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vicente gerbasi

 

Vicente Gerbasi en la tierra de más arriba

Luis Alberto Crespo

Oh el ave quinquina, la criatura sin presencia, en el bosque de mijaos y plátanos que nos niega la montaña de Montalbán, donde duermen los tigres y los truenos. Sólo persiste su ilusión, no en el follaje: en la escritura; y mucho más aún: en la imagen, enteramente real: el de su nombre de fatalidad, el vestido gris, el vuelo oscuro, al final de tarde, metida en el ocaso como en la mirada que la persigue inútilmente en el bajo monte -ya es casi noche sobre el camino a Canoabo- cuando, de nuevo, difunde su pesar desde el fondo de su verdadero ser y del único paisaje habitable: una aldea perdida entre los planetas, sobre el valle que cabe en la cuenca de la mano como en la rendija de Orión, hace ya tantos fines de verano de aquella vez de mi paseo con un niño, el bigote delgado de cepillo de dientes, la arruga del asombro y de la cavilación en la frente, el hablar de quien juega con las palabras en la arena o el follaje seco, la mirada, detrás del vidrio, atenta al animal imposible que perseguía remedando a su memoria antigua por el paisaje caliente del Caribe y en la campaña helada del Tirreno, aprendiz de Garcilaso y de Saba, diciéndome su amistad con ese canto enlutado en las soledades de Aguirre, los baldíos de Temerla, la selva abatida de Urama, antes de que la tierra se transfigure en celebración y elegía, mucho antes de que el mundo quepa por entero en el rocío y en la llovizna, palabra a palabra: "Te amo infancia, te amo"; lejos aún el sonido precioso de las Liras, el rumor del Bosque doliente bajo los Círculos del trueno, muchacho todavía a caballo por el sendero, rozando la hoja sudorosa, el grillo, golpeado por la mariposa y la espiga, viendo "cómo se esconde el ser/en el suspiro leve de las frondas".

Pero no; no estaba la quinquina en el afuera. Había que buscarla en la escritura, allá va, entre las frases y las ramas, no sé en qué libro, "aquí junto al río, más allá, no se sabe dónde, junto a la muerte", escondida, "en la monótona melancolía de la paloma torcaz" que es su otra presencia en la ausencia dentro del matorral y de nosotros.

No sé con cuánta insistencia me busca el ave invisible ("oh la criatura que nunca existió", dijo Rilke del Unicornio) mientras leo a Vicente Gerbasi detrás de los párpados, mientras veo su poesía con la mirada tapiada por gusto de gozar el resplandor que deja en el pensamiento, más nítida, más rotunda que su reflejo sobre el papel, indistinta, confundidas las motivaciones y las imágenes del primer balbuceo y del último decir, genésica, fundacional, como ese entendimiento de la aldea terrestre y la aldea celeste en la noche estrellada sobre la cual, perennemente, destella, al final del viaje que se detiene en la realidad (el olor a café de la calle Caramacate de Canoabo, el perfume del trigo de los valles de Vibonati, entre la infancia venezolana y la adolescencia italiana); y vuélvese por la ruta del encantamiento a través de un paisaje sin lugar, llamándose en toda latitud y en todo tiempo, Canoabo, más bien infinito, país de tierra y del aliento, comarca propiciatoria y palabra talismán, de las que región y geografía son la otredad, "sin patria en el tiempo", como la nostalgia, repetiría Rilke y todos los caminos vienen a comer en nuestras manos, refrendaría Perse.

"Lo que amo en ti, Gerbasi", le digo en aquel recuerdo por el camino de mijaos y plátanos, es el regreso a la siempre primera vez de la inocencia, al niño que elige la imagen a modo de abalorio, de "césped con cabras" y que después olvida, o mejor, deja en la sien de donde, luego -y luego es la eternidad que en la obra se contiene-, la reclamará el corazón, "la emoción ardiente" de que habla Reverdy.

Por eso, cualquier lectura de Mi padre el inmigrante, a la vuelta de cualquier estrofa, es toda la lectura del principio y el fin de una disciplina de pureza que exigió para sí y para la poesía quien escuchaba el ave imposible en el monte estelar que lo llevará de regreso al universo que queda entre la calle Caramacate y las Pléyades, de esta orilla del río y a la otra de la Vía Láctea, en lo hondo de las montañas de Montalbán y de las constelaciones, del mismo modo como el desierto de la biblia prosigue en la soledad cósmica y cada pistilo del renuevo, la hebra del pasto, el guijarro de la arena, la hoja de la selva, la pluma de la pajarería, el grito de nacer, el primer respiro del espíritu anda en la búsqueda de un dios que los explica en el gran misterio de estar y permanecer.

La muerte, en medio de la celebración de la vida, nunca es la nada, jamás es vacuidad: todo es alma del mundo, polvo quevediano y para el poeta católico que fue Gerbasi, tránsito hacia el dios cristiano. Persignándose en uno de los poemas más conmovedores de la poesía venezolana, ruega que la amada muerta pueda continuar cuidando los helechos de su casa en los jardines del Paraíso en esta "Oración" que escuchamos en Diamante fúnebre:


En nombre del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo
ruego que mi esposa
Consuelo, quien murió
el 3 de abril de 1990
y que en mi casa
era la mujer de los helechos,
pueda ahora cultivar
un jardín del Paraíso.
Tendrá toda la luz
de la Santísima Trinidad,
la claridad del comienzo
y la claridad del fin
en la flor de los almendros.
Yo te regalaré, Consuelo,
las orquídeas de los ríos
de Venezuela,
las flores moradas
de los llanos lluviosos.
Nuestros hijos
te darán los lirios
de Fra Angélico.
Todos los ángeles
te convocarán
a una colina azul
y tú podrás cultivar
todas las flores
y darme las primeras
cerezas del Universo.


Morimos como contemplamos, somos la ceniza de un constante fulgor, la herida que duele no es menos intensa que la delicia, ambas terminan confundiéndose en indistinta celebración del vivir.

Yo he visto a Gerbasi estarse viudo y lastimado de cuerpo sonriéndole a los colibríes de su jardín, mirando larga y sosegadamente las nubes con los mismos ojos del llanto cambiados en el brillo del éxtasis. Es que para él, poeta y por tanto metafísico, estar sobre la tierra conllevaba a una elevación interior aun durante el acto más simple del mirar y del decir (uno y otro confundiéndose en un decir otro, el absoluto y único de la palabra que mira y la mirada que escribe), por lo que cuanto convierte en motivación del poema resulta de una conducta y un ejercicio del afuera, del paisaje, me corrijo, ese espacio del mundo físico en el que se da aquella conjunción o inteligencia de la hoja y el trino, el relámpago y la luminosidad, la noche y el mediodía, el desasosiego y la calma, la tristeza y la calma, el dolor y el goce, la muerte y la vida, la ausencia y la presencia, la ausencia como presencia.

Alguien atribuyó al pensamiento gerbasiano cualidades panteístas. Hay un Dios en cada cosa, cada ser. Todo es ánima universal: la hormiga y el halcón, el tigre y la paloma, la flor y el incendio, el hombre y su espíritu, el niño y el cosmos. Y la muerte, siempre la muerte, pero nunca su vacío gnóstico, menos su tiniebla sepultada bajo tierra y en el olvido, porque persiste un regreso al principio, un devolverse a la primera vez personificada en el encantamiento en cuya emoción lo que nace y se extingue en el paisaje (ya sabemos: el paisaje que es el afuera transfigurado en imagen, en geografía terrestre y celeste, en campo real y alegórico), adviene, en el nombrar del poema, verbo, materia, pálpito vital nutriéndose de lo que se funda y se arruina.

Pocas veces se ha dado entre nosotros una obra poética en la que lo naciente y lo extinguido se anulen entre sí por la gracia del nombrar que los vuelve sentimiento, de la poesía entendida como única vía posible para hallar la eternidad en lo temporal, el alma en la carroña. Estamos ante un ejercicio insaciable de inocencia, esa regla de oro del comportamiento humano.

Ningún deliberado propósito temático, siquiera la reiteración de éste o cualquier motivo, tampoco la idea fija o el adjetivo reiterado (lentos gavilanes, la hoja sudorosa, el universo en la gota de rocío, el brillo de la melancolía) escapa a tal postura, a semejante educación de los sentidos.

Leer a Gerbasi conduce a que sintamos la más alta estima por el mundo que nos sostiene, pero no para seguir aquí, para estar aquí, sino para habitar lo que de él es promesa de permanencia invisible, de vividura ultraterrena, como que somos y seremos aliento de los astros, respiración del infinito.

Lo que fascina en una poesía y poética semejantes es que atendiendo a tal exigencia de lo inmenso, la ética y su lenguaje desdeñen lo conceptual, la abstracción, la comprensión oculta, y privilegien, al contrario, la figuración, el comparativo con lo inmediato o lo visible, tomados aquí, al azar, del cuerpo de la obra: "las flores de la noche en la memoria"; "a lo lejos ulula la montaña de un dios"; "lentamente fui despertando en una luz de conejos"; "pájaros de antiguo pensamiento fijo"; "había pequeñas nubes en el encantamiento"; "el mundo es bello como la hoja de la vainilla"; "sobre el maíz suena el cielo; existo por razones del espacio...".

Mientras atardecía en su vida se entretuvo dibujando la poesía sobre su rostro, detenido por la fotografía de Enrique Hernández-D'Jesús. Trazaba signos de carbón y tinta para mirarse a sí mismo y mirarse en el prójimo. La línea que seguía el propio parecido y el que imaginaba del amigo proseguía, casi sin interrumpirse, en la escritura del poema o en la frase más sencilla. En ellas y a través de sus trazos, sonreía o se quedaba absorto. Pero, de nuevo, una vez más, se presentía la quinquina, ahora oculta en su nombre oscuro de fin de tiempo y anuncio de la definitiva intemperie, la de la tierra y del cosmos, en donde sentiremos perdurar más allá de los días el alma de Vicente Gerbasi: Soy la contemplación.


La estrella
en la frente del profeta.
Vi la aldea
de la pastora
que llevaba el llanto.
Nunca pasó la historia
de las casas.
Ellos movieron en silencio
el día de mi muerte.
 

El poeta Enrique Hernández-D'Jesús se encargó durante años de recopilar dibujos y textos de Vicente Gerbasi, además de hacer un registro fotográfico del poeta venezolano fallecido en 1992. Un total de 100 dibujos y 120 fotografías inéditas ilustran el libro que la Fundación Esta Tierra de Gracia pondrá a circular el próximo mes bajo el título Gerbasi del trazo y la palabra. El volumen, patrocinado por la Fundación Cultural Chacao y Movilnet, incluye también dos entrevistas realizadas por el compilador, una cronología hecha por Stefania Mosca y reflexiones como las que siguen, en un homenaje que persigue la permanencia del escritor carabobeño en la memoria [Suplemento Papel Literário, El Nacional. Caracas, 31/10/99.]

 

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