se halla dos veces:
a.
Cependant le soleil et la lune sont jaloux de cette influence
exclusive […].
b. Sin
embargo el sol y la luna le envidian esta influencia exclusiva
[…].
a. Le
soleil alors prélève un plus grand tribut.
b. El sol
le arranca entonces mayor tributo.
Como vemos
—y no podía esperarse otra cosa—, no hay ningún error en la
traducción de Borges. Queda, por lo tanto, absuelto de culpa y
cargo de la acusación de haber cometido tan grosero dislate.
En cuanto
a la información suministrada por Cortázar, puede considerarse
un ejercicio de literatura fantástica, a la que tan afecto era
el imaginativo y cosmopolita narrador.
*Transcurrido
más de medio siglo, adviértase la abismal diferencia de magnitud
literaria que existe hoy entre los encumbrados creadores
francófonos y el humilde traductor al español de entonces.
[642
palabras]
7. Del
supremo yo de las pólizas de seguro y el Ulises en
español a las reflexiones de Borges
El pecador aburrido y el traductor del Ulises en el mismo
continente
A los
dieciocho años —corría 1961— padecí ser empleadillo en cierta
compañía comercial de Buenos Aires.
El diablo
me puso bajo la égida de uno de los hombres más estúpidos que en
el mundo han sido. En melancólico jolgorio íntimo, di en
fingirme humilde discípulo del señor B. para que este
ejecutivo —acucioso en su nadería, risible en su severidad—
imaginase que yo aspiraba a devenir una persona parecida a él en
un futuro venturoso.
Yo solía
andar con libros bajo el brazo. Advertida esta perversidad, el
señor B. decidió edificarme: expuso la verídica parábola de un
escritor que había trabajado en la compañía y que ya no
trabajaba más.
—Figúrese
—concluyó, atónito—, el hombre decía que este trabajo lo
aburría.
Y sonrió,
indulgente ante las extravagancias de la conducta humana.
Le
pregunté quién había sido ese escritor.
—Querido
joven —me aleccionó—, se revela el pecado pero no el pecador.
Extraiga usted sus propias conclusiones.
Más que
extraer conclusiones, me interesaba satisfacer la curiosidad:
averigüé más tarde que el pecador tenía Augusto por nombre y Roa
Bastos por apellido.
Lo cierto
es que aquellos casi olvidados episodios del ayer resucitaron,
súbitos, gracias a esta información:
José Salas
Subirat […] trabajaba para La Continental […] una compañía de
seguros.*
Ahora sé
que, mientras en el tercer piso el señor B. modelaba mi
personalidad, en otras oficinas del lúgubre edificio de la
avenida Corrientes cumplía tareas el primer traductor del
Ulises al español.
Conjeturo
que, siendo Roa Bastos y Salas Subirat dos personas de
inclinaciones similares, tienen que haberse conocido y tienen
que haber conversado, más de una vez, de temas ajenos a las
pólizas de seguro.
Reflexiones de Borges
En aquel
momento, la labor de Salas Subirat contaba dieciséis años y una
razonable aceptación por parte de lectores y estudiosos.
Sin
embargo, en fecha muy cercana a la primera edición (1945) del
Ulises en español, Borges interpuso sus objeciones a la
versión de Salas Subirat. Los puntos negativos no están
dirigidos tanto a la tarea del traductor cuanto a la
imposibilidad de la lengua española de ejercitar ciertos
recursos del inglés.
Entre
otros conceptos, dice Borges:
[…]
considero el problema de verter el Ulises al español.
Salas Subirat juzga que la empresa «no presenta serias
dificultades»; yo la juzgo muy ardua, casi imposible. […]. El
inglés (como el alemán) es un idioma casi monosilábico, apto
para la formación de voces compuestas. Joyce fue notoriamente
feliz en tales conjunciones. El español (como el italiano, como
el francés) consta de inmanejables polisílabos que es difícil
unir. […].
En esta
primera versión hispánica del Ulises, Salas Subirat suele
fracasar cuando se limita a traducir el sentido. La frase
inglesa: horseness is the whatness of allhorse es una
memorable definición de la tesis platónica, no así la lánguida
equivalencia española: el caballismo es la cualidad de todo
caballo. Otro ejemplo, breve también: phantasmal mirth,
folded away: muskperfumed es una frase melodiosa y patética;
júbilos fantasmagóricos momificados: perfumados de almizcle
es, quizá, inexistente. Hombre de inteligencia múltiple
equivale más bien a la nada que a myriadminded man. Muy
superiores son aquellos pasajes en que el texto español es no
menos neológico que el original. Verbigracia, éste, de la página
743: que no era un árbolcielo, no un antrocielo, no un
bestiacielo, no un hombrecielo, que recta e inventivamente
traduce: that it was not a heaventree, not a heavengrot, not
a heavenbeast, not a heavenman.
A priori,
una versión cabal del Ulises me parece imposible. El
propósito de esta nota no es, por cierto, acusar de incapacidad
al señor Salas Subirat, cuyas fatigas juzgo beneméritas, cuyas
aficiones comparto; es denunciar la incapacidad, para ciertos
fines, de todos los idiomas neolatinos y, singularmente, del
español. Joyce dilata y reforma el idioma inglés; su traductor
tiene el deber de ensayar libertades congéneres.
El ensayo
se titula «Nota sobre el Ulises en español» y se
encuentra en la página 49 de la revista —que el propio Borges
dirigía— Los Anales de Buenos Aires (nº 1, enero de
1946).
*Marietta
Gargatagli (trujamán «Datos para una biografía: José
Salas Subirat»).
[711
palabras]
8. Cuando
las chinas toman mate, Marco Polo se equivoca (1)
Dos clases de chinas argentinas
Con
respecto al sustantivo y adjetivo chino,na, el
drae, sin
mencionar etimología, lo define como «Natural de China». Pero en
otra entrada del vocablo, la correspondiente a la etimología
quechua (‘hembra, sirvienta’), afirma, entre otras acepciones,
que se dice de una persona «de ojos rasgados» y de una persona
«aindiada».
En la
llanura de Buenos Aires e ignorante de la existencia tanto del
Celeste Imperio como del
drae, el paisano del siglo
xix llamaba
china: a) a su propia mujer (de modo muy afectuoso);
b) a la mujer indígena (más bien con aborrecimiento).
De la
acepción a) hay en el Martín Fierro (1872-1879)
cuatro casos: bastará con un solo ejemplo:
mientras
su china dormía
tapadita
con su poncho.
(I,
ii, 149-150)
Otro
ejemplo de la acepción b) (aparece quince veces):
pues ni el
indio ni la china
sabe lo
que son piedades.
(II,
vii, 995-996)
El uso,
aunque no exclusivo del siglo
xix, tendió a
disminuir en el xx.
El vocablo,
en diversos matices que participan de ambas acepciones a)
y b), se registra, unas cuantas veces, en Don Segundo
Sombra (1926), de Ricardo Güiraldes. En el capítulo VI, con
tierno diminutivo, aplicado a Aurora, la muchacha que, por culpa
del narrador, ha «perdido una sortija1 entre el maíz»:
Esa tarde
no me había reñido, y al apartarme no fui yo quien dijo:
-Mañana te
espero.
Pobre
chinita, aquel mañana había sido nuestro último encuentro.
Con el
sentido a) de «mujer propia» se halla en el colérico
tango —de tono gauchesco— Contramarca (1930, música del
argentino Rafael Rossi y letra del uruguayo Francisco
Brancatti). Del contexto se infiere que la dama, después de
haber traicionado al cantor y a pesar de haber recibido «en el
carrillo», como castigo por tan abominable pecado, «esa flor que
mi cuchillo te marcó bien merecida», parece no haber
escarmentado pues vuelve, ¡oh, imprudente!, a la antigua
vivienda, donde el floricultor del puñal la saluda con este
mensaje de bienvenida:
China
cruel, ¿a qué has venido?
¿Qué
buscás en este rancho?
Como
«persona de rasgos aindiados», derivación de la acepción b),
Borges la emplea en «Hombre de la esquina rosada» (1935):
los
hombres y los perros lo respetaban y las chinas también
se abrió
paso con la crencha en la espalda, entre el carreraje y las
chinas
Y, de
manera casi tautológica, en «El Sur» (1953):
otro, de
rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto
El
compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose.
Con forma
masculina y en aumentativo, aparece, muy avanzado el siglo
xx, con la misma
acepción. El niño que narra el angustiante cuento “Después del
almuerzo” (Julio Cortázar, Final del juego, 1964) llama
chinazo al guarda del tranvía:
pero el
guarda era uno de esos chinazos que están viendo las cosas y no
quieren entender
El chinazo
cortó el otro boleto y me lo dio.
Acaso por
la proliferación de chinos propiamente dichos que, con sus
ubicuos autoservicios, proveen de alimentos a toda Buenos Aires,
el término, tal como lo empleó Cortázar, hace muchísimo tiempo
que ha dejado de oírse.
En el
Trujamán titulado «Cuando las chinas toman mate, Marco Polo se
equivoca (2)» veremos que, sin llegar a constituirse en peligro
amarillo, resulta bastante riesgoso que un traductor confunda
las chinas asiáticas con las chinas argentinas.
1. Enrique
Anderson Imbert (Historia de la literatura hispanoamericana,
XII) señala que «sortija —como en Chaucer— significa virginidad».
[586
palabras]
9. Cuando
las chinas toman mate, Marco Polo se equivoca (2)
Un Marco Polo anglosajón en la Catay rioplatense
Marco Polo
llamaba Catay al enorme territorio asiático que concluye en el
Pacífico, pero todos confiamos en que realmente se llama China,
y chinos y chinas son, según sus sexos, los naturales de tan
desaforado país.
El
Trujamán «Cuando las chinas toman mate, Marco Polo se equivoca
(1)» pretende brindar alguna orientación sobre el significado
del término china en las provincias del Plata.
Definidos
esos hechos, y sabiendo que, en el siglo
xix y en la
llanura de Buenos Aires, encontrar un chino de Catay era casi
tan difícil como encontrar hoy en Estados Unidos un bidet,
recordemos que nuestro amigo norteamericano Norman Thomas di
Giovanni («El cuento de Borges sobre el cuento de Borges»)
tradujo al inglés una parte muy considerable de la obra del
maravilloso escritor.
Por las
razones que sean, mucho tiempo más tarde su compatriota el
académico Andrew Hurley publicó su propia versión inglesa de los
cuentos de Borges, que tituló Collected Fictions (Nueva
York, 1998). Yo no he podido ver este libro, pero…
El adverso
hado de Hurley determinó que, entre los más de seis mil millones
de seres humanos que viven sobre la faz del planeta Tierra,
fuera el mismísimo di Giovanni, y no otro, el reseñador de los
méritos de tal traducción. El artículo se titula «A Bad
Translation»,1 y su lectura me ha inspirado la idea
de instituir un concurso: premiar con una elevada recompensa a
quien halle en esas páginas un solo e ínfimo elogio hacia la
labor del traductor.
Merced a
esas loas me he enterado de algo que los lectores juzgarán:
One of his notes [las de Hurley] betrays his innocence. Claiming
that in Hispanic culture ethnic and racial denominations are
often used as terms of endearment, he gives as an example the
words ‘chino/china’, believing these to be Spanish for
‘Chinaman/Chinawoman’. In fact, in the Argentine context
china is a Quechua word that originally meant a female
animal and eventually came to mean a gaucho’s woman. In this
sense, there is no male equivalent, and the word chino
simply does not exist.2
1. The
Literary Review, Londres, febrero de 1999.
2. Una de
estas notas delata la ingenuidad de Hurley. Al afirmar que, en
la cultura hispánica, las denominaciones étnicas y raciales se
emplean con frecuencia como términos afectuosos, da como ejemplo
las palabras «chino / china», creyendo que ésos son los vocablos
españoles que se refieren a «nativo o nativa de la China». En
rigor, en el contexto argentino «china» es una palabra quechua
que en sus orígenes significó un animal hembra y, con el tiempo,
vino a significar la mujer del gaucho. En este sentido, no hay
equivalente masculino, y la palabra «chino» simplemente no
existe.
[473
palabras]
10.
Traductores con podadera
Siempre
creí que el detective Sherlock Holmes y el doctor John Watson,
ocupantes del piso de Baker Street 221b, se trataban de usted
y no de tú.
Por tal
motivo, al hojear distraídamente «La Liga de los Cabezas Rojas»1,
no dejó de sorprenderme este diálogo:
—No puedes
llegar más a tiempo, Watson —dijo cordialmente.
—Creí que
estabas ocupado.
—Lo estoy.
Muchísimo.
—Entonces,
te espero en el cuarto de al lado.
Más o
menos podemos tomar como regla que, cuando los personajes del
texto inglés se dirigen unos a otros con vocativos como
mister, sir, doctor o similarmente
respetuosos, deberemos, en la traducción española, dar por
sentado que se están tratando de usted; en cambio, cuando
se llaman por el nombre de pila, podemos lícitamente suponer que
se están tuteando. Pero, ¿qué hacer cuando los personajes se
llaman recíprocamente por su apellido o cuando uno de ellos
llama doctor, de vez en cuando, al otro?
Movido por
la curiosidad, quise cotejar estos casos de tú/usted con
el original inglés y entonces, como aquel ingenuo que sale a
cazar perdices y se encuentra con pterodáctilos, comprobé que
mis dos admirados compatriotas no sólo tradujeron «The
Red-headed League» sino que, cuando les pareció oportuno (muchísimas
veces), tomaron —como el «mozo de campo y plaza» de don Alonso
Quijano— la podadera y, eliminando sin más trámite lo que
juzgaron hojarasca, le enmendaron la plana a sir Arthur Conan
Doyle.
Veamos
sólo tres casos:
1
“Try the settee,” said Holmes, relapsing into his armchair and
putting his fingertips together, as was his custom when in
judicial moods. “I know, my dear Watson, that you share my love
of all that is bizarre and outside the conventions and humdrum
routine of everyday life. You have shown your relish for it by
the enthusiasm which has prompted you to chronicle, and, if you
will excuse my saying so, somewhat to embellish so many of my
own little adventures.”
—Siéntate
en el sofá —dijo Holmes—. Sé que compartes mi pasión por lo
extravagante y lo misterioso. Lo has demostrado por la paciencia
que tuviste al historiar y, si me permites, al retocar, tantas
de mis pequeñas aventuras.
2
“A proposition which I took the liberty of doubting.”
“You did, Doctor, but none the less you must come round to my
view, for otherwise I shall keep on piling fact upon fact on you
until your reason breaks down under them and acknowledges me to
be right. Now, Mr. Jabez Wilson here has been good enough to
call upon me […].
—Afirmación que me atreví a poner en duda.
—No
tardarás en aceptarla. Aquí está el señor Jabez Wilson, que ha
tenido la gentileza de consultarme […].
3
“What on earth does this mean?” I ejaculated after I had twice
read over the extraordinary announcement.
Holmes chuckled and wriggled in his chair, as was his habit when
in high spirits. “It is a little off the beaten track, isn't
it?” said he. “And now, Mr. Wilson, off you go at scratch and
tell us all about yourself, your household, and the effect which
this advertisement had upon your fortunes. You will first make a
note, Doctor, of the paper and the date.”
—¿Qué
quiere decir esto? —exclamé, después de releer la tan
extraordinaria declaración.
—Sale de
lo trivial, ¿no es cierto? —dijo Sherlock Holmes—. Y ahora,
señor Wilson, empiece de nuevo. Háblenos de usted, de su casa, y
de los cambios que este aviso produjo en su destino. Anote
primero, doctor Watson, el nombre del diario y la fecha.
Aunque los
efectos del tijereteo se manifiestan por sí mismos, nótese, en
el último diálogo, el cambio de tú por usted: sin
duda, en él se inspiró anacrónicamente Horacio cuando escribió
Quandoque bonus dormitat Homerus. Acaso, como los
traductores son dos, podamos tomarnos la libertad de decir:
Quandoque boni dormitant Homeri.
1. Los
mejores cuentos policiales (2) (Madrid, Alianza/Emecé, 1983,
págs. 45-65), selección, traducciones y prólogo de Adolfo Bioy
Casares y Jorge Luis Borges. Los textos son los de la primera
edición de Emecé (Buenos Aires, 1943).
[687
palabras]
11. Do
perigo brasileiro de se confiar nos (falsos) amigos argentinos
Aunque
logro entenderlas, no puedo sentir el sabor, el color
y la temperatura de otras lenguas: por ende, me considero
un individuo por completo monogloto. En rigor, mi único idioma
es aquel en que puedo decir exactamente (no
aproximadamente) lo que quiero decir.
Entonces,
estoy en condiciones de opinar —con diversos grados de
discreción o de desatino— sobre una traducción española en que
algún término o alguna construcción me parezca, en orden
creciente de méritos, un estropicio, un acierto o un hallazgo.
Pero, si de una lengua extranjera se trata, sólo puedo aspirar a
discernir cuestiones semánticas pero no estilísticas; de modo
que sería temerario arriesgar un ínfimo juicio.
Esa tarea
corresponde a los hablantes nativos, pero nada me impide
curiosear en casa ajena.
En los
volúmenes V (2000/1) y VI (2000/2) de Cadernos de Tradução
(revista que publica la Universidade Federal de Santa Catarina,
Florianópolis, Brasil), Walter Carlos Costa comenta los tomos II
y III de la versión, en portugués brasileño, de las Obras
completas de Borges.
Las
reseñas son extensas, pormenorizadas y muy escrupulosas, y se
refieren a muchos aspectos de los trabajos examinados. Aquí sólo
traduzco dos pasajes que se ocupan de los deméritos de la
excesiva literalidad.
Costa
afirma que la versión de Otras inquisiciones
revela un
aspecto predominante de las traducciones brasileñas del español
y del género del ensayo: la literalidad como procedimiento
principal. La acumulación de las transposiciones literales
confiere al conjunto de los ejemplares ensayos borgeanos un tono
arcaizante ausente del original y extraño a la poética del
Borges maduro. Son innumerables los casos en que el traductor
elige, por comodidad o por prudencia, la forma gráfica más
próxima: así, legendario da legendário (en el
célebre «A muralha e os livros») y revisan la biblioteca
aparece como revistam a biblioteca (en el citadísimo
«Magias parciais do Quixote»).
Me atrevo
a inferir que, si legendário y revistam son formas
arcaicas, el traductor debió haber preferido lendário y
revêem o examinam.
Tal vez
más perturbadoras que las literalidades léxicas sean las
literalidades sintácticas. Walter Carlos Costa explica y
ejemplifica:
O livro de
areia
elige de manera sistemática una forma culta que termina sonando
un tanto artificial o preciosista para los lectores brasileños y
que dista de cierta naturalidad presente en el original
argentino. […]. Esa literalidad concluye por neutralizar o
tornar impracticables algunos de los más sutiles efectos de la
prosa madura de Borges, como en el ejemplo siguiente:
Se afeitó
sin apuro y en el espejo lo enfrentó la cara de siempre. Eligió
una corbata colorada y sus mejores prendas. Almorzó tarde. El
cielo gris amenazaba llovizna; siempre se lo había imaginado
radiante.
Barbeou-se
sem pressa e no espelho enfrentou-o o rosto de sempre. Escolheu
uma gravata colorada e seus melhores trajes. Almoçou tarde. O
céu cinzento ameaçava chuvisco; sempre o havia imaginado
radiante.
La
secuencia no espelho enfrentou-o o rosto de sempre
resulta de difícil comprensión debido al orden complemento
circunstancial + verbo + complemento directo + sujeto, habitual
en español pero poco frecuente en portugués brasileño, incluido
el escrito. En la oración siguiente el empleo del adjetivo
colorada parece inadecuado —si bien existe el vocablo
colorado, éste se utiliza normalmente en otros contextos y,
en el caso de gravata, lo normal sería, en este caso,
vermelha colorida, o de cores vivas—. Por último, en
ameaçava chuvisco, la literalidad reproduce exactamente
el empleo insólito del original.
Para
concluir, me limito a acotar que el fragmento en cuestión
pertenece al cuento «Avelino Arredondo» (El libro de arena,
1975).
[600
palabras]
12. La
honradez mexicana y el honor argentino
Gilbert
Keith Chesterton publicó en 1911 los sorprendentes cuentos
policiales de The Innocence of Father Brown. Traducido el
libro al español por don Alfonso Reyes, se publicó en Madrid
(1921) con el título de El candor del padre Brown. Desde
la adolescencia poseo la edición de la Biblioteca Contemporánea
(Buenos Aires, Losada, 1955; copyright: 1939), que,
supongo, reproduce el texto de 1921; entre las páginas 113 y 129
corre el cuento «La honradez de Israel Gow».
En 1943,
con «selección y traducción» de Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis
Borges, y con el sello editorial de Emecé, aparecen en Buenos
Aires Los mejores cuentos policiales. En la nota
biobibliográfica asignada a Chesterton, se indica textualmente:
«Alfonso Reyes ha traducido: El Hombre que fue Jueves,
Ortodoxia, El Candor del Padre Brown».
Podemos
inferir, entonces, que la traducción del cuento de Chesterton
incluido a continuación pertenece a Reyes y no a los antólogos.
El cotejo
entre ambas ediciones nos demuestra que, en efecto, el
encadenamiento sintáctico y el contenido semántico son, en
términos generales, los mismos. Pero en seguida nos daremos
cuenta de que, lejos de reescribir la traducción de Reyes, y
mucho más lejos aún de retraducir el texto inglés, Bioy Casares
y Borges han ido retocando, aquí y allá, lo que juzgaron
mejorable.
Donde
Chesterton tituló «The Honour of Israel Gow», Reyes escribió «La
honradez de Israel Gow», y Borges y Bioy prefirieron «El honor
de Israel Gow».
Puesto que
no tiene sentido ni utilidad señalar todos los cambios
introducidos (que son numerosísimos), compararemos dos pasajes
tomados al azar:
1
Chesterton:
The rhyme in the country-side attested the motive and the result
of their machinations candidly:
As green sap to the simmer trees
Is red gold to the Ogilvies.
Reyes:
Una
tonadilla local daba testimonio de las causas y resultados de
sus maquinaciones, en estas cándidas palabras:
Como savia
nueva para los árboles pujantes,
tal es el
oro rubio para los Ogilvies.
Bioy Casares y Borges:
Una copla
local daba testimonio de las causas y resultados de sus
maquinaciones, en estas cándidas palabras:
Como la
savia verde para los árboles
es el oro
rojo para los Ogilvie.
2
Chesterton:
"You seem to have a sort of geological museum here," he said, as
he sat down, jerking his head briefly in the direction of the
brown dust and the crystalline fragments.
"Not a geological museum," replied Flambeau; "say a
psychological museum."
"Oh, for the Lord's sake," cried the police detective, laughing,
"don't let's begin with such long words."
"Don't you know what psychology means?" asked Flambeau with
friendly surprise. "Psychology means being off your chump."
Reyes:
—Esto
parece un museo geológico —dijo el Padre Brown, sentándose y
señalando con la cabeza los montones de cristal y de polvo.
—No un
museo geológico —aclaró Flambeau—, sino un museo psicológico.
—¡Por amor
de Dios! —dijo el policía oficial riendo—. No empecemos con
palabrotas.
—¿No sabe
usted lo que quiere decir psicología? —preguntó Flambeau con
amable sorpresa—. Psicología quiere decir que no está uno en sus
cabales.
Bioy Casares y Borges:
—Esto
parece un museo geológico —dijo el Padre Brown, sentándose y
señalando con la cabeza el polvo pardo y los cristalinos
fragmentos.
—No un
museo geológico —aclaró Flambeau—, un museo psicológico.
—¡Por amor
de Dios! —dijo el policía oficial, riendo—. No empecemos con
palabras difíciles.
—¿No sabe
usted lo que quiere decir psicología? —preguntó Flambeau con
amable sorpresa—. Psicología quiere decir estar loco.
Aunque no
hay manera de determinarlo con exactitud, sospecho que, en el
binomio argentino, quien llevaba la voz cantante en las
decisiones literarias no era otro que Borges. Su tantas veces
proclamada admiración por don Alfonso («Al impar tributemos, al
diverso / las palmas y el clamor de la victoria») no le impidió,
sin embargo, enmendarle la plana al maestro mexicano.
[649
palabras]
13.
Enmienda, trastrueque y reducción de un señor difunto (1)
El libro
se titula Escritos de enigma y misterio, y es una
antología seleccionada por Fabiana Sordi.1 Como,
precisamente, me intrigan los misterios y me atraen los enigmas,
lo leí con mucho placer, a pesar de que ya conocía unas cuantas
de sus piezas.
Los
mecanismos de la memoria suelen ser caprichosos; no es raro
olvidar cosas importantes y recordar minucias: aunque tenía
desdibujada la trama de «La historia del difunto Mr. Elvesham»,
de Herbert George Wells,2 un ínfimo detalle me hizo
prestar atención. En la página 105 leí:
Me detuve
ante la vidriera de Stevens, el veterinario, y traté en vano de
recordar la relación que tenía conmigo.
Al
instante me pareció recordar que, en una lectura anterior (la
cumplida en la encantadora Antología de la literatura
fantástica,3 que Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy
Casares y Silvina Ocampo compilaron en 1940 y aumentaron en
1965), el tal Stevens no era veterinario sino embalsamador. En
efecto, en la página 416, encontré:
Ante la
vidriera de Stevens, el embalsamador, traté vanamente de
recordar qué nos vinculaba.
Para
elucidar la divergencia, nada mejor que apelar a Wells:
I stopped opposite Stevens’, the natural history dealer’s,4
and cudgelled my brains to think what he had to do with me.
Entonces,
casi sin querer, comprobé también que Borges y sus amigos dieron
por sobreentendido el movimiento I stopped realizado por
el narrador y, elípticamente, siguieron con «Ante la vidriera…».
Y, como
una palabra trae la otra, una rápida comparación me demostró que
Fabiana Sordi puso escrupulosamente en español todo lo que Wells
había escrito en inglés. Pero el terceto de antólogos se tomó,
acaso bajo el comando de Borges,5 libertades
diversas.
Sin salir
de esos pasajes, veamos qué escribió Wells y qué decidieron
interpretar aquéllos:
He recollected something else with a start, felt in his
breast-pocket, and produced another packet, this time a cylinder
the size and shape of a shaving-stick. “Here,” said he. “I’d
almost forgotten. Don’t open this until I come tomorrow — but
take it now.”
It was so heavy that I well-nigh dropped it. “All ri’!” said I,
and he grinned at me through the cab window as the cabman
flicked his horse into wakefulness. It was a white packet he had
given me, with red seals at either end and along its edge. “If
this isn’t money,” said I, “it’s platinum or lead.”
Notas de pie de página
1. Fabiana
Sordi (comp.): Escritos de enigma y misterio, Buenos
Aires, Alfaguara, 2000, 126 págs.
2. «The
Story of the Late Mr. Elvesham» es el segundo de los diecisiete
cuentos del volumen The Plattner Story and Others (1897).
3. Con el
título de «El caso del difunto Mr. Elvesham» (Antología de la
literatura fantástica, Buenos Aires, Sudamericana, 12ª. ed.,
1996, 442 págs.).
4. Quiere
decir que el tal Stevens era una especie de «proveedor de
ciencias naturales» o «proveedor de flora y fauna», lo cual
explica que, al narrador (estudiante de medicina), le hubiera
prometido three frogs (se supone, para diseccionarlas).
En tal caso, resulta más atinado «el veterinario» de los
Escritos que «el embalsamador» de la Antología, pues,
al futuro médico, ¿qué utilidad científica podrían prestarle
ranas embalsamadas?
5. Puesto
que los antólogos no brindan información, no tenemos manera de
saber si el cuento fue traducido por Borges, o por Bioy Casares,
o por Silvina, o por dos de ellos, o por los tres. Tampoco
sabemos quién decidió las podas y los cambios. Un caso parecido
puede leerse en el trujamán «Traductores con podadera».
Enmienda,
trastrueque y reducción de un señor difunto (2)
[606
palabras]
14.
Enmienda, trastrueque y reducción de un señor difunto (2)
Enmienda,
trastrueque y reducción de un señor difunto (1)
I stuck it with elaborate care into my pocket, and with a
whirling brain walked home through the Regent Street loiterers
and the dark back streets beyond Portland Road. I remember the
sensations of that walk very vividly, strange as they were. I
was still so far myself that I could notice my strange mental
state, and wonder whether this stuff I had had was opium — a
drug beyond my experience. It is hard now to describe the
peculiarity of my mental strangeness — mental doubling vaguely
expresses it. As I was walking up Regent Street I found in my
mind a queer persuasion that it was Waterloo station, and had an
odd impulse to get into the Polytechnic as a man might get into
a train. I put a knuckle in my eye, and it was Regent Street.
How can I express it? You see a skilful actor looking quietly at
you, he pulls a grimace, and lo! — another person. Is it too
extravagant if I tell you that it seemed to me as if Regent
Street had, for the moment, done that? Then, being persuaded it
was Regent Street again, I was oddly muddled about some
fantastic reminiscences that cropped up. “Thirty years ago,”
thought I, “it was here that I quarrelled with my brother.” Then
I burst out laughing, to the astonishment and encouragement of a
group of night prowlers. Thirty years ago I did not exist, and
never in my life had I boasted a brother. The stuff was surely
liquid folly, for the poignant regret for that lost brother
still clung to me. Along Portland Road the madness took another
turn. I began to recall vanished shops, and to compare the
street with what it used to be. Confused, troubled thinking was
comprehensible enough after the drink I had taken, but what
puzzled me were these curiously vivid phantasmal memories that
had crept into my mind; and not only the memories that had crept
in, but also the memories that had slipped out. I stopped
opposite Stevens’, the natural history dealer’s, and cudgelled
my brains to think what he had to do with me. A bus went by, and
sounded exactly like the rumbling of a train. I seemed to be
dipped into some dark, remote pit for the recollection. “Of
course,” said I, at last, “he has promised me three frogs
tomorrow. Odd I should have forgotten.”
Wells
empleó 504 palabras. Los traductores, 220:
Luego, con
sobresalto, recordó algo. Hurgó en el bolsillo y sacó un paquete
cilíndrico, del tamaño de un jabón de afeitar. Era blanco y
tenía dos sellos rojos.
—Casi me
olvido —dijo—. No lo abra hasta que yo venga mañana, pero tómelo
ahora. — Era muy pesado.
—Muy bien
—dije, mientras se alejaba el coche. Lo guardé en el bolsillo y
eché a andar hacia mi hospedaje.
Recuerdo
vívidamente mis sensaciones. Al bajar por Regent Street, estaba
extrañamente convencido de que ésa era la estación Waterloo.
Casi entré al Politécnico como quien toma un tren. Me froté los
ojos y la calle volvió a ser Regent Street. En ese instante me
asaltaron varias reminiscencias fantásticas. Es aquí —pensé—
donde hace treinta años vi por última vez a mi hermano. Me reí:
hace treinta años no existía, y nunca tuve hermanos. Sin
embargo, el recuerdo angustioso de ese hermano seguía
entristeciéndome. En Portland Road, se modificó mi locura.
Empecé a recordar negocios desaparecidos y a comparar el aspecto
pretérito de la calle con la actual. Pasó un ómnibus y el ruido
era exactamente igual al de un tren. Me sobraban y me faltaban
recuerdos. Ante la vidriera de Stevens, el embalsamador, traté
vanamente de recordar qué nos vinculaba. Está claro —dije al
rato—, Stevens me prometió dos ranas para mañana.
Según
apreciamos, los antólogos no sólo quitaron oraciones enteras y
comprimieron pasajes sino que, además, modificaron las
ubicaciones de algunos sintagmas: «Era blanco y tenía dos sellos
rojos» y «Pasó un ómnibus y el ruido era exactamente igual al de
un tren» no están donde estaban It was a white packet he had
given me, with red seals at either end and along its edge y
A bus went by, and sounded exactly like the rumbling of a
train. Por último, no deja de constituir una curiosidad el
hecho de que, en el viaje del inglés al español, una de las
three frogs londinenses se haya esfumado en Buenos Aires.
Wells
falleció en 1946, seis años después de la aparición de la
Antología: ¿habrá llegado a enterarse de la colaboración
prestada por el terceto argentino?; y, en tal caso, ¿se habrá
sentido agradecido o, más bien, contrariado? Y, de darse esta
última hipótesis, el disgusto ¿habrá acelerado su muerte?
[811
palabras] |