poemas
Corte de pelo
Puede ser, Padre, que esa bicicleta verde no existió
sino que yo, todos los días, la soñaba.
Las tardes que subía a tu lado,
llevando mis ocho años en el esqueleto verde
de tu verde bicicleta. Y el camino
rumbo a la peluquería era la distancia
de dos meses y una melena de niño asoleado.
Los piojos mordiendo la raíz
del cabello y la mujer del estudio fotográfico,
ciega, que confundía mi tristeza con la enfermedad.
Y
tantas fotografías rechazadas por mi cabello largo.
Y
tantos recorridos verdes en la verde bicicleta,
rumbo al peluquero.
Ahora tengo tu estatura, Padre.
Y
pienso que esa bicicleta no existió, sino que yo,
todos los días, la construía para que me llevaras
a
cortar el pelo. Y a tomarme el retrato de niño
asoleado que secretamente guardo en tus ojos.
Carta
Es de mañana y
hay barcos meciéndose en la bahía.
Si pudieras
ver esta mansedumbre que me arropa.
Es la dulzura
de la gente que sale y ama y canta.
Desde aquí
pienso que soy un hombre que está listo
para ir a
conocer otros mares, quizás los más fríos,
quizá los más
sucios o aquellos que tienen borrascas.
Pero confieso
que no sé hacer otras cosas que vivir
en este puerto.
Suficiente hago con despertar
y tomar café y
fumar decir que la vida es hermosa.
Digo que estar
aquí es una despedida sin pañuelos.
No puedo pedir
más, no quiero la ausencia comprometida.
Mi padre sigue
en pie y mi madre no entiende de tejidos.
Aquí, los
ciclones y las buenas noticias son puntuales,
y el puerto, a
veces, es un gato dormido en una pecera.
Si pudieras
ver que tengo en mí tanta quietud,
en esta mañana
y en esta mesa, leyendo un libro de viajes.
Memorial del
Agua
Fue necesario
caminar entre rocas hasta herir los pies.
Fue necesario el terror ante el agua que no cesa.
Y el asombro ante el reventar de olas en los riscos
y con él venían todas mis voces.
Las palabras (lo
recuerdo) levantan el vuelo como parvada de gaviotas.
Pero ahora me parece que el Océano y yo siempre fuimos amigos del
mismo oficio.
Porque el mar pone sus manos sobre la herida y la hace arder.
(Coloca aquí sus manos y la carne se torna coral rojo.)
Ah todo el mar
se ha quedado en mí y quema. Y ahora lo sé (lo sabemos):
Agua que no muere es el mar y es también la infancia. |