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La mirada de Juan Gelman
Rodolfo Alonso
Por una vez, al menos, me es dado coincidir con lo que
afirma un editor en contratapa. Cuando en el reciente libro de
Juan Gelman: Miradas (Seix Barral, Buenos Aires, 2005) se
alude a su autor como “Gelman, lector apasionado”, recuerdo de
inmediato aquella oportunidad en que volvimos a encontrarnos
personalmente, corriendo 1997, en el marco del legendario
Festival de Medellín, y pude comprobar que en su mesa de luz lo
esperaba un voluminoso tomo de ensayos de Montale.
A quienes llegue quizás a sorprender esta bienvenida nueva
entrega de otro de sus escasos libros en prosa (donde ha sabido
reunir magníficamente, con solvencia y sensibilidad, en una
trama tan bien urdida que no se percibe a simple vista, lo que
él sugiere apenas como “miradas” pero que son en realidad, y por
lo general, agudas y entrañables perspectivas sobre poetas,
artistas y escritores en muchos casos emblemáticos), quizás
cabría recordarles que, a lo largo de su vida, y sin dejar de
ser poeta, claro, Gelman nunca dejó tampoco de ser
simultáneamente periodista, de ejercer el periodismo como
profesión.
Como si a medida que su tiempo maduraba ambas vertientes
tendieran a encontrarse, a confundirse, a reunirse, estas
tocantes crónicas originalmente aparecidas en la última página
de un diario porteño, vienen en gran medida a confirmarlo. No
sólo porque sus protagonistas, y como suele ocurrir de manera
especial los más desconocidos u olvidados, resultan casi siempre
nombres clave, significativos cuando no paradigmáticos, sino que
también –y al mismo tiempo-- no sólo se trasluce aquí una
voluntad de autor que los reúne y relaciona entre sí sino que,
además, a mi modesto entender, se me hacen ligados de uno u otro
modo con la propia cosmovisión de Gelman como intelectual y como
artista, con su propio desarrollo humano y creador.
De Safo a Colette, de Rimbaud a Rubén Darío, de Kafka a Conrad,
de Baudelaire a Katherine Mansfield, de Paul Celan a Ingeborg
Bachmann, de George Grosz a Franz Baermann Steiner, de Melville
a Beckett, de Ignatius Sancho a Hart Crane, de Wilde a Joyce, de
Thomas Mann a su hermano Heinrich, de D. H. Lawrence a Raymond
Chandler, de Heine a Supervielle, de D´Annunzio a John Wayne, de
Giacometti a Elytis, de Chejov a Robert Lowell, de Charles Ives
a Deng Xiao-ping, de Pontecorvo a Ingmar Bergman, de Cole Porter
a Tarkovsky, por citar sólo algunos, pero también de Daniil
Kharms a Nikolai Erdman, de Imre Kertész a Gunter Kunert, de
Mandelstam a Meyerhold, de André Chénier a Primo Levi, todos
ellos investidos con la cruz de su tiempo, artistas que no sólo
dan, sino que son testimonio por su belleza y su dolor,
por su tragedia y por su arte, acaso es posible leer además, por
debajo de cada una de sus vidas, también la historia y la vida
de quien ahora los evoca, el poeta Juan Gelman, comprometido
como siempre, sí, pero acaso esta vez con la amarga y saludable
dignidad de la experiencia propia, con la dolorosa y fecunda
lucidez de lo experimentado en carne propia: “un hecho que para
muchos pasa inadvertido: la ideología de un escritor es sólo una
parte de su subjetividad, de su experiencia y su vocación
expresiva.” |