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William
Osuna: no es el infierno, es la calle
Héctor
Seijas
La escritura de
William Osuna es poesía fundacional. Palabra quemante. Tránsito por vía contraria de la
calle. Épica cotidiana. Lugar común del hombre. Palabra
rescatada de un gran éxodo. Poesía de reminiscencias bíblicas:
el poeta, en tierras ferrosas, lanza profecías, oraciones,
salmos. Épica que concierne. El hombre profiere conjuros, ante el
río maleado de la entrañable ciudad: experimenta la calle, la
sufre, le da forma en su cantar de juglar que apuesta a la palabra
en el tiempo. La ruta del gran éxodo que el poeta cumple como
hombre de su tiempo y su pueblo. La suya es poesía escrita en el
mapa de tuberías y asfalto. Es, en la poesía venezolana: lugar
de confluencias, de registros que dialogan en el espacio del
poema, desde lo particular a lo universal.
Sus primeros libros: Mas
si yo fuese poeta, un buen poeta (1978) y Estos 81 (1978),
aparecen en medio de circunstancias históricas dignas de reseñar
en este intervalo crítico. Durante la década de los años setenta y principio de los
ochenta, la época de la Gran Venezuela, el país vivió una gran
borrachera, especialmente de güisqui importado —los derivados
adictivos, vía gang Cisneros-Pérez, iniciaban en estos
predios su meteórica influencia nefasta y masiva; el país, como
por arte de magia, recibía, en cantidades torrenciales, dólares
provenientes de los sangrientos negocios de la Guerra del Golfo.
Coincide este momento deslumbrante de consumismo y derroche, con
las fraudulentas nacionalizaciones del petróleo y el hierro,
llevadas a cabo por una secta de agentes interventores que hasta
el presente perturba la evolución de nuestro devenir y la puesta
al día de nuestra sociedad respecto a las primeras necesidades
del hombre.
Un fenómeno peculiar
subvierte el orden del imaginario colectivo marcado desde los orígenes
de la Capitanía General de Venezuela por el desarraigo: vastos
sectores de la población resultan objeto de una estrategia cuyo
correlato se manifiesta de un modo extremadamente enajenado y
enajenante. Las mentes oscuras de la Gran
Venezuela, desde los decorados del bodeville anti
castrista, conciben, entre otras formas alienadas de la identidad
nacional, el recurso de las misses, mientras ingentes sumas
de petrodólares vía Golfo Pérsico-Caracas-Miami se fugan del país,
convertido, para colmo, en una inmensa lavadora de narcodólares.
El poeta increpa en su oración frente a los muros de la patria:
Santa Venezuela
no tengo nada que
obsequiarte a ti, patrona de la
mierdofilia
Sólo yelmos y arcabuces reventados
Uñas lilas
Años terribles
Santa Venezuela
En este, tu santo sepulcro
Arrimo a tus pies la oscilante caja de fósforos
—manto de los erizos—
Y de mi lengua sin pelos
Santa Venezuela
Santa Venezuela
(EDAD, fragmento)
El país se convierte en un
gran burdel al mejor estilo anterior a la caída de Batista en
Cuba. Surge
otra casta de nuevos ricos que se suma a las anteriores castas
surgidas de la historia de la corrupción en Venezuela, la misma
historia que le corresponde en justicia a la oligarquía
venezolana; historia compartida con sectores recalcitrantes de la
sociedad norteamericana y de la oligarquía colombiana, asociadas
para los efectos de la estrategia de ruina y deterioro ético,
material y espiritual que se cierne sobre el país bajo el primer
reinado bufo —1973-1978— del mencionado gang.
La policía política del
gobierno entreguista presidido por Carlos Andrés Pérez,
integrada por cuadros surgidos de la gusanera batistiana, se
encarga de finiquitar cuentas pendientes con la subversión
iniciada a partir del gobierno de Rómulo Betancourt, colaborador
del Pentágono.
Intelectuales, artistas, escritores y demás derivados
inorgánicos, devienen protagonistas, víctimas y voceros de una
derrota política y militar, evidente en el repliegue de los
grupos alzados en armas en contra de la penetración imperial,
cuyo correlato doméstico desemboca en la comedia de la democracia
representativa inaugurada a raíz del derrocamiento de Pérez Jiménez
el año 1958.
El repliegue “táctico”
asumido por la guerrilla venezolana en las postrimerías de los años
sesenta, el retorno a la “legalidad”, la incorporación al
sistema que se pretendía transformar radicalmente, la apatía, el
pesimismo y en algunos casos la simple y pura traición,
representan sólo indicios de una derrota mucho más profunda,
manifiesta en la manera en que buena parte de esa intelectualidad,
asume, abruptamente, posturas histriónicas, viciosamente
existencialistas: los muy vivos se hacen los místicos y los
idiotas ingresan a las academias. Se
trata de una crisis de la intelectualidad venezolana, o de un
reconocido sector, a quien conviene aplicar las definiciones
suscritas por Julien Benda en su obra: La traición de los
intelectuales. Una crisis que alcanza dimensiones dignas de un
análisis particular y que perdura en nuestros días, manifiesta
en una variedad de medias tintas y extremos fascistas. Y es que en
Venezuela, se opera un fenómeno de incoherencia ideológica, ética,
y elemental falta de lógica, de parte de seudo líderes
emergentes de esta izquierda abochornada, quienes
asumen de caraduras, por confort y comodidad, en posiciones
diametralmente opuestas a sus convicciones iniciales. Nunca como
ahora se había visto caer unas tras otras las máscaras que
ocultaban la realidad. El letargo hipnótico que se apoderó del
país durante cuarenta años –lo que duró el más reciente
pacto de la oligarquía y las corporaciones multinacionales- se
desvanece delante de nosotros y vemos lo que antes no veíamos:
crece la conciencia política de vastos sectores que reconocen las
estructuras de dominación bajo las cuales se ha sucedido una
porción de tiempo marcado por el delirio de la manipulación mediática
colectiva y la destrucción de nuestra propia imagen histórica.
Ante el saqueo de las
riquezas patrimoniales, culturales y espirituales, urgente se
plantea la refundación por la palabra. Al poeta le corresponde, como primordial rumbo ético,
llegar a la Revolución por la vía de la poesía, más allá del vademécum
marxista y de los manuales de sociología política. Así lo
plantea el venezolano Víctor Valera Mora.
Ético es el paso del poeta en la tierra
pero no de quien se lleva el índice a los labios
sino en lo tremendo y deslumbrante
de la libertad y de la revuelta
(OFICIO DE POETA, fragmento)
A lo largo del siglo XX, América Latina corre la suerte de
cada uno de los países que integran este vasto territorio donde
la miseria tiene señorío. Los poetas Otto René Castillo, en
Guatemala, Javier Heraud, en Perú, caen en pie de lucha, tal como
José Martí, en la defensa de sus respectivas soberanías
nacionales. La acción revolucionaria se impone como orden del día.
En Venezuela, los poetas Luis José Bonilla y Eduardo Sifontes, El
Poetica, asumen la poesía por el camino de la Revolución y
pagan el precio pautado por los secuaces del Imperio. Por el
camino ético de la Revolución la poesía deviene acción, las
palabras, según reza la profecía martiana: guerreros yertos
bajo capas de geológica ceniza.
Para William Osuna el tiempo
no es una invención de los relojeros. El tiempo es para el
ciudadano William Osuna esencia, cualidad, tragedia, drama, crónica
del gran éxodo, conjunción de circunstancias verbales.
Circunscripción de las formas. Conjunción y a la vez crítica de
las formas. La palabra como acción y como acto deviene parodia de
las formas aristotélicas, vale decir occidentales.
El hombre que pertenece a su
tiempo y a su pueblo es quien profiere y profesa la sentencia del
oráculo, no la Esfigie que interroga, misteriosa, hermética,
sino el hombre, quien vislumbra la cifra de su tarot, quien se
interroga a sí mismo.
La ciudad es el espacio
fundacional, lugar de conjuros. El misterio que encierra la ciudad se vislumbra
mediante la cábala que propicia la metáfora. Pero esta metáfora
resulta a un tiempo interrogada y cuestionada en la medida en que
la indagación de ese espacio ritual que encierra y preserva la
ciudad, expone y manifiesta la necesidad de alcanzar una forma,
apropiada al hombre que funda su espacio.
Interroga el poeta, quien se
declara natural de la Ciudad de Santiago de León de Caracas,
Santa Rosalía, Los Rosales, parroquia de cines, bares y escuelas,
entre ellas la Escuela Gran Colombia, uno de los lugares de su
infancia. El poeta, es decir, el
hombre, ama, sufre y comparte el destino paradójico de las aguas,
las de su río, las de su vida, solidario con sus lugares y
solidario con los suyos:
No se parece (El Guaire) a los ríos
de don Jorge Manrique.
La mar océano no lo soporta; respecto a
él filosofa como un sabio chino:
“Un río que no sabe morir es un golfo”
¿Quién lo maleó?
( EPOPEYA DEL GUAIRE, fragmento)
El hombre que interroga de
cara al río que cruza el laberinto de tuberías y asfalto, es el
hombre transfigurado en la comprobación del paisaje. Las características, las
señales, ofrecidas como claves de la constatación del tránsito
por aquellos parajes, son las huellas de un ser degradado,
materialmente sujeto de afrentas y espiritualmente obligado a
restablecer una mitología esencial que da cuenta del tránsito
del poeta, su experiencia política y estética. Un poco de Marx,
un poco de Sartre, avant la letre.
La respuesta es unánime y efectiva, se trata de la palabra
en acción, entre cuyas cualidades destaca la irreverencia, en el
sentido de la profanación, la subversión de códigos: símbolos
desencajados de sus marcos
tradicionales.
Para sacarnos el paisaje nos
lanzaron
Ocurrentes panes,
Papeles, tizones y las marcas de quien elige y necesita dueño.
No pregunte ni pida razones el hombre que de las palabras
Baja el abanico y
coloca alfombras
Para que pise su señor.
(De SAN JOSÉ BLUES 1923...)
La poesía de William Osuna
no aspira ser un catálogo universal de las piedras, los vientos,
los lagos y demás criaturas que habitan cada
parcela del universo; enumeraciones que Jorge Luis Borges
detestaba, en busca de la deseada por él, utopía que se cumple
entre el acto y la palabra, en evidente oposición de Borges ante
la obra de Neruda, ampulosa, de ritmos siderales; la enumeración
de los elementos constitutivos del paisaje urbano, para Osuna,
obedece a una conciencia dramática de la ciudad, cuyo fundamento
no es otro que la experiencia (in) mediata. Experiencia dramática
emparentada en más de un sentido con la propuesta crítica implícita
en la opera social de Bertolt Brech. Basta percatarnos del reparto
de personajes que habitan el espacio de la expresión urgente: El
Desaparecido, los Locaterios (los locos), las 32 momias que han
gobernado el país, El Desalentado, La Desalentada, los
oficinistas, las putas, los chulos de la Mala Calle, el portugués
Joao, los ángeles de la desolación que apuestan al fervor de la
poesía, el político bandido, la aristocracia del barrio, junto
con todo lo que Mario Benedetti define
como poesía de emergencia, cuya apuesta se sintetiza en
referencias, sucesos coyunturales:
Como un poeta de postguerra
que vive entre fachistas,
a quien maldicen amigos desempleados.
(Qué culpa, qué santísima culpa
frente a las oficinas, enseñándome la orilla
de unos zapatos rotos,
bebiéndose el humo de las cafeteras
y el hambre que no deja pan).
Aborrecido en los ascensores.
Malvisto por la prensa
y el panteón de la letra bufa que asiste a los urinarios de la
Plaza Altamira.
(ABRIL
12, fragmento)
La visión heterogénea y
heterodoxa de la ciudad le permite a William Osuna la conjugación
de registros verbales cuya esencia y fortuna son la expresión de modalidades y estilos musicales que comprenden la nostalgia
del tango (Gardel), el grito contestatario del rock (Woostock), la
balada de amor (Elvis, los italianos), el blues (B.B.
King), entre otros, dentro de lo que cabe concebir
como compenetración y parodia que se comprueba principalmente en
la expresión de una conciencia lírica que recurre a la crónica,
a los referentes afectivos de la historia minúscula del hombre,
aquél que recorre las calles y sobrevive a la enajenación
cultural y espiritual que lo asedian al punto de la degradación.
Como se trata de una vocación poética que aspira la
autenticidad de la expresión, existe una tensión dinámica, y,
aunque la frase, muy propia de los manuales de Charles Atlas,
luzca fuera de su contexto muscular y deportivo, esta tensión
mantiene en sus extremos la oposición de ciertos elementos que se
desencadenan en una serie de contradicciones dialécticamente
propuestas: la tensión entre la circunstancia del hombre y la
posibilidad de su expresión; la vida y la muerte,
el nacimiento, el espacio compartido, la calle, el
cementerio: trasuntos del descenso al infierno, tango, al estilo Cambalache-Lepera.
Siglo XX, vivido, sufrido, soñado, desde la periferia del
mundo, desde una ciudad latinoamericana:
el soldado que izó la
bandera en la Moscú del 17
el autorretrato de Van Gogh
el florero de porcelana china
las renuncias a todo
la divina Pavlova
las odas al dictador de turno
la nostalgia del “divino tesoro”
las Beatrices
las Ofelias
las barberas
el siglo de oro
el infierno
el pequeño Larousse.
Dónde está todo aquello
que suponíamos ido y distante
hace un rato.
¿Dónde están?
Están aquí.
(RESURRECCIÓN, fragmento)
Así como en la Iliada las
batallas constituyen el recuento de las víctimas de la guerra, el
canto coral por aquellos que descendieron al Hades o que deambulan
impenitentes sin sepultura, como también lo es el caso de la
tragedia, representada por el Rey Edipo; la épica deviene elegía,
historia de los hombres que participaron en la contienda; desde el
Mahabarata y mucho antes, la guerra es el resultado del
destino de la humanidad que pasa cuenta de sus muertos. El poema
épico se convierte en epitafio, elegía, llanto por los que se
fueron.
El lugar de la elegía en la
poesía de William Osuna representa un territorio compartido con
los poetas epigramáticos latinos: Horacio, Marcial, Catulo;
Francisco de Quevedo, la versión jocosa
que éste hace del Infierno: crítica, comedia, burla de la
sociedad y parodia del mundo; la elegía hebrea (kaddish) de Allen
Ginsberg, y, muy especialmente, Edgar Lee Master, el autor de la Balada
de Spoon River. Éste último poeta
recurre a elementos autobiográficos para esculpir los
epitafios de los habitantes de un pueblo, Spoon River, que como el
pueblo de Comala, de Juan Rulfo, es un pueblo habitado por
difuntos. Un cincuenta por ciento -sostiene la viuda de
Edgar Lee Master, Ellen Master-, bien medido, de los epitafios
de Spoon River se refieren a personajes compuestos, para los
cuales el autor no pensó en ningún individuo determinado; son
mosaicos de la vida y el destino que revelan distintas filosofías,
reacciones a puntos de vista, entusiasmos (políticos y estéticos)
y asomos de sátira. Análogamente, William Osuna, construye
personajes, tramas, mediante una particular alquimia que
transfigura tales elementos autobiográficos en historias que
poseen cada una un rostro particular, distanciado de la propia
experiencia individual; distanciamiento crítico, desde la edad de
la infancia, la edad de la familia, la edad de la calle, delgada,
larga, sonora como una flauta, cuyas melodías trazan historias
entonadas desde la ausencia, desde la edad de la ausencia:
MADRE cuando tu cuerpo no da razón
en estos campos de acero
y yo estoy en mi fantasía de empujar
una puerta en la multitud
entre papeles y hojas que van por el aire
y mi noche crece porque voy montado
en mi luna oyendo
las voces de las grandes ciudades
(SAN JOSÉ BLUES 1923,
fragmento)
Te dije que la muerte era
una jalea vaporosa
En el horizonte, que venía montada en un caballo,
Sobre el viento, forrada en unos pantalones de pana
Y una camisa a lo Roy Rogers.
(SAN JOSÉ BLUES 1923)
De aquello no quedó nada
Un espacio vacío/humo/adioses/
Por las estrechas caderas de la vida
Multitudes que el miedo venció
(UN NOMBRE, fragmento)
Vislumbre apocalíptica, cinematográfica. Se trata, en
otras palabras, de escenarios superpuestos, yuxtapuestos. El canto
en este punto se unifica con la mirada, el resultado deviene
perspectiva asimétrica en correspondencia con la versificación
de ritmos asincopados, caribes, mestizos. El canto se conjuga con
la crónica, no obstante, ésta no obedece estrictamente a una
trama discursiva ni a un recuento prolífico del mundo, tal como
lo concibe Neruda, en cuyas aguas bebe William Osuna –sed que no
cesa; sino, que se expande en las aguas de César Vallejo, Pablo
de Rokha, Nicanor Parra, Roque Daltón, Juan Gelman, Jaime
Jaramillo Escobar, y el río local e inagotable de Víctor Valera
Mora. Por lo demás, amado lector, mi semejante, mi hermano,
dejemos que hable este libro: Miré los muros de la patria mía.
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