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Luis Alberto Angulo: Imágenes del parque - algo más que
una experiencia de la vida
David Cortés Cabán
La
poesía de Luis Alberto Angulo parece estar ordenada por un
pensamiento que busca fijar en el lenguaje poético una imagen
ontológica; una especie de razonamiento de la vida y el tiempo,
del amor y el universo, de la memoria y la escritura. Son éstos
varios de los motivos que configuran la unidad de Imágenes
del parque. Libro claro e intenso, escrito en un lenguaje
que se alza como un oleaje luminoso para señalarnos el horizonte
donde transcurre nuestra cotidianidad: “Somos nuestros
pensamientos / nuestras ideas / estamos hechos de lenguajes / de
palabras / signos y símbolos / los conceptos se apoderan de
nosotros / construimos nuestra identidad dentro de esa esfera de
significados / pero / ¿en verdad es eso lo único que somos?”,
nos dice en un pensamiento que parece intuir no sólo la claridad
ganada a la palabra o ese camino desconocido que constituye el
destino del hombre, sino también ese hallazgo que nos
“aterroriza o ilumina para siempre”. Pues ¿qué es lo que hay
detrás del vacío, en el silencio de la palabra o en la mirada
que intenta aprehender algo más que una experiencia de la vida y
del cuerpo? Creo que otra realidad: “…la mirada de adentro hacia
afuera / y la de afuera hacia adentro se ha extinguido / sólo
quedas tú en medio del olvido”. Es decir, una mirada que posee
una imagen del mundo y una sabiduría que nace de los sentidos.
Por eso, mientras nos adentramos en la materia de este universo,
sentimos “el sonido del cosmos / en la palabra más simple / sin
centro ni contornos”.
La
palabra como esencia fundadora, como sustancia y memoria que
trasciende la vida del poeta, y también como un lugar donde se
traza su condición humana, lo que le rodea, su medio físico, ese
espacio sensible y recóndito que guarece su existencia. Pues la
poesía de Luis Alberto Angulo es una forma de señalar la
transitoriedad de nuestra condición humana: “Uno que se cree uno
y apenas sabe del cero y el infinito / debería ciertamente
hacerse elemental y simple como una piedra / como las piedras
del seco cauce de un río…” Y sentimos sobre la superficie de
esta poesía imágenes que recogen la profunda y silenciosa
humanidad del poeta. Es como si contempláramos un universo cuyos
referentes van señalando el sentido de nuestra propia
existencia: “porque fuego tierra aire / que es donde estamos /
únicamente son instantes / de otro tiempo y otro espacio / que
apenas conocemos”.
Así
es cómo el poeta siente la naturaleza de su poesía: fuerte,
honda y luminosa como luz arrojada sobre el corazón del lector;
una poesía no guiada por caprichos o detalles sentimentales,
sino por la lógica de un pensamiento que refleja una actitud de
compromiso con el lenguaje y el sentido la nuestra existencia.
Como la hermosa imagen del pajarillo (“Un mismo canto”)
cuyo trino permanece nítido y claro en el esplendor de la
infancia como en contraste con la vida del poeta que cambia, que
pasa, que se extingue: “pajarito amarillo y negro / ¿cómo vuelan
las alas / esparcidas sus plumas / por el suelo? / el canto es
el mismo / canto del principio / pero yo soy otro / sin
quererlo”. He aquí estos versos, breves imágenes que custodian
el paisaje de su historia:
en esta soleada mañana
teniendo por testigo
el pino seco de la navidad
un niño lanza su balón
sobre el arco metálico
de sueltas redes
rodeado por una pequeña
caja de madera
el perro ladra
arriba un pájaro solitario
cruza el aterido espacio
y la nostalgia anticipada
de mi partida
se anuda en la garganta.
Poesía que no pretende escamotear el paisaje de la infancia, ése
cuya grata presencia nos hace evocar recuerdos en una sucesión
de imágenes que van cristalizando vivencias y cosas del pasado.
Porque el poeta nos revela los hallazgos de un lenguaje que es
morada y canto que va discerniendo su corazón en la materia
arrebatadora de las palabras. Así es la esencia de las
palabras. Llegan silenciosas antes de que el poeta mismo
escogiera en el mar onduloso del lenguaje, la poesía que le
dicta sus misterios: “tu entrega a lo que haces / tu estar allí
como un tonto / esperando nada / es quizás el comienzo / porque
/ ¿quién te enseña a escribir tus poemas / sino tus propios
poemas?”.
Por
otro lado, la poesía de Luis Alberto Angulo no escapa de la
preocupación de lo que representa el poeta en la sociedad y la
época que le ha tocado vivir. Esto lo lleva a cuestionar su
entorno, la realidad de la vida, las pasiones humanas, y la
misma escritura en ese continuo fluir de las cosas más
elementales, las que sentimos dolorosamente cuando compartimos
la angustia de los otros: “Salidas y retornos / solazan la
mañana / tres millones de cesantes / se imaginan por momentos /
dueños de la historia / los secos compases del cortejo /
alrededor del pistillo / húmedo y adherente / fecundan la flor /
moviendo los estambres / con sus patas”, (“Cesantes”). Lo real,
lo que ocurre en este espacio tan vital al poeta se cristaliza
en imágenes que se superponen para revelarnos la impresión de lo
que permanece: “miras el solar valenciano / y el retratista fija
en tu rostro / la dispersión del mundo…”, dice en estos versos;
o, por ejemplo, “…hay gente que toca mi alma en medio / de la
noche y veo sólo sombras / y mi padre muerto en un lejano /
pueblo de la tierra que recuerdo…” (“la gente me pregunta”); y
estos otros versos que no descartan una dolorosa realidad: “amas
esta ciudad / adoras tu ciudad / vives y mueres / en un lugar /
que no sabe de ti / o te olvida / en un instante” (“la sombra de
una mano”); son versos que rescatan lo más íntimo sin caer en
frívolos sentimentalismos; y, no es que el poeta evoque el
pasado para compararlo con la presente realidad, es simplemente
que esas experiencias se han transformado en imágenes que
marcan, de una u otra forma, la intensidad de este universo
poético.
Hay
que señalar, además, que en algunos temas predomina cierto tono
de filosofía budista. La dedicatoria misma (Al lama, al
dharma y a la sangha), es de por sí una clave indicadora de
la naturaleza que envuelve algunos de estos textos. Esto lo
podemos notar en los poemas que llevan por títulos “lama y
dharma”, “Tantra”, “océano de dicha”, “después de los fractales”
o, por ejemplo, “sin color ni forma”. He aquí una estrofa de
este último: “no turbado por la vigilia ni por el sueño /
limpiar la niebla en la mirada / contemplar la irradiante / y
viva luz que cada cosa emite / oír el sonido del cosmos / la
palabra más simple / sin centro ni contornos”. Estos poemas nos
acercan a una mística que vincula al poeta con el pensamiento y
la filosofía budista. Otros, como “li po 2001”, “un zapato solo”
(dedicado al poeta Teófilo Tortolero), son en sí mismos una
especie de homenaje a estos creadores de mundos tan diversos y
tan representativos de su tiempo; y otros (“art 3”, “poeta y
arroyo”, “laboratorio de poesía” y “de qué se acusa al poeta”)
son un reconocimiento al poeta como un hacedor de mundos donde
las palabras más simples o las situaciones más triviales se
transforman adquiriendo de pronto un esplendor que nos descubre
la más profunda y sorprendente realidad. Son poemas que
muestran los rasgos definidores de esta poesía, exploran el
sentido mismo de la escritura y justifican el oficio del poeta:
“… ¿de qué se acusa al poeta cuando el poeta acusa? ¿de ser él,
o por el contrario, de no serlo? ¿de aceptar un papel que le es
insoportable, o, simplemente, de no querer tener papel alguno
como títere de nadie?”. Por eso, creo necesario señalar el
sentido aleccionador que produce la lectura de algunos versos:
no eres tan bueno como crees
ni tan malo como muchos aseguran [“no eres tan bueno como
crees”]
como un espejo contémplate en el otro
cuelga tu lástima y apego [“flor’s”]
toda escritura es la apuesta azarosa
entre el silencio salvador
y la afección retórica [“arte de borrar”]
quédate en ti como la flor
que no pregunta
y más allá y más acá del tiempo
es plena [“nada que conseguir”]
En
suma, toda esta concepción de mundo, imaginería y matices que
conforman la temática y los motivos de esta escritura nos da
una visión de la calidad, la importancia y la significación de
Imágenes del parque en la poesía venezolana
contemporánea. Y es bien que sea así por que estamos frente a un
poeta revestido de su propia luz, de esa que en el esencial
paisaje de su obra nos ilumina a todos. |