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Abajo es arriba:
Rielar, de Leticia Herrera Álvarez
Héctor Carreto
“Al
principio, la madriguera era como un túnel que se extendía hacia
delante, pero de pronto torció hacia abajo, tan inopinadamente
que Alicia no tuvo tiempo ni para pensar en detenerse y se
encontró cayendo vertiginosamente por lo que parecía un pozo muy
profundo”. Éste es uno de los párrafos iniciales de Alicia en
el país de las maravillas de Lewis Carrol, sin duda, uno de
los libros que influyeron en el movimiento surrealista de Breton
por su libertad en el discurso y por su imaginación desbordante.
Esto viene a cuenta
por el más reciente título de Leticia Herrera Álvarez,
Rielar, crónica de un relato de novela cuenteada escrita en
forma poética a manera de pinturas literarias muy cercanas al
abstracto, editado por Praxis en una preciosa edición.
Siento comunicarle al lector que, aunque alcance a descifrar el
título y el largo y barroco subtitulo, no tendrá todos los
elementos necesarios para entrar en este libro
inclasificable. Escrito aproximadamente, según palabras de la
autora, de 1981 a 1993, es un libro de estructura abierta, que
se puede leer de principio a fin, como una novela, o eligiendo
los textos al azar.
Si Lewis Carrol
hubiera escrito Rielar, de seguro hubiera comenzado por
el capítulo 51, “El Tren”, ya que, al igual que en Alicia…,
el personaje cae al otro lado por un túnel, y las
acciones se suceden en cámara lenta, por lo que ahí mismo podría
empezar al aventura de Rielar, la del viaje hacia
delante, hacia atrás y a los costados, pero sobre todo en
sentido vertical, hacia arriba y hacia abajo; hacia lo alto
volando suavemente, a veces flotando, como en los lienzos de
Chagall, o maniobrando las alas, como en aquella travesía con la
bandada de patos, en otra referencia a las artes visuales, que
más bien es una especie de homenaje o interpretación poética de
los cuados de Escher:
“Junto a ellos
giraba otra cinta donde los patos aparecían más pequeños, tal
vez a mayor distancia de la tierra, pero, de igual manera,
despatarrados y estáticos.”
O el ascenso que se
da, simplemente, paso a paso, hasta alcanzar la cumbre donde la
mirada puede abarcar, de golpe, a los seis planetas restantes,
El descenso, por su
parte, no significa caída moralmente hablando; por eso a Dios
lo podríamos hallar abajo, como le sucede al jefe cautivo de la
tribu atea, quien encuentra a Dios en las profundidades de un
lago. Entonces abajo puede ser arriba, y viceversa, como nos lo
sugiere, en el capítulo 7, “Al despegar”.
“¿Cómo será la
tierra del cielo si el cielo de la tierra es tan hermoso?”
En prácticamente
todos los textos sentimos el peso del sueño, con el malestar de
su atmósfera, con la sintaxis propia del discurso onírico y,
claro, son recurrentes las estancias abandonadas, los peldaños
donde no cabe el pie completo, las reuniones de personas que
siempre se dan en torno a un rito, trátese de un bautizo, de una
fiesta de vecinos, de una danza o de algún otro rito de
iniciación. Tampoco podría faltar el agua en sus más diversas
manifestaciones.
Sin embargo, a
pesar de esas imágenes que funcionan oníricamente como símbolos,
Leticia Herrera despoja a sus personajes de datos o pistas
psicológicas que puedan interpretarse clínicamente, En este
sentido, el yo y los demás seres son insondables, son pura y
únicamente literatura, pues Rielar nos da una literatura sin
explicaciones. En este tour no hay guías de turistas, ni
planos de la ciudad, ni taxistas que conozcan cada rincón, ni
conocedores que nos expliquen lo que ocurre en estos espacios.
Al lector que tenga interés por entrar en estas páginas, yo le
recomendaría olvidarse de toda lógica, dejarse caer por el largo
tobogán y estar abierto a vivir lo que vaya encontrándose en el
camino.
Leticia Herrera
Álvarez cincela una prosa impecable, diáfana en su sintaxis,
pero que exige una lectura morosa, atenta, “vertical”.
Finalmente, a pesar de que puede leerse en conjunto como novela,
y en muchos ejemplos aislados, como cuentos, Rielar es uno de
los mejores libros de poesía en prosa que he leído en mucho
tiempo. |