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OSCAR PORTELA O EL EXILIO DE LA SOLEDAD
Oscar Portela, nacido en la provincia de Corrientes (República
Argentina) el 5/13/50, es considerado hoy por las más
importantes voces de la literatura de su país, como una de las
más potentes voces de la poesía y el pensamiento
latinoamericano. Administrador Cultural, ha ocupado importantes
funciones en su provincia y ha integrado por dos periodos
consecutivos la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritores
de la Argentina, presidente de la misma entidad en su Provincia,
Director de revistas como Tiempo y Signos, entre otras, es y a
sido Asesor de Cultura de la Honorable Legislatura de la
Provincia de Corrientes. Doce títulos de su obra poética
editadas (Senderos en el Bosque, Los Nuevos Asilos, Memorial de
Corrientes, La Memoria de Láquesis, etc), y obras ensayísticas
en las que se ocupa preferentemente del pensamiento filosófico
contemporáneo, (Nietzsche sonámbulo del día), le han valido la
consideración de importantes pensadores de su país. Ha publicado
en España, México, Venezuela, Paraguay, y casi todos los medios
de prensa de la Argentin y dictado conferencias en España,
Paraguay y provincias Argentinas. Asimismo es especialista en
critica e historia del cine y es autor de letras de obras
musicales en su mayoría inéditas.
El Grupo Némesis le hizo llegar a Oscar Portela un cuestionario
para tratar de analizar las razones de su destierro
auto-impuesto en el lugar donde nació, Corrientes, así como el
itinerario de su poesía. Estas son las preguntas y respuestas
que trazan el perfil de un poeta impar.
GN -
¿Está dispuesto a someterse a las preguntas de un cuestionario?
OP - He sentido una especie de horror, la huída que produce el
pánico, al tener que enfrentarme a las preguntas de un
cuestionario, porque he afirmado que escribía para olvidar y
borrar mis huellas (experiencias) de vida, de la memoria.
GN -
Desde sus primeros libros hasta ahora, ¿se ha mantenido fiel a
una misma línea estética?
OP - Toda la trayectoria de la "obra está atada" no a búsquedas
estéticas sino al modo de relacionar el interminable duelo de lo
vivido, a sostener las búsquedas conceptuales, que son el
andamiaje con el cual traté de sostener el frágil equilibrio
emocional que me permitiera seguir viviendo.
GN -
¿Son muy fuertes esas conexiones entre experiencia vivida y
poesía?¿A qué época se remontan?
OP - A los 12 años, tras las primeras lecturas de Nietzsche,
decidí dejar la religión, lo que desató en el ámbito hogareño el
primer estado general de desasosiego: yo era sobre protegido,
porque fui muy enfermo de niño. Pero ya no había vuelta atrás.
Dos años después, dejé mi casa de campo para vivir con una
hermana de mi padre y terminar el secundario en Corrientes. Fue
una época fantástica hasta que, a los 23 años. Entré en el
primer estadio de desequilibrios emocionales, cuando ya había
comenzado mi trayectoria de creador a través del ensayo
-balbuciente- y la poesía. Desequilibrio que yo le atribuyo a la
prematura madurez cognitiva y al retraso de la "vida vivida",
como decía Pavese.
Fue una época de grandes tensiones y torsiones existenciales que
me lanzaron a la hoguera de la acción política, mientras seguía
mis búsquedas en el terreno del concepto o plasmaba poemas en
otros momentos. No olvidemos que el cine ha ejercido y ejerce en
mi obra una poderosa influencia, que ha dejado de ejercer el
paisaje, que queda sólo como "duelo retórico".
De esa etapa de búsquedas emerge Senderos en el bosque.
Hay que decir que Ricardo Mosquera Eastman -que elevó los dos
últimos cantos a la altura de clásicos- calificó a este libro,
sin que esto fuera para él desdoroso, como "literatura de
literatura". Desde entonces comenzó a hablarse de poesía
hermética, de influencias orientales, surrealistas,
neorrománticas, pero la crítica a veces se confunde; podía
existir un poco de todo ello, ¡pero sólo era un barniz!. Raúl
Gustavo Aguirre, muy cauto frente al segundo libro, Los
nuevos asilos, escribió: "cantos que dudamos de calificar
paganos, tal es la fuerza de su reverberación bíblica". Y es que
comenzaba el periplo de las grandes torsiones.
GN -
¿Su padre, su madre, dejaron en usted huellas muy profundas?
OP - Un año después de la publicación de Senderos… murió
súbitamente mi madre, que es el ángel tutelar que aún me
protege. Aunque existían influencias epidérmicas que se negaban
a desaparecer, Francisco Madariaga dividió el libro en dos
partes: "los Cantos a la muerte de mi Madre" y las restancias de
Los nuevos asilos, título tomado de una traducción de
Hölderlin de los grandes himnos pindáricos.
GN -
En un momento se nota un cambio en la temática de sus poemarios.
¿eso es coincidente con experiencias vitales distintas?
OP - Todo iba en mi vida muy, muy rápido, bajando el tono. Sin
que ninguna búsqueda estética uniera mis libros, escribo en la
cárcel Auto de fe: en mi vida se había hecho la oscuridad
total, no había ni arriba ni abajo, sino voces que me llegaban
desde lejos. Paradojalmente, Juan José Ceselli premia
Recepciones diurnas y María Elena Walsh me pregunta "adónde
fue tu juventud" antes de incluir en su antología de poemas a la
madre algunos de los que yo escribiera en memoria de la mía.
Nadie, ni yo mimo, daba nada por mí: la traición política se
ensañó conmigo, pero la amistad de quienes vivían en Buenos
Aires me rescató de esa versión de la nada. ¿Qué tiene que ver
un libro de tono religioso, del que Ernesto Wilde dijo que era
uno de los pocos libros místicos escritos en la época, con todo
lo anterior? ¿Qué hilo de Ariadna puede unir estas experiencias,
que salen de una vida absolutamente fragmentada?
De inmediato aparece, para despecho de los que esperaban mi
definitivo ocaso Había una vez, la despedida de un gran
amor o, por lo menos, de una gran pasión, con la que culmina tal
vez mi juventud. Leonor Calvera nota el cambio de tono y Raúl
Vera Ocampo también lo hace: Calímaco y Kavaffis estaban junto a
mí.
GN -
¿En que circunstancias escribió su siguiente libro, Memoria de
Corrientes?
OP - En el '84 mi padre, convertido ya en hijo mío, está una y
otra vez a las puertas de la muerte, pero yo conservo ese tono
pánico que tanto había confundido a muchos, con influencias
extrañas a mí, tanto la del Sr. Claudel como la de Foucault.
Entonces comienzo a escribir con fuerza los poemas de Memoria
de Corrientes, obra que cae muy bien a la crítica de los
medios de Buenos Aires. Elba Soto, Elizabeth Azcona y María del
Carmen Suárez analizan con sutileza e ingenio el libro en su
presentación y ven que, detrás de lo sensorial, continúan las
búsquedas de certezas interiores, de alcance metafísico. Horacio
Arman me escribe diciendo "un camino solitario en la joven
poesía argentina" y en La Prensa, Guillermo Saavedra
reivindica ese juicio.
GN -
Un momento de respiro y una cosecha de buenas críticas, ¿qué
siguió a eso?
OP - La próxima torsión en la que comienzo a abandonar los
paisajes y visiones exteriores para conectarlas a una
determinada stimung es Golpe de gracia, título que
rinde tributo a una expresión de Jacques Derrida, y en la que
cada palabra, rompiendo toda sintaxis hímnica, se mueve en los
límites de una especie de reconstrucción poética. Este libro
pasó inadvertido.
Años de lucha en la administración pública y en la SADE de
Buenos Aires terminan en un fracaso rotundo y casi con mi vida.
Los estados de inhibición, de angustia, de depresión se agudizan
y, sobre la sombra de Derrida, comienza el largo e interminable
duelo que constituye La memoria de Laquesis. Si Golpe
de gracia me llevó tres meses de elaboración, Laquesis,
antes de llegar a la imprenta, me llevó ¡cinco años!
Me siento extenuado, trabajar un poema es cirugía que abre
heridas ya cerradas en apariencia y, cuando lo presento, siento
que me estoy despidiendo de la poesía, cuando en realidad me
estoy despidiendo de mí mismo.
Claroscuro,
que sale ahora, es la continuación, la deriva y la sombra de
Laquesis, un lamento, inusual en mí, acerca del paraíso
perdido, perdido en mí, como fue perdido el deseo. Continúo y
estoy terminando Descarnado, expresión que Ruth Fernández
había utilizado alguna vez para definir mi recta vía.
GP -
Carlo Michaelstaedter, un poeta italiano de comienzos del siglo
XX, en su carta de despedida antes de suicidarse a los 23 años,
dejó escrito, "muero por sobreabundancia de vida". En sus poemas
aparece muchas veces la "tentación" del suicidio; la pregunta es
entonces ¿suicidio por huida de la vida o suicido para
predominar sobre la muerte y, como decía su admirado Nietzsche,
ser "capaz de soplar sobre mí mismo para no terminar de arder?"
OP - Michelstaedter no hace sino confirmar aciertos
nietzscheanos acerca de la conciencia desdichada, con respecto
de que todo exceso exige, para preservar la vida, el elemento
apolíneo: el arte; de lo contrario, no nos queda sino el
suicidio y, hay que decirlo, nunca uno se mata sino mata al que
cree que es. El suicidio es una línea de fuga y no sólo aparece
en mis poemas sino que suena también en diversos momentos de una
instancia de prueba para mí, frente al dolor, que implica la
finitud y aquello que, yo lo diría con palabras de Sastre, "toda
experiencia es una pasión inútil".
GP -
Existe, por supuesto, una soledad última, una soledad
ontológica del hombre en la tierra, del hombre en situación. En
sus últimos libros se ha acentuado una especie de grito de
soledad, ¿por qué?
OP - Escribo para olvidar, no las desgracias que acarrean las
Moiras, sino los instantes dichosos que se niegan a irse, tal
vez precisamente los de la infancia. Siento cada vez con más
acritud la soledad de lo incomunicable, la falta de ternura en
un mundo abandonado por los Dioses y el habla, y porque
presiento, como afirmaba Heidegger, que ya sólo un Dios distinto
a todo ente que se sustantivara como los enterrados, puede
salvarnos, acercándonos a una nueva experiencia de la relación
entre lo que falsamente se denominó durante siglos "profano" y
"sagrado". |