La poética de la
fragmentación del ser en la obra de Juan Calzadilla
Carmen Virginia
Carrillo
Juan Calzadilla (Altagracia de Orituco, 1931) puede considerarse
un artista integral, además de escritor es pintor, dibujante y
crítico de arte. Desde muy joven incursionó en la literatura y
el año de 1953 ganó el “Premio de Poesía” del “Primer Festival
Nacional de la Juventud”. En esa misma década publicó
Primeros poemas (1954), La torre de los pájaros
(1955) y Los herbarios rojos (1958). En estos poemarios
percibimos la influencia del simbolismo y una variedad de temas
entre los que destacan el interés por el paisaje y la
rememoración de la infancia, asuntos que abandonará en la década
posterior para acercarse a los temas urbanos. Ya desde La
torre de los pájaros lo onírico prevalece sobre lo real. De
este libro diría el crítico venezolano José Ramón Medina:
El verso de abierto tono, de espontánea andadura, no requerido
por otra limitación que la de la propia consigna que le imponen
las exigencias del mismo canto, sugiere un discurso de
progresiva sustentación en la materia de una historia que se
inventa a sí misma, partiendo casi siempre de un origen mágico
intuitivo (Medina:1955/1960:197).
Calzadilla comienza a experimentar con el lenguaje antirretórico;
a nivel formal se percibe la capacidad depurativa del verso,
lo que constituirá una de las cualidades de su obra poética. En
el tercer libro de esta primera etapa, Los herbarios rojos,
el autor privilegia la prosa poética sobre el verso. Las
atmósferas mágico míticas dominan en algunos de los textos, sin
embargo, junto a la exaltación de lo telúrico, comienzan a
aparecer los primeros signos de lo urbano. En este sentido llama
poderosamente la atención el último poema del libro titulado
“Canto a la agricultura”:
Los ruidos dan vida a las máquinas, dóciles armamentos en uso y
sin embargo aplastados como damas en sus grandes sillones. Es
necesario que las células del trabajo consuman a toda prisa los
plantíos del tiempo poliforme y precioso! Carbón de las aldeas
feraces, futuras usinas de un millón de bocas!
(…)
Estas máquinas son alimentadas por los colores de la
agricultura; la naturaleza ha sido reducida por el hombre a una
simple nota romántica. Duerme el labrador inocente como un brazo
que la tierra olvida. Las colinas mismas han sido amarradas como
bestias de carga junto a los nocturnos depósitos de maquinarias.
(…)
Los timbres eléctricos desempeñan mejor que los gallos el papel
de heraldos. Los pobres vuelven puntualmente al trabajo, sus
históricos cadáveres lucen aquí ahora, limpios para servir de
pasto a las calderas.
(…)
(Calzadilla, 1958:70-71)
En el texto la oposición naturaleza-civilización se desarrolla a
partir de la presencia de las máquinas en el contexto rural y
la distorsión que este evento produce en la vida del hombre. Las
máquinas, símbolo de la modernización y por ende del contexto
urbano, invaden y degradan la vida del hombre trastocando el
porvenir. Ese mundo deshumanizado por el desarrollismo del
progreso y la modernización constituye el núcleo temático de los
poemarios que Calzadilla publica en la década del sesenta.
Estos planteamientos se conectan con una tradición que dentro de
la literatura venezolana trata el tema de la oposición
cuidad-campo. La ciudad como sinónimo de modernización
representa la alienación, mientras que el campo –presente o
ausente en los textos- simboliza los valores más preciados de
una sociedad que niégale progreso. Caber recordar, entre otras
obras que forman parte de esta tradición, la novela de Teresa de
la Para Memorias de mama Blanca.
A fines de los cincuenta, caído el dictador Marcos Pérez
Jiménez, Calzadilla ocupaba un cargo en la Dirección de Cultura
de la Gobernación del estado Miranda; comenzaba a entrar en
contacto con las vanguardias artísticas, particularmente con el
surrealismo y escribía poesía de temática urbana en verso y en
prosa. En 1961 formó parte de grupo inicial de El Techo de la
Ballena, bajo cuyo sello editorial se editaron: Dictado
por la Jauría (1962), libro que constituyó un hito en la
poesía de nuestro país. Malos Modales (1965) y Las
Contradicciones Sobrenaturales (1967). Finalizada la década,
ya en 1970 la editorial del estado venezolano publicó
Ciudadano sin fin, libro que reúne textos de los tres
poemarios anteriores y algunos inéditos. Nos ocuparemos de los
libros editados en los años sesenta y la publicación de 1970,
por considerar que esta última contiene los rasgos fundamentales
de una poética que toma forma en los sesenta y que luego se
diversifica en trabajos posteriores del autor.
Las temáticas de la fragmentación del ser y del cuerpo social,
así como también la condición de alienación, soledad y
aislamiento del hombre en el espacio urbano constituirán, al
igual que la reflexión sobre el tiempo y el lenguaje, las
constantes en la obra poética de Calzadilla, a partir de la
década del sesenta. En sus textos la ciudad ocupa un lugar
central; ya sea como escenario o como personaje, será
representada como el espacio de la enajenación, la
descomposición y el mal, el lugar de la adversidad, la
desesperanza y la violencia. La relevancia que este último tema
ha tenido en su obra ha hecho que los críticos lo llamen “el
poeta de la ciudad” (Silva, 1991:88). La relación conflictiva
de los habitantes de Caracas, con el espacio urbano, en los años
sesenta, será el núcleo generador de los textos de Dictado
por la jauría (1962).
El imaginario de la ciudad ofrece una nueva escenografía
configurada por espacios públicos -calles, avenidas, salas de
espera y parques- son esos lugares anónimos, de paso, vacíos de
significación a los que el antropólogo francés Marc Augé ha
llamado “no-lugar” y considera como parte de la no-memoria
(Augé, 1993:85). Los espacios cerrados enunciados en los textos
también pertenecen al ámbito de las actividades colectivas y
sociales, tales como edificios, oficinas, ascensores,
lavatorios, mataderos, carnicerías, cárceles, dispensarios; o
bien son la representación de mundos sórdidos, que
desconciertan y abruman: alcantarillas, túneles y laberintos.
Esta selección remite a un microcosmos en el cual, más que un
vivir plenamente, se subsiste. Es la “selva urbana” (Calzadilla,
1970:17) que devora a sus habitantes. En la
cartografía de itinerarios los trayectos urbanos se presentan
como espacios fragmentados, descritos desde las experiencias
personales, las emociones o impresiones vividas en ellos. Las
connotaciones simbólicas que tienen estos espacios son siempre
desconcertantes y abrumadoras.
Entre los oficios y profesiones enunciados en los poemas
destacan el funcionario y el empresario, lo que puede
interpretarse como una crítica a la sociedad moderna y al
capitalismo. La vida cotidiana de estos sujetos inmersos en la
monotonía burocrática, sometidos a una rutina marcada por las
estructuras sociales a las que pertenecen, transcurre en medio
de
aglomeraciones o en soledad.
Interpretar una época a partir de la puesta en escena de la
alteridad, las discordancias y los contrasentidos le permite al
autor poner en evidencia la fractura moral, política y social de
la Venezuela de los sesenta. El devenir de un sujeto víctima
del vacío existencial pareciera encontrarse cancelado, de ahí
que la vida y la muerte sean enfrentados con la misma
indiferencia por los personajes que transitan en los poemas. El
poeta se presenta a sí mismo como el testigo del cotidiano
oficio de existir que repudia las coordenadas del orden y
propone el absurdo y el sueño como espacios de libertad.
En algunas oportunidades la poesía es asumida como una forma de
reflexión, el poema se desarrolla a partir de alguna idea, de
ahí que recurra con frecuencia al prosaísmo.
Esta reflexión puede ser de corte filosófico, desde una
perspectiva existencialista, o en torno al lenguaje poético,
produciendo, en estos casos, textos metapoéticos en los cuales
el autor expone su personalísima concepción de la escritura. A
través de la ironía, la paradoja, el absurdo y el humor
Calzadilla da cuenta de su escepticismo. La actitud lúdica le
permite establecer un espacio de complicidad con el lector;
a través de las inversiones semánticas y las alteraciones de los
puntos de referencia devela el carácter ambiguo de la
realidad.
Lubio Cardozo resalta la presencia del laberinto y la paradoja
como los recursos imaginativos más significativos de entre los
utilizados por Juan Calzadilla en su obra poética, mediante
ellos:
el poeta capta el impacto trascendental de esa década en el
espíritu de quienes la vivieron y la sobrevivieron. Aunque en el
fondo, proveniente de dos perspectivas salidas del mundo real,
parecieran significar lo mismo, el laberinto una paradoja del
espacio y la paradoja un laberinto del lenguaje. Nacidos lo
inverosímil y lo absurdo de la realidad adquieren categorías de
símbolo, de lo verdadero en el lenguaje, mas portando consigo
esa doble naturaleza de verdad y falsedad (Cardozo, 1994: 234).
El hablante de los poemas de Calzadilla transita por espacios
laberínticos que siendo exteriores, pueden a su vez transformase
en laberintos mentales en los cuales se pierde la cordura. Los
límites de la realidad se desdibujan y el yo se escinde en el
confuso territorio del pensamiento.
Dictado por la Jauría
(1962) ya desde el título nos remite a una atmósfera de
hostilidad; los textos que a continuación encontramos dan cuenta
de un sujeto amenazado que se halla escindido y atormentado por
la jauría de la ciudad, por seres monstruosos y fantasmagóricos
y por su propia alteridad. La muerte es una presencia que acecha
a lo largo del poemario. Un yo lírico, habitante de la “selva de
concreto” (Calzadilla:(1962) 1970: 7), “metódico hombre tedioso”
(Calzadilla, (1962) 1970: 8) que vive a diario, reflexiona sobre
su condición, se reconoce tras las máscaras, tras los roles
impuestos y los oficios que ha de desempeñar dentro de un mundo
clausurado en el cual los ciudadanos no tienen escapatoria y
sólo logran envilecerse. De ahí la insistencia en las imágenes
laberínticas, los espacios sin salida, las actividades
rutinarias:
las costumbres han hecho de mí
un hombre abominable
impaciente, aguardo todo el día como un funcionario
privado del sueño a quien se le obliga a permanecer amarrado
eternamente a su silla
el empresario ha cubierto el cielo con un paraguas ha hecho
del mundo
un lugar apto para un crimen ha reducido increíblemente a
los
hombres al tamaño de una bala
más valdría hacer algo, te digo
dispararlos, remover los escombros para buscar una salida
olvidar todo
propósito inconcebible y construir la felicidad a cualquier
precio
y del modo más inmediato con tablas de toda ley de todo
naufragio
de toda ferocidad para tener sobre qué morir el día venidero
y adaptar esa muerte a un fin necesario hecho a su propia
medida
reducir la dicha a términos humanos como mueble
que entra por casa de pobre
y crearla en nombre de todos
por todos los medios que estén a la vista por los medios lícitos
e ilícitos por medio del bien y por medio del mal
utilizando todos los métodos, los métodos pacíficos y
los métodos bélicos
por los métodos más violentos incluyendo el suicidio
(Calzadilla: 1962/1970:13-14)
En la poesía de Calzadilla, la ciudad es descrita como un
monstruo devorador: “La ciudad hace la digestión de todas sus
víctimas” (Calzadilla, (1962) 1970: 8) “como Jonás lleno de
incertidumbre/ moré en el vientre de la ciudad” (Calzadilla,
(1962) 1970: 25), símbolo de la violencia y la dominación, del
asedio y el acoso de un poder aniquilador de voluntades.
En el poema “El invisible sale de casa” encontramos dos de los
ejes de reflexión de la poesía de Calzadilla: la función de las
palabras y la noción del tiempo
Una vez que se toma el sombrero, la despedida es cosa inevitable
Entonces el invisible sale de casa ¿Volverá?
Las palabras se juegan la vida, se cruzan acertijos como cartas
que otra vez son espadas y así termina el último acto,
pistola en mano, pero no antes de que los invitados lleguen
…
Teje la araña lo que desteje el reloj, mucho tiempo violento
marcado por el vuelo de la mariposa negra en el cuarto,
mucho tiempo que no se sabe si ha pasado realmente
(Calzadilla: 1962: 9-11)
La concepción de la temporalidad como ilusión, presente en este
poema, se relaciona intertextualmente con el tratamiento que se
le da a este tema en la literatura fantástica.
Por su parte, las atmósferas oníricas que invaden los poemas son
rasgos que remiten de un modo particular, a aquéllos
característicos del
surrealismo; entre ambos se construye un territorio poético en
el que todo es posible y donde predomina el absurdo.
el tiempo no es una memoria el tiempo es una pared donde el
ciego
escribe sin comprender
(Calzadilla: 1962/1970: 15)
La percepción del tiempo como incongruencia, como noción
incomprensible e inalcanzable será una constante en la poesía de
Calzadilla; en su obra, las nociones de tiempo y espacio pierden
sus dimensiones y destruyen las relaciones lógicas.
Juan Calzadilla realiza juegos lingüísticos a partir de frases
hechas; la interrelación con estos materiales que provienen del
habla popular producen un discurso híbrido que amplía la esfera
de lo poético. En versos como “y río de primero sin llegar a ser
el último / y río de último siendo el primero” (Calzadilla,
(1962) 1970: 8) o “el lomo del caballo que otro amo / con su ojo
engorda al día siguiente” (Calzadilla, (1962): 11), la
alteración de la previsibilidad en sentencias que forman parte
de los lugares comunes de la cultura o del refranero popular,
producen una inversión del sentido y por ende una disonancia
que resalta las incongruencias. El hablante transgrede las
presuposiciones y de esta manera explota las posibilidades del
lenguaje para resquebrajar los convencionalismos. En este caso
particular, el efecto se logra a partir de la puesta en escena
de la diferencia y la inversión a nivel lingüístico. Si, como
dice Víctor Bravo, el lugar común “se propone como una visión
del mundo, cohesionado de certidumbres” que “clausura toda
posibilidad crítica” (Bravo, 1999:92), la tergiversación del
mismo construye la capacidad crítica a través del giro paródico
que se da a las frases.
La imagen del doble en los poemas de Calzadilla está relacionada
con el miedo y la inseguridad que genera la vida en la ciudad.
Lo “otro” se presenta como el lado siniestro
de la urbe que acecha al ciudadano, o bien como una parte
inherente del individuo que amenaza con su propia destrucción.
Rosana Renguillo considera que en la escritura de la ciudad “la
dimensión del otro “amenazante”, “sospechoso”,
“peligroso”, juega un papel fundamental, para delimitar
fronteras, para definir los lugares infranqueables” (Renguillo,
2003:175). El hablante de estos textos esta dentro y fuera de la
escena, es testigo y actor de una forma de alteridad que parece
propiciar la duplicación llegando incluso a la aniquilación del
yo.
“He sido otro”
diariamente soy empujado a ser otro
y el papel me va bien
Los modales de reptil con que cubro las apariencias abruman la
soledad
de mis trajes desmedidos, arruinan el efecto de mis máscaras
los péndulos estas nodrizas insaciables azuzan sus jaurías
me sacan de mis grandes investigaciones me observan
desde otra realidad que hace imposible mi sueño
desde las cribas de enormes baúles marinos
y en el fondo de las habitaciones baldadas de helechos
vuelven mi vida un curso de río donde se baña un leproso
me miran con ojos de flecha desgastada cuyo brillo
yo no sabría olvidar
me he transformado en otro
y el papel me va bien
¿y los paisajes?
veo hacia dentro mapas de carne con mis párpados
de murciélago ablandados sobre un poste
veo siembras de papel en los osarios
he vuelto de revés mi traje para cubrir las apariencias
llevo una máscara
he sido otro
(Calzadilla: 1962/1970:19-20)
El hablante muestra su impotencia y su resignación ante la
permanentemente amenaza de seres terribles que lo empujan a ser
otro, para finalmente asumir el rol de excluido. Para Víctor
Bravo “lo monstruoso se presenta como la violenta manifestación
de lo heterogéneo y lo incongruente, como lo indefinido que se
expresa en fragmento y desgarramiento, en desfiguración y
exceso, en desproporción y abyección. Es lo que acecha sin
tregua, desde el afuera, al orden delimitado de la existencia.”
(Bravo, 1999:66) El yo oscila entre la realidad y la alteridad,
entre lo ordinario y lo extraordinario de la existencia y de
esas experiencias de la dualidad surge el espacio de la
escritura.
Las imágenes que denotan clausura, cerrazón, límites, opresión,
invaden los textos: “edificios sin salida” (Calzadilla, (1962)
1970:7); “todas las puertas están misteriosamente selladas”
(Calzadilla, (1962) 1970:16); “mis párpados sin orificios de
salida” (Calzadilla, (1962) 1970:17); “mis párpados cerrados”
Calzadilla, (1962) 1970:18). Estas imágenes podrían ser
interpretadas como una forma de representación poética de la
opresión y la situación angustiosa que vivía el país a
comienzos de los años sesenta..
Malos modales
(1965) está dividido en cuatro partes: “Reo”, “Contando hasta
cero”, “Relevo de guardia” y “Cacería”, cada una de ellas
conformada por poemas escritos en prosa o verso, e intercalados
con dibujos del autor. A través del prosaísmo y la
narratividad se relatan situaciones que dan cuenta del estado
de opresión que vive el hablante. Si bien ya habían sido
tratados en el poemario anterior, estos temas adquieren un nuevo
giro irónico que, en algunos momentos, llega al sarcasmo. El
caos y la putrefacción son percibidos como el desolador entorno
de un hombre condenado, cuya única escapatoria es el suicidio.
Desde el primer poema encontramos la configuración retórica de
la figura del “poeta ciudadano” que dice hablar con autenticidad
y despojarse de las máscaras; sin embargo esta declaración no
es más que otra forma de enmascaramiento. El hablante asume un
nuevo papel, se ubica espacialmente en la periferia y desde ahí,
en su autoexclusión, proclama su libertad:
Ciudadano libre a un palmo por encima de su postura común
mostrándome tal como soy en la plenitud
de mis facultades perdidas en los potes de basura
y en los letreros que se leen cómodamente desde los mingitorios
notando que no existe otra vida ni un segundo
ni un tercer acto después del primero
curvado a la mitad de mi vida en un recodo yermo
fuera del camino público y por deseo propio lanzado
al interior de mi vaso de vino no teniendo maestro
ni alumnos ni nadie a quien acudir para mi defensa
ni motivos especiales grandes o pequeños para cantar
para reír para hacer todas mis necesidades juntas
y demócrata en la forma en que erupto o en la forma
en que el perro aparece tirado en la vía rápida
en la forma en que rasco mis pies uno contra el otro
a semejanza de dos automóviles que copulan
encontrándose a gran velocidad en sentidos opuestos
con olor a colmena fúnebre
(…)
(Calzadilla: 1965: s/p)
En este largo poema que conforma la primera parte, el subtítulo
“Reo” genera una expectativa de lectura desde la matriz de la
reclusión para luego insistir en noción de libertad. El
hablante manifiesta su condición de “hombre libre” ampliándola
luego semánticamente a “hombre libre amenazado”. Ser un hombre
libre a la vez que reo de la ciudad, es la gran paradoja del
hablante:
Espléndida ciudad bendice las alcantarillas
y las cicatrices de tus muertos acércame el cuchillo
soy tu reo que empuja una piedra de centella
(…)
(Calzadilla: 1965: s/p)
El conflicto del yo poético como habitante de la ciudad es el
conflicto con el poder y con las diversas formas de control y
homogeneización social. Para Víctor Bravo, “la experiencia de la
libertad ocurre cuando se produce alguna forma de resistencia o
de rechazo a las formas identificatorias del orden; entonces el
hombre se coloca en un afuera, en una situación de desafío o
desamparo, atravesado por las imprevisibles corrientes del azar,
del desorden, del caos.” (Bravo, 1999:37). Al desplazarse hacia
las zonas de la diferencia el hablante rescata su autonomía, a
la vez que se expone al repudio, de ahí que el “ciudadano
libre” del principio del poemario, se convierta -en el poema
“Las armas invisibles”, de la segunda parte-, en el “ciudadano
orgulloso vociferando, aullando y, en momentos menos felices,
hasta ladrando” para terminar siendo el “ciudadano culpable”
(Calzadilla, 1965: s/p)
“Contando hasta cero” consta de cinco poemas, cuatro de ellos
cortos, escritos algunos en prosa y otros en verso, en ellos se
cuestionan las formas del orden, la vida en función de las
certidumbres. El primer poema lleva el mismo nombre del
apartado:
CONTANDO HASTA CERO
Me habitúo a esa escritura compasiva de los individuos
que dan a las cosas su verdadero nombre, adoptan la
postura correcta y viven fuera del error, condenados
a una existencia apacible. Es el desvanecimiento
cotidiano de quien se siente halado hacia una bocacalle,
mientras saluda todas las mañanas, con el mismo aire grave,
bajando el vidrio de la ventanilla para divisar mejor ¿Qué
cosa? Esa perspectiva uniforme establecida a ras de la
conciencia, un escritorio, un punto, la señal un
pisapapel, una ascensión que termina siempre por debajo del
nivel ordinario, aunque algo más lejos pero siempre
más rápidamente de lo que se espera, nunca demasiado
tarde, nunca demasiado tarde. Una piedra no va más lejos
dando tumbos sobre la superficie de un lago.
¿Me oyes? Es el día de tu partida, toma todo lo
indispensable …
(Calzadilla, 1965: s/p)
Este mundo organizado y regimentado en el cual los individuos se
encuentran masificados, contrasta con el mundo absurdo del final
de poema. El mundo onírico, en donde habita el doble del yo
lírico, pareciera prolongarse hacia la vigilia:
Despierto Sigo vivo por ese sólo instante
en que descubro la situación de mi enemigo
que habita conmigo el mismo cuerpo
la misma jaula
abundo en detalles olímpicos Declino
el logro de la dicha Todas mis grandes
empresas naufragando en un vaso de agua
Es su suerte fatal
cuando creo andar en línea recta
me veo girando alrededor de mí mismo
Acudo ante el juez Todas las pruebas me condenan
Despierto Huyo pero las gradas son interminables
Interminables
Todas mis preocupaciones son el hilo donde cuelgo
Si subo llegado arriba
me convierto en ese abominable sujeto
que dibuja signos cabalísticos en las paredes
de su cerebro
Llegado arriba no sé qué hacer
Es inútil Ni lo alto ni lo bajo existen
Lo más alto pareciera lo más profundo
Requiero la confianza en un espíritu ebrio
Sigo Doy vueltas No puedo escapar
el hecho de ser siempre el mismo
Se me suprime
A pesar de que aún para eso
Sea yo quien decida
Señores
(Calzadilla: 1965: s/p)
La paradoja domina la escena y pone en crisis la representación
de lo real. De este poema ha comentado Ludovico Silva: “Como en
un círculo dialéctico, cada vez que se va a llegar a un punto,
este punto queda negado.” (Silva, 1991:105). En estos juegos de
contradicciones y las paradojas, de fragmentaciones y
desdoblamientos, la voluntad del hablante ciudadano queda
anulada y termina atrapado en un vacío ontológico.
En “Las armas invisibles” el yo lírico se enuncia como el
“ciudadano orgulloso”, un “ser valiente” que se defiende de la
ciudad. El yo se escinde y su condición de ciudadano ordinario
cede el paso al “otro” monstruoso:
… No puedo verme en una habitación confortable,
entre libros de historia, adorado como un dios por mi gente. En
tales casos mi piel se acoge indignamente a una especie de
lagarto que me habita por dentro. Corro. Sucede que me
adhiero a la rigidez de las sillas y medio muerto me trepo
al borde inferior de las mesas de comer. Al fin de
cuentas, mi miedo emana sólo de mí. Soy el ciudadano
culpable, el origen y el fin de mi asco. Siento pavor y, al
descubrirme bajo este aspecto repelente, me lanzo detrás de
mí mismo, perseguido por la más espeluznante de las
bestias
(Calzadilla: 1965: s/p)
La realidad exterior es a la vez el espacio interior del hombre,
los desdoblamientos y enmascaramientos dan cuenta del
resquebrajamiento de la identidad; un yo en continuo
desplazamiento a través de un mundo fragmentado, de espacios y
tiempos alternos en los que domina el absurdo, como sucede en
“Hago un alto”. En este poema el sujeto lírico camina sin
avanzar hasta que al final del texto descubre “que estoy donde
mismo y que aún no he partido” (Calzadilla, 1965:s/p). Tiempo
como repetición y a la vez como circularidad, en oposición al
tiempo lineal y ascendente del progreso.
Trajes y portafolios son parte del inventario de este individuo
que habita un espacio que constituye la cara más abyecta de la
ciudad; así en “Requisitoria de los trajes vacíos” el yo lírico
nos hablará desde el lugar de los excluidos y los marginales:
“Me esfuerzo en llevar los pies sobre la cabeza
Pero es inútil
Se me otorga una mirada para ojear dentro de las vitrinas
Las cajas de basura cuya circunspección
pone en peligro el perro que lame el traje viejo
el mínimo empeño para comer lo que no existe en la mesa
Los platos que no se han puesto
El desayuno servido en la morgue
Las sábanas de periódicos para arroparnos
durante la tormenta
se me otorga un portafolio de suicida
(…)
(Calzadilla: 1965: s/p)
Seres que subsisten por el privilegio de la palabra en “una
ciudad sin memoria” (Calzadilla, 1965:s/p). Separados del mundo,
condenados a la rabia existencial y empujados al suicidio, se
debaten en medio de una sociedad mecanizada, deshumanizada en
que la trivialidad es la pauta de vida.
La tercera parte, “Relevo de guardia” comienza con dos páginas
de dibujos, realizados por el autor,
de seres monstruosos que llevan por leyenda: “El avance de
ciertos monstruos determinan la dirección del sueño”. Los seis
poemas que la conforman nos hablan de fantasmas, serpientes,
paisajes suburbanos u oníricos donde la muerte es una presencia
acechante, de ahí que el hablante lírico comente al final del
primer poema “Vivo bajo permiso de muerte” (Calzadilla, 1965:
s/p)
“Cacería” es el título de la cuarta parte, formada por siete
textos escritos todos ellos en prosa. La representación del yo
como un ser fragmentado, escindido, se agudiza en estos textos,
llegando incluso a la representación de un yo despedazado,
diluido, negado:
Es triste continuar despedazado, sin poder ser otra cosa que un
jirón de materia atraída hacia abajo, recuperada siempre por
una fuerza extraña a ella. Me diluyo en gestos cuya
mansedumbre oculta la realidad ominosa de los modales
(Calzadilla: 1965: s/p)
La reclusión, el aislamiento, la condena y la muerte son los
temas recurrentes de este grupo de textos, junto a la presencia
del doble y los ya mencionados planteamientos sobre las
nociones de temporalidad y espacialidad. El otro que amenaza la
integridad del yo se hace presente en forma de ciudad, monstruo
o reptil. Los desplazamientos en los que no se avanza y el
tiempo que pareciera no transcurrir para estos seres
sentenciados a una existencia vacía o dudosa, son parte de la
interpretación poética que el autor da a los conflictos de una
generación perseguida y rechazada por el poder hegemónico.
En el poemario Las contradicciones sobrenaturales
(1967), Calzadilla revela nuevamente la crisis de sentido a
través de la paradoja.
El libro está dividido en cuatro partes: “Relevo de Guardia”,
“Sistema de conducta”, “Carnet de enumeraciones”, “Abismo
público” y “Un ojo de contrapeso”. El juego de las
contradicciones se inicia en el primer poema “Decisiones” texto
que, contrariamente a las presuposiciones a que el título
remite, nos habla de un “tu” paradójico incapaz de tomar
decisiones y se debate en perennes dudas y contradicciones:
Entre su vida y sus actos no hay más
que el paso que nunca ha dado
Su avance es lento como conviene
a la pérdida del equilibrio
Hace un alto cuando debería haber llegado
Toma los atajos miserables jamás la vía pública
Sus fracasos resienten de una penosa verticalidad
Aparta los hechos con los pies
Ama tan sólo lo que el azar y la lógica
se niegan a retribuirle
Se disuelve en disyuntivas del tamaño
de una bola de fuego
(Calzadilla: 1967:6)
El desaliento y la extrañeza son la cuerda floja sobre la que
se mueve ese ser que se mantiene al borde del riesgo: “Se aleja
del abismo en dirección al peligro/ Se aleja del peligro en
dirección al abismo” (Calzadilla, 1967:6).
La ciudad es nuevamente el espacio privilegiado del poeta,
“ciudad tabla rasa” (Calzadilla, 1967:7) en la que sus
habitantes viven como “pájaro en jaula” (Calzadilla, 1967:7).
Ciudad invasora que habita, hostiga, dispone y sostiene
precariamente a un yo dividido que vive al límite:
Mi seguridad termina
puertas adentro del ojo del otro
Mi odio se diversifica como una red que tiene
por eje el núcleo de la tormenta
No procedo más que en legítima defensa de lo que
no soy
Se me permite situarme en un sitio estratégico
de mi cuerpo para vigilarme mejor
Mis movimientos son tuyos, ciudad,
Me habitas cruelmente
Hostigas mi éxodo
Orientas mis pasos hacia los estados de postración
Armas mi equilibrio con frágiles varas
Que el fuego alimenta
(Calzadilla: 1967:9)
La ciudad es el afuera y el adentro del yo, el continente y el
contenido del ser, en la vigilia y el sueño, la ciudad es la
presencia abrumadora: “Cuando duermes toda la ciudad/ despierta
en tu sueño” (Calzadilla, 1967:11).
En la segunda parte del poemario, titulada “Sistema de conducta”
el poeta experimenta con construcciones aforísticas basadas en
paradojas:
Las riendas sueltas al punto de que la verdadera
marcha consiste en el más alto grado de paralización
total
(Calzadilla, 1967:18).
El poema “Órdenes” condensa toda la violencia de la década, ese
convivir con la muerte como parte del cotidiano acontecer:
El terror es una orden general
La palabra es una orden general
Vivir o morir suponen estar siempre
atentos a una orden general
(Calzadilla, 1967:19).
La presencia de las máscaras y los espejos, representan otra
forma de desdoblamiento de un yo consciente de su fragilidad y
su desdicha:
…
Así que sueño soy manso de carácter
Irascible tan pronto me desdoblo
en dos en tres en cuatro partes
iguales siempre a mí mismo
A decir verdad
Requiero una palabra que hable en lugar de mi boca
Un traje que llene el vacío de mi cuerpo
Un duende que haga mis veces
En vez de tierra un pedestal de cartón
Un haz de trébol en lugar de una espada
Cuando necesito darme a conocer
pongo un escalpelo
en las manos de mi interlocutor
(Calzadilla, 1967:22).
Para el surrealismo el sueño es un aspecto de la realidad (Van
Tieghem, 1963: 266), la presencia de los procesos oníricos, por
su capacidad de condensación y su poder de síntesis, enriquecen
el texto con una inmensa gama de sensaciones, posibilidades y de
relaciones analógicas. La construcción de mundos alternos, en la
poesía de Calzadilla, podría ser el reflejo de la crisis
existencial de un yo dominado por el escepticismo, que sólo
percibe las contradicciones de una década signada por la
represión. La derrota de unos ideales sociales y políticos se
transforma en frustración ante las injusticias y le hace
percibir el mundo como un laberinto sin salida.
En los poemas de Calzadilla la vida del hombre está sometida al
azar, un conjunto de casualidades determinan su rumbo. En
algunos textos la discontinuidad del yo se convierte
en el objeto mismo del sarcasmo. El orden convencional es
cuestionado con un humor corrosivo que pone en evidencia el
absurdo y la arbitrariedad del mundo. El yo lírico demuestra su
inconformismo y su desprecio por las normas sociales.
Poética de la paradoja que cuestiona las coherencias y
construye el sentido del texto a partir de argumentaciones que
demuestran la relatividad de las certezas. En oportunidades, la
paradoja se presenta como un proceso desmitificador, en otras,
es reflejo del sinsentido de la vida, de lo imposible. Escritura
que surge de dos fuerzas contradictorias, por un lado la
necesidad de preservar la vida, la búsqueda de la trascendencia
y por otro la aceptación de la muerte.
Ciudadano sin fin
(1970), como habíamos comentado anteriormente, consta de una
selección de poemas de los tres libros anteriores y nueve textos
inéditos. Estos últimos presentan una serie de variantes a
nivel formal que llaman la atención del lector. Localizados al
final del libro, seis de ellos están escritos en verso y en
ellos el autor juega con los espacios en blanco y desarrolla
una vez más sus planteamientos sobre el absurdo de la vida y las
contradicciones y duplicidades del ser. Bajo el título de
“Dualidades” se presentan 13 estrofas cortas numeradas, cada una
de ellas sobre un asunto diferente, pero unidas por una misma
indagación reflexiva sobre situaciones paradójicas:
Reír a toda prisa en la vía pública
antes de que uno pueda ser detenido
por reír en la vía pública
(Calzadilla, 1970:71).
El poema en prosa “La cinta de la felicidad” narra, un acto
público en el cual el absurdo funciona como desmitificador del
poder. En este texto percibimos la ascendencia kafkiana en la
obra de Juan Calzadilla. Finaliza el libro con “Nuestras vidas
no quieren resurrecciones”, un largo poema en el que desarrolla
una paradoja desmitificadora de la sociedad.
Poesía reflexiva, que recurre al prosaísmo para su
elaboración; en oportunidades recurre a rupturas sorpresivas y
metáforas alucinadas para reflejar el absurdo de la vida y
propiciar la evasión hacia mundos alternos, oníricos,
fantasmagóricos.
La preocupación sobre el oficio de la escritura es otra
constante en la obra de Juan Calzadilla. Palabra, silencio,
diálogo y gesto obsesivamente intentan desvelar la farsa de la
sociedad, burlarse de las convenciones y desenmascarar el horror
de la alienación del poder y del deshumanizado espacio de la
ciudad.
NOTAS
En relación a la paradoja cf. V.
Cervera. 1996.
“La lírica de la paradoja”. En La palabra en el
espejo; V. Bravo. 1997. Figuraciones del
poder y la ironía.
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