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Vicente
Gerbasi: sombras y enigmas
Carlos Contramaestre
La
escritura y la pintura, y en general el arte, se identifican en
esa búsqueda común de conocimiento y relación entre el hombre y
el universo, no sólo como actitud contemplativa, sino como
participación de su quehacer vital. No es casual que los
escritores y los poetas hayan sentido la necesidad de ampliar y
transformar el espacio imaginario con la ayuda de otras
disciplinas estéticas, sobre todo con la pintura. Borrar esas
férreas fronteras, tradicionalmente impuestas y aceptadas, entre
la pintura y la escritura, ha sido uno de los desafíos a vencer,
planteado como acicate por algunos escritores; teniendo como
indiscutible antecedente los ideogramas chinos y los códices
mexicanos, así como también, la concepción renacentista de la
integración de las artes. Propósito orientado a replantear la
conquista de un lenguaje único de interrelación, como en su
tiempo lo entendieron: William Blake, Víctor Hugo, Lewis Carrol,
Teófilo Gauthier, Apollinaire, Michaux, Severo Sarduy, Sábato,
Alberti y otros.
En el caso
específico de Vicente Gerbasi, la práctica esporádica del dibujo,
realmente significaba, "más que un modo de hacer, un modo de
ser". El lo concebía como parte del desahogo de la existencia,
como la prolongación de la respiración poética, que busca otras
espitas liberadoras, catárticas. Esto explica, el profundo
fervor que ponía Gerbasi en la ejecución de estos convulsos y
directos dibujos, como secretos registros de las mutaciones de
la escritura en nuevos significantes.
La
presente colección de dibujos de Vicente Gerbasi, que por
primera vez se reúnen en esta excepcional edición, ha sido
rescatada, conservada y clasificada, gracias a la intervención y
cuidado que Enrique Hernández-D'Jesús ha prodigado a estas obras
sobre papel y cartón. Gran parte de esos dibujos fueron
realizados por Gerbasi en el estudio de Hernández-D'Jesús y el
resto en la casa del poeta, y a la muerte de Consuelo, en la
casa de su hija Beatriz. En todo caso no faltaba la animada
tertulia, el humor, ni los chispeantes diálogos, atizados por la
inventiva creadora o el deseo vehemente de vivir reconciliados,
en la secreta celebración de la poesía. En esas reuniones
informales participaron escritores y poetas amigos, que pueden
verse en algunos retratos de gran fuerza y simplicidad, que
conforman esa galería, tales como los de: Juan Sánchez Peláez,
Salvador Garmendia, Stefania Mosca, Luis Alberto Crespo, David
Alizo, Manuel Caballero, Fernando Arbeláez y el propio
Hernández-D'Jesús. Completan la colección, los dibujos del
entorno familiar de Gerbasi: homenajes íntimos a sus hijos y
nietos. Además, algunos paisajes imaginarios, nocturnos,
criaturas insomnes y la evocación intemporal de los poetas
Neruda, Rilke, Juan Beroes.
La pasión
de Vicente Gerbasi por la pintura, se advierte en la
insoslayable presencia de elementos visuales, plásticos, en las
imágenes de su poesía, que sin ser descriptivas, crean
atmósferas luminosas, cegadoras, emparentadas con el espacio
reverberante de Reverón. Para Gerbasi, el dibujo está en función
de la expresión y no de los materiales, ni de la técnica, que
son secundarios. Lo atrae de la práctica de este arte, lo
enigmático y misterioso de ese lenguaje que revela
interioridades por su desvaída gestualidad. No precisan sus
dibujos al carbón de la granulación del papel, ni de la aspereza
para obtener calidades imprevistas, ni del estudio sistemático
del modelo. En esos apuntes ligeros está presente la emoción, el
choque de las luces feéricas y la presión sigilosa de la mano,
la tensión del ensueño, los tonos difuminados, sutilmente
graduados en cada adivinación de la ceniza del tabaco o de los
pozos de café. El cúmulo de casualidades sugiere los perfiles de
la mancha borrosa. Papeles de estraza impresos con harina de
huesos, la técnica de la dulzura de los días inertes y las
noches viudas. Gerbasi ejecuta sus bocetos en un mismo llanto
serial, organiza las asimetrías de la memoria con lápices de
carpintero y los funerales de la sombra reescritos en esos ojos
sin retorno. El poeta no usa papeles a la tina blando, ni las
tierras calcinadas del trópico en su diáspora. Líneas ágiles que
emergen de sus manos de helecho, de la bella anchura del carbón,
como si impulsara la palanca giratoria del zodíaco. Dibujos y
palabras íngrimas en el silencio acumulado.
Trazos
hechos de memoria, de corazón; el poeta se distancia de la
naturaleza y atiende la esencia y latido del ser. Se sumerge en
lo invisible, en las formas de la poesía, sombras imaginarias,
enigmas, vacío, plenitud de la nada. Dibujos creados en horas de
ensoñación casi inconscientes, como lo preconizara Víctor Hugo. |