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banda  hispânica

gabriela trujillo

 

Gabriela Trujillo (San Salvador, 1981) nace bajo el signo del Sagitario, la mariposa  y la luna. A los quince años, de la figura en fuga de Sebastian le nace una obsesión por el tema del olvido. Llega a París a los diecisiete años. Estudios de Historia del Arte y Cine – iconología hermética, Antonin Artaud,  cine experimental. Gracias a M-D Massoni, comparte actividades con el Grupo de París del Movimiento Surrealista. Se apasiona por la alquimia y el Romanticismo alemán. Se crea una mitología personal, mezclando realidad y fantasía, simbolismo y creencias paganas, inventando múltiples dobles y héroes de leyenda. Actualmente se especializa en el Cine Experimental Latinoamericano. Publica diversos artículos sobre cine (los años veinte, Artaud, Desnos, Dulac), poesía (Pizarnik, Huidobro) en revistas francesas e italianas. Su propia poesía es inédita.

1. ¿Cuáles son tus afinidades estéticas con otros poetas hispanoamericanos?

Empecé a escribir en francés al mudarme a París, convencida que nunca extrañaría lo que dejé en San Salvador. Empecé, desde luego, una búsqueda de mi estado de latinoamericana (la “latinidad”). Consultando los clásicos, los nostálgicos, los mestizos... Mi insípido sentido de la orientación hizo que me tardara más de lo normal para convencerme que el español es mi lengua, la de los primeros suspiros y la de los sueños, la lengua que uso al contar sobre mis dedos.

Vino entonces la época de los galicismos, en la cual lastimosamente no soy tan brillante como Julio Cortázar o Vicente Huidobro. Vino también el regreso a los clásicos como Borges, Bioy Casares, Juana de Ibarbourou, como Juan Rulfo. Nunca me curé de haber leído Roberto Armijo, él y yo tan lejos de nuestra tierra. Vino entonces la lectura de los surrealistas latinoamericanos, vino Alejandra Pizarnik a robarme el sueño, vino Octavio Paz, vinieron Enrique Molina, Jorge Cáceres – vino entonces Silvia Guiard, junto con Floriano Martins y Alejandro Puga, los amigos de Derrame y Ludwig Zeller a mostrarme que se puede todavía crear imágenes subversivas, jugar con nuestras lenguas. Konrad Zeller escribe poemas como regalaría una flor: la simpleza, la rara belleza me tocan profundamente. Estos poetas me han mostrado cómo asimilar las influencias europeas, y la manera airosa en la cual ellos se desenvuelven: cómo hacen listones de palabras que también son mi universo. Si mi mitología personal fue fecundada por Octavio Paz y Alejandra Pizarnik, sigo devorando la voz de mis amigos latinoamericanos, ya que del grito de ellos que atraviesa el Océano sigo encontrando las horas del Pacífico. Ellos, a diferencia de algunos del Viejo Continente, tienen esa energía que me desborda. La lengua sigue siendo como el amor para ellos: cada día es una nueva conquista del mismo amado.  

2. ¿Cuáles son las contribuciones esenciales que existen en la poesía que se hace en tu país que deberían tener repercusión o reconocimiento internacional?

Lastimosamente no he podido descubrir autores contemporáneos que me convenzan. Sigo trabajando en eso. El que tiene toda mi admiración y mi afecto es David Escobar Galindo.  

3. ¿Qué impide una existencia de relaciones más estrechas entre los diversos países que conforman Hispanoamérica?

La pereza?

poemas

 

EL HOMBRE ECLIPSE

Durante años he sido prisionera de un hombre de bronce y de coral, un enigmático eclipse  de incienso y de rocío - un hombre de sombras y suspiros, cuyo cuerpo mengua en función de mis tormentas.

He sido, falena febril, la prisionera ferviente de un coloso de olas que tejí con harapos de un recuerdo, espuma de volcanes y gritos de sonámbula.

Durante años he regresado a la misma orilla imaginaria, fiel al retrato sin imagen de un hombre que me besa en torbellino sin haberme mostrado su rostro de vendaval. 

Y cada noche, sospecho su olor ondeante de minotauro escondido en la alborada, mientras me repito en tenebrosas lejanías :

Le inventaré unas mañanas junto a mí, improvisaré recuerdos de castillos que recorrimos al atardecer, bajo crisolampos misteriosos que nos unían en secreto.

Le inventaré caídas para creer que lo consuelo, le inventaré una fuerza de titán para que me tome entre sus brazos al venir la pesadilla.

Nos inventaré fugas, retornos, fiestas y días de pereza,

inventaré partidas y encrucijadas, para convencerme de que nuestro amor de ánfora negra era imposible.

 

MÁSCARAS PARA UN OLVIDO

Muchas veces me pregunté qué rostro tendría el olvido.

Aquel que sería mi olvido, mi propia tormenta sin retorno, mis únicos suspiros disfrazados de acertijo.

Mi olvido acaso tenga el rostro enigmático de aquel hombre que ví una sola vez, que no olvidaré jamás, pero cuyos rasgos sería incapaz de reconocer entre la gente. Aún si estuviéramos solos en el mundo, y alguien (uno de esos fuegos fatuos que atraviesan mis días) me dijera "es él". Tantas veces imaginé el momento caliginoso, el atisbo engañoso, que no creo poder tener otra reacción más que la de huir. (Y como dijo Breton, los que se rían de esto son unos cerdos). Deseable y viejo desconocido mío, mi olvido toma la forma de tu piel, que sabré reconocer únicamente a la luz de nuestra ausencia.

Desde que aquel hombre eclipse me olvidó sin ambages, busco desesperadamente el olvido y trato de explorar sus telas de silencio. ¿En qué torrente se disolvió el relámpago? Y entre todos los caminos que crearon el segundo del olvido, ¿cuál fue el que debí tomar para impedir que menguara nuestra estrella?

Hay algo que me acosa: ¿ y si el olvido tuviera el rostro siempre nuevo de aquel que me distrae de los demás olvidados? Un hombre que no es nunca el mismo, ese hombre de múltiples facetas que me mece entre sus arenas movedizas, y por cuyas manos pensé poder ausentarme del juicio en el que estaré frente a un jurado invisible, -el de mis olvidados-, y en el que juzgaré a un imperdible, el que me olvidó.

Si, como Orfeo, voy tejiendo melodías hasta el infierno de la memoria, ¿ qué demonios podré encontrar?

Tal vez descubra una noche sin sombras, un eterno baile de máscaras dado en mi honor en una galería de espejos de humo, al que nunca me llamaron. Cada invitado tendrá una máscara de vidas que acaso fueron mías - y al quitársela quizás descubra que detrás de ella no hay nada más que un abismo de cenizas.

 

ESPEJISMO INMEMORIAL

El fuego fatuo naufragó de nuevo entre mis días. Se deslizaba entre el lunes y el martes, conmemorando alguna fecha que todos habían olvidado, menos yo. Y se alzó de pronto entre las horas de la noche, mostrándome de nuevo el espejismo de aquel momento.

- Espejismo espejismo, dime quién miente ahora, si el eco o el vacío, le pregunté.

Se enredó como una carcajada entre la bruma, deshilando la oscuridad para callarme en un torbellino y llevarme hasta los recuerdos anémicos de aquellos días:

Eramos los mismos del pasado: yo torpe como una amapola y él sufriendo como un álamo.

Entonces yo ponía una sóla vez mis manos sobre sus ojos verdes, y nos deseábamos hasta el enigma. Las estrellas iban cayendo una a una - noche adentro me quemaba en la tormenta sin retorno, y entre las olas de la despedida traté de pescar el caracol de su abrazo fugitivo.

Llegaban los días de arena, y sentí cómo se me disolvía el desgraciado, como me deshojaba yo entre cartas sin respuesta.

Gimiendo en el laberinto nadé hasta la otra orilla: tejí máscaras de olvido para recordarlo más cada solsticio.

El fuego fatuo se rió de nuevo en un relámpago.

- Espejismo espejismo, dime quién miente todavia, si la estatua o el olvido, supliqué.

Con sus dedos iridescentes el fuego fatuo me tendió un lienzo de minutos innombrables, en el que se perdían las pupilas de mi noche tan cautiva.

 

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