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Hugo
Gutiérrez Vega: toda la poesía del mundo
Alfredo
Fressia
“Entiendo la obra
como un itinerario en el que uno deja constancia por donde
pasa y donde se detiene”, afirmaba el poeta Hugo Gutiérrez
Vega (Guadalajara, Jalisco, 1934) en una entrevista de 2002 a
Marco Antonio Campos. Y agregaba: “Creo que una de las
utilidades que pueden tener mis libros es que pueden verse
como una suerte de guía turístico”. La afirmación tiene
una fuerte carga de ironía y cierta modestia ostensible, pero es
cierto que la obra de Gutiérrez Vega incluye varios itinerarios.
Hay en ella ciertamente un itinerario geográfico, en gran parte
deudor del trabajo como diplomático del autor. Por otro lado,
existe un itinerario vasto de preferencias literarias, donde
domina largamente la influencia de los españoles de la Generación
del ´27 y la poesía inglesa (T.S. Eliot, por ejemplo, es
directamente citado en esta obra). Finalmente, el autor va creando
un itinerario del lado íntimo, de estirpe “becqueriana”
muchas veces, y casi confesional, de la vida misma, como un
material bruto que el poeta transforma sistemáticamente en arte.
Así, entrar en la obra de
Gutiérrez Vega implica conocer mínimamente su biografía, un
“currículum” (“Por favor, su currículum” es el nombre de
uno de sus poemas) que el poeta puede ironizar, pero que en su
obra permanece cargado de significados. Las fichas bio-bibliográficas
suelen indicar que Gutiérrez se formó en derecho en México,
estudió letras inglesas en Michigan, literatura italiana en Roma
y Sociología de la Comunicación en Londres. Ocupó cargos diplomáticos
en Roma, Londres, Madrid, Washington, Grecia, Líbano, Chipre,
Rumania, Moldavia, Irán, Rusia, Brasil y Puerto Rico. Puede
parecer excesivo ―para un currículum y para una obra poética
que da cuenta de semejante recorrido―, pero se debe agregar
aun su trabajo como profesor universitario que lo ha llevado de
Argentina a Noruega. En todo caso, la poesía es el lugar más
fiel en la biografía de Gutiérrez Vega, iniciado con Buscado
amor, de 1965, y que no se ha detenido hasta el presente. Se puede
decir que su obra poética es lo que impide que uno se sienta
abrumado frente a ese “currículum”, del que se excluyen aquí
los libros de ensayos y los premios, diplomas y distinciones
recibidos, a los que el poeta da la dimensión exacta: “El único
que tengo y que me parece realmente importante es uno de la
Royal London Dentists, la organización de dentistas de Londres
que dice: "Al señor Hugo Gutiérrez Vega, por su conducta
valerosa en la silla del dentista", de éste estoy muy
orgulloso”. (Entrevista a Susana Alicia Rosas).
Efectivamente, es evidente
en la actitud existencial del poeta y en su obra la tentativa,
lograda, de separar sus funciones oficiales y académicas del
artista, es decir del poeta pero también del actor Gutiérrez. El
actor de teatro y el poeta ocupan una especie de “contracurrículum”,
un espacio de creatividad y reflexión que incluye la cultura
erudita y libresca, pero también la popular, el cine y sus
referenciales, y la ternura necesaria para acercarse a las
criaturas humildes de sus “Retratos”. Viene ciertamente de ahí
el rechazo que el poeta manifiesta por la metáfora rebuscada y el
hermetismo. Decididamente Valéry y la mayor parte de los
simbolistas no figuran entre las muchas menciones literarias de su
obra. Tres años después de la
masacre de Tlatelolco (ocurrida el 2 de octubre de 1968,
cuando un grupo de jóvenes, en número nunca definido, fue
asesinado por la policía), dice el poeta: “Dijiste que mis
poemas eran pedestres./ Yo aclaré que sólo trataba de contar
cosas/ Y que desde hacía tres años/ eso de recrear la
realidad ya no tenía sentido” (in Desde Inglaterra,
1971). Si el arte es posible después del horror, según la fórmula
de Adorno, debe despojarse, para existir, de todo “metaforeo”,
so pena de condena al ridículo: “Los poetas dijeron versos/
y agitaron sus plumas en el gran salón.// Al día siguiente
varias sirvientas/ lucieron plumas de pavo real/ en sus sombreros
viejos./ Ellas opinan que los recitales son útiles/ a la
República” (Idem).
Gutiérrez no vacila en
llamar a uno de sus libros Poemas para el perro de la carnicería
y algunos homenajes, 1979, e insiste en que escribe con “literalidad”.
Es cierto que algunas veces su lenguaje se vuelve casi sólo
denotativo. Ocurre cuando el poeta, que usa normalmente una frase
sin cortes sintácticos (que pudieran oscurecer el significado),
parece guiar la referencialidad
de su idioma hacia la prosa. El lector puede encontrar en
la obra de Gutiérrez poemas que aceptarían ser pasados al
registro plano de la prosa, es decir, suprimirles la espiral
serpenteante del verso, ese que existe porque incluye por su sola
presencia informaciones nuevas y literalmente sutiles. En cambio,
sus libros contienen algunos espléndidos poemas directamente
“en prosa”, poderosos objetos de lenguaje tocados por el
enigma del significado poético, ese grano de sal en la medusa.
De su vasto itinerario
geográfico el poeta privilegió algunos lugares en su obra,
especialmente España, Inglaterra (y el universo anglosajón en un
plano más vasto), Brasil y Grecia. En todos los casos, México
siempre está obsesivamente presente en esta poesía, cable a
tierra de un viajero en busca de su propio centro. “Mi poesía
y mis libros son de viajes, pero con los pies puestos
―clavados― en la casa de mi infancia”.
En algún momento, pero más
bien por motivos literarios, el poeta “viaja” en el Uruguay y
en un universo literario uruguayo, que resulta universal en
“Leyendo a Onetti en varias noches sin sueño”, 1979, o
redacta, el mismo año, una “Carta a Julio Herrera y Reissig”,
que incluye un soneto dedicado al poeta “Viajero en su torre”.
La memoria del viajero Gutiérrez produce en esa “Carta” un
desliz ―el deslizarse es propio de los recuerdos― y
convoca un inesperado encanto cuando dice: “pasó un año de
destierro inventado en Buenos Aires, esa ciudad que, cuando
los días son claros, puede verse desde la Torre”. Sin duda
desde la Torre de los Panoramas podía “verse” la Buenos Aires
literaria, “Cosmópolis” en Darío, como podía resultar
“visible”, para los poetas de la Torre, la imposible e íntima
París.
Gutiérrez dice: “No
sé más que unas cuantas cosas/ sobre el mundo,/ su estruendo/
y las mil trampas/ de la primavera” (en “Otros poemas”
de 1994). Ese saber del mundo ―dos o tres cosas que el poeta
sabe de él― constituye uno de los itinerarios más
instigadores de esta obra. Y es también un itinerario de
naturaleza ética, porque, creador “moderno”, el poeta sabe
que la primera persona es siempre colectiva: “la primera
persona me preocupa,/ pero sé que no es mía:/ todos somos lo
mismo;/ todo es uno,/ uno es todo,/ cada hombre es, al fin,/ todo
este mundo/ y el mundo/ es un lugar/ desconocido” (in
Cantos de Tomelloso y otros poemas,
1984). El amor, el humor, el distanciamiento y la ironía, todos
estos instrumentos le sirven al poeta para contemplar el mundo,
sus calles, sus misterios, la vida más íntima, los seres
familiares ―compuesto por tantos poetas, homenajeados
varios―, el dolor, el paso del tiempo, el desamparo humano
(y aun animal, en esta obra que contiene un bestiario familiar,
lleno de gatos y algunos perros).
En 2002 el poeta reunió
su poesía completa en una sobria edición a la que llamó
Peregrinaciones, Poesía 1965-2001, en Fondo de Cultura Económica,
México. El libro se abre con una iluminada Introducción del
poeta y crítico Marco Antonio Campos, y se cierra con un diálogo
entre Campos y Gutiérrez. “Luego de la lectura de su
obra se tiene la impresión de que usted ha escrito un solo libro”,
afirma Campos. Si hubiera que elegir en este libro vasto, variado
y único, fuertemente marcado por la biografía autoral y su ética,
es probable que la trilogía “griega” de los noventas
suscitase la unanimidad de la selección. Se trata de los
poemarios Los soles griegos, 1990, Cantos del Despotado de Morea,
1994, y Una estación en Amorgós, 1997. La ironía del poeta se
vuelve ternura frente al paisaje físico y humano, sobrecogedores
ambos, de las islas (un ámbito también brillantemente
frecuentado, en la literatura uruguaya, por la poesía de Teresa
Amy). Ciertos
personajes de Amorgós se incorporan para siempre en la
experiencia del lector (Dimitri el panadero, el médico Stratos,
la prostituta Aretí, el Papa Yorgos). En Cantos... el viaje se
sitúa también en el tiempo histórico, y los poemas se organizan
como en una obra dramática (producto al fin del actor Gutiérrez).
Situados en el momento en que la noticia de la caída de Bizancio
en manos de los Turcos llega al Peloponeso (Morea), la obra toma
la proporción intemporal de la tragedia y del fin de un mundo. El
discurso en que el jefe del Despotado resume la labor de un político
entra sin lugar a dudas en lo mejor de la poesía hispanoamericana
(“Estoy seguro de que nadie me recordará/ y esto significa
que fui un Déspota eficiente (...) No tuve tiempo de ser feliz/ y
así lo consigné en mis poemas más sinceros”). El Déspota,
como el poeta, se incluirá entre los desamparados de este mundo,
que suscitan ternura. Y lo dice Gutiérrez: “De esta manera
compadezco y canonizo a todos los seres pequeños, y de paso me
autocanonizo, pues yo formo parte de ese grupo de pequeños”.
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