|
Una lectura de Arte de cenizas,
de
Pedro López Adorno
José Mármol
Pedro López Adorno, como gran parte de los
escritores, intelectuales y artistas puertorriqueños
contemporáneos, ha cultivado su obra poética y ensayística desde
su natural, y no por ello no menos odioso, exilio newyorkino. Se
doctoró en 1982 de Filosofía y Letras en New York University, y
se ha desempeñado como catedrático asociado del Departamento de
Estudios Negros y Puertorriqueños en Hunter College (CUNY).
Entre sus obras publicadas y difundidas en varios países de
Latinoamérica, Estados Unidos y España figuran Hacia el poema
invisible (Puerto Rico, 1981), Vías teóricas a “Altazor”
de Vicente Huidobro (New York, 1986), Las glorias de su
ruina (España, 1988), País llamado cuerpo (Perú,
1990), Papiros de Babel, antología de la poesía
puertorriqueña en Nueva York (Puerto Rico, 1991), Los
oficios (España, 1991), Viajes del cautivo (México,
1998) y La ciudad prestada (Poesía latinoamericana posmoderna
en Nueva York), editada en nuestro país, en el año 2002, y
en la cual el criterio de antologación descansa en la “condición
posmoderna de desamparo, descalabro, fusión y caos, complejidad
e inestabilidad, de continuo flujo y cambio, de imprecisión y
elisión” que, entre otros factores, tipifica el discurso poético
latinoamericano en la gran urbe newyorkina. Debe resaltarse el
hecho de que esta obra incluye un poeta dominicano que ha
trashumado entre Nueva York y Santo Domingo. Me refiero a Alexis
Gómez Rosa, cuya obra se ha forjado, precisamente, en ese
tránsito, en la hesitación entre la diáspora y el lar nativo.
Se trata, pues, al hablar de Pedro López Adorno,
de un autor de dilatada trayectoria y de prolífica creación
literaria. Lo que no es de extrañar, es la olímpica ausencia de
cualquiera de sus títulos en las librerías dominicanas, como
ocurre con la mayoría de los escritores del Caribe hispánico en
sus respectivas islas, hecho que evidencia un azaroso lastre de
la insularidad, no sólo geográfica, sino además mental y de
voluntad, como razón de ser histórica de los antillanos. Una
librería hispana de Nueva York, o bien, alguna grande o pequeña
de Barcelona o Madrid podrían tener a mano libros de autores
caribeños de lengua española. Puedo testimoniarlo, pues, he
vivido esa experiencia más de una vez. Escritores borinqueños o
cubanos no se encuentran en nuestras librerías, como tampoco los
dominicanos en librerías de Puerto Rico o de Cuba, con todo y
que debamos entender, del primer país su condición neocolonial y
la pretensión de imponer el inglés como lengua dominante
oficial, mientras que del segundo asumamos como excluyentes las
estructurales paradojas de su especial y tropical socialismo, en
el cual, como denunció una vez el filósofo español Xavier Rubert
de Ventós, la expresión “socialismo o muerte” es una redundancia.
Lo cierto es, a pesar de los accidentes
históricos y políticos, como también de los flujos migratorios y
la solidaridad manifiesta, que no hemos logrado tender con
firmeza el puente que facilite la interacción personal y el
intercambio de material bibliográfico y de estudios
especializados y comparados entre las instituciones, academias y
personalidades del mundo cultural de nuestras islas. Por
fortuna, la VII edición de la Feria Internacional del Libro
Santo Domingo 2004 homenajea, esta vez, ya lo hizo antes con
Cuba, a la hermana isla borinqueña, lo cual favorece ese
impostergable acercamiento y crea expectativas de superación del
escollo. Asimismo, debo resaltar los esfuerzos que llevan a cabo
las editoras Unión, Búho e Isla Negra publicando antologías y
títulos individuales que reflejan una cierta compacidad entre
las literaturas del Caribe hispánico.
Parecería una verdad de Perogrullo. Sin embargo,
es de resaltar el hecho de que López Adorno, siendo oriundo de
Puerto Rico y habiendo vivido tanto tiempo en Nueva York,
reafirme su condición de poeta y ensayista de habla hispana, y
que sea, precisamente, la lengua española la que él escoja para
su ejercicio creativo y para la divulgación de su pensamiento
sobre las artes y las letras latinoamericanas, aun en el seno
mismo de la sociedad norteamericana.
Sabemos muy bien que apreciar y defender el
español como clave de identidad desde la realidad histórica y
cultural de Puerto Rico, como lo sugirió Pedro Salinas en su
exilio caribeño, como también desde la condición de minoría
étnica en Nueva York es un acto de resistencia y de consciente
desafío al stablishment y a la cultura hegemónica. Ello
así, con todo y que sea, en efecto, el propio López Adorno, como
Efraín Barradas y Rafael Rodríguez (Herejes y mitificadores,
Muestra de poesía puertorriqueña en Estados Unidos,
Ediciones Huracán, P. R., 1980), entre otros, un importante
estudioso y difusor de la literatura denominada niuyorriqueña,
que se escribe en inglés o anda a horcajadas en el bilingüismo,
y cuyos protagonistas representan, de alguna forma, la
asimilación, transculturación, alienación y marginación propios
del sujeto de origen borinqueño exiliado en la metrópoli o en su
propio interior. Reconoce nuestro autor que la determinación de
lo puertorriqueño o de la puertorriqueñidad trasciende el
criterio lingüístico, para convertirse en una entidad diversa y
compleja, de singulares aristas socioeconómicas e históricas y
culturales; que, dicho sea al pasar, no serían jamás razón
suficiente para la negación de la libertad y la
autodeterminación de ese pueblo.
En esta ocasión, Pedro López Adorno da a conocer
Arte de cenizas (Instituto de Cultura Puertorriqueña, PR,
2004), un volumen que recoge, de manera personal, su poesía
publicada entre 1991 y 1999. Es su poesía del último decenio del
finalizado siglo 20. Figuran en el volumen poemas extractados de
cinco libros, a saber, Los oficios (1991), País
llamado cuerpo (1991), Concierto para desobedientes
(1995), Viajes del cautivo (1998) y finalmente Rapto
continuo (1999).
¿Qué tiene de singular la voz poética de Pedro
López Adorno, en el marco de una literatura puertorriqueña
actual que se caracteriza por su diversidad, por su riqueza y
por el espacio de prestigio que en el ámbito hispanoamericano ha
ido conquistando con notables poetas, narradores, dramaturgos y
ensayistas? ¿De qué forma se reinserta, con especificidad propia,
su lenguaje poético en la corriente de la tradición, o bien,
enseñorea sus alientos de innovación y ruptura? ¿Cuáles autores
consagrados y cuáles tendencias discursivas podrían sospecharse
como provocadores de angustiosas influencias en la obra de este
poeta?
Lo que de entrada a sombra en la escritura
poética del autor de Arte de cenizas es la revelación del
hecho poético como un claro vestigio, como un sutil manifiesto
de la vocación de transparencia (a este fenómeno de la luz canta
el poema homónimo) propia de la expresión poética que, en
procura de alcanzar lo sagrado, brota de lo esencialmente
humano. Y, téngase bien claro, no por ello menos esencialmente
histórico y radicalmente estético. Fue, precisamente, una
confesa admiración de Sor Juana y de Lezama Lima, como también
una intuíble presencia de José Martí, Luis Cernuda y Antonio
Machado, para sólo citar algunas figuras señeras de la poesía de
habla hispana, en la obra poética de López Adorno lo que me hizo
recordar aquellas palabras escritas por Gastón Baquero, a
propósito de una reflexión sobre “La poesía como problema”, que
rezan: “Lavar de los ojos del hombre la costra echada en ellos
por el hábito, por la costumbre, es consecuencia natural y
absolutamente concreta y materialísima de la poesía. Que veamos
lo que está detrás de lo que vimos, y que no repitamos, como si
fuera un límite de los objetos y de las sensaciones aquello que
hasta ayer nos fue familiar, es lo que nos ofrece diariamente la
labor del poeta. O sea, una re-creación cotidiana, personal, de
algún
fragmento del mundo; una limpieza a fondo, una nueva visita, por
delegación esta vez, del autor, para que se contemplen los
primores y riquezas del espectáculo eterno del mundo, es lo que
aproximadamente podemos llamar tarea de la poesía” (Gastón
Baquero, Colección Obra Fundamental, Fundación Central
Hispano, Vol. 2, Ensayo, p.45, Salamanca, 1995). Correr el velo
de la costumbre, del hábito de la evidencia en la fauna, la
flora, la lengua, la historia y la realidad social y ontológica
del puertorriqueño de ayer y de hoy, extensible al ser caribeño
o antillano, es una característica importante del discurso
poético de López Adorno.
Parecería, a simple vista, que es la poesía de
nuestro autor un resultado espontáneo, sin mayores pretensiones
estratégicas ni encumbrados postulados estéticos; algo así como
la rosa de Silesius, que “es sin por qué” y que, en consecuencia,
“florece porque florece”. Pero no. Hay todo un arte poética de
filigrana en cada pieza, a resultas de una clarísima conciencia
del valor ulterior del texto como hechura de lenguaje y del
conocimiento y dominio de las técnicas de que debe estar
provisto quien pretenda cultivar el arte de escribir poesía.
Habla en versos el poeta de la sagacidad del idioma y de su
estructura parecida a una “madeja pluriforme”.
Se registra en esta obra, que es apenas una
muestra de la poesía en conjunto de López Adorno, una concepción
del poema como aventura exploratoria del idioma, que llega a
trascender, incluso, los límites de la gramática convencional,
permitiéndose recursos como la invención de vocablos y
declinaciones (anzuelar, acanelar, laberintar, endemenciar, una
cabellera “panteramente viento”, un fielfugadofeliz
cautivo), entre otros elementos de retórica e imaginación
verbal. Funda, López Adorno, como la mexicana Coral Bracho en
sus más acabados textos, una realidad geográfica, botánica,
corporal, sensual, zoológica, antropológica, supersticiosa y
cerúlea que nace en el poder evocador de las palabras, para
llegar, dejando como legado una nueva sensibilidad y una lectura
multívoca, a la dimensión simbólica del poema como habla, como
historia, como nación, como destino. De ahí que en el desvelo
del escribiente nos encontremos con dalias, bromelias, petirres,
saturnias, azaleas, tortugas, magueyes, acuarios, langostas… Y
que en el país, al que llama cuerpo, o viceversa, pues ambos
serían superficies del tiempo, del dolor y del amor, volvamos a
descubrir acuarios, tortugas, langostas, picachos, lomas,
arrecifes, felinos en flor y malezas ardientes, huracanes,
manjares de tetas y testículos, mieles, terremotos, embalses,
océanos, tibiezas y soledades… Tristes trópicos, estaciones
violentas o jardines perdidos, en fin.
Contrario a un neobarroco o neobarroso en
boga en la vorágine cultural y literaria latinas de Nueva York,
el autor de Arte de cenizas exhibe una suerte de sutil
barroco antillano, cuyo estilo desliza la imagen precisa a lomos
del caballo rítmico de la sintaxis y el léxico, que describen, a
su vez, nuestros avatares sociales y nuestra cultura caribeños.
De hecho, y en clara asunción del discurso y el pensamiento
posmodernos, nos encontramos con múltiples poemas en los que el
creador retoma el endecasílabo y el heptasílabo combinados y
colocados sobre la superficie de una imagen y un referente
absolutamente contemporáneos. Tal vez sea este un recurso de
fusión y dilución de los paradigmas epocales o históricos y de
la evolución del lenguaje poético en el Caribe hispánico, y
específicamente en Puerto Rico, con todo y que no haya estado
López Adorno, debido a su exilio voluntario, en los procesos de
ebullición y efervescencia literarias de sus coetáneos en la
isla, como por ejemplo, la denominada Generación de la crisis o
del 70, que, imprimiendo un pronunciado giro a la concepción de
la literatura, ligada al realismo socialista, por parte de su
generación precedente o Grupo Guajana, plantea un compromiso con
la escritura desde y para la cuestión estética y lingüística,
más allá de lo ideológico y extraliterario; o bien, los
escenarios de debate intelectual y creativo abiertos por las
revistas Ventana (1972-1977) y Zona de carga y
descarga (1972-1975), entre otros.
Al terminar el poema “Cumpleaños”, que estimo
emblemático, no sólo del libro que en particular lo contiene, es
decir, Viajes del cautivo, cuya edición mexicana de 1998
conseguí hace un tiempo en la Librería Lectorum, de la calle 14
de Nueva York, sino de toda la antología Arte de cenizas,
que López Adorno y el Instituto de Cultura Puertorriqueña ponen
en circulación en República Dominicana, el poeta se plantea la
siguiente pregunta: “¿Habrá
ablución de sílabas o, por/ lo menos, otras velas/ cuando le
toque explorar/ almejas, alamedas,
luxe, calme,/ et volupté en la
platónica caverna del sentido?” En ella queda clara la
cuestión, la búsqueda de la prosapia étnica y lingüística de su
autor, en cuya mordida de la identidad se refleja el abismo de “un
puede ser” o de “un quién sabe”. Pero ¿cuál, sino la
pregunta última sobre el ser y sobre el lenguaje, puede
constituir el sentido mayor de la poesía? López Adorno ha legado
su evangelio poético en los pliegues sutiles, en las hendiduras
lumínicas de esta escritura. Es un verdadero arte. Invito al
lector a descorrer el velo de las cenizas que lo anidan. |