Josep
Maria Sala Valldaura o el latido de la poesía catalana
Maria
Martín Arévalo
La
poesía respira al mundo y te respira a ti. En la medida en que la
cultura se hace biología, uno baila, escucha música o escribe
poemas. Igual que el mundo, que también baila, también tiene
gestos,… por lo que hay una traducción casi biológica en el
propio latir de la poesía, en el latir del corazón, en el del
calendario y el ritmo de las cosas. La poesía ayuda a respirar al
mundo por lo que no es sólo cultura, sino biología. Está en el
cerebelo rectilíneo desde hace siglos… Bueno, si esto no es
cierto desde el punto de vista racional, debería serlo. Poéticamente,
para mi, es cierto.
[Josep Maria Sala Valldaura en Crític i amant del mon]
Experimentador del lenguaje, la forma y el sonido poético
y recuperador de la oralidad, a Josep Maria Sala Valldaura
(Gironella, Barcelona-España,1947), se le puede considerar como
un arquitecto de la lengua, amante y crítico del mundo que le
rodea.
Catedrático de filología hispánica, en Josep
Maria Sala Valldaura se observa la dicotomía lingüística propia
de muchos pueblos mediterráneos de cultura bilingüe y
tradiciones de ancestral arraigo popular e importante acervo
cultural. Nacido en Barcelona y residente en Lleida (Cataluña-
España), su trayectoria literaria se mece entre la creación y la
investigación académica. Como ensayista y crítico destaca en el
estudio del teatro del siglo XVIII y la poesía contemporánea,
labor que desarrolla en lengua castellana; y como creador, abarca
todos los flancos de la poesía, sin escatimar ni en temática, ni
en estilos, ni en público potencial. No en vano, su poesía
infantil recibió, además de otros premios, una mención especial
por parte de la UNESCO. Pero es ahí, cuando la poesía se impone,
cuando la lengua madre surge del yo. Por eso su poesía nace en
catalán.
Josep Maria se enamoró de la lengua de Juan Ramón
Jiménez escuchando al médico de su aldea leer Platero y yo. Tenía 9 años y un burro. Ahí creó el poeta su
particular paralelismo con la novela y decidió que aprendería
esa lengua, ajena hasta ese momento a su entorno familiar. Ahora
enseña literatura hispánica en la Universidad de Lleida.
La poesía de Josep Maria Sala Valldaura emerge en
1975 con Mitoclàstia,
desde entonces ha publicado una docena de títulos. Con En
aquest dau del foc consiguió el Premio Cavall Verd de poesía
en 1987 y con Tren de
paraules y Disfresses obtuvo la mención especial de la UNESCO para la
literatura catalana en la Feria Internacional del Libro de Bolonia
y el Premio de la Crítica Serra d’Or de literatura infantil y
juvenil, respectivamente. Escritor incansable, dos de sus
poemarios más recientes duermen en el cajón de su mesa de
despacho el sueño de los justos que imponen los criterios
economicistas del mercado editorial.
Como él mismo afirma, su obra ha evolucionado
“como una especie de espiral” que parte de la observación.
“Vivo de mirar y escuchar el mundo y es de ahí de donde nace mi
poesía”, asegura, “es ese, para mi, el trabajo del poeta”.
Por eso su obra se mueve en todos los registros, desde la poesía
infantil de poemas como “Cançó de niu”, hasta el sonoro
erotismo de “Havent partit, glavi o espasa…”, donde catalán
y castellano se entremezclan a ritmo de un coito inspirado en los
versos de Oliverio Girando.
En su particular y esquizofrénica relación con el
mundo al que critica y ama, odia y admira, es dónde el autor ve
el origen de su poesía, “en el divorcio entre tus deseos y la
realidad, entre lo que eres y te gustaría ser, entre lo que es el
mundo y lo que te gustaría que fuese”.
Amante de la sonoridad y los juegos fonéticos, Sala
Valldaura ve la poesía como una partitura de música en la que es
el sonido quien lleva al poema. Aunque la lengua sea en ocasiones
una limitación en cuanto al significado, el autor considera que
la función mágica de la poesía radica en que “el significante
se carga de significados por el ritmo interno del poema”.
Dedicado a la enseñanza y marcado por el nacimiento
de sus hijas, Josep Maria Sala
se atrevió también a investigar con los niños y crear
poesía para ellos. Se confiesa fascinado por las preguntas de los
más pequeños, “esas que no tienen respuesta en un mundo de
adultos”. La única dificultad de este campo es, según su
experiencia, que un niño no entiende poesía sin rima por lo que
se apresura a brindarles un juego de peripecias rítmicas donde,
como en “Conjuro para que mi padre no se enfade” o
“Preguntes”, es la magia de las palabras la que da respuesta a
las preocupaciones infantiles.
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