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César
Vallejo: al filo del reglamento
Pedro
Granados
Se sube para abajo o se baja para arriba,
constantemente, sobre las calles de Santiago de Chuco. Trazado de
casas a desnivel que ya de por sí explica la factura alegórica
de algunos versos del autor de Trilce;
mas no así, por cierto, el resto de sus posibilidades metafóricas.
Amontonamiento ordenado en cúspide de más de 3,000 metros de
altura, el pueblo de Santiago de Chuco, y tranquilo que pareciera
maqueta de su propio cementerio puesto a orearse entre andrajosos
apus y humildes iglesias. Trompo puesto a rotar en la ingravidez
-incluidas sus desamparadas gentes- apoyado tan sólo en el
monolito de su pequeña plaza de armas. Gordos brochazos de sol
sobre tejas, burros y oferta de afamadas papas negras complementan
la escenografía humana del paisaje -únicamente nuestra- porque
aquel pueblo probablemente no sabe que es el mítico Santiago de
Chuco. Tampoco, pareciera, que allí nació César Vallejo Mendoza
-aunque ahora el blanco de su casa natal destaque entre el blanco
de todas las otras- y que hoy por hoy lo habitan en su mayoría
personas venidas de caseríos vecinos. Oleadas migratorias que
llevaron también a uno de sus hijos a escaparse un buen día a
París; a decir adiós para siempre al burro sensible y a la mujer
estoica que mora entre aquellas escarpadas pendientes: la andina y
dulce Rita de ahora que chatea encandilada con un ubicuo amor de
neón.
Acabamos de visitar Santiago de Chuco, entonces, y
nos cuesta creer que allí haya nacido César Vallejo -un ser tan
heterodoxo en medio de cualquier grey- mucho más incluso que
imaginarnos a García Lorca emergiendo del desierto de Fuente
Vaqueros; pero no se nos ha mezquinado, al visitar su casa, la
intimidad del poeta ni la de su familia. Ellos siguen allí,
alrededor del pozo de agua, al interior del sencillo oratorio y
entre el capulí del patio central y el cuarto de amasar el pan;
hecho todo aquello de adobe, eso sí, como la pasta del corazón
mismo del autor de Los heraldos negros. Lo más destacable en el contexto, además, es
el eco de los juegos que aún impregna todo lo que soportan
aquellas columnas de esmaltado palo de eucalipto. Puertas adentro
sin duda allí se sabía reír, pero puertas afuera -por el puro
pudor de la felicidad- quizá la imagen que transmitía más
inmediatamente aquella unida familia era la de rezar. Y así lo ha
entendido, de este modo unilateral, mucha de la crítica sobre la
vida y obra de nuestro poeta; sobre todo aquélla surgida desde el
mundo culturalmente anglo que tiende a dividir -de modo puritano y
tajante- lo malo de lo bueno, lo correcto de su inalienable
opuesto. No de otra manera es como quizá hemos de entender, por
ejemplo, un significativo artículo académico reciente; se trata
de “César Vallejo y sus espejismos”, firmado por Stephen Hart
y publicado en Romance
Quarterly (49, 2:111-118, 2002).
En este artículo el conocido estudioso inglés se
propone desentrañar algunos supuestos de la vida y obra del autor
de “España, aparta de mí este cáliz”; de algún modo
desmitificar las imágenes que nos hemos hecho del poeta, y a éstas
Hart las denomina “espejismos”. Uno de los que ventila en su
artículo, si no el más importante, al menos el más pertinente a
nuestros fines, es el conectado al rol de Vallejo en la revuelta
callejera que aconteció en Santiago de Chuco el 1 de agosto de
1920 y que costó la vida a dos policías y a Antonio Ciudad,
amigo de la familia Vallejo; aparte del incendio de la casa de la
familia Santa María (donde hoy día funciona un hotelito del
mismo nombre) y el confinamiento de nuestro poeta por ciento doce
días en una cárcel de Trujillo. Ante el peso de lo escrito, el
estudioso inglés -desenmascarando la ideología de El
proceso Vallejo con que su autor, Germán Patrón Candela,
supuestamente pretende demostrar la innegable inocencia del poeta,
y ateniéndose a los partes legales- se anima finalmente por su
fragrante culpabilidad: “es legítimo plantear que la supuesta
inocencia de Vallejo es otro espejismo inventado por críticos que
han yuxtapuesto el hombre y el poeta” (112). Hasta aquí -datos
manejados y lógica expositiva parecen sólidos por parte de Hart-
el discurso legal ensombreciendo implacable al del mito.
Pero
lo más interesante a puntualizar es el paso siguiente en el
razonamiento de este reputado vallejista respecto a lo que
denomina “espejismo de la personalidad de Vallejo tal como se
proyecta en su poesía” (116). En este sentido, basándose en
algunos versos de Trilce
y Poemas humanos donde
se alude reiteradamente, según este mismo estudioso,
al “caso de su
autoproyección despersonalizada [ejemplo: “César Vallejo ha
muerto”]” (116); técnica del doblaje que anima a Hart a
concluir que “Vallejo, con gran lucidez, se veía a sí mismo
como un ser misterioso, un fantasma, en fin, un espejismo”
(117). Es decir, el profesor inglés discrimina tajantemente este
hombre (taimado, culpable y prófugo) del poeta Vallejo. Suponemos
que este tipo de zanjas ayuda, sobre todo a algunos críticos más
que a otros, a orientarse con más comodidad entre anecdotario tan
heterodoxo (nieto de curas o, según Hart, impune incendiario y
asesino) y una poesía de por sí tan compleja como es la del
autor de Trilce. Mas no
todo lo informan los legajos o partes legales, sobre todo en el
Perú, y es preciso tener idea más aproximada de la secular
injusticia y arbitrariedad aquí reinante. No es este el contexto
para entrar en detalles sobre el Caso Vallejo; sin embargo,
queremos rescatar una vez más, aunque sea muy de pasada, el
sentido de la complejidad y entramado de su vida y su obra. Por
ejemplo, en el capítulo “La cárcel” del libro de Ernesto
More, Vallejo, en la
encrucijada del drama peruano (Lima: Bendezú, 1968), no
percibimos para nada, a través de las cartas que el poeta dirige
desde París al que fuera su abogado, Dr. Carlos Godoy, que
Vallejo se halla desentendido o se oculte de su situación legal
en el Perú. Más bien pareciera ser todo lo contrario y, para
tranquilidad del poeta y la de su familia, haber desenbocado
aquello en un positivo colofón: “¨[París, 15 de agosto 1926]
Mi querido doctor: Agradezco a usted mucho su cablegrama y su
atentísima carta en que me dice que no tenga cuidado sobre el
juicio de Santiago de Chuco. Sus noticias han venido a calmar mi
inquietud, pues estaba yo muy atormentado” (83). Entonces,
informados por esta misiva, si Vallejo no regresó al Perú no fue
en primer lugar por temor a su situación legal -a pesar de los
ires y venires de la justicia en el Perú -, sino por otros
factores, adicionales incluso a la desagradable memoria del
calabozo trujillano. Estos
quizá se puedan sintetizar en uno fundamental, y aquí retomamos
de algún modo la crónica de nuestra visita a Santiago de Chuco,
en palabras de Jorge Aguilera Mora: “Vallejo exploró
incansablemente todas las posibilidades trascendentales del estar
aquí, en este mundo, de las ilusiones del sujeto, de los
espejismos de la moral cristiana, de la negación de la esperanza
y de la alegría fundamental de estar vivo” (“Buscar a H: poesía
y posmodernidad”, Hispamérica 1999, 84, 13-22). Es decir, el poeta se apropió -no
sin las tan conocidas carencias- de otros contextos y entornos; no
era un peruano “profesional”, no creí en la vuelta o el
retorno; no era oficiante de esta clase de melancolías. Culpable
o no -u oximorónico en su vida también, mejor- no existían ya
Ithacas que lo reclamaran de modo exclusivo. ¿Cómo iba de volver
a Santiago de Chuco? Metonimia del Perú, aquel pueblo, es desde
antes -y como sin duda hasta ahora mismo- un lugar del que se debe
partir. |