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Manuel, qué vivo estás ya muriendo
José Mármol
Cuando un poeta muere, el dolor más profundo lo siente el
idioma. No lo dice, es verdad; se disfraza de silencio. Cuando
un poeta muere es la lengua la que gime adolorida en su vacío.
No es un cuerpo que se pierde, se disipa o se transmuta; no es
una voz que enmudece; no es un verbo que reposa ni una imagen
que apaga su brillo entre los mansos tamarindos del otoño, el
mar ya dilatado, la calle polvorienta o los niños jugando a su
inocente eternidad. No es un cuerpo ni es un nombre… Es el
engranaje del idioma que se atasca; es la maquinaria del pensar
que se interrumpe; es el poder omnímodo de inventar e imaginar
que de momento queda trunco, cuando ya procedía a dar nombre a
lo innombrable. Es el poder de la palabra –no la palabra débil
del poder- que detiene, de repente, su prodigioso curso de
nombrar y hacer nacer.
Manuel del Cabral ha muerto; quiero decir, ha muerto nuestro más
grande poeta de finales de siglo XX, el más continental, el más
universal –si es que al universo ha estremecido alguna vez una
voz nuestra-, el más cabal, el de más diverso, instintual y
vasto dominio del lenguaje; ese que habrá de quedar en el
parnaso como uno de los más ricos precursores de la poesía que
vendrá, la que descansa, esperando el aviso de fuga, en el
resquicio del porvenir abriéndose; la que dirán a gusto y con
asombro los niños, mujeres y hombres de un tiempo, una sociedad
y una cultura que no veré, cuando, como lo quiso Mallarmé, el
mundo sea un libro, un perpetuo movimiento de palabras.
Alguna tarde que mi memoria desdibuja ya, el fenecido crítico y
poeta Antonio Fernández Spencer me definió a del Cabral, en una
agudísima, mordaz y secreta confesión, que el poeta no debía
conocer en vida, me dijo, lo recuerdo, que Manuel del Cabral
“era el gran poeta que debimos tener en el siglo diecinueve”.
La frase tiene un precedente canónico en la historia de la
literatura universal. Nunca creí, aunque se fue el crítico a un
viaje sin retorno, sin que desmadejáramos el sentido lato de la
frase, que se le endilgara con ella un probable desfase
histórico a del Cabral, sino más bien, una ubicua condición que
le permitía ser un gran poeta del pasado, del presente y del
porvenir al mismo tiempo. Después de todo, y más allá de su
sapiencia y sensibilidad, un crítico no es sino un constructor
de metáforas de todo cuanto lee.
Cuando se publica, en 1940, Compadre Mon, Manuel del
Cabral aportaría a la poesía hispanoamericana un texto de
contenido social que habría de colocarse entre los modelos
poéticos de la época, que luego enriquecería con obras como
Pedrada planetaria (1962) y La isla ofendida (1965).
Con la publicación de Trópico negro, en 1942, nuestro
poeta pasa a formar parte de la trilogía de fundadores de la
poesía negroide en el Caribe hispánico, junto al puertorriqueño
Luis Palés Matos, quien había empezado en los años 15 a publicar
textos de ese jaez, y al cubano Nicolás Guillén, quien emprende
sus publicaciones a inicios de los años 30, para convertirse
luego en el más popular del trío. Cuando se publica, en 1951,
Los huéspedes secretos, del Cabral, que ya había pergeñado
el tema en su libro de 1945, Sangre mayor, se convierte,
además, en forjador de la corriente de poesía metafísica en
Hispanoamérica, que vendría a acentuar su presencia en la poesía
escrita por las últimas generaciones de la presente centuria,
manifestándose así su fructífera influencia. Otros títulos
engrosarían la obra poética y en prosa de Manuel del Cabral, así
como la selección de textos suyos en varias de las más rigurosas
y selectas antologías de la poesía hispanoamericana del siglo
XX.
“Yo soy el sexo de los condenados”,
escribió en el poema “La mano de Onán se queja”, que pertenece a
su libro 14 mudos de amor (1962), rompiendo de ese modo
la ingenuidad temática y expresiva de nuestra poesía
tradicional, actitud estética que acentuaría en su obra Sexo
no solitario (1970), donde canta al ano, al falo, al semen,
a un marica y a la impotencia, entre otros tópicos prohibidos.
Con la muerte de Manuel del Cabral me duele la poesía en todo
el cuerpo; me duelen sus infames detractores; me duele la
ignorancia lastimera de los sabios estériles en la erudición
artera. Sin embargo, yo lo guardo en mí, y conmigo una inmensa
minoría de lectores –no se puede pedir más a la poesía- en la
evanescencia de un recuerdo, mirándolo así, llegar de prisa,
humilde en sus adentros –aunque las circunstancias lo hicieran
cultivarse una imagen de guerrero- y estremecido en un poema
para siempre inacabado, el poema mío, el poema de todos, el
poema inútilmente necesario, el poema suyo, ese al que gritó
desesperado en el desierto de una página: “Que anciano
estás,/ ya naciendo!”.
Ninguna palabra de hombre ha podido jamás definir la tristeza
como uno de sus versos cantados al agua: “La del río, qué
blanda!/ Pero qué dura es esta:/ La que cae de los párpados/
es un agua que piensa!”.
Nada más propicio al último adiós a un poeta cabal que un vagido
lento de su propia poesía; ese, en el que por temeridad de la
inteligencia y sensibilidad del habla, el poeta mismo trató de
definir el misterio de la poesía: “Agua tan pura que casi/ no
se ve en el vaso agua./ Del otro lado está el mundo./ De este
lado casi nada…/ Un agua pura tan limpia/ que da trabajo
mirarla”.
Con sus propias palabras, despido, pues, a quien al dedicarme
uno de sus libros me suplicó tranquilizar “este animal con luz
que está en mi poesía”. Tranquilo, usted, poeta, y eterno en las
inmensidades del idioma. |