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Los nudos
infinitos de Jorge Eduardo Eielson
Alejandro Tarrab
El
nudo es el vínculo entre los seres y su principio; es la unión
que permite continuar cierto trayecto. El nudo es la
articulación entre los semejantes y/o entre los contrarios que
mantiene una estructura y al mismo tiempo la tensa. Este lazo
entre dos o más sistemas representa también un cierre, una
fuerza de clausura que se empuña por los cabos y que impide la
liberación de un gesto determinado: el nudo en la garganta
sumerge la voz. Los nudos por más intrincados no deberán
cortarse; ahí está lo sucedido a Alejandro el Grande con el nudo
de Gordias. El desanudamiento de las ataduras que oprimen la
esencia de los hombres despejará la vista hacia cualquier
destino; provocará la amplitud hacia un nivel superior.
Las obras
plástica y literaria del poeta peruano Jorge Eduardo Eielson,
así como sus instalaciones y performances, se basan en
las tensiones y distensiones generadas por el nudo y su
liberación. Su obra se expresa de manera total mediante estos
enlaces y desenlaces, que transgreden los límites convencionales
del lenguaje. Se trata de una obra absoluta, pero no en términos
de la utopía romántica de Goethe o Wagner o a la manera de
Mallarmé, es decir, no como un “amalgamiento de los lenguajes
artísticos“ o como reflejo y simulacro del universo, sino como
una red polisémica formada por diferentes códigos que se funden
en un solo lenguaje: la integración de un continuo acontecer que
es el universo. El arte para Eielson está en esas ilaciones; en
los puntos de encuentro más que en las partes entrelazadas: “Lo
mejor de un poema, como lo mejor de un cuerpo, no son sus
elementos (cabeza, tronco, extremidades, etc.; estrofa, verso,
vocablo, etc.) sino la gracia que los visita y los une en una
sonrisa, un movimiento armonioso, un llanto desesperado“.
Este clima
áurico está presente en toda la obra del poeta peruano, pero
adquiere un matiz más concreto en los poemarios escritos a
partir de 1950, es decir, después de Tema y variaciones (alcanzando
varios clímax; por ejemplo en Habitación en Roma (1952),
Noche oscura del cuerpo (1955), Ceremonia solitaria
(1964) y, posteriormente, en PTYX (1980) y Nudos
(2002) y, a mi parecer, en la totalidad de su obra plástica,
performances y demás acciones. Es aquí donde reside su
poética, en un ir y venir entre la atadura y el silencio (des-nudo),
con referentes muy claros del budismo zen, la filosofía de la
ciencia y la música (jazz), como el propio autor lo ha advertido
en numerosas ocasiones. Se trata, pues, de suspender en el
tiempo el mayor significado posible (toda esa red infinita de
nodos que se expande hacia la disolución y la libertad), la nada
como un espacio que lo alberga todo.
Nudos que
nadan
En misteriosos océanos
De nada
Comencemos
imaginando, como lo hizo Eielson a los veinte años, cuando
sostuvo por primera vez un tejido precolombino, pintado en tonos
ocres y rojizos por los Chancay, antigua cultura de la costa
central del Perú, una tela de “criaturas solares” inclinada
hacia el nacimiento y la proliferación... imaginemos ese
hilvanado como una trama que nos vincula con nuestros padres más
remotos, un hilvanado que nos entrega el origen y el porvenir y
nos congrega, a su vez, con el resto de los elementos
universales. Si logramos esta imagen, estaremos ubicados en el
intersticio entre el tiempo del arte y el tiempo de la ciencia;
entre lo dinámico y esférico de las sensaciones y lo acumulativo
con ánimo de superación propio del conocimiento: desde las
órbitas entrelazadas de los planetas hasta los nudos en las
cadenas de DNA, todo parece estar unido por la gran cuerda de
Zeus que envuelve el éter y se fija mediante una atadura.
Nudos que
son sombras
De infinitos nudos
Celestes
Si
partimos de esa imagen entramada, de ese sistema vinculado y
vinculante, el primer cuadro aludido en la obra de Eielson es
toda esa serie de Paisajes infinitos de la costa del Perú,
iniciada a finales de los años 50 y realizada con técnica mixta,
arena, cemento, limaduras metálicas, huesos y hasta excremento
animal, sobre tela; destacan en dicha serie los horizontes
desérticos en alto relieve, que semejan los accidentes del
terreno, sobre fondos mono o dicromáticos. El espectador de
estos panoramas tendrá la sensación de estar ante una suerte de
génesis, de paisaje inicial y último, donde emerge y se perpetúa
la existencia. Y es una sensación curiosa, porque se trata de
vistas que se extienden sin indicios de vida, sólo en ocasiones
atravesadas por algún vestigio, una huella, una palabra, señal
inequívoca de una presencia antigua. De esta forma surge
nuevamente el silencio, la ausencia colmada que lo dice todo.
Estos panoramas infinitos, a los que Eielson incorporó
posteriormente vestiduras rotas (camisas, jeans), quemadas y
anudadas, se transformaron más tarde en nudos de tela montados
sobre bastidores de madera. Denominados en un principio por el
autor con la voz quechua quipus, sistema de nudos incaico
utilizado para contar y preservar información, estas obras
anunciaban otras imágenes que se construirían fractalmente como
un universo interconectado: la serie pictórica Estrellas como
nudos/ Nudos como estrellas es una secuencia de cielos
capturados; constelaciones infinitas de cuerpos celestes
pulsando un acorde universal.
Esta idea
de cosmos ligado, sujeto mediante ataduras, está desarrollada en
la escritura de Eielson a la par de los Paisajes infinitos.
Lo vemos por ejemplo en un poema de Noche oscura del cuerpo,
“Cuerpo multiplicado“:
No tengo
límites
Mi piel es una puerta abierta
Y mi cerebro una casa vacía
La punta de mis dedos toca fácilmente
El firmamento y el piso de madera
No tengo pies ni cabeza
Mis brazos y mis piernas
Son los brazos y las piernas
De un animal que estornuda
Y que no tiene límites
[…]
Soy uno solo como todos y como todos
Soy uno sólo
Es la idea
de ser ilimitado descrita por Levinas; un ser que se
irradia y “se propaga en infinitas imágenes que emanan de él y
así, mediante una especie de ubicuidad, se dilata hasta penetrar
en la interioridad de los hombres“; en lo más arcano del
firmamento que son los otros y que es él mismo. El abandono de
esta condición, la multiplicación del cuerpo, se puede concretar
únicamente mediante el conocimiento pleno; se trata de un
desanudamiento del yo, de las fuerzas que oprimen la esencia del
ser, para entregarse al anudamiento con los otros.
Divinos
nudos nacidos
Entre dos manos
Unidas
Este nudo
proyectado más allá de los confines del yo está concebido y
realizado de muy diversas formas en la obra del artista peruano:
desde el Gran Quipu de las Naciones (anudamiento de las
banderas del mundo) realizado en las Olimpiadas de Munich en
1972, e interrumpido por actos terroristas, hasta instalaciones
como Homenaje a Leonardo en la que se suspendían con
hilos de oro varios nudos de tela (verdaderas aves) en las que
se había impreso previamente el Códice sobre el vuelo de los
pájaros y sobre los anudamientos de Da Vinci; todo esto en
el marco de una vano que mostraba, ya sin sus personajes, los
vestigios de la última cena bíblica. Todas éstas, acciones que
rebasan la palabra y la inercia de las costumbres a las que
estamos sujetos; liberación y desatadura de los cuerpos hacia
una unión indisoluble entre la vida y el arte.
Nudos que
no dicen nada
Y nudos que todo lo dicen
NOTAS
[1] Véase
Martha Canfield, El diálogo infinito. Jorge Eduardo Eielson.
Una conversación con Martha L. Canfield, Universidad
Iberoamericana/ Artes de México, México, 1995, p. 40.
[2] Jorge
Eduardo Eielson, “Para una preparación poética“, en more
ferarum 5/6, pp. 66-69.
[3] Jorge
Eduardo Eielson, “Luz y transparencia en los tejidos del antiguo
Perú” en more ferarum, 5/6, 2000.
[4]
Emmanuel Levinas, La huella del otro, Taurus, México,
2000, p.48. |