poemas
LOS
BORRADORES
Sólo tú
estas conmigo en este enorme atardecer enorme de la vida oyendo mis
parábolas
Pablo
de Rokha
A
la manera de dios que no existió nunca pero que alguna vez escribió
a mi lado bajo la lámpara, con la seguridad del que acompaña y
aconseja: apurar el trazo y nunca mirar atrás, aunque se escuchen
gritos, llantos, puteadas y los perros de la muerte se lancen en
ruidosa ofensiva hasta dos líneas más allá, justo cuando el poema
entra en zonas de fronteras y ninguno de los dos se anima a levantar
cabeza.
Renglón
abajo y sin retorno
En
la mano temblorosa de un iluso se corrige el destino: donde dice
muerte debiera decir mujer acalorada que perfuma sus pechos contra
los espejos de la infancia ( y sin embargo ella no viene, no espeja,
ni perfuma, pero ninguno de los dos cree semejantes cosas)
Renglón
aparte y sin retorno
y
una nota al pie aclarando la borrasca: aquí no hay asunto, paisaje,
es el ruido de la memoria que se amontona como las hojas en la punta
de la lengua.
Renglón
aparte y solos,
como
santos quemados los dos cuando la palabra nos abandona.
1.
Cuando
la palabra nos abandona y ninguno de los dos pregunta:
¿por
qué las manos? ¿así frías? sobre la mesa
como
frutos negros caídos por madurez del árbol que se agita.
¿Por
qué las manos?, cuando ninguno así pregunta
la
muerte responde
2.
Entonces
los borradores, tartamudeos, voces que balbucean frente a la
tormenta de cabeza negra empecinada en parecerse a la sombra de dios
que todo lo encima.
Entonces
los borradores, vacilaciones, pueblo abandonado entre los sueños,
musgo resbaloso donde las palabras se diluyen por lluviosa espera.
ENFERMERA
NEGRA
(fragmentos)
Es
difícil cuando ya tantas noches han pasado y uno insiste
con
rasparse la lengua, precipitarse contra la puntuación, la ortografía,
darse forma, imagen, con los siete soles girando sobre la cabeza que
no revela, el corazón que dicta en morse y el poema que va quedando
lejos. Es difícil pero uno insiste porque de eso se trata uno. Yo,
me trato de esa mujer que se pasa las noches como una enfermera
negra contándome los huesos, me trato con tabaco, mate, hijas que
lloran a la sombra de un alero, con este país me trato la muerte
para que no me anestesie
y
a veces lo consigo aunque el poema
es
difícil
las
noches sin
la
cabeza va quedando lejos
y
la lengua
una
piedra de afilar soles.
1.
La
enfermera negra trata con hombres y mujeres.
Vistos
desde el insomnio sus ojos son escalpelos.
Trata
pero no puede. Desea pero no puede.
Lo
que toca se le hace crimen.
2.
La
enfermera siempre escribe poemas en prosa encadenando cuerpos sin
comas: después de vos, viene aquella, el otro.
Entre
el silencio de los que caen y crujen, descubre que tiene voz.
3.
A
la muerte llamo enfermera negra y es el comienzo de un poema que
viene cantado de la memoria. Un coro de viudos que lía tabaco sobre
la mesa pulida por las mangas de la infancia mientras recuerdan a
una virgen limpia y de pie en los escalones del amanecer.
A
la muerte llamo para escribir confiando sólo el origen del grafito,
para presentir -bocanada tras bocanada- la languidez de la flor
amarilla en fondo del tórax, para emboscar al sexo en la humareda,
para frotarme contra los espejos y estallar en islas, para tantear
de vez en cuando la cabeza para no irme con la vida, para enumerar
las cosas que dijo dios y no se cumplen, para darme cuenta que la
enfermera es el reverso de algún milagro.
4.
La
enfermera negra esconde amuletos de mi infancia en el tambor de su
revolver. Besa mi cabeza y dispara. |