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Manuel
Ruano en la nave de los locos
Eduardo
Chirinos
A mediados del siglo XVI, Pieter Brueghel se hallaba en el mejor
momento de su carrera creativa. Instalado en Amberes, entonces una
próspera ciudad de los Países Bajos, su obra era codiciada por
coleccionistas y hombres de letras, entre los cuales se hallaba el
Emperador Rudolf II.
¿Cuáles eran razones del éxito de Brueghel ?
Basta dar una ojeada a sus pinturas y a sus grabados para
comprender que estas razones no deben diferir mucho de las que
podría ofrecer un admirador del arte contemporáneo. Para muchos
es una evidencia : Brueghel y su maestro El Bosco están más
cerca de nuestra sensibilidad que el Veronés o Rubens. Sea porque
la obra de los primeros está más cerca de la alegoría medieval
(tan del gusto de nuestra época), sea porque el surrealismo ha
permitido una relectura de su imaginería fantástica, debemos
reconocer que Brueghel y El Bosco fueron portadores de un espíritu
que de algún modo encuentra correspondidas con el arte contemporáneo.
En un libro polémico que a muchos les parecerá
extraído de una biblioteca de ciencia ficción, Umberto Eco,
Furio Colombo, Francesco Alberoni y Giuseppe Saco lanzan
sugestivas hipótesis sobre nuestra época como "una nueva
Edad Media". (La nueva Edad Media, Madrid, Alianza,
1990.) No especularé sobre las conclusiones del libro ; me
interesa, en todo caso, observar cómo la atracción de los
creadores actuales hacia temas y motivos procedentes de la Edad
Media los conduce a una operatividad creativa que reproduce
inversamente la de los artistas medievales. Un buen ejemplo de
esto lo ofrece el libro Mirada de Brueghel, del poeta
argentino Manuel Ruano.
La propuesta del poemario está
explícita desde el título. Mirada de Brueghel plantea un imposible lógico : ver
el mundo con los ojos de un pintor visionario del siglo XVI, un
hombre que -como señala Karel Van Mander en una cita inicial-
"era tranquilo y reservado", pero que, "infundía
temor a la gente con algún espectro que hacía aparecer o con
ruidos de misteriosas cadenas producidos por él no se sabe cómo...".
Hombre contradictorio que, a pesar de su celebridad, no dejó de
ver el mundo como lo requería la imaginación naturalista del Gótico
Tardío : oscuro, perverso y totalmente agobiado por el
discurso religioso que encendía las más alucinadas pasiones :
"A esta época le salen plumas, no sueños./ Cacarea el
huevo, no la gallina./ De la boca de un descomunal pez podrido, /
aparece un filólogo, un sacamuelas, / un loco, un cazador de
bestiarios, / y una interminable caravana de esqueletos."
A nadie le quepa duda de que se trata de
nuestra época. Ruano la describe con los ojos de Brueghel, pero
sin abandonar su propio imaginario : aquel que él mismo se
confiere al marginarse del "gran atracón" donde se
revuelven clowns, reyes, rufianes y ladrones. Injusticia
alegorizada en el proverbio "el pez grande se come al
chico", brillantemente interpretado por el artista holandés.
En este punto es importante señalar que, más
allá del diálogo entre el pintor europeo del XVI y un poeta
hispanoamericano del XX, se produce la devolución de una
operatividad creativa. Se sabe que las fuentes de inspiración de
Brueghel (descontando el magisterio de El Bosco) eran básicamente
escritas : sermones, proverbios, dichos religiosos y
populares, almanaques cristianos y profanos fueron convertidos por
Brueghel en materia de reelaboración plástica, del mismo modo
que las Danzas de la Muerte llevaron a Holbein a fijarlas para
siempre en la memoria de los hombres. En este libro (y sospecho
que en toda la obra de Manuel Ruano) se produce el fenómeno
inverso : el bestiario, la nave de los locos, las danzas
festivas, la Torre de Babel y otros elementos provenientes del
imaginario plástico medieval son transformado en parábolas
verbales, vale decir en poemas.
En una conversación personal (Ruano me
disculpará la infidencia) el poeta explicó su atracción por la
plástica por una cuestión genética : su padre y muchos de
sus antepasados fueron pintores. No interesa tanto el dato filial
como el apego a una manera de ver que exalta lo que Octavio
Paz llamó "los privilegio de la vista". Poeta visual y
a la vez reflexivo, Ruano es un culturalista sin alarde, un
vagabundo cuya heterodoxia alimenta sus poemas pequeños cuadros
donde la modernidad nos hace retroceder (o avanzar, nunca se sabe)
al medioevo : "...más allá, dentro de la bodega, / hay
un rey glotón que juega con las muchachas del lugar, / y canta a
voz en cuello los cantos del buen amor, / entre toneles de vino
muy añejo."
En el ensayo que da inicio al volumen La
nueva Edad Media, titulado significativamente "La Edad
Media ha comenzado ya", Umberto Eco sugiere algunos paralelos
culturales y artísticos entre nuestra época y el medioevo :
el arte como bricolage, el gusto por la colección y el
inventario, las citas múltiples y los centones, el collage
que la cultura "docta" realiza con los restos de la
cultura "pasada". Sin proponérselo, Eco señala algunas
de las características que definen un sector representativo de la
poesía hispanoamericana escrita en los últimos treinta años. A
esta estirpe transnacional pertenece Mirada de Brueghel,
donde Ruano se las arregla para hacer intervenir a un concierto de
pintores (inventario que va desde El Bosco y Tintoretto hasta Van
Gogh y Klee), músicos (Mozart), cineastas (Medies, Bergman),
personajes históricos y, claro, poetas (Trakl, Villon, Borges,
Vallejo, Pound, Milozs, Rimbaud), recitando cada uno su propio
libreto en una particularísima Nave de los Locos que hincha sus
velas rumbo a la muerte.
Si algún día la vemos navegar por nuestras costas habrá que
estar atentos. Quizás escuchemos a Manuel Ruano "cantar a
voz en cuello los cantos del buen amor, / entre toneles de vino
muy añejo".
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