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José Francisco Ortiz:
Las piedras del Origen
Lilia Boscán de
Lombardi
José Francisco Ortiz (Carache, Venezuela, 1944) no desdeña
las voces que lo acechan. Escucha los llamados incesantes de la
memoria y transcribe sentimientos, angustias y nostalgias con la
eficiencia del lenguaje poético. Producto de nuevas ensoñaciones
y de nuevos apremios, es este libro de poesía “Vocales de Ceniza”
que contiene dos partes claramente diferenciadas. La primera
tiene el mismo título del libro y la segunda es “La Canción de
Pirra”. Dos partes a las que el autor se refiere en sus palabras
liminares, señalando que la primera contiene “acopios citadinos
de conversas” y la segunda es la expresión “del mito con sus
vértigos”. Dos partes aparentemente disímiles pero que se
relacionan por la presencia de un eje temático común que
garantiza la unidad del libro. En la primera parte pudiera
pensarse en un “collage”, cuadros que se mezclan un tanto
caóticamente reproduciendo en cierta medida la heterogeneidad y
el desorden de nuestros pensamientos.
Retazos de recuerdos emergen de la memoria y las palabras se
deslizan indetenibles en cadenas de imágenes que expresan los
sentimientos profundos del poeta. Sentimientos de soledad y de
angustia generan un deseo de huida y de paz. El primer poema del
libro es muy significativo. El extraño nombre de Asintótica hace
presentir un hermetismo que niega la transparencia de los versos
reveladores de una honda espiritualidad. La presencia del pájaro,
símbolo de espiritualización, revela al alma anhelante de Dios.
Asíntota es una recta tal que la distancia de un punto de una
curva a esta recta tiende a cero cuando el punto se aleja hacia
el infinito sobre la curva. El uso de esta figura es emblemático
para significar el anhelo de unión con Dios. El sentido místico
del poema se define en la idea del viaje del alma cumpliéndose
una etapa de ascensión-purificación (“cruzaría el tibio aire de
marzo, hacia otros cielos”) y otra etapa, la unitiva (“asintótica
del verbo/para escuchar a Dios”). La muerte, inevitable certeza,
se supera con la confianza de trascender y de vivir en Dios. De
allí esos estremecedores versos, de muerte y de vida eterna con
que concluye el poema:
En
cada palmo de tierra
echaría raíces de mis pies
girando el corazón
entre las redes del abismo
para alcanzar
la vastedad de sus alas.
El
hombre es un viajero conducido por el tiempo hacia un último
destino de muerte. La conciencia de la finitud arroja lodo en
las pisadas y enturbia la alegría de vivir. La angustia crece
con el paso de los días y es cuando con más vehemencia se
respira el aire de la vida, actitud ansiosa de vivir el
instante. El canto a la naturaleza, al origen de la vida,
ilumina algunos versos mientras que otros sucumben en oleadas
grises de abatimiento y nostalgia. El sentido religioso del
libro se expresa en el canto a la naturaleza, en la expresión
del orden del universo que es creación de Dios, en el que “las
orugas hilan” y “ruedan las semillas”, “celebran la primavera”.
En el poema “La vida”, el poeta expresa cierta desilusión e
insatisfacción por la vida insuficientemente vivida. Tiene sus
secretos, pero no ha podido conocerlos. Es la angustia del
tiempo corrosiva, destructora. Frente a la sombra amenazante del
tiempo que no se detiene, el poeta anhela “amaneceres”, luces de
optimismo, soles detenidos alumbrando la esperanza o pájaros
mensajeros que cantan la libertad.
Con
el paso del tiempo se van abandonando los sueños pero a partir
de la palabra surge la vida; es el origen, el génesis de la
humanidad. Dios creó a los hombres de barro pero cuando les dio
el alma, les dio la palabra, el logos.
En
el poema “Germinal” se conjugan la vida del hombre y de la
naturaleza como un todo creado por Dios; hombre y naturaleza en
total identificación. “Sanare” es otro poema donde palpita la
naturaleza y se siente aroma de campo y de trabajo. Está
impregnado del olor de la tierra cultivada. Un aire campesino
brota de las palabras y el aroma del café deja la huella de un
reciente amanecer. El lenguaje (acopio, recuas, café, maíz,
tierra, lluvia) transmite la imagen del pueblo campesino en el
que la fragancia del café y de las mazorcas de maíz se eleva
desde la tierra abonada por la lluvia.
La
poesía transita los caminos de la imaginación pero la palabra
poética, con el brillo de imágenes y metáforas espléndidas,
oculta lo prosaico de la realidad aunque revela sus más íntimas
verdades.
Seres indefensos e impotentes ante la amenaza cierta de la
muerte, transitan “abatidos por el viento”. El poema “Alfarería”
recuerda el origen y el final del hombre vinculado a la tierra,
la vuelta del polvo al polvo. El tema del tiempo es recurrente y
una sombra de angustia atraviesa muchos de estos versos como en
el poema “Espejos”. Desde lejos vienen los recuerdos y el paso
del tiempo ha dejado huellas “de pátina invencible” en “los
bordes de la vida”.
Nos
miramos y no somos los mismos. Se ha dicho que el espejo es un
símbolo de la imaginación, o de la conciencia o es puerta por la
cual el alma puede disociarse y “pasar al otro lado”. La
presencia del espejo se asocia a la auto contemplación, a la
auto interpelación y a la reflexión consciente sobre lo que
somos y el destino final. La imagen del espejo es inasible,
huidiza, como la vida transitoria y pasajera. Todo esto sucede y
la angustia crece y se sufre el miedo “de pasar sin dejar
rastro”, por eso la poesía y los recuerdos de la infancia son el
refugio ideal frente a la dura realidad. La cita de Hölderlin
como epígrafe es elocuente:
Bendito seáis, sueños de la infancia,
me
ocultabais la miseria de la vida.
La
casa, firmemente unida a la memoria devuelve el pensamiento a
los años idealizados de la infancia. La nostalgia recorre
“calles antiguas” y “casas intactas en los sueños” y los padres
aparecen de nuevo con la ternura entre las manos, sin quejas ni
reclamos, con el amor fluyendo de los ojos cansados. En “Target”
el padre del poeta “anuda los recuerdos/los tensa entre sonidos
de cabria”. La casa es el espacio cerrado, íntimo, donde se
forjan los recuerdos; es espacio sagrado que cobija y protege.
La
casa se relaciona con el elemento femenino protector y con la
vida humana. La visión uterina de la casa la convierte en fuente
amorosa, en tibio regazo, en refugio confiable y seguro frente a
la agresión externa. Es símbolo del cuerpo y de los pensamientos
humanos que construyen un universo palpitante de vivencias.
Mientras el tiempo se ocupa de su acción devastadora, la memoria
selecciona imágenes y recuerdos fundamentales y definitorios de
la identidad y de la vida humana, muchos de ellos ligados a la
infancia. Desde muy lejos vemos al niño que fuimos en una
atmósfera de sueño como centro de un universo propio. Y vemos
esas casas de la infancia sonriente, luminosas, convertidas las
paredes en galerías de recuerdos.
Desde Heráclito la imagen que se asocia al tiempo es la del agua
que fluye; “nuestras vidas son los ríos/que van a dar a la
mar/que es el morir”, son los versos inmortales de Jorge
Manrique que como muchos poetas, ha insistido en el carácter
continuo e irreversible del paso del tiempo.
Cada instante vivido es único e irrepetible, por eso el poeta en
el poema “Caracas” expresa el contraste entre el pasado y el
presente; aunque la ciudad continúe siendo espacio de caos, de
estridencias, de locura, sin embargo “sus nombres ya no son los
mismos”. En “Bulevar” transeúnte entre la multitud, el poeta
avanza entre voces y signos diversos, entre “pedazos de palabras”
huellas pasajeras de la existencia, sombras efímeras de sueños.
En estos poemas impresionistas, especie de lienzos evocadores de
vivencias, destaca el poema “Los Chorros” donde las cigarras
acompañan el canto y el tránsito del poeta. La poesía mitifica a
las cigarras, son seres sobrenaturales, no sólo mensajeros de la
lluvia sino guardadores de la vida. De nuevo el juego de
contraste entre el pasado y el presente que e1 lenguaje poético
se encarga de expresar con hermosas imágenes de unión amorosa
con la naturaleza, para trascender, para no perecer. Las
cigarras anuncian la lluvia, que es vida pero también es
melancolía y llanto; son ángeles míticos que acompañan la
soledad del poeta:
La
arborescencia las encubre
sé que están allí, y me acompañan.
El
último poema de esta sección, “Faena”, es una afirmación de la
vida. A pesar del tiempo, de la amenaza del fin, del miedo, a
pesar de todo, están el amor, el erotismo, para huir de la
muerte. Los amantes vencen al tiempo en instantes de eternidad
en su propio paraíso personal. Y despojados de temores o
ambiciones no son más que “arcilla / en la antigua faena de
dioses”. Llegan ecos del poema de Rubén Darío “Canción de Otoño
en Primavera” en el que dice:
Más
a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris me acerco
a los rosales del jardín...
La
segunda parte contiene 17 poemas. Se recrea el mito de la
creación anunciado por el titulo “La canción de Pirra” y
subrayado por los epígrafes iniciales. La piedra alcanza toda la
fuerza del símbolo en esta poesía de profunda religiosidad.
Aparece constantemente relacionada al origen, al ser, a la
eternidad. La piedra tiene un sentido mítico y religioso dado
por muchos pueblos en su etapa animista. La sacralidad de la
piedra se remonta a lejanos tiempos del comienzo de la humanidad.
Fueron adorados los meteoritos como el de la Caaba en La Meca y
La Piedra Negra de Pesinonte. Se veneraron los ónfalos griegos y
en el Génesis se dice “Y esta piedra que he alzado como un pilar
será la Casa de Dios” (28, 16-19). En altares de piedra se
hacían sacrificios a los dioses y mitos y leyendas hablan de
piedras vinculados al origen del hombre como el mito de
Deucalión y Pirra. En el libro “Trabajos y Días”, Hesíodo relata
cómo en los primeros tiempos, los Dioses crearon “una dorada
estirpe de hombres mortales” que vivieron libres y felices, sin
el asedio de enfermedades ni de otros males. Cuando
desaparecieron, siguió la generación de plata que no fue digna
sucesora de la anterior “no comparable a la de oro ni en su
aspecto ni en su inteligencia”, cometieron crímenes terribles y
descuidaron los sacrificios a los Dioses. Luego Zeus creó otra
tercera estirpe de hombres de bronce, terrible y vigorosa que
sólo se dedicó a la guerra y al final se autodestruyó. Luego que
la tierra sepultó a esta estirpe, Zeus creó “la estirpe divina
de los héroes” o semidioses pero también perecieron en batallas
heroicas como la de Troya. La última fue la generación de hierro
que vivió entre problemas y enfermedades, entre preocupaciones,
alegrías y dolores. Zeus los destruirá igualmente. La sucesión
de las generaciones podría aludir a las catástrofes naturales
reales. La idea de la destrucción total del mundo no está
presente sólo en Hesíodo sino en otros mitos que hablan de la
desaparición del género humano causado por terribles
cataclismos. Uno es el “Diluvio de Deucalión (Apolodoro,
Biblioteca 1.7.2-4) del que sólo se salvaron el hijo de Prometeo,
Deucalión y su mujer Pirra, hija de Epimeteo y Pandora.
Siguiendo el consejo de sus padres construyeron una embarcación
para salvarse” (1)
La
similitud con el diluvio y el Arca de Noe del Viejo Testamento
es notable. “Cuando cesó el diluvio, la embarcación de Deucalión
se detuvo en la cima del Monte Parnaso, donde los dos
sobrevivientes ofrecieron sacrificios a Zeus en acción de
gracias y rogaron por la perpetuación del genero humano. Los
dioses escucharon sus súplicas y les aconsejaron avanzar echando
piedras tras suyo; de las piedras que echaba Deucalión nacieron
los hombres y de las piedras de Pirra, las mujeres” (2) El
lenguaje poético de José Francisco recrea el diluvio en el
primer poema, plasmando el caos, la confusión y el dolor en la
catástrofe. El movimiento se apodera del espacio con el agua
corriendo desbocada en surtidores que emergen del fondo de los
ríos, en remolinos, en cascadas, arrasando la vida, sepultando
colinas y dioses caídos. Se salvaron Deucalión y Pirra que
juntaron piedras “desveladas”/“sin nombre” y otra estirpe de
hombres va naciendo. En este poema, el segundo, el verso “una y
otra vez” repetido, sugiere el movimiento constante de lanzar
las piedras en “cabriolas espejeantes” que provocan nuevos
nacimientos, “ecos de la sangre” en un tiempo de esperanza. Son
piedras de la creación, piedras míticas:
Piedras que andan sobre el polvo
y sus tormentas
sus raíces cruzan los abismos (v)
Son
poemas de una belleza diurna provocada por la luminosidad del
lenguaje que sabe crear referencias bellamente construidas con
imágenes de notoria eficacia. Con la palabra justa provoca
sentimientos indefinibles, emociones que se concretan en el
asombro por la conjunción de palabras, a veces opuestas, que
sólo la poesía hace posible. De la sequedad que el lenguaje
construye en el poema V con piedras, polvo, tormentas y raíces,
van naciendo los nuevos hombres:
Sin
el amago de las huellas
arman los sonidos
batiendo lenguas entre las espumas
Y
el verso final de tan contundente belleza, “Tanta ilusión lame
sequedades”, expresa la luz de la vida imponiéndose de nuevo.
Los hombres de tierra caminan de nuevo. El origen del hombre a
partir del mito le permite al poeta abundar en el tema con
palabras alusivas, con metáforas, imágenes y símbolos. Crea en
un universo de poesía para referirse al hombre en su origen y en
su destino final. De allí la presencia de la piedra que expresa
totalidad, círculo de la existencia, que en definitiva es a lo
que se refiere todo el libro.
La
piedra es un símbolo del ser, y su dureza se opone a los seres
biológicos que envejecen y mueren. “La piedra es, permanece
siempre la misma, no cambia y asombra al hombre por lo que tiene
de irreducible y absoluto, y al hacer esto, le desvela por
analogía la irreductibilidad y lo absoluto del Ser. Captado
gracias a una experiencia religiosa, el modo específico de
existencia de la piedra revela al hombre lo que es una
existencia absoluta, más allá del tiempo, invulnerable al
devenir” (3). Es símbolo de eternidad cuya presencia en el libro
revela el alma angustiada y los abismos del deseo de
trascendencia. La intemporalidad de la naturaleza y la
temporalidad humana, eternidad y finitud. El hombre es un ser
solitario e indefenso frente al tiempo y la muerte. Es su
trágica condición de ser finito pero la poesía es el milagro de
las palabras y la belleza de las imágenes van más allá del miedo
y la nostalgia.
Piedras de eternidad, piedras del origen, de allí sus
“germinales hendiduras”. Los hombres “somos hijos del silencio”,
amenazados, angustiados. Según Hesíodo la muerte acabó con todas
las generaciones empezando por la más perfecta, la de los
hombres de oro. La muerte está siempre acechando, pero la vida
renace y otra “raza conquista espacios/y posterga a los dioses
antiguos” (XII).
A
los nuevos hombres, los que han nacido de las piedras y de la
tierra, ¿qué les queda?... La vida, la palabra con sabor a
polvo. Son “vocales de ceniza” porque son hombres del polvo,
polvo del origen y polvo del fin. Nacemos de la tierra y hacia
la tierra vamos.
Entre las dos partes del libro hay una íntima relación. Está
presente la preocupación existencial del origen y el fin, del
nacimiento y la muerte. Es un libro circular donde el centro es
el hombre. Expresa la totalidad de la existencia a la que alude
la constante presencia de la piedra.
Los
poemas de este libro revelan al hombre maduro con pleno dominio
del lenguaje que se enfrenta abiertamente a sus fantasmas. Son
frecuentes las palabras de uso poco común y de difícil
significado, muy convenientes para el efecto poético deseado.
Hay otras que se repiten con insistencia, precisando
significados simbólicos fundamentales. Las palabras huesos,
polvo, cenizas
conducen al significado de muerte. Después del fuego de la
juventud quedan las cenizas. En este libro de la madurez del
poeta, la reflexión existencial insiste en el paso devastador
del tiempo. La juventud es un recuerdo, el alfabeto no es de
oro, es de ceniza.
El
mito se refiere a la destrucción de la humanidad (el diluvio),
pero de la muerte nace nuevamente la vida. Una íntima
religiosidad se siente en los versos profundos de este libro. Se
vislumbra a Dios, como esperanza, tal como se expresa en el
poema Asintótica y como lo refleja la sacralidad de la piedra.
El poeta dice “ebriedades sin piedad hacia la muerte” (XVI).
Todo pasa, pero la humanidad continúa desde su pasado, desde el
olvido. Todo pasa pero continúa la vida de los hombres, “el
sigilo de la sangre” (XVII).
La
lucidez frente a los límites de la existencia lo acercan
ansiosamente a la vida, al amor, al erotismo; sonidos lorquianos
vibran armoniosamente cuando dice:
La
luna fundía sus metales
rodaba en tus muslos
una luz violeta
no sabía en la penumbra
a quién mirar
en vértigos la sombra
(VIII)
Angustia existencial, ansias de eternidad que se concreta en la
fusión con la naturaleza, y en el canto al amor trascendente,
eterno:
Las
manos tienen acordes
huyamos hacia la noche
(IX)
La
poesía de este libro expresa el destino humano, el origen y el
fin. Es poesía trascendente iluminada por la angustia esencial
del hombre en todas las épocas y en todos los tiempos, de allí
su universalidad. Es filosófica, es reflexiva pero sobre todo es
poesía hermosa y profunda, enriquecida con ritmos y armonías.
Los poemas son miradas al espejo más íntimo de su yo profundo,
las palabras son signos de las tormentas del alma que vibran
“para escuchar la vida”.
NOTAS
(1)
Karabatea Marilena “La Mitología Griega”. Ediciones Adam.
Atenas. p. 33
(2)
Id. p.33
(3)
Elíade Mircea: “Lo Sagrado y to Profano”. Guadarrama.
Madrid, 1967, p. 153. |