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José Luis Vega: bajo la influencia de la
nostalgia
José Mármol
Un hermoso libro del poeta y ensayista
puertorriqueño José Luis Vega, excelente híbrido de poesía y
prosa que se titula Techo a dos aguas (Editorial Plaza
Mayor, Biblioteca de Autores de Puerto Rico, Puerto Rico, 1998)
es, para mí, el mejor de los pretextos para traer a colación,
aun sea muy sucintamente, un tema que creo importante para el
presente y el futuro de las letras del Caribe hispánico.
Se trata de la confraternidad literaria; vale
decir, la interrelación diferenciada, la unidad diversificada de
unas letras que amén de su prodigiosa lengua común, sus
sociedades tienen una historia y un destino también comunes, lo
que no quiere decir idénticos, sino más bien, originariamente
fecundos, armónicos en la diferencia de la singularidad
histórica, aun por encima de todas las barreras ideológicas o
geopolíticas y de todas las mezquindades del colonialismo y el
imperialismo del norte sufridos; son sociedades siempre
pendientes de las latencias y patencias de sus culturas y sus
gentes.
En conversaciones cordialmente sostenidas con
este formidable autor boricua nos hemos preguntado por qué
nuestras sociedades han tolerado un distanciamiento de sus
literaturas; qué fenómeno intrínsecamente cultural, quiero
decir, al margen de la premeditación y alevosía de quienes nos
prefieren política, cultural y económicamente distanciados, ha
hecho que, teniendo tantos rasgos e intereses comunes, Cuba,
Puerto Rico y República Dominicana no tengan una más cálida
relación literaria, un intercambio más fluido entre sus
escritores y, por qué no, algunas iniciativas editoriales con
carácter regional, que podrían dejarnos mejor parados ante las
avasallantes estrategias mercadológicas y promocionales en esta
industria por parte de naciones como México, Argentina, Chile,
Colombia, Venezuela y España, entre otras.
La confraternidad literaria es un magnífico
recurso para acabar por siempre con la condición humillante,
cuando despectivamente se la enfoca, de la insularidad. A escala
regional, el Caribe completo constituye un archipiélago
babélico. Sin embargo, las antillas de habla hispana confrontan,
en una perspectiva cultural, mayores dificultades para la
inserción en el contexto global de la sociedad contemporánea que
otras islas aparentemente más rezagadas en la carrera de la
civilización, el arrebato de la racionalidad científica y
tecnológica, y la difusión estratégica de sus valores estéticos.
Santa Lucía, desde su antillanismo de Barlovento, y su premio
Nobel Derek Walcott podrían tomarse como vívido ejemplo de esta
aseveración. Otros poetas caribeños de trascendencia universal
son Aimé Cesaire, de Martinica; Saint John Perse, de Guadalupe,
y Alvaro Mutis, de Colombia, para sólo citar unos cuantos .
José Luis Vega es una de las voces más
representativas de la nueva literatura puertorriqueña; sus
ensayos y poemas son piezas sobresalientes en el marco del
fenómeno literario que en esa nación hermana se denomina
Generación de la crisis o Generación del 70, caracterizada por
emprender un discurso literario de auténtica y profunda apertura
y consecuente ruptura con las concepciones literarias de
generaciones precedentes, que estuvieron atadas por las
mancuernas ideológicas del compromiso del arte con lo político,
ideológico y partidario. Los integrantes de la Generación de la
crisis, concepto que asocia su quehacer artístico e intelectual
con la compleja atmósfera social y política en la América Latina
y otras partes del mundo de ese período, instauran un nuevo
lenguaje en el ámbito de la literatura de su país, que
proclamaba un compromiso con el arte desde la problemática
estética del arte mismo.
En las revistas Ventana (1972-1977) y
Zona de carga y descarga (1972-1975), a lo que se agrega la
decisiva y críticamente cáustica participación independiente del
escritor Iván Silén, poeta, novelista y ensayista de fuste y
estilo propio, los entonces jóvenes poetas, narradores y
artistas puertorriqueños de los 70 proclamaron la liberación del
lenguaje poético y el derrumbamiento del folklorismo, de la
neoépica rutilante, del panfletarismo y de las pretensiones
doctrinarias del realismo socialista en el arte, rasgos muy
marcados en la generación de escritores inmediatamente anterior.
En una rigurosa selección de poetas de la
Generación de la crisis, cobijada bajo el emblema de “La nueva
sensibilidad” (Suplemento especial del mensuario Diálogo
de la Universidad de Puerto Rico, 1997), los poetas Jan Martínez
y Néstor Barreto, integrantes también de esta ola generacional,
señalan otros nombres como Esteban Valdés, Yvonne Ochart, Aurea
María Sotomayor, Jorge A. Morales, Vanessa Droz, Josérramón
(Che) Melendes, y por supuesto, José Luis Vega.
Entre las obras poéticas publicadas por Vega
figuran Comienzo del canto (1967), Signos
vitales (1974), Las natas de los párpados/ Suite erótica
(Ventana, 1974), La naranja entera (1983), con el
cual obtuvo en 1983 el Premio Nacional de Poesía que otorga el
Pen Club, Tiempo de bolero (1985), Bajo los efectos de
la poesía (1989), que le mereció el Premio del Instituto de
Literatura Puertorriqueña de 1989, y Solo de pasión/
Teoría del sueño (1996).
En lo que respecta a su obra ensayística
podríamos citar títulos como César Vallejo en Trilce,
que fue su tesis para Maestría en Estudios Hispánicos, en 1975,
publicada en 1983; Reunión de espejos (Antología del cuento
puertorriqueño actual), también publicada en 1983; además,
una larga lista de ensayos y artículos publicados en revistas
especializadas y en prestigiosos periódicos de Puerto Rico.
A su prolífica labor literaria se suma su
encomiable carrera académica, que le ha llevado a desempeñar
meritoriamente la posición de Decano de la Facultad de
Humanidades de la Universidad de Puerto Rico.
En su nueva entrega, Techo a dos aguas,
José Luis Vega nos convida a un viaje hacia el país de la
nostalgia, el Puerto Rico que ha ido diluyendo sus elementos
culturales autóctonos al socaire de una disputa entre la
estadidad neocolonialista y la independencia pura y simple. Nos
lleva por esta honda problemática, que tensiona la sociedad
borinqueña de hoy, con simultáneas maestría y magia, a lomos de
una prosa sin desperdicios, a veces irónica, a veces sarcástica,
y de un verso equilibrado, profundo y a la vez transparente,
convirtiéndose ambas formas discursivas en una reveladora
confesión de desarraigo, de duelo de identidad, de memoria de un
tiempo y sus cosas y almas perdidas, que sólo el cultivo de la
lengua y por ella, la recuperación de sus riquezas y tradiciones
pueden reorientar.
La combinación de prosa y poesía, en definitiva,
un mismo discurso expuesto en dos formaciones rítmicas,
representa en la estructura del libro las dos aguas que el techo
de aquella casa solariega y nostálgica reparte con exquisita
tranquilidad y cierto dejo de tristeza, cuando hay lluvia de
ideas, frustraciones, recuerdos, melancolía y esperanzas. Aquí
conviven, en compasada armonía, una serie de ensayos
periodísticos que abarcan alrededor de diez años de publicación
en la prensa puertorriqueña, sobre todo, dominical, y una
rigurosa selección de cinco poemas, escritos entre la pasada y
presente décadas, que hacen de angulares arquitectónicos de esta
casa metafórica, cuya materia prima esencial es el español de
Puerto Rico; es decir, la lengua y cultura que forjan la
existencia y el oficio creador de José Luis Vega.
No es caprichosa la construcción simbólica, al
fragor de estos días terribles para el sosiego y el encanto, de
una casa con techo a dos aguas, como las de tiempos de Betances,
Albizu, Hostos, Máximo Gómez y Martí, que cuenta, además, con su
balcón, cuatro estancias, un entretecho, traspatio y desván. Es
la casa cuya intencionalidad literaria invoca la dignidad y el
amor patrios en medio del maremagnun de la modernidad y la
posmodernidad finiseculares, del avance irracional de la
racionalidad tecnológica y la avalancha de sus artefactos, la
religión del marketing, las comidas rápidas y artificialeso
achatarradas, los enterramientos teledirigidos y los cementerios
planos y mudos, los milenarismos y la angelología de pacotilla,
las guerras digitales, la deformación del nombre propio, la
profanación de lugares sagrados y la política procaz de una
impolítica linguística, que como en los imperios de la
Antiguedad, trata de imponer una lengua foránea a un pueblo que
se resiste a la enajenación de sus valores y sus instituciones.
Esta casa no es, a pesar de su singular
atmósfera, y quede claro de una vez, espacio de aquelarre de
antiguallas con aires románticos y vagidos dieciochescos, sino
más bien, monumento de palabras y conceptos que apelan al
sistema de valores de una cultura y un conglomerado humano
víctimas de la insaciable sed de dominio territorial, del
poderío económico-militar y de la arrogancia doctrinaria
disfrazada de progreso material.
En esta obra, la metáfora de la casa, y por
sinécdoque, de su techo a dos aguas, simboliza el espacio
topográfico y alegórico que engendra el eje nostálgico de la
estrategia discursiva del autor: en una punta, la transformación
cósica, fáctica, empírica de la realidad social de Puerto Rico,
y en la otra punta, la creciente amenaza de la pérdida del
sistema simbólico y cultural por excelencia en aquella sociedad,
el español puertorriqueño, es decir, su lengua y cultura.
Puede que desde la exhaustiva perspectiva crítica
de Juan Gelpí (Literatura y paternalismo en Puerto Rico,
Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1993), la casa de
José Luis Vega no rompa del todo con el espectro metafórico y
topográfico del paternalismo que él aduce inherente a la
literatura puertorriqueña de los años treinta, con su
consecuente efecto ulterior. No obstante, la escritura del autor
de Techo a dos aguas, si bien integra con bien ganado
prestigio el canon actual de las letras de su país, el cual
lucha todavía por la constitución de un Estado propio, no
significa que esté amarrada o comprometida en términos
ideológico-políticos. Antes al contrario, la escritura de Vega
se regodea en su libertad de enfoque ideológico y tratamiento
estilístico de los temas que recrea y refunda.
Esta es una escritura que exhibe, más bien,
aunque en forma mesurada, el talante y los aires de ruptura
propios de su generación, su agudeza crítica y sus clamores de
libertad creadora. Esto último la distancia de pretender ser una
escritura de discurso políticamente neutral. Antes bien, su
autor deja entrever que la crítica de la sociedad y de la época,
en materia de creación literaria, tiene por base la crítica del
lenguaje, y algo muy pertinente al caso concreto de Puerto Rico,
la defensa y preservación de su lengua y cultura, como lo
enseñara Pedro Salinas desde las aulas universitarias de esa
isla.
La poeta Vanessa Droz perfila con sobrado acierto
el hallazgo de Vega, al aducir que en esa escritura nostálgica
queda manifiesto “que ser escritor puertorriqueño sí es cuestión
de idioma”. La defensa y aprecio del español de Puerto Rico
contra la mezquina ventolera del inglés forzado y sus efectos de
bilinguismo es una causa cónsona con el derecho de un pueblo a
su autodeterminación y con la universalidad intrínseca a los
valores estéticos; esto no puede confundirse con reduccionismos
sociologicistas de afectado y costumbrista nacionalismo o
criollismo.
El propio Vega, en su artículo “Memoria de la
lengua”, luego de confesar que por un tiempo, en su infancia,
sin lengua creyó estar, que la sentía “raída, como de trapo”, y
que sentía la lengua inglesa como algo abrupto, “como un muñón,
como un absceso incómodo en la boca”, resume esta problemática
del siguiente modo: “El tiempo, algo de mundo y esa profunda
razón del corazón me mostraron la lengua, la mía, en su
esplendor. De paso, la hice mi instrumento de vida, indagué sus
secretos y me instalé en sus predios con una puertorriqueña
seguridad de dueño. (…) Ahora nos dicen que ser puertorriqueño
no es cuestión de idioma. Que escribir en inglés o en español le
da lo mismo al alma, pero no al mercado. Que Nabokov, tan ruso,
escribe en buen sajón. Y yo escucho a mi abuelo, que allá en su
tala astral, dice: Unjú” (Op. cit., p.135).
Sea para arqueologizar los nombres
puertorriqueños, para pensar la gastronomía oriunda de la isla,
para contar la historia de la nieve del trópico, un réquiem por
los árboles, la magia sagrada del Yunque, la estética municipal
con su alcalde y su poeta, el virus del poder y la máquina de la
nostalgia, los cementerios marino y urbano, el espiritismo de
Matienzo Cintrón y el ocultismo a fines del pasado siglo, los
narradores y poetas boricuas, la materia de los sueños, la
ilusión poética de ser leído o el fin de la bohemia, entre otras
delicias de la buena factura expresiva en prosa o en verso, sea
para esto o aquello, en Techo a dos aguas nos encontramos
con una escritura que tiene por objetivo ahondar el pensamiento
y la meditación crítica en torno al ser puertorriqueño,
ahondarlos, enfatizo, sobre sus propios orígenes culturales e
históricos, al tiempo que advertir sobre los riesgos del
desaforado desarrollo material, la aculturación y el contagio
pérfido de la posmodernidad acrítica.
Invito a los lectores de poesía y prosa a conocer,
disfrutar y pensar Techo a dos aguas, a revivir en
cada palabra la nostalgia y el deseo de recuperación cultural
que recorre la prosa incisiva e irónica y el verso depurado del
autor, lo que se me prefigura, en casi epifánica prognosis, como
una suerte de alerta solidario, de nuevo llamado antillanista a
que miremos con menor embeleso y pasmado desconcierto el virus
aplastante del mercado globalizador y los preceptos
acomodaticios de las posturas diletantes en boga. Y si todo este
avatar histórico que avizora el advenimiento del tercer milenio
nos fuera inevitable, que el misterio de la poesía nos evite
nadar en la bilis del desarraigo melancólico, de la anulación
ontológica y el vacío sufrir, y que nos lleve, con su inocuidad
y su inoperancia aparentes, por la reveladora recuperación de la
nostalgia. |