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Octavio Paz y
el fuego
Fabián Soberón
La poesía
es tiempo y arde
Octavio
Paz
La palabra
del poema aspira a decir lo que nadie puede decir. Este
principio guía la poética de Octavio Paz. El lenguaje busca el
intersticio y, en esa vacilación, obtiene el fuego de la poesía.
La poesía es el lenguaje de una vacilación que anhela el retorno
al caos anterior al lenguaje. Y esta búsqueda provoca,
ineludiblemente, un retorno al silencio.
Múltiples
fuegos anteriores inundan el surtidor de la poética de Paz. Es
evidente que el romanticismo es el horizonte que acompaña la
misma y la otra voz del mexicano. Para el romanticismo, el
poeta, y no el científico, ilumina la oscura realidad y la luz
arcaica del poeta proviene de la naturaleza.
Tempranamente adquiere reconocimiento Paz con sus primeros
versos. En este tiempo, se inician, también, los temas que lo
obsesionarán. El tiempo, el erotismo, el misterio del poema, el
amor.
Estos ecos
se bifurcan en las sendas del poema y del ensayo. Son dos vasos
que se encienden incansablemente. Octavio Paz, lector atento de
Thomas S. Eliot y de Ezra Pound, cree que la crítica funda la
literatura.
Ezra Pound
escribió: “A los quince años me propuse saber más que ningún
otro hombre sobre poesía. Por supuesto lo de si era poeta o no
era algo que debían decidir los dioses”. [1]
Octavio
Paz cumple el dictamen de Pound en lengua castellana. Con los
años, se convierte, junto a Borges, en uno de los principales
ensayistas de la lengua española.
Luego del
descubrimiento del imaginismo, sobreviene el mar del
surrealismo. Lautremont, Breton, Eluard, Aragon y otros,
configuran el mapa desde el que lee la ciudad de la literatura.
Pero este mapa no contagia los procedimientos inmediatos de
producción de poesía. Como dirá mucho tiempo después en una
entrevista:
“En este
sentido yo me siento surrealista, aunque desde otro punto de
vista me siento muy alejado de la estética surrealista. Por
ejemplo, la escritura automática... La practiqué en una época y
por poco tiempo. Creo que la poesía es el fruto de la
colaboración, o del choque, entre la mitad oscura y la mitad
lúcida del hombre. Yo no hubiera podido escribir Blanco,
Viento entero o aun Piedra de sol con el método de
la escritura automática, aunque en esos poemas hay onirismo y
automatismo”. [2]
En los
años cincuenta irrumpió en su palabra el perfume y la miseria
del existencialismo y de esa filosofía de la decadencia. Su
propia palabra de poeta, perdió el deseo del encuentro con la
prístina realidad. El mundo, como para otros intelectuales, se
sumió en la atmósfera pútrida de la posguerra.
Hacia la
década del sesenta, fue enviado como funcionario de la Embajada
mexicana a la India. Ese destino se transforma no en mero
exotismo sino en palabra de fuego y en la prosa furiosa de
Vislumbres de la India.
Fascinado
por la acumulación del pasado, como escribió Borges, el poeta
contempla la ciudad desde El Balcón:
Quieta
en mitad de la noche
no a la deriva de los siglos
no tendida
clavada
como idea fija
en el centro de la incandescencia.
Delhi
Dos sílabas altas
rodeada de arena e insomnio
Por estos
años se percibe la intromisión de la lingüística y de la
antropología en los escritos heterogéneos del mexicano. En el
ensayo Los signos en rotación escribió Levi
Strauss o las fábulas de Esopo. Decir: hacer es un
poema dedicado a Roman Jakobson:
Entre lo
que veo y digo,
entre lo que digo y callo,
entre lo que callo y sueño,
entre lo que sueño y olvido,
la poesía.
La poesía
es una transparencia que nace en el intersticio, es un instante
que quema entre dos silencios. Blanco es un topoema, un
poema extenso que se inicia en la nada y culmina en la otra
nada. Es un texto que entrelaza tres fulguraciones: el sonido,
el sentido y la forma visual. Como para Mallarmé, Blanco
es para Octavio Paz un mundo verbal montado sobre el silencio
del espacio.
Si el
mundo es real
la palabra es irreal
si es real la palabra
el mundo
es la grieta el resplandor el remolino
La palabra
del poema no solo oscila entre el sentido y el sentido, sino que
también establece con el mundo un vínculo convulso, un juego de
espejos, un continuo intercambio de entregas y pedidos. Si el
mundo es real, el rostro del poema es un eco falso de lo real;
cuando el poema es real, el mundo es un mero resplandor, una
reverberación. Un remolino de sentidos ahoga y distiende las
relaciones entre palabra y mundo.
El ritmo
del poema no está dado por la métrica. Paz crea un ritmo desde
el interior de las palabras como un juego invisible entre las
sílabas. Escuchamos en La palabra dicha:
Lamenta la
mente
de menta demente:
cementerio es sementero,
simiente no miente.
En el
prólogo a La cifra, Borges estipuló una taxonomía de la
poesía. La poesía es verbal o, contrariamente, intelectual.
Según Borges, cada una de estas tradiciones ha creado sus
acólitos. Paz, como el propio Borges admite, pertenece no a una
única tradición sino que es el resultado del cruce insospechado
entre las dos posibilidades. Sus textos estremecen por la
inesperada sucesión de imágenes sonoras. Pero también, articulan
conceptos extraídos de las múltiples teorías que habitan el
orbe. Los poemas de Paz son piezas verbales compuestas por la
azarosa aparición de sonidos-imágenes que crean una trama verbal
y por la máquina de conceptos que sostiene, desde el fondo, esa
trama.
John Cage
propuso en 4 minutos 33 segundos una reflexión sobre el
silencio. Su obra consistió en una acción (en un teatro) que
permitía la discusión sobre la existencia del silencio. Ante una
multitud, subió al escenario y se sentó frente al piano. Lo miró
y no lo tocó. Todos esperaban la ejecución de una pieza
convencional. Cage, indiferente, observó el teatro y sus
convulsiones sentado, con sus manos apoyadas en las piernas.
Después de 4 minutos y 33 segundos, salió del escenario.
Este
músico de vanguardia escribió dos textos que completan su
especulación sobre el lugar del silencio en la música:
Silence y A year from Monday.
Octavio
Paz, cautivado por la experiencia del músico, escribió
Lectura de John Cage:
La música
inventa al silencio,
la arquitectura
inventa al espacio.
Fábricas de aire.
El silencio
es el espacio de la música:
un espacio
inextenso:
no hay silencio
salvo en la mente.
Paz
escribe una poesía sensual conceptual. No como Platón, reúne dos
mundos en la superficie insólita del poema. Los sentidos
entregan el azar de las imágenes. El intelecto urde la trama que
envuelve a las sensaciones. El lenguaje es él mismo imagen y
concepto, azar y sentido, instauración y destrucción continua
del significado.
Nietzsche
ordenó: hay que eternizar al instante. Paz, guiado por el
imperativo del alemán, concibió al presente como el tiempo
absoluto del poema.
Dentro del
tiempo hay otro tiempo
quieto
sin horas ni peso ni sombra
sin pasado o futuro
sólo vivo
como el viejo del banco
unimismado idéntico perpetuo
Nunca lo vemos
Es la transparencia.
La poesía
es un instante, es la revelación del mundo en un instante. Es la
celebración del mundo de las palabras en un instante. El mundo
entrega su ser en la transparencia. El presente de la revelación
del mundo es perpetuo. El tiempo de la poesía es un instante
perpetuo. Escribe en Viento entero:
El presente es perpetuo
Se abren las compuertas del año
el día salta
El
instante es un año. El año es un siglo. Un siglo es todos los
siglos. La eternidad es un instante. Anota en Piedra de sol:
Todos los
nombres son un solo nombre
todos los rostros son un solo rostro
todos los siglos son un solo instante
Fuego
entre dos noches, el misterio de la poesía fluye en el agua de
la página. El lenguaje, parpadeo del tiempo, abre los ojos del
silencio. En El fuego de cada día escribió:
El poema
se hace
como el día
en la palma del espacio.
El final
de Decir: hacer enciende los ojos en la página. Un poema
es una transparencia de palabras, una clara pausa de silencio en
la oscuridad:
Los ojos
se cierran,
las palabras se abren.
El sentido
es una puerta hacia el infinito. Los ojos cerrados abren la
puerta. Las palabras vuelan en el aire.
NOTAS
[1] Citado
por Daniel Freidemberg y Edgardo Russo en Cómo se escribe un
poema, Ed. El Ateneo, Bs. As., 1994.
[2]
Octavio Paz, Pasión crítica, Ed. Seix Barral, Barcelona,
1985. |