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El inconcluso viagro
(a propósito de un poemario de Plinio Chahín)
José Mármol
La escritura es un lacerante instinto de
preservación de la especie creadora por medio de la palabra. Un
escritor, si lo es a toda prueba, o escribe o se suicida.
Ninguna sociedad en la historia ha ofrecido al creador verbal,
si este es radicalmente crítico y consecuentemente auténtico,
una opción redentora, gratificante, sosegada; antes al
contrario, el destino del poeta o el prosista está íntimamente
ligado a la punición del azar y el desconcierto. La escritura
verdadera está siempre contra el poder establecido, contra la
jerarquía de valores predominante.
El dilema hamletiano de todo escritor vital es
escribir o morir, que equivale a la cuestión ontológica ser o no
ser. El desasosiego ineluctable del acto de escribir radica en
el hecho de que, si bien escribir nos salva del suicidio o del
homicidio, no es menos cierto que en el proceso mismo de la
creación el sujeto se va autodestruyendo, desgastando, tachando
y silenciando.
Con la publicación del volumen Oficios de un
celebrante (1986-1998), el poeta y ensayista Plinio Chahín
nos presenta su universo simbólico conjugado, como si se tratase
de un bosque tropical en el que destacan las diferentes especies
de su progenie estilística. Aquí figuran sus libros poéticos
Consumación de la carne (1986), Solemnidades de la muerte
(1991) y Hechizos de la hybris (1999), último que obtuvo
el premio de poesía de Casa de Teatro, en 1998. Además, se
encuentra en este volumen un manojo de poemas no recogidos
anteriormente en libro, una suerte de poemas de descarte, que el
autor reúne ahora bajo el título de Ojos de penitente.
Al compendio de textos poéticos se suma otro no
menos sugerente y valioso que integra artículos y ensayos bajo
el subtítulo de Literatura sin lenguaje? Escritos sobre el
silencio y otros textos. Esta parte de la obra permite
apreciar, más allá de los rasgos de erudición y de fruición por
la lectura, la concepción más íntima y variable que de la
literatura se ha ido forjando el autor.
Sobre la poesía de Chahín afirmé, hace varios
años, algo que todavía, y a propósito de su libro más reciente,
puedo sustentar sin remilgos. Dije que la suya es una poesía
inscrita en la poética del cambio, es decir, en la
poética del pensar, y de esa postura deriva su radical
crítica de la contemporaneidad. A su preocupación estética le
son ajenos las utopías y los mitos de las revoluciones sociales,
atestiguando, más bien, el proceso de desmoronamiento real de
esos monstruosos engendros de la razón y de los sueños. Esta
poesía, que empecé a conocer en los albores del decenio de los
ochenta, en el seno del recién creado Taller Literario “César
Vallejo” de la Universidad Autónoma, ha ido creciendo como una
patética revelación del desgarramiento interior del individuo,
el desconcierto, la decepción y la incertidumbre, el nihilismo
afirmativo, si se quiere, de los nuevos sujetos finiseculares en
que se acrisoló la mejor espiga de lo que hicimos llamar
Generación de los Ochenta.
Sólo en el libro Hechizos de la Hybris, en
medio de la danza que organiza el sentido abierto del poema
central, aparecen atisbos, antes no más esfuminados, de
resignación fideista en el budismo zen o en alguna senda védica.
No obstante, la poesía de Plinio Chahín ha continuado conjugando
el pensamiento y la corporeidad a través de un muy particular
manejo, entrecortado y aséptico, del lenguaje y de algunas de
las ideas relevantes del pensamiento y la metafísica
occidentales.
Ahora bien, la novedad de este volumen estriba en
la conjunción de la prosa ensayística, reflexiva y crítica que
habíamos ido conociendo a través de las páginas de importantes
diarios y revistas de nuestro país, pero, en forma esporádica,
lo cual dificultaba hacerse una idea más o menos cabal de los
escritos del autor.
Valiéndose de un profuso arsenal erudito,
producto de largas horas de estudio y de insaciable búsqueda,
Plinio Chahín estructura una crítica de la crítica, una suerte
de metacrítica textual, que discurre como aventura discursiva a
veces constructiva y otras veces destructiva del lenguaje mismo;
prefigurando otras veces una red demoledora del saber académico
o comúnmente establecido cuyo poder de acción se torna discurso
deconstructivo, esperanza del vacío, escritura del silencio,
anulación del ser.
En un texto dueño de una prosa ágil e
inteligente, aunque no siempre explícita o transparente,
titulado “El fantasma de la crítica”, Chahín atina el dardo en
el centro de la diana, desvelando una cuestión lastimeramente
propia del ejercicio intelectual criollo, que pese a su
actualidad, campea desde el pasado siglo: la subjetividad
caprichosa y el seudoconocimiento apodíctico como estandartes
del ejercicio de la crítica cultural.
El autor de Oficios de un celebrante
(1986-1998), edición del Consejo Presidencial de Cultura,
colección Fin de Siglo, se desparrama con acritud sobre
tan generalizado, arraigado y a la vez insulso e infeliz
ejercicio del criterio de los sin criterios (ni propios ni
ajenos), estremeciendo los cimientos del seudosaber, la mirada
irresponsable sobre el objeto estético y exigiendo, en lugar de
esta, aquella crítica fundada en la valoración estética y
linguística de la obra, es decir, apoyada en las especificidades
del objeto de estudio, lo cual la hace valer “por y para sí
misma”.
En un artículo intitulado “El poema, la crítica”
el autor establece el estatuto del crítico, indicando que todo
buen crítico debe encerrar en sí mismo un buen artista. “No
basta poseer –aduce- dominio filológico o linguístico. Es
indispensable compenetrarse con el arte que se estudia. Así, el
crítico deviene artista, y consigue fundamentar una crítica
dialéctica en constante construcción y abismo” (p.204). A
excepción de la idea de “interpretación” como valoración
analítica que sigue al juicio citado, la cual no comparto, el
reclamo de dotes creativas y sensibilidad estética, más allá de
meros métodos y preceptos sistémicos, ismos desgastados o
prestigiosas escuelas entumecidas, exigido por Chahín al crítico
goza para mí de una gran actualidad.
Muy revelador, aún por encima de preceptos
contradictorios (y de ahí la diversidad y riqueza de los
enfoques del autor), es el enfoque en torno a la abyección como
postura vital y escritural de importantes escritores universales
y de nuestro país. Chahín destaca la proyección y persistencia
del poeta maldito o bohemio del parnaso decimonónico. En el
trabajo titulado “El poeta, marginado y paria”, el ensayista
define la abyección, acudiendo a Julia Kristeva, como “punto de
fuga infinito de una búsqueda constante” (p.181).
Recuérdese que Martin Heidegger, pensador que
Chahín persigue a pies juntillas en algunas de sus ideas
básicas, define al hombre, en el marco de su analítica
existencial, como un ser arrojado, lo cual equivale a un
modo de abyección. De esta forma, y junto a Nerval y Rimbaud,
Sade y Lautréamont nuestro autor remarca figuras nacionales de
las letras como Lacay Polanco y Luis Alfredo Torres, símbolos de
la parianidad de la estrecha y ridícula república de la Calle El
Conde, y a la vez, clarísimas expresiones de la insostenibilidad
del emblema de “poeta marginal”en la sociedad actual, en la que,
a decir verdad, todos los que escribimos versos pasamos por ante
la vista indiferente de los demás ciudadanos y de las academias
y los medios de comunicación como fantasmas desdeñables, que
acezamos doloridos bajo una destemplada y generalizada atmósfera
cultural de marginalidad y tedio, cuando no de cínica bufonería
o meras poses oficialistas y palaciegas.
En la lectura de la prosa ensayística de Plinio
Chahín encontramos una constante entroncada con la obra
reflexiva de Georges Bataille. Se trata de concebir el arte,
cual que sea su expresión, como resultado, unas veces racional y
otras veces mistérico, de la intención subjetiva de superación
simbólica del mundo. Bataille invita a superar
verbalmente el mundo mediante el poder creativo del lenguaje.
La prosa ensayística contenida en Oficios de
un celebrante (1986-1998) no configura un sistema cerrado de
pensamiento estético; es decir, que no presume de erigirse en
método capaz de abordar analíticamente cualquier objeto para
establecer supuestas conclusiones irrefutables, científicas o de
sistémico jaez. Se trata, muy por el contrario, de un volcán, un
maremagnum de aseveraciones celosamente eruditas que se
entrecruzan, ya en forma armónica o ya en forma contrapuesta,
ordenándose y ganando sentido como un discurso abierto,
fragmentario, ecléctico, en ocasiones rigurosamente silogístico
y en otras felizmente azaroso, vivo, fortuito, intuitivo,
nietzscheanamente danzarín y desacralizante.
Del anterior aserto deriva el que en algún
momento la poesía se conciba como vía mediante la cual el ser
humano “revela el esplendor de la nada”; y apenas unos párrafos
más adelante nos encontramos con que el autor endilga a la
poesía misma una misión afirmativa, que contrasta con la misión
nihilista anterior, presentándola como vía para construir un
“radical y auténtico mundo” (p.222). Así es como, sin deparar en
su procedencia o arraigo epistemológico, en esta escritura las
ideas fluyen libremente, moviéndose hacia el despertar de la
imaginación y la polisemia más que hacia la conclusión
sentenciosa y académica.
Desde la óptica más arriba resumida desmonta
Plinio Chahín el universo verbal de autores que van desde Jorge
Luis Borges, Octavio Paz, Freddy Gatón Arce y varios de nuestros
autores de los últimos decenios como René Rodriguesoriano, Ramón
Tejada Holguín y Basilio Belliard, entre otros.
“Un resonar de la palabra auténtica sólo puede
brotar del silencio”; esas son palabras de Martin Heidegger.
El silencio es la fuente de lo originario, de lo diferente, del
pensamiento y la palabra que dimensionan y fundamentan al ser.
El poeta es dueño primigenio del silencio, por cuanto su obrar
abreva en lo sagrado.
La escritura de Plinio Chahín, tanto en verso
como en prosa, va en innúmeras ocasiones de la mano de aforismos
heideggerianos, que en su biblioteca de sentidos se combinan con
ideas de Harold Bloom, Gaston Bachelard, Roland Barthes, Paul de
Man, Guillermo Sucre, Maurice Blanchot, Tchuang Tzu, Lao Tse,
Matsuo Basho, T. S. Eliot, Wallace Stevens y Jacques Derrida,
entre otros, para crear la madeja escritural de un discurso
capaz de hacer del oficio de la erudición una placentera
aventura imaginativa y una afilada espada del criterio. Chahín
juega a la literatura sin lenguaje, a la escritura ausente del
silencio, se torna despiadado crítico de la cultura y se tacha,
se oblitera así mismo como ser en la escritura por la simple
puesta al socaire de un digitador en la prisa con que se imprime
un diario.
Oficios de un celebrante (1986-1998)
es, a mi pensar, un volumen que permite apreciar
la sensibilidad de su autor ante la obra de arte, así como la
conciencia ante el fenómeno del lenguaje, sus propiedades, su
armazón lógico y sus misteriosos estallidos en imágenes que
conjugan, sin desperdicio, el poder alegórico del conocimiento
conceptual con la belleza de la imagen que produce conocimientos.
Plinio Chahín es, como él mismo escribe en un verso de Hechizos
de la hybris, “inconcluso” por volátil; abierto, por su
progresión de ideas y es, además, “viagro” por afición a la
modernidad de cada época. |