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Álvaro Mutis:
derrota y leyenda en Los elementos del
desastre
Mercedes Ortega
González-Rubio
A
Álvaro Mutis (Bogotá, Colombia, 1923) se le asocia
principalmente en dos grupos literarios: en sus inicios, con la
última etapa de “Los Cuadernícolas”, autores reunidos alrededor
de los cuadernos de poesía titulados “Cántico” y publicados por
Jaime Ibáñez, y en una etapa posterior (que no la última), con
el grupo MITO (1955).
La
principal característica que une a los poetas de estos grupos,
principalmente a los de MITO, es la de presentar una marcada
tendencia existencialista, fruto quizás de la situación política
en que se desarrollan: a nivel internacional, el fin de la
segunda Guerra Mundial, y en Colombia, el sangriento
enfrentamiento de los partidos tradicionales. También influyen
en ellos las corrientes literarias de esos años, principalmente
las vanguardias europeas, entre ellas, el surrealismo.
Mutis
estudia en el colegio de Nuestra Señora del Rosario, en Bogotá,
donde tiene como profesor de Literatura Española al poeta
colombiano Eduardo Carranza; también frecuenta los billares y
cafés donde se relaciona con intelectuales del momento que serán
sus maestros y compañeros. Mutis había vivido su niñez en
Bélgica y en una hacienda en el Tolima. Durante su vida
desempeñó diferentes oficios: director de la Radio Nacional de
Colombia, locutor de noticias, actor de radionovelas, director
de publicidad de la Compañía Colombiana de Seguros, jefe de
relaciones públicas de la empresa de aviación LANSA. Su primera
publicación fue el cuaderno de poesía La balanza, en
compañía de Carlos Patiño Roselli, con ilustraciones de Hernando
Tejada, en 1948. En 1956, debido al manejo caprichoso de unos
dineros de la multinacional Esso, en la que era jefe de
relaciones públicas, o a un exilio voluntario ocasionado por la
dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla (Gámez: 2004), Mutis
parte a México, donde ha residido por muchos años. Trabaja allí
como ejecutivo en una empresa de publicidad y luego como
promotor y vendedor de publicidad para televisión. A los tres
años de su llegada a México, es encarcelado durante 15 meses.
Más tarde se convierte en gerente de ventas para América Latina
de la Twentieth Century Fox, y luego de la Columbia Pictures,
durante 23 años hasta su retiro.
Álvaro
Mutis, quien es descendiente de José Celestino Mutis (el sabio),
ha recibido: en 1974, el Premio Nacional de Letras de Colombia;
en 1985, el premio de la crítica de Los Abriles de México, por
su libro Los emisarios (1984); en 1988, el grado de
doctor Honoris Causa en Letras, por la Universidad del
Valle, y por la Universidad de Antioquia, en 1993; en 1988, el
premio Xavier Villaurrutia y la condecoración con el Águila
Azteca por su libro Ilona llega con la lluvia (1987); en
1989, el premio Médicis Étranger en Francia con La Nieve del
Almirante (1986) y la Orden de las Artes y las Letras en el
grado de Caballero, de parte del gobierno de ese país; en 1990,
el premio Nonino y el premio literario Lila de Italia; en 1993,
la Cruz de Boyacá por el gobierno colombiano. En 1997, es
galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, y
en junio del mismo año, obtiene el Premio Reina Sofía de Poesía
Iberoamericana. Luego recibe el Premio Internacional Neustadt de
la Universidad de Oklahoma, y en 2001, el Cervantes.
Mutis
escribe un libro promedio por año y ha sido traducido a muchos
idiomas. Hasta el momento ha publicado Los elementos del
desastre (1953), poemario donde aparece por primera vez su
personaje Maqroll el gaviero; en 1960, el libro en prosa
Diario de Lecumberri escrito durante su estancia en la
cárcel; en 1973, la novela La mansión de Araucaíma y la
antología de sus poemas desde 1948 a 1970 Summa de Maqroll el
gaviero; en 1986, La nieve del almirante; en 1988,
Ilona llega con la lluvia; en 1989, Un bel morir; en
1990, La última escala del Trump Steamer y Amircar, y en
1991, Abdul Bashur, soñador de navío.
La obra de
Mutis ha sido ampliamente estudiada en Colombia y a nivel
mundial, como se podrá deducir de todos los premios que ha
recibido. Enumeración fantástica, estilo trovadoresco y
medieval, tono invocatorio, el trópico enfermizo y malsano, el
fracaso, así como sus afinidades con la obra de Gabriel García
Márquez, concretan algunos de los tópicos y características que
se han analizado en la obra de Mutis. No hay duda de que sus
poemas están cargados con retazos de imágenes de la triste
derrota del hombre.
La poesía
de Mutis surge en un momento en que Colombia pasa por una época
de agotamiento con el grupo dominante en ese entonces “Piedra y
Cielo”. Poco a poco, aparecen nuevos poetas con ganas de darle
un vuelco a la historia literaria del país. Como escribe Armando
Romero, “Mutis comprende el viaje de desacralización que lo
llevaría a borrar de un plumazo la imagen de estampa de
almanaque que tenía el paisaje y la realidad colombiana” (1985:
99). La tradición poética colombiana ha sido ampliamente
criticada y, salvo contadas excepciones como Silva, de Greiff y
Aurelio Arturo, a sus poetas se les describe como: “[…] eternos
y serviles editorialistas, políticos oportunistas, perseguidores
de prebendas, diplomáticos de undécimo nivel, columnistas
incultos, lentos lectores de traducciones, triviales coronadores
de reinas de belleza y promotores turísticos de la geografía
azul de la patria, que dormían con la efigie de Mussolini y de
Franco en la cabecera de la cama, incapaces de dialogar de tú a
tú con un colega de otra lengua porque sus conocimientos no
rebasaban las torpes tapias del patio.” (Castillo Mier: 2002).
Influido
por las corrientes de la moderna poesía, sobre todo por el
simbolismo francés, Mutis adopta algunas de las prácticas
propias de aquella escuela: el poema en prosa, el monólogo y la
ironía. Quizás también de estas corrientes, heredó la concepción
del poeta como el descubridor del lado verdadero de los objetos
y los seres. Es indudable que la obra de Mutis rompe los
esquemas en poesía imperantes hasta entonces en Colombia y
materializan el comienzo de la vanguardia criolla. Habría que
analizar más a fondo la calidad de esta vanguardia iniciada por
él y por otros poetas, pues puede haber inaugurado el vacío
lugar común bohemio.
Esta
innovadora visión del mundo en los años cuarenta fue necesaria
para Mutis, porque en la edad moderna la comunicación entre los
hombres se ha perdido. El presente le parece siniestro, hay una
pérdida de la personalidad y de la identidad nacional: “Hemos
caído y nos hemos vuelto sombras. Ya no existimos como seres. El
hombre ha muerto. Vivimos a través de aparatos electrónicos.
Tampoco sabemos quién es quién y lo que está sucediendo en el
mundo es tan irracional y tan absurdo que realmente a veces me
da la sensación de estar viviendo una novela de ciencia ficción”
(Gámez: 2004). Sin embargo, en la poesía de Mutis no hay un
esperanzador mensaje político directo, de hecho, él y Charry
Lara fueron los dos miembros del grupo MITO menos activos
políticamente. Él mismo dice que no le interesa la política pero
sí el progreso interno del hombre. La semilla de esperanza que
siembra la obra de Mutis se da a nivel del individuo.
Además de
ser el poeta-vocero lúcido, Mutis es también el hombre real,
como cuenta García Márquez en una anécdota: “[…] a través de la
campiña belga, enrarecida por la bruma de octubre y el olor de
caca humana de los barbechos recién abandonados, Álvaro había
manejado durante más de tres horas, aunque nadie lo crea, en
absoluto silencio. De pronto dijo: «País de grandes ciclistas y
cazadores». Nunca nos explicó qué quiso decir, pero nos confesó
que él lleva dentro un bobo gigantesco, peludo y babeante, que
en sus momentos de descuido suelta frases como aquella, aun en
las visitas más propias y hasta en los palacios presidenciales,
y tiene que mantenerlo a raya mientras escribe, porque se vuelve
loco y se sacude y patalea por las ansias de corregirle los
libros” (2002).
Con el
reconocimiento internacional que se le ha hecho a la obra de
Álvaro Mutis, se hace ya difícil analizarla. Por el momento, los
artículos elogiosos abundan, lo que al lado de la fama y la
aceptación, se convierte a veces en insalvable obstáculo para el
estudio concienzudo de una obra. La crítica resulta siempre
selectiva y subjetiva, pero pocos analistas expresan de manera
directa sus amores, y menos sus odios, todos quieren pasar por
objetivos.
Los
elementos del desastre
(Mutis:
1997) -edición original de 1953- es un libro compuesto
por 12 poemas, algunos de los cuales habían sido publicados años
antes en el diario El Heraldo, con ilustraciones de
Enrique Grau. Aquí se afianzan algunos de los tópicos favoritos
de Mutis. En “Hastío de los Peces”, se presenta tácitamente por
primera vez su personaje bandera Maqroll el gaviero, que aparece
como “la solución de un problema técnico que minaba los
comienzos de la obra de Mutis: la inverosímil sabiduría de su
hablante lírico cuya desilusionada visión del mundo no era
compatible con un joven poeta de 25 años” (Castillo Mier: 2000).
Se
encuentra también el tópico del viaje y la huida, así como esa
verdad develada sólo a medias, ese símbolo que remplaza al
concepto, las palabras poéticas que substituyen a otras palabras
más directas. Esta utilización de una imagen alegórica en la
poesía de Mutis se presenta a veces carente de significado,
puesto que faltan los lazos necesarios para que el lector pueda
“armar” el universo significativo del poema.
Maqroll
aparece ya de forma explícita en “Oración de Maqroll”. Se
observa que dentro de este libro de poemas, el personaje nunca
es presentado ni introducido al lector, sino que surge de
repente. No se sabe nada de él, ¿por qué se le menciona?, ¿por
qué habla? Estas incógnitas se irán develando a través de la
obra de Mutis, tanto en su poesía como en su narrativa. En una
oración se pide por algo que no se puede tener por medios
propios. En el caso de “Oración de Maqroll”, se quiere dejar
atrás la miseria, el dolor, la impiedad, “la incredulidad y la
dicha inmotivada”, entre otros males. El que otea le pide la
inocencia perdida a un dios misericordioso. Puede suplicar
porque no es pretencioso y sí manso.
En el
poema “Los elementos del desastre”, se dan doce imágenes, doce
elementos del desastre, doce miserias humanas. Cada una es a la
vez individual y universal: los recuerdos del poeta, envejecidos,
empolvados y sucios por el paso del tiempo en medio de la
podredumbre del trópico, de la agonía y la descomposición. Estas
imágenes que insinúan su significado no son sólo visuales sino
también acústicas (el chillido del grillo), tactiles (el calor)
y olfativas (aroma de pino); se presenta así un cuadro completo
y más real que despierta fuertes sensaciones en el lector. En el
poema, hay un interés por sorprender con adjetivos inesperados y
símiles novedosos: “silencio ciego”, “el torpe silencio que se
extendía sobre las voces, como un tapete gris de hastío, como un
manoseado territorio de aventura”. Nuevamente se encuentra el
tópico del viaje, esta vez con guerreros repartiendo la muerte.
El poema está inmerso en un mundo entre mágico y cotidiano. Como
dice Fernando Charry Lara: “Existe en Mutis una rara condición
verbal. En sus poemas se reconoce un trabajo secreto por
descubrir la esencial función delatora del lenguaje. A veces
sombría, otras relampagueante, directa en la intención y
abriéndose paso hacia adentro, el habla obedece, incisiva, a la
urgencia de esclarecimiento del mundo amargo y fantástico que
obsesiona a este poeta” (1975: 14).
El recurso
de los fragmentos se repite una y otra vez en estos doce poemas.
En “La orquesta”, el lector debe ir construyendo la historia,
aunque aquí falta la claridad del poeta para guiarlo. Sucede lo
mismo en “El miedo”, pues las frases se encuentran inconexas,
hay una corriente de la conciencia que fluye libremente como en
un sueño borroso. El día de los vivos se marchita y llega la
noche llena de miedo de los muertos. Hay ideas que aparecen
cortadas, “el miedo danza” pero no hay música ni descripción de
movimientos. Los recursos literarios se suceden sin un hilo que
los relacione: la sentencia (“Un Dios olvidado mira crecer la
hierba”), la agramaticalidad (“vivo ciudades solitarias”), la
sinestesia (“dolor diseminado como el espeso aroma de los
zapotes maduros”).
En el
poema “Una palabra”, la ruina y el olvido también están
presentes, esta vez despertados por una palabra, que tal vez
bastará para sanarnos. “Una palabra y se inicia la danza / de
una fértil miseria”. El poema, al ser la idealización del mundo,
hace que éste se vea aún más miserable. Aquí parece que se
siguieran las palabras del poeta precursor del simbolismo,
Stéphane Mallarmé: «Nommer un objet, c'est supprimer les
trois quarts de la jouissance du poème qui est faite de deviner
peu à peu; le suggérer, voilà le rêve»1.
El simbolismo, corriente literaria y artística que aparece en
Francia a fines del siglo XIX, surge como rechazo al
romanticismo y al parnasianismo y busca dar la sensación y la
impresión, más que la representación de las cosas. A través de
los símbolos, el poeta busca alcanzar la realidad superior. El
símbolo se convierte en el medio para descifrar esta realidad
invisible. El poeta no describe, sino que sugiere, privilegia lo
fantástico y el misterio.
En “El
festín de Baltasar”, el elemento onírico e inconsciente se
presenta tan fuerte, que tiene un toque de surrealismo. Los
personajes del poema-relato no aparecen identificados
claramente, la historia queda entre brumas, es una prosa que
quiere contar una historia pero que se enreda para parecer
poesía.
Tal vez
uno de los poemas menos logrados es “El húsar”, otro personaje
que se encuentra en este libro, además de Maqroll. En este caso,
el húsar encarna un guerrero viajero, un héroe miserable. Se
realiza la descripción de su figura y la narración de su triste
historia (la madre que lo llora). Se describe la atmósfera de
ruina: ojos irritados, amargas hojas, ciudad temerosa, insensato
designio, los santos en los prostíbulos. El poema quiere ser
épico en su prosa cargada de adjetivos. Hay incógnitas, claves:
“Entretanto era menester custodiar la reputación de las reinas”,
el cangrejo predicador que crucificaron; y sigue el recuento:
mártir, la amante, la muerte, la caballería. La leyenda no llega
a ser.
La visión
de mundo tan masculina del poeta se ve claramente en “Nocturno”:
“las mujeres ofrecen al viajero la fresca balanza de sus senos
[…]”. La mujer siempre es descrita de una forma alejada, sin
acercamientos y, con frecuencia, de una forma negativa en su
aspecto sexual. En “Los elementos de desastre”, se encuentra
también esta distanciada mención: los hombres ríen al evocar
mujeres poseídas hace años. Las mujeres de “El festín” son
“frías a menudo y descuidadas de su placer, pero en ocasiones
viciosas y crueles, ávidas e insaciables”. En general, las
caracterizaciones que se hacen de la mujer son de este tipo:
“huellas de hermosísimas mujeres” (“Hastío”), “altas hembras de
espalda sedosa y dientes separados” (“Los elementos”), “paciente
y olvidada mujerzuela” (“El húsar”), “mujeres de ademanes
amorosos y piernas de anamita” (“El húsar”), “una mujer espera
con sus blancos y espesos muslos abiertos” (“Una palabra”), “un
opulento torso de mujer que despierta entre naranjos” (“Trilogía”).
El único poema en que se detiene un poco en el mundo femenino,
es “204”. Allí la miseria se escucha a través de una mujer, la
María Magdalena moderna, impura por contagio del agrio medio que
la rodea.
En
“Trilogía” se habla de la miseria de la ciudad, del campo y de
las montañas. El hombre está vencido por la suciedad, que sólo
es aparentemente externa, porque la verdadera está por dentro.
Nuevamente aparecen los guerreros con sus armas y sus batallas,
el viaje que nunca es señal positiva, y la lucha estéril e
inútil de la poesía ante la realidad.
En “Los
trabajos perdidos”, el poeta nos dice que la palabra es inútil y
falsa, un “vano fruto”, una cosa irreal que substituye al mundo
real, ya dado, ya terminado, ya hecho por los hombres o por los
dioses. Pero esa realidad se muestra desolada, moribunda,
perdida. La poesía lo único que hace es encubrir ese mundo
sangrante. Sin embargo, el poema nos “sirve” en todo momento
porque todo deviene poesía, incluso “el cadáver hinchado y gris
del sapo lapidado por los escolares”. La conclusión del poema
contradice todo lo anterior y enaltece a la poesía, poniéndola
por encima de la misma realidad, ella existe antes que todo, es
“vieja en edad”, además de valerosa.
Los
fragmentos que conforman los poemas de Álvaro Mutis hacen que el
lector se sienta en medio de un delirio bombardeado por imágenes,
siempre de tierra caliente, en los cafetales o en la costa. Hay
un sopor, una desesperación pausada como “el hastío de las horas
anteriores al mediodía cuando aún no se sabe qué sabor intenso
prepara la tarde” (“El húsar”). Sin embargo, a veces el verso no
fluye sino que se enreda entre imágenes poéticas forzadas, con
un “color indefinido como el humo de los trenes cuando se pierde
entre los eucaliptos” (“La orquesta”). Al mundo simbolista de
Mutis le falta estructuración puesto que a veces se queda en la
fácil imagen carente de mensaje.
Dentro de
su contexto histórico y geográfico, esfuerzos como el de Mutis
son admirables al haber roto esquemas tradicionales. Al lado de
un poema de patria y honor, la plegaria desesperanzada de Mutis
sobresale. Pero el trabajo de la poesía es aún más arduo si se
quiere alcanzar una madurez, autonomía y universalidad
trascendentes. De cualquier modo, como dice Charry Lara: “A
pesar, o tal vez a causa del impulso de su imaginación, la
poesía de Mutis no ha dejado de preguntarse, en efecto, cómo
podría ser escrita, para quiénes y con qué vocablos, formas e
imágenes. Recelosa de sus dones, ha preferido ir en busca de la
perdida virtud original del lenguaje” (16).
NOTA:
[1]
Nombrar un objeto es suprimir tres cuartos del goce del poema
que está hecho de adivinar poco a poco; sugerirlo, he ahí el
sueño.
BIBLIOGRAFÍA
-CASTILLO
MIER, Ariel. “Álvaro Mutis: Colombia y el Caribe colombiano”. En:
Revista La Casa de Asterión. Volumen III, Número 9.
Barranquilla, Universidad del Atlántico, abril-mayo-junio de
2002.
[http://www.lacasadeasterionb.homestead.com/v3n9mut.html]
(En línea, consulta: 30 de agosto de 2004)
-CASTILLO
MIER, Ariel. “Un texto clave en la trayectoria poética de Álvaro
Mutis”. En: Revista La Casa de Asterión. Volumen I,
Número 2. Barranquilla, Universidad del Atlántico,
julio-agosto-septiembre de 2000.
[http://lacasadeasterion.homestead.com/v1n2peces.html]
(En línea, consulta: 30 de agosto de 2004)
-CHARRY
LARA, Fernando. Prólogo: “Poesía de Mutis”. En: Maqroll el
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Librusa. Agencia Internacional de noticias literarias.
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[http://www.librusa.com/entrevista_mutis.htm]
(En línea, consulta: 30 de agosto de 2004)
-GARCÍA
MÁRQUEZ, Gabriel. Prólogo: “La venganza de Gabriel García
Márquez: Mi amigo Mutis. En: La Mansión de Araucaima y otros
relatos, de Álvaro Mutis. Bogotá, Presidencia de la
República, Biblioteca Familiar Colombiana, 1996.
-MUTIS,
Álvaro. Obra Poética. Bogotá, Arango Editores, 1997.
-ROMERO,
Armando. Las Palabras están en Situación. Bogotá,
Procultura, 1985. |