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ASTERIÓN Y EL HIJO
MAYOR DE MARTÍN FIERRO
Marta Spagnuolo
Los
críticos son unánimes en señalar que Borges es el más universal
de los escritores argentinos. A ello cabe agregar que también es
el escritor más argentino del siglo XX. Por lo menos la mitad de
su obra está escrita en cifra de argentinidad, tanto
histórico-literaria como psicológica.
Una
clave que permite leer mejor algunos textos borgesianos es la
gauchesca. Sin embargo, la ficción narrativa de Borges en
relación con la gauchesca no ha sido lo bastante estudiada. Creo
haberlo probado en un artículo en el que señalé ciertas “marcas”
dejadas por Ascasubi en uno de sus cuentos. (“Ascasubi, Borges y
la Lujanera”, Variaciones Borges 16/2003, pp. 55-68).
Hallar parte de las dejadas por Hernández es lo que ahora me
propongo. Prescindiré, por tanto, de los dos cuentos de Borges
cuya intertextualidad con Martín Fierro es evidente, y de los
poemas que lo aluden. Sólo anotaré que todos ellos expresan de
uno u otro modo el tormentoso conflicto que la creación
hernandiana le plantea. La fórmula literal en que lo elabora,
repetida a lo largo de su vida en textos críticos sobre el
Martín Fierro y aun en testimonios orales, como una más de
sus ficciones, es la siguiente: la tensión entre la grandeza del
poema, que se le impone, y la imposición que a su juicio el
poema conlleva: la de aceptar como héroe nacional a un asesino.
Desde luego, se trata de algo mucho más intrincado que eso. Pero
desenredarlo no cabe aquí.
Me
limito, pues, a destacar que en “Martín Fierro” (OC 1,
Barcelona, Emecé: 797), que es poesía y ensayo a la vez, Borges
repite, en 1960, un concepto, aparentemente objetivo, escrito
sobre el poema en 1932 (193-94); pero lo hace en un tono tan
cargado de subjetividad que la cuestión toma visos de un duelo
con Hernández en el que Borges se declara tácitamente derrotado.
Aunque cuidándose de escribir que lo lamenta o lo deplora,
Borges en realidad lamenta o deplora que “aquí” la generaciones
no recuerden las “vicisitudes comunes” –bélicas, políticas y
estéticas– “que son la materia del arte”. En cambio, aludiendo
al Canto VII de la Ida, en que Martín Fierro mata al
negro –la pelea “que soñó un hombre”- constata amargamente que
del pasado compartido sólo “queda un pobre duelo a cuchillo: el
sueño de uno es parte de la memoria de todos”. Más de veinte
años separan este texto de los cuentos “de combate” en los aún
tiene arrestos para medirse con Hernández: “El fin” (Artificios,
1944) y “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” (El Aleph,
1949), libro que incluye “La casa de Asterión”.
Elijo el último para mi propósito (569-70).Y para concentrarme
en él, también prescindiré de la vasta bibliografía sobre ese
cuento, que ya ha tratado con profundidad y erudición otros
aspectos. El que a mí me ocupa es la hermandad de Asterión y del
Hijo Mayor de Martín Fierro, señalada de manera inequívoca por
un detalle de inverosimilitud en ambos personajes.
1
A
la estirpe de los personajes narrados que nos hacen reír y
llorar a la vez pertenecen don Quijote, Gregorio Samsa y
Asterión. Se supone que para que estos sentimientos
contradictorios ocurran simultáneamente, los tres textos han de
tener la misma fuerte verosimilitud. Nos reímos de los
disparates de don Quijote pero nos compadecemos de sus
descalabros, porque a la vez es Alonso Quijano, un hombre al que
le pasan cosas semejantes a las que nos podrían pasar a
cualquiera de nosotros si estuviéramos locos. Las tribulaciones
del insecto en que se ha transformado Samsa nos resultan
tragicómicas, porque sigue siendo a la vez Samsa, a quien le
pasan las cosas propias de cualquier hombre que debiera
adaptarse a su nueva condición de insecto. A ambos los garantiza
la tercera persona narradora.
Lo
sorprendente es que Asterión, que no es ni fue un hombre, se nos
haga tan creíble como los otros dos personajes, careciendo de
base verosímil que sustente su discurso. La causa de que el
lector no parezca advertirlo, y de que sufra con Asterión y se
ría de Asterión con la misma convicción que le infunden
aquéllos, es que Borges apela a la misma empatía usada por
Cervantes y Kafka: Borges “nos hace poner en el lugar” de
alguien que viviera toda su vida encerrado en un laberinto, lo
cual –más allá de la simbología que ello encierre– es
inmediatamente aterrador para cualquier lector. La diferencia es
que ese alguien sólo tiene una mitad humana, y no precisamente
la cabeza. Por ello, el mayor portento imaginativo de Borges no
consiste en asegurarnos que el minotauro ha sido calumniado
durante siglos por el mito, sino en haber hecho de él un
monstruo pueril con trastornos cognitivos, debido a esa cabezota
de toro imposibilitada de alcanzar el desarrollo mental que
condiga con su otra parte humana. A pesar del gran tamaño de su
testa, al pobrecito Asterión “no le da la cabeza”, como se decía
de los chicos con problemas de aprendizaje, antes de la difusión
popular de la psicología. Si no viviera aislado, este ser tierno
sería inofensivo y por lo tanto apto para vivir en sociedad.
Según el léxico al uso, es un “discriminado”. Para sentirse
aceptado necesitaría amor. El que sólo una madre es capaz de dar
a un hijo diferente. Así, aunque la “reina” ausente es traída al
cuento por otro motivo, su sola mención también subvierte el
carácter que el mito le da a Pasifae: para el lector, su mayor
pecado ya no es su cópula antinatural con el toro, sino el
rechazo del hijo, tan inocente de su monstruosidad congénita
como del pecado materno, y la permisión del aislamiento bestial
que su padrastro le impone. La tragedia de Asterión no puede ser
más “realista” y creíble. Casos parecidos ocurren en las mejores
familias.
2
Lo
increíble, en cambio, es el discurso de Asterión, porque
contradice su naturaleza. Por un lado, Asterión tiene un retraso
mental evidenciado en su conducta infantil: rueda, corre, se
deja caer de las azoteas hasta ensangrentarse, creyendo que eso
es jugar. Por otro, es disléxico. Borges usa el verbo exacto
aplicado en los viejos ámbitos escolares a estos casos, aún no
bien conocidos: “retener”. (“Jamás he retenido la diferencia
entre una letra y otra”).
Hoy se sabe que la dislexia no implica una inteligencia
deficiente. Es un trastorno del desarrollo del lenguaje, que
algunos llaman “don”, puesto que los disléxicos tienen la
facultad de pensar principalmente con imágenes (conceptualización
no verbal). Por lo tanto, si bien se define por su interferencia
para la adquisición de la lecto-escritura, la dislexia importa
déficits en la producción del habla: dificultad para elaborar y
estructurar frases, hallar términos precisos, usar adecuadamente
los tiempos verbales y relatar oralmente. Y Asterión no sólo
habla- o piensa en términos verbales- sino que lo hace con
sintaxis perfecta, léxico rico y preciso, y -de acuerdo con su
percepción del “mundo”- con un discurrir coherente. Aunque- tal
como los seres humanos- ignore quién es, por qué está en el
laberinto y qué es la muerte, puede expresar no sólo lo que
siente y lo que desea sino también contar cómo interpreta todo
eso que ignora. Que el homo sapiens pueda interpretarse a
sí mismo y al mundo tan equivocadamente como Asterión y expresar
sus errores en un lenguaje ilusorio, no obsta para que ese
lenguaje sea un sistema simbólico complejo, cuyo procesamiento
exige lo que llamamos competencia lingüística. La dislexia del
minotauro la hace imposible.
Además, es probable que sufra de una “ceguera mental” similar a
la de quienes padecen el “síndrome de Asperger”, los cuales,
aunque monologan con cierta corrección, fallan en el diálogo,
porque no entienden la intención del hablante. Comprenden el
lenguaje sólo de forma concreta y literal; no interpretan los
signos corporales, las expresiones faciales, el tono de voz, que
indican las implicancias que puede tener lo que una persona
dice, como las metáforas, los chistes, los sarcasmos, etc. Es
probable, digo, que Asterión entienda el concepto de lo que le
dicen pero no el léxico injurioso y el tono de odio en que se lo
dicen. Si así fuera, nadie habría osado hacernos desternillar de
risa con la confusión de un “inocente” como Borges, cuando nos
deja imaginar el vocativo con que “se le menta a uno la madre” y
otros ternos, visajes, amenazas de puño, etc. con los que,
durante la “ceremonia” de las cornadas, lo habrá puesto overo
aquel hombre que, en su rabiosa agonía, atinó a decirle que otro
gallo cantaría si tuviera una espada y, a augurarle, sólo a modo
de amenaza vana, el día en que algún otro pudiera entrar armado
y liquidarlo, y que, según Asterión, le “profetizó” a la hora de
su muerte que alguna vez llegaría su redentor. Si en cambio
interpretáramos que Asterión lo ha entendido perfectamente pero
miente en este punto con tanta sutileza como para convertir la
desesperada amenaza del agonizante en una profecía, nos
reiríamos de todos modos imaginando la escena que oculta, pero
no tan explosivamente. Por un lado, la risa se vería atenuada
por la admiración, al hallarnos ante un superdotado. Por otro,
saltaría antes a la vista la contradicción entre su puerilidad y
la inteligencia superior que en ese único caso manifiesta. Pues
en los otros varios casos en que con exagerada autoestima
intenta convertir en bienes sus carencias, no obvia nada, sino
lo “reinterpreta” con conmovedora inocencia.
Justamente en el cuadro de trastornos descritos encaja que
Asterión sea una criatura presuntuosa, con delirios de grandeza.
Es el típico desajuste emocional que presentan la mayoría de los
niños con retraso mental o con dislexia, quienes así compensan
sus sentimientos de inseguridad. Pero, aunque sufran tanto como
Asterión, tengan una vaga conciencia de lo que les pasa y
pergeñen sus defensas, jamás podrían poner todo ello en palabras
con los elaborados razonamientos de Asterión. La inverosimilitud
de su discurso, consiste, pues, en una falta de decoro, que sólo
un narrador en tercera persona habría podido sortear.
3
Lo
patético y risible que Borges le ha dado al personaje no quita
que el cuento sea una variante de un motivo literario
tradicional: el padecimiento del presidio. Aunque los modelos
sobran, Borges lo ha tratado en contrapunto con el que le ofrece
el Hijo Mayor de Martín Fierro (Vuelta, Canto XII, Bs.
As. Losada, 1995: 136-145 ), y acicateado por la lectura de ese
personaje hecha en 1948 por Martínez Estrada en Muerte y
transfiguración de Martín Fierro (Bs. As., CEAL, 1983:
103-105). A pesar de sus encontronazos con el autor, Borges
nunca soslayó la importancia de este ensayo. Advirtió que su
peso bibliográfico atenuaría el de Lugones -que tanto combatió-
y la exageró como capaz de marcar un antes y un después en la
lectura de los personajes de Hernández (OC IV: 171). Pero la
ironía feroz con que alguna vez lo comentó [1] se traduce
en los siguientes términos: “el sueño primario de Hernández” –
“primario” no en el sentido de “original” de Hernández sino en
el del primarius latino: el primero en categoría, el de
primera calidad– no necesita de un recreador que “lo enriquece
de “sombra”, lo que en argentino popular se expresa: “No aclare,
que ocurece”. Esto es, en una prosa que se va de vicio, glosando
un concepto en todas sus variantes posibles, o yéndose del poema
por cuanta huella ofrece la geografía, la historia, la economía,
el folklore, etc. del vasto campo por donde anduvo Martín Fierro,
“pretexto” de tan lontanas excursiones, de las que, falta de
perspicacia para hallar los puntos neurálgicos del texto –que
Borges tocó en frases de concisión antológica-, no sabe bien por
dónde regresar. Copiosidad mareante que al lector le produce un
“vértigo” similar al causado por una “pesadilla” kafkiana o
dostoiveskiana, o por una “novela infinita” en que “el relato se
agranda hasta usurpar el tamaño del cosmos”, tal como el que a
Borges le provocaba MobyDick. (109)
Para entablar el doble duelo con Hernández y su recreador en “La
casa de Asterión”, Borges debe poner el cuchillo en manos de
Asterión. Él debe narrar su propio encierro, como lo hace el
Hijo Mayor. De ahí la riesgosa elección de la primera persona.
4
Asterión y el Hijo Mayor comparten con otros presos la pérdida
de la noción del tiempo (y Asterión en el laberinto desde luego
también la del espacio).
Pero en seguida ambos empiezan a coincidir en ciertas
singularidades. A los dos los acusan de asesinos falsamente (uno
no lo es y el otro ignora que lo es); están encerrados por
culpas ajenas, que les son tan congénitas como el castigo que
sufren. Asterión es castigado por ser hijo de un toro; el otro
por ser hijo de un gaucho. Provienen de padres descastados. La
desprotección paterna los entrega indefensos a la arbitrariedad
de los poderosos. A uno lo encierra Minos, un juez terrenal tan
infalible que llegará a ser juez de los infiernos; a otro un
juez del “infierno” que constituye la vida del gaucho. Claro que
el paralelismo no aparece en Martínez Estrada, pero si
cualquiera puede establecerlo, cuánto más Borges. El concepto en
sí le viene de perlas a su minotauro. Pero no hay duda
que le divirtió el discurso jurídico apoyado en la “teoría pura
del derecho” que gasta el ensayista para explicarnos por qué un
pobre “guacho” fue acusado de un crimen que no cometió, por uno
de esos “jueces” semianalfabetos que actuaban de ocasión en los
primitivos poblados de frontera. Para Martínez Estrada, la vida
del Hijo Mayor es la de
“todos los que padecen el castigo sin el delito, las
víctimas expiatorias de la injusticia (sic) que necesita en
primer término el castigo y en segundo término el delito. De la
justicia que nunca se equivoca aunque deje impune al criminal y
condene al inocente, pues a un delito un castigo es la perfecta
equidad. Kelsen llega a sostener que así se cumple teóricamente
el principio de la justicia. El Hijo mayor no es solamente una
víctima de los errores judiciales: es una víctima expiatoria
sacrificada a las divinidades plutónicas de la justicia
infernal, la justicia detrás de la conciencia, la justicia que
necesita la satisfacción espiritual de que se cumplan los
preceptos, de que el crimen no quede sin castigo (sin engranar
con la ley).”
Los
dos tienen una madre que los abandonó. Ninguno tiene mucho que
contar salvo su prisión, que para Asterión dura toda la vida y
para el muchacho casi tanto como los años que tiene. Uno como
sensación, otro como hecho concreto, los dos sienten la angustia
de la unicidad:
Asterión:
El
hecho es que soy único. [...]Todo está muchas veces, catorce
veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola
vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión.
El
Hijo Mayor:
No
es en grillos y en cadenas
en lo que usté pensará
sinó en una soledá
y un silencio tan projundo
que parece que en el mundo
es el único que está
Sus
más terribles carencias son la palabra y la amistad; los dos
imaginan un interlocutor con quien ejercerlas:
Asterión:
Pero de tantos juegos el que prefiero es el del otro Asterión.
Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con
grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada
anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que
te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna llena de
arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco
y nos reímos buenamente los dos.
El
Hijo Mayor:
Conversamos con las rejas
por sólo el gusto de hablar ...
[...] ...el preso privado está
de los dones más preciosos
que el justo Dios bondadoso
otorgó a la humanidá.
Pues que de todos los bienes
(en mi inorancia lo infiero)
que le dio al hombre altanero
su Divina Majestá,
la palabra es el primero,
el segundo la amistá.
Los
dos piensan que podrían escuchar los pasos de la muerte:
Asterión.:
Sé
que vive mi redentor. Si mi oído alcanzara todos los rumores del
mundo yo percibiría sus pasos.
El
Hijo Mayor:
...el silencio es de tal suerte
que, cuando llegue a venir,
hasta se le han de sentir
las pisadas a la muerte.
Las
anteriores coincidencias podrían ser casuales, o variantes de
lugares comunes de la literatura carcelaria. Pero lo que delata
la hermandad de los textos es que ambos cautivos conciben el
consuelo de la soledad por la lectura, que les está vedada no
por falta de material escrito sino por su analfabetismo.
Asterión:
Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a
leer. A veces lo deploro, porque las días y las noches son
largas.
El
Hijo Mayor:
...allí lamenté mil veces
no haber aprendido a leer.
El
Hijo Mayor “lamenta” y Asterión “deplora”. Los dos verbos son
sinónimos pero se inscriben en distintos registros. “Lamentar”
forma parte del lenguaje cotidiano. “Deplorar” es exclusivo del
lenguaje escrito, al extremo de que si un hablante argentino
“deplorara” algo con seriedad, hasta el oyente más letrado
quedaría perplejo. (Sí se admite “deplorable”). En cuanto a su
intensidad semántica, escrito indica la voluntad del autor por
sonar “contenido”, aun a riesgo de caer en lo artificial
absoluto. Es célebre el disgusto de Borges por el tono quejoso
del Martín Fierro, en que el lamento llega a ser una
constante. Creo que Borges plagó su escritura de deploraciones,
sólo por no parecerse a Hernández.
Como sea, para lamentar o deplorar la falta de un bien, hay que
haberlo tenido y perdido. Me refiero a un bien inherente al
individuo: un afecto, un hábito placentero del que por alguna
causa ya no se puede gozar, alguna facultad física o mental. El
que ha quedado ciego lamenta la pérdida de la vista porque antes
supo lo que es ver. El que nació ciego, no puede lamentarlo sino
cuando los demás le explican que no puede ver y cómo es ver.
En
el relato del Hijo Mayor, ya es casi increíble que, sin haber
experimentado nunca el placer de la lectura, se le ocurra
lamentarse no de las malas condiciones materiales del presidio,
sino de no haber aprendido a leer. El contexto del poema no
permite imaginar que alguna vez tuvo oportunidad de hacerlo y
que lo que lamenta es haberla desdeñado. Tampoco que ese chico
“desnudo y hambriento” haya tenido ocasión de ver a alguien
solazarse en la lectura y dispuesto a explicarle las bondades de
tal ejercicio. Ni que en su posterior encierro algún carcelero
indígena hubiera tenido la peregrina ocurrencia de proveer a los
presos de material de lectura. Tampoco el minotauro pudo ver
jamás ver un texto escrito ni poseer el concepto de “escritura”,
de “letra” y sus diferencias.
Sin
embargo, la coincidencia de ambos personajes en lo inverosímil
total llega a tal punto que los dos analfabetos citan casi
literalmente libros ilustres:
Asterión.:
...como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte
de la escritura.
El
Hijo Mayor:
El
hombre que dentre allí
deje ajuera la esperanza.
Cualquier lector no especializado -que es para quien se inventan
las historias- protestaría enérgicamente al verse obligado a
confrontar su sentido de lo creíble con lo increíble que un
autor le propone creer. Poco le importaría el principio de la
suspensión de la credulidad de Coleridge ni saber que Borges
dijo que “todo arte es convencional” (OC 1: 185).
Sin
embargo, la magia de Hernández ha conseguido anular esa reacción
previsible, ya que nunca he escuchado a nadie protestar por la
tiranía del discurso del Hijo Mayor. Tampoco por la del discurso
de Asterión. Este empate entre ambos magos es trascendental, si
se tiene en cuenta que por ninguna creación literaria argentina
ha corrido tanta tinta como por el Martín Fierro, solo, y
toda la obra de Borges.
5
Queda claro que, así como Hernández habla por boca de sus
personajes, Borges habla por el hocico de Asterión. Y que los
dos confían al poder artístico de su voz la fe del lector.
Ello podría justificarse, en el caso de Hernández, en razón de
que Martín Fierro es un poema sujeto al artificio del
verso, y sobre todo, de intención social, en el cual, por
definición, los personajes son voceros del autor. Sabemos que en
la Vuelta la beligerancia subversiva de la primera parte
se atempera, en favor de una prédica de integración del gaucho
al orden establecido. Esa intención –concentrada en el Canto
XXXIII (“debe el gaucho tener casa,/ escuela, iglesia y
derechos”)– obraría a modo de licencia que se toma el autor,
confiando en que el lector acepte la extraña posibilidad de que
un analfabeto pueda imaginar lo bueno que sería ponerse al leer
para aliviar su soledad entablando un “diálogo” con la lectura.
En cuanto a la cita de Dante, por archirrepetida se habría “folklorizado”,
hasta convertirse en uno más de los proverbios que el texto
recoge, a los que apelan los payadores...si olvidamos que el
Hijo Mayor, al revés que su padre, no tiene uñas para
guitarrero; o sea, desconoce el arte del cantor. Sin embargo,
también ello se justifica por la convención de la gauchesca, que
nació en primera persona.
Pero a los que entramos en “La casa de Asterión” Borges nos
exige más. El cuento moderno carece de convenciones. Y éste no
está escrito para inducir a educarse a los incultos - a los que
el poema llegaba de oídas- ni para que las autoridades que lo
lean asuman el deber de alfabetizarlos. Y aun así, sufrimos con
Asterión y nos reímos de él a la vez, mientras que con el Hijo
Mayor sólo sufrimos. Borges, al menos en el tratamiento del
mismo tema, ha conseguido más que Hernández, su
contrafigura...su doble. Su sombra inapartable.
6
Lo
ha conseguido, además, haciendo el encierro de Asterión mucho
más horroroso que el del gaucho, y demoliendo, uno por uno, los
rasgos de carácter del Hijo Mayor que le son odiosos, y que a
Martínez Estrada le merecen una glosa de aproximadamente la
misma extensión que el Canto, pero más lúgubre y repetitiva: es
un lamento sobre otro lamento, por si al leer el original no
hubiéramos sufrido lo suficiente. Todo un desafío para el
afinado sentido del ridículo de Borges.
“... sus razonamientos dan vuelta sobre sí mismos,
como si hubiera muerto y para toda la eternidad no tuviera sino
el pensamiento angustioso de que está preso. Solamente después
de conocer la obra de Kafka, el Hijo Mayor adquiere su real
estatura en las letras. No interesa la hazaña del Autor, de
mantener la atención viva del lector durante trescientos sesenta
y ocho versos... [...] sino de la concepción, atrevida aún hoy,
de construir una biografía sin ningún elemento biográfico. [...]
Es la existencia pura, la duración fuera del tiempo, el vivir
como la flor se marchita. Sin que esa vida sea distinta del
castigo; vida y castigo se confunden en una sola cosa. [...] El
hijo mayor no vive sino su castigo, el castigo le ha devorado el
alma y se ha puesto en su lugar. [...] Los presos viven
esperando o recordando. El recuerdo trae a su espíritu la vida
en su imagen rediviva. El encierro del Hijo Mayor es total,
porque no ocurre absolutamente nada entre esas cuatro paredes:
ni el recuerdo.[...] No recuerda nada. Está absorto en su
cautiverio injusto.[...] Su única idea se le clava a semejanza
de la víbora que se muerde la cola, en un círculo irrompible. Su
persona viene a quedar apretada en ese círculo; el alma se le ha
salido y lo asfixia oprimiéndolo. Solamente Dante imaginó esos
círculos tan herméticamente cerrados, soldados tan para siempre,
en sus condenados. Todos ellos son cíclicos: ideas y tormentos
empiezan como la rueda, en el mismo sitio en que el giro
termina. Y vuelven empezar...”
Al
igual que Hernández, Borges construye una biografía sin ningún
elemento biográfico, en la que vida y castigo son una misma
cosa. Pero, en oposición a Hernández, construye un personaje
capaz de vivir de una forma más viril su prisión.
Es
cierto que el Hijo Mayor está “absorto en su cautiverio
injusto”. Para que no queden dudas de que sufre, el verbo
sufrir, en distintas inflexiones, aparece doce veces en su
canto. Los sustantivos que connotan el sufrir, entre los que
tormento/s se repite varias veces, casi agotan los
sinónimos: desamparo, rigor, calvario, pena/s, sepoltura,
soledá, infierno, afliciones, lamento, dolor, tribulación,
martirio,males, suplicio, espanto, horror, terror, amargura.
El cautivo se aflige, se desespera, sufre, gime, llora y
calla. Tanto llora que sus lágrimas salpican en las
paredes aquellas, no tiene otro alivio ni consuelo
sinó regar aquel suelo con lágrimas noches y día. Ante tanto
sufrimiento, lo único que encuentra es “soportar”, “resistir”,
“agobiarse”.
El
más altivo varón
y de cormillo gastao,
allí se vería agobiao
y su corazón marchito...
[...]En esa cárcel no hay toros,
allí todos son corderos;
no puede el más altanero,
al verse entre aquellas rejas,
sinó amujar las orejas
y sufrir callao su encierro.
[...] Allí se amansa el más bravo;
allí se duebla el más juerte...
[...] ... bajo un dolor permanente
agacha al fin la cabeza...
[...] Vierten lágrimas sus ojos,
pero su plena no alivia.
En esa constante lidia
sin un momento de calma,
contempla con los del alma,
felicidades que envidia.
Sabemos que no es éste el concepto borgesiano de “varón”. Según
la genealogía literaria de la que descienden los guapos de
Borges, que los incorpora al imaginario del valor criollo como
extintos, el ubi sunt que les dedica es:
¿Dónde está la valerosa
Chusma que pisó esta tierra,
La que doblar no pudieron
Perra vida y muerte perra? (957)
“Los presos viven esperando o recordando”, dice Martínez Estrada
para enfatizar que, a diferencia de otros, el Hijo Mayor “no
recuerda nada” y es presa de tal desesperanza que ni siquiera
espera la libertad (la justicia para él puede llegar tarde o
nunca; de modo que es inexistente, y de allí, inesperable).
Sin
embargo, en dos estrofas piensa en su madre, en sus hermanos, en
lo que “ajuera vio” y en que “ha sido libre de cruzar por donde
quiera”. Pero como su recuerdo no se le presenta en imágenes- el
de la infancia es irrecuperable, contradictorio que añore el
afuera, que según ha contado fue horrible, y la libertad sólo
una sensación-, el intervalo es breve y el discurso vuelve a
estancarse en el abatimiento. A Asterión no puede achacársele la
misma caída moral: aunque buscara en su memoria no hallaría nada
que recordar.
En
cuanto a la libertad, si un preso no la espera, lo único que
puede esperar es la muerte. ¿Qué pasa entonces con el Hijo
Mayor? ¿Su carácter débil le impide reconocerlo? ¿No resiste la
cárcel pero prefiere no esperar nada, porque, de otro modo,
debería suicidarse? De hecho, los presos que no resisten la
cárcel, se suicidan.
A
menos que elijan morir porque la libertad que alguna vez
conocieron haya sido peor que el encierro, como comprueba
Asterión ante el “temor” que siente al hallar la salida del
laberinto, y debiera haber comprobado el Hijo Mayor al recordar
su pasado, en que ser “libre de cruzar por donde quiera”
equivalió al maltrato, la humillación y la condena a vivir “como
los bichos buscando alguna rendija”, para esconderse de la
sociedad que lo rechazó y está seguro de que lo rechazará
siempre, porque esos son “los decretos del destino”.
Como Asterión, sabe que en el mundo exterior no tiene cabida.
Ante tal certeza, un varón debe tomar una determinación.
No
sé qué creerán ustedes.
Mas yo tengo para mí,
Que merece algún respeto
Quien supo morir así.
Es
lo que parece decirnos Borges, aunque esos versos tan “borgesianos”,
sean de Lugones. En efecto, una línea de sangre de sus guapos
baja de aquel reo que fue de los soldados de Lavalle, famosos
por “su menosprecio de la muerte”, y que prefirió ser fusilado a
casarse con una mujer “parda, jamona y de yapa, bizca”. (Obras
Poéticas Completas, Madrid, Aguilar, 1053: 943-949). De modo
similar, Asterión opta por la muerte antes que enfrentar las
caras “descoloridas y aplanadas como una mano abierta”, porque
la estampida de la plebe le quita su última esperanza de ser
aceptado, aunque él construya la ilusión de que su linaje real
le impide confundirse con el vulgo. Y ante esa evidencia, sabe
alentar la presunción casi cristiana de un redentor que lo
salve. Hay una idea de trascendencia en ese pobre monstruo,
ausente en el Hijo Mayor, que sin embargo manifiesta creer en un
Dios, cuyo nombre invoca.
No
obstante, es posible otra lectura de la oposición
cobardía-coraje entre Asterión y el Hijo Mayor que sin dudas
plantea Borges. Los lectores conmovidos por el Hijo Mayor- en
cuyo canto hay pasajes hondos y bellos- comprendemos la
confusión y la indecisión de ese chico solo e ignorante metido
en una cárcel. No podemos “decirle” que deje de quejarse y se
mate de una vez.
Tal
vez Borges tampoco los haya opuesto en ese sentido, sino en
otro, que se entrevé en una última coincidencia entre ambos
textos. De ser diverso el sentido, rebatiría también a Martínez
Estrada cuando dice que el Hijo Mayor “no espera nada.” En tal
caso, esperaría algo que desea.
En
efecto, tanto Asterión como el Hijo Mayor aspiran al único
paraíso que cada uno puede concebir, y ambos lo expresan en
forma desiderativa:
Asterión:
Ojalá [mi redentor] me lleve a un lugar con menos galerías y
menos puertas.
El
Hijo Mayor:
¡Qué diera yo por tener
un caballo en que montar
y una pampa en que correr!
O
sea, Borges supondría que ambos deseos son igualmente
esperables. Y que, puesto que el del gaucho es mucho más
halagüeño que el de Asterión, su flojera consistiría en no
elegir, como el otro, sostenerse en la esperanza, en vez de
agobiase y quejarse. Caballos y pampa, había de sobra. Teseo,
uno solo.
Pero esta lectura nos conduce a un terreno ideológico, que hace
parte del mencionado conflicto de Borges con respecto a
Hernández, cuyo análisis, reitero, no cabe en este espacio.
Queda, pues, para quien quiera inferirlo.
Borges también avanza por sobre el símil de Martínez Estrada con
la rueda dantesca. Más angustioso que girar en rueda es recorrer
un espacio donde nada empieza en el mismo sitio donde la rueda
termina, sino en el cual todos los sitios están muchas veces. Y
aun así, Asterión no se lamenta, no arroja lágrimas sino
compadradas. No se rinde, lidia arrogante con su vida miserable
y va a la muerte con júbilo, sólo sostenido por un “ojalá”. No
es un cordero; es un toro y la vez “todo un hombre”.
Pero así como Asterión y el Hijo mayor, en las mismas
circunstancias, se contraponen, el mago que creó el poema
perdurable, que no concibe que ni el ser humano más embrutecido
por la vida no anhele la dicha de leer, y su doble, que hizo de
esa dicha su vida toda, en aquel punto se confunden, y las
palabras de uno resuenan en el otro.
NOTA
1.
El
Martín Fierro ha sido materia, o pretexto, de otro libro
capital: Muerte y transfiguración de Martín Fierro
(México, 1948), de Ezequiel Martínez Estrada. Trátase menos de
una interpretación de los textos que de una recreación; en sus
páginas, un gran poeta que tiene la experiencia de Melville, de
Kafka y de los rusos, vuelve a soñar, enriqueciéndolo de sombra
y de vértigo, el sueño primario de Hernández. Muerte y
transfiguración de Martín Fierro inaugura un nuevo estilo de
crítica del poema gauchesco. Las futuras generaciones hablarán
del Cruz o del Picardía de Martínez Estrada, como ahora hablamos
del Farinata de De Sanctis o del Hamlet de Coleridge. El
“Martín Fierro”, 1953. (OC en colab..
Bs. As, Emecé, 1979: 561) |