poemas
EL HOMBRE ECLIPSE
Durante años he sido prisionera de un hombre de bronce y de coral,
un enigmático eclipse de incienso y de rocío - un hombre de sombras
y suspiros, cuyo cuerpo mengua en función de mis tormentas.
He
sido, falena febril, la prisionera ferviente de un coloso de olas
que tejí con harapos de un recuerdo, espuma de volcanes y gritos de
sonámbula.
Durante años he regresado a la misma orilla imaginaria, fiel al
retrato sin imagen de un hombre que me besa en torbellino sin
haberme mostrado su rostro de vendaval.
Y
cada noche, sospecho su olor ondeante de minotauro escondido en la
alborada, mientras me repito en tenebrosas lejanías :
Le
inventaré unas mañanas junto a mí, improvisaré recuerdos de
castillos que recorrimos al atardecer, bajo crisolampos misteriosos
que nos unían en secreto.
Le
inventaré caídas para creer que lo consuelo, le inventaré una fuerza
de titán para que me tome entre sus brazos al venir la pesadilla.
Nos
inventaré fugas, retornos, fiestas y días de pereza,
inventaré partidas y encrucijadas, para convencerme de que nuestro
amor de ánfora negra era imposible.
MÁSCARAS PARA UN OLVIDO
Muchas veces me pregunté qué rostro tendría el olvido.
Aquel que sería mi olvido, mi propia tormenta sin retorno, mis
únicos suspiros disfrazados de acertijo.
Mi
olvido acaso tenga el rostro enigmático de aquel hombre que ví una
sola vez, que no olvidaré jamás, pero cuyos rasgos sería incapaz de
reconocer entre la gente. Aún si estuviéramos solos en el mundo, y
alguien (uno de esos fuegos fatuos que atraviesan mis días) me
dijera "es él". Tantas veces imaginé el momento caliginoso, el
atisbo engañoso, que no creo poder tener otra reacción más que la de
huir. (Y como dijo Breton, los que se rían de esto son unos cerdos).
Deseable y viejo desconocido mío, mi olvido toma la forma de tu
piel, que sabré reconocer únicamente a la luz de nuestra ausencia.
Desde que aquel hombre eclipse me olvidó sin ambages, busco
desesperadamente el olvido y trato de explorar sus telas de
silencio. ¿En qué torrente se disolvió el relámpago? Y entre todos
los caminos que crearon el segundo del olvido, ¿cuál fue el que debí
tomar para impedir que menguara nuestra estrella?
Hay
algo que me acosa: ¿ y si el olvido tuviera el rostro siempre nuevo
de aquel que me distrae de los demás olvidados? Un hombre que no es
nunca el mismo, ese hombre de múltiples facetas que me mece entre
sus arenas movedizas, y por cuyas manos pensé poder ausentarme del
juicio en el que estaré frente a un jurado invisible, -el de mis
olvidados-, y en el que juzgaré a un imperdible, el que me olvidó.
Si,
como Orfeo, voy tejiendo melodías hasta el infierno de la memoria, ¿
qué demonios podré encontrar?
Tal
vez descubra una noche sin sombras, un eterno baile de máscaras dado
en mi honor en una galería de espejos de humo, al que nunca me
llamaron. Cada invitado tendrá una máscara de vidas que acaso fueron
mías - y al quitársela quizás descubra que detrás de ella no hay
nada más que un abismo de cenizas.
ESPEJISMO INMEMORIAL
El
fuego fatuo naufragó de nuevo entre mis días. Se deslizaba entre el
lunes y el martes, conmemorando alguna fecha que todos habían
olvidado, menos yo. Y se alzó de pronto entre las horas de la noche,
mostrándome de nuevo el espejismo de aquel momento.
-
Espejismo espejismo, dime quién miente ahora, si el eco o el vacío,
le pregunté.
Se
enredó como una carcajada entre
la bruma, deshilando la oscuridad para callarme en un torbellino y
llevarme hasta los recuerdos anémicos de aquellos días:
Eramos los mismos del pasado: yo torpe como una amapola y él
sufriendo como un álamo.
Entonces yo ponía una sóla vez mis manos sobre sus ojos verdes, y
nos deseábamos hasta el enigma. Las estrellas iban cayendo una a una
- noche adentro me quemaba en la tormenta sin retorno, y entre las
olas de la despedida traté de pescar el caracol de su abrazo
fugitivo.
Llegaban los días de arena, y sentí cómo se me disolvía el
desgraciado, como me deshojaba yo entre cartas sin respuesta.
Gimiendo en el laberinto nadé hasta la otra orilla: tejí máscaras de
olvido para recordarlo más cada solsticio.
El
fuego fatuo se rió de nuevo en un relámpago.
-
Espejismo espejismo, dime quién miente todavia, si la estatua o el
olvido, supliqué.
Con
sus dedos iridescentes el fuego fatuo me tendió un lienzo de minutos
innombrables, en el que se perdían las pupilas de mi noche tan
cautiva. |