Clique aqui: milhares de poetas e críticos da lusofonia!

Endereço postal, expediente e equipe

 

 

Um esboço de Leonardo da Vinci - link para page do editor

banda  hispânica

camilo venegas

 

Camilo Venegas: el imperativo categórico de la nostalgia

José Mármol

La poesía es una forma de conciencia. “Mala conciencia de la época” se la llamó al fragor del más ingenioso simbolismo francés. Aún así, conciencia al fin y al cabo. La poesía es conocimiento y autoconocimiento, en la medida que es, también, lenguaje y metalenguaje. Así, la poesía y su concreción más honda, el poema, son formas de conocimiento de la cultura y del mundo centrados en la caótica y a la vez lógica, finita y a la vez infinita dimensionalidad del lenguaje. Estas son las cualidades que dan al poema la configuración dual de obra abierta y cerrada, objetiva y subjetiva, facultada para que por medio de su naturaleza simbólica el individuo pueda conocer y conacer, es decir, descubrir su entorno y descubrirse a sí mismo; inventar e inventarse, vivir y morir, porque en el poema radica la singular condición de la expresión última y profundamente reveladora del ser.

He titulado de esta forma kantiana mi lectura del libro Itinerario (Poemas 1994-2002), del poeta y prosista Camilo Venegas, porque descubrí por azar, en F. Schlegel, hará ya unos años, justo en sus Fragmentos del Lyceum (1797), un maravilloso aforismo en el cual se proclama exigir rasgos de genialidad en todo el mundo, quiso decir, en todo el vivo, aunque sin esperarlo. De ahí que afirmara el filósofo y literato de Hannóver: “Un kantiano llamaría a esto el imperativo categórico de la genialidad”. Fue, en efecto, un imperativo categórico de la nostalgia lo que me dejó la primera lectura de este poemario, en cuyas páginas el autor relata, en versos prosados henchidos de claridad, su trashumancia y sus encuentros, mientras se cuenta a sí mismo y se encuentra consigo mismo. O al menos con aquel de su otredad, su alterego, que existe y se percibe como palabra cantada, como acontecimiento único e irrepetible del poema, como autónomo y temeroso sujeto de la enunciación; instrumento, pues, de la magia de su idioma.

Por la íntima relación, casi de granítica compacidad o identidad que existe entre la escritura y la vida de Camilo Venegas, cabría recordar, brevemente, cómo tuve noticia de su existencia. La mención original vino de Freddy Ginebra, mi entrañable y paternal amigo, a quien el autor dedica el poema “Canción tradicional”. Me dijo, más que exaltado, un ardiente mediodía: “¡Ya viene Venegas, el cubano!” No recordé, de pronto, si nos habíamos conocido en el Malecón de La Habana, aquella tarde veraniega en que el mismo Freddy se separó de José Rafael Lantigua y de mí, dejándonos en medio de una apasionada conversación literaria con colegas cubanos, y tomó una bicicleta para salir disparado, retornando minutos más tarde con ella en hombros, algo maltrecha y empapado de pies a cabeza, tomado de la mano de un pescador, que pudo rescatarlo de su accidentado paseo. No recuerdo si estuvo Camilo allí. O si, más bien, había estado de regreso a su patria chica, Paradero de Camarones, en Cienfuegos, una comunidad que, como el Macondo de García Márquez o la Santa María de Onetti, podría tal vez tener más vida y más historia en la palabra poética del propio Venegas que en las crónicas del Gramma o de Radio Rebelde; un poblado cuyo pulso vital lo establecían los trenes; un paradero, eso si, reducido a los itinerarios ferroviarios.

No recuerdo si estuvo allí, en La Habana, al filo de aquella tarde mítica. Sin embargo, guardo vivo el momento en que lo encontré aquí, en esta su patria del transtierro, en medio de aprestos solidarios y de un abrazo fraterno. Desde ese día le adiviné, y su poesía me lo ha confirmado, el sino trágico del éxodo y del llanto que supo llevar con dignidad por el resto de sus días, perdida la causa de la guerra civil española, el inconmensurable poeta León Felipe. Desde aquí, y en la herida abierta por la distancia del terruño, el poeta canta: “Ahora, cuando quiero oír un aguacero, lo sintonizo en la radio. Es estúpido, pero la tierra huele como si en verdad estuviera húmeda y un escalofrío atraviesa mi cuerpo. No importa lo ficticio, lo que cuenta es el aproximado, esa increíble similitud con aquellas tormentas que cruzaban el Paradero de Camarones de este a oeste, llevándose consigo todo lo que teníamos y lo que pensábamos tener cuando llegara el mediodía en el anhelado tren de las once” (“Bye and Bye”).

Este nuevo libro de Venegas, quien ha publicado además Las canciones se olvidan (1991), Los trenes no vuelven (1993) y Cine Vedado (1995) es un compendio de textos poéticos en cuyo recorrido alientan las sombras estilísticas de grandes poetas y prosistas cubanos como José Lezama Lima, Eliseo Diego y Gastón Baquero, además de la provocación intuitiva del mexicano José Emilio Pacheco, cuyo ayer y siempre se remontan todavía al poeta de los campos de Castilla,  Antonio Machado. Notoria es, aún más, la presencia de la música a lomo de los versos de este Itinerario, remontándose a figuras legendarias como Bob Dylan, Benny Moré, Marta Valdés, Elena Burque, Chucho Valdés, Gonzalo Rubalcaba, Pat Matheney y otros. ¿Cómo separar, si de Cuba se habla, si de uno de sus tantos hijos artistas y escritores se habla, la poesía y la música? Venegas lo proclama en un verso inmejorable: “Cualquier noche de este país cabe en un solo de piano” (“Mi gran pasión”). La música entra, hecha poesía, al misterioso ámbito de la nostalgia que fundan las palabras del poeta.

El vocablo itinerario remite a la noción de camino. El camino recorrido y el camino por recorrer. Lo conocido y lo desconocido. Cuando el poeta nombra está recontextualizando la especificidad simbólica de lo pensado y lo sentido, en cuanto que nombrado. El itinerario de Venegas empieza en los horarios de trenes de la niñez, allá, en Paradero de Camarones, pero se proyecta hacia Europa del este, en las estepas eslavas y en el puerto de Veracruz, hasta retomar las huellas de José Martí, en la desértica sutura, en la arcillosa cicatriz de la frontera domínico-haitiana, en el difícil y heroico camino de la historia que une, con las anotaciones de un diario, las áridas atmósferas de Montecristi y Cabo Haitiano, para terminar “en las más grandes angustias que pueda pasar hombre alguno”. 

Pero este libro, antes que un itinerario sobre ciudades, poblados, bares, amigos y amores, geografías y cielos, es, más bien, un itinerario sentimental, un magma poético de paisajes interiores. El vínculo entre vida y poesía, entre experiencia y lenguaje se establece, en esta obra, como una trashumancia por nostálgicas lejanías. “Manicaragua, Hanabanilla, Marianao, Cruces y Santa Clara tienen ahora otro significado, son términos que sólo sirven para decir lo que fuimos o lo que ya no podremos seguir siendo… Vivir en otra parte es no volver a tener paz con uno mismo” (“Bye and Bye”). Ya no son ciudades, si no, elementos icónicos de una representación que vive y muere, para permanecer en la superficie misma del poema. Mediante esta clara conciencia lingüística y estética cultivada por el poeta queda revelado que el mundo no es otra cosa que la gran morada de los signos, el vastísimo circo de lo perdido y lo esperado.

Justo en ese orden tiene lugar la cercanía entre este libro y el homónimo de Octavio Paz publicado en 1993, cuarenta años luego de su encomiable ensayo El laberinto de la soledad. El Itinerario paciano, escrito en aguda y hermosísima prosa ensayística, representa una suerte de breve biografía intelectual y sentimental, un viaje desde la juventud hasta la madurez del gran poeta, en el cual destaca las turbulencias sociales de la contemporaneidad y eso que llama la inasible y mudable condición humana. Dos visiones, pues, una ensayística y otra, la de Venegas, puramente poética, unidas ambas en el vértice de la imaginación, la vida y el lenguaje.

¿Pero, qué se nos revela poéticamente en estos signos? La poesía de Camilo Venegas está provista de una gran riqueza de sentidos, que van desde la plenitud hasta la vaciedad, desde la reafirmación de un credo hasta su completa negación, desde la esperanza hasta el escepticismo. De ahí que nos encontremos con un discurso poético relativamente ambiguo: deseo de partida y angustia por el desarraigo. Así queda su palabra sellada en otro vínculo inexcusable: el de poesía y tiempo, el de la palabra y la historia. La poesía es anuncio y denuncia. Venegas encumbra su decir, anunciando y denunciando sin sacrificar el poder simbólico del lenguaje poético ni el compromiso ulterior de éste con la dimensión estética del poema.

Por ello, en la conversación imaginaria entre Eliseo Diego y Gastón Baquero, en una calle de Madrid, nos cuenta: “Todo, salvo el crepúsculo de La Habana, se ha derrumbado. (…) Todo, salvo Cuba, se ha derrumbado”. Y cuando realiza el “Pequeño inventario de cosas que nunca existieron” dice: “Aquel país que alguien pasó prometiendo. Aquella Isla que nos hizo abrir los brazos al dejarnos en las manos el ascenso de sus playas, el fervor de sus árboles al mediodía; para después írsenos como la arena, entre los dedos”. O por ejemplo: “Todos los poetas empiezan queriendo ser héroes y terminan siendo traidores. Si un país, el hermoso país al que le han cantado hasta quedarse mudos, los traiciona, ¿por qué ellos, pobres, indefensos, sin nada ya que los proteja contra el agua y la noche, no han de hacer lo mismo? (“Los poetas también traicionan”). Heberto Padilla, José Lezama Lima, Reynaldo Arenas, y en estos momentos, Raúl Rivero, quien ha sido condenado a 20 años de prisión política por el régimen castrista, tendrían todo el derecho a responder este interrogante. Pero, Camilo Venegas, colocado en el centro de su mediodía errabundo prefiere argumentar, con el filo de unos versos a flor de melancolía: “No digas nada que pueda distraerme, del otro lado del mar estoy yo, esperándome” (“Malecón”). La poesía, había dicho, es una forma de conciencia. Camilo Venegas es un digno exponente de ese corolario.

[Do livro Las pestes del lenguaje y otros ensayos. Editorial Letra Gráfica. Santo Domingo. República Dominicana. 2004. Original gentilmente cedido pelo Autor para a Banda Hispânica.]

 

projeto editorial do jornal de poesia

editor geral e jornalista responsável

soares feitosa

coordenação editorial da banda hispânica

floriano martins

.

Retorno ao portal da Banda Hispânica
retorno ao portal

Agulha - Revista de Cultura
revista agulha

 

 

Secrel, o provedor do Jornal de Poesia

 

 

 

Só a DIDÁTICA em prol do Homem legitima o conhecimento

A outra face do editor Soares Feitosa, o tributarista