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Luz
de cualquiera de los doce meses,
de Alvaro Ojeda
Alfredo
Fressia
Desde el endecasílabo
que da título a este nuevo poemario de Alvaro Ojeda (Montevideo,
1958), la "luz" se presenta indistinta, reducida a su mínima
identidad, sin atibutos, como el hombre de Robert Musil. Es como
si el dodecadenario de los meses, con sus significaciones agrícolas,
astrales, sociales, la sucesión de las estaciones, las muertes y
los renacimientos cesaran de importar frente a esta luz, que es
"cualquiera" y la de siempre. Es también el título del
último poema, que se inscribe en el tema de la muerte, y que
empieza así: "Se deja de vivir por motivos
imperceptibles,/ una figura,/ un
sueño,/ una luz". Y esa luz que puede llevar a la
muerte, o iluminarla, pasa en el poema por el verbo
"ver" que aquí se actualiza en su propia condición
gramatical ("el verbo ver/ el verbo he visto en repetida
sucesión"). El recurso no constituye en absoluto una
mera concesión a ciertos modismos poéticos. Es más bien una
"puesta en abismo" instalada en la creación misma del
sentido, como esas anáforas que componen el poema, de apariencia
centrífuga, pero que vuelven a "la quieta, impasible,
poderosa/ luz de un mes", "una forma de mirar el
crepúsculo" desde la deriva de un río quiroguiano donde
no hay lugar para "el sonido impronunciable/ de la palabra
piedad".
Por otro lado, hay un eco
de desencanto en ese título-verso. Tiene la inflexión de quien
hubiera apostado en las variaciones cíclicas de la luz y se
descubriera frustrado frente a esa luz persistente, de adjetivos
inútiles, igual a sí misma, repetida sub aespecie
aeternitates (y, en la lectura de un latinista como Ojeda, es
útil recordar que la "identidad" se compone de idem,
lo mismo, e iterum, de nuevo, otra vez). Los nombres de las
partes que componen el libro, y que a veces son poemas extensos,
explican en parte la naturaleza de ese desencanto: "Arqueología",
"Historia", "Poesía", "Filosofía",
"Correspondencias", "Estaciones" y "Luz
de cualquiera de los doce meses". Porque lo que se encuentra
en esa especie de revisitación de un programa escolástico es un
mundo desacralizado, lo que incluye la penumbra mental de una
mirada autista, pero también la mención del vaciamiento de todo
mito, la aparente inutilidad de la reflexión filosófica (como si
"la vida/ no fuera desgarro,/ falta,/ descenso,/ mano que
se retrae", "Filosofía") o la fantasía
instalada en el lugar de una imposible Teología: "¿y si Anselmo, Agustín, Irineo o Justino,/ hicieran
de perpetua leyenda fantasía,/ al menos fantasía que endulzara
el estrago/ con la gota del eco difuso de la víspera?".
A cierta altura del poema
"Poesía, III", una primera persona dice: "estoy
casi aguardando que se caiga el misterio/ que se abra la gran
puerta de la interpretación/ y el cielo nada dice". Un
tema recurrente en el pensamiento de Roland Barthes era el de la
relación de la obra literaria con otra cosa ajena a la obra.
"Es más o menos imposible abordar la creación literaria
sin postular la existencia de una relación entre la obra y otra
cosa fuera de la obra". Mientras esa relación era
causal, la obra resultaba un "producto" del que se
buscaban las fuentes, la génesis, el reflejo. Después la idea de
producto dio lugar a la de signo: "la obra sería
el signo de un más allá de ella misma". (El tema es
repetido en Barthes, pero estas citas vienen de Sur Racine,
Seuil, 1963). La poesía de Ojeda surge de la crispación frente a
un mundo cuya trascendencia fue raptada: "la gran puerta
de la interpretación" permanece cerrada frente al
silencio, o al silenciamiento de Dios ("y el cielo nada
dice"). Y todo saber fracasa cuando el mundo es signo de
un más allá que ya no existe, como esas estrellas muertas de las
que provisoriamente llega aún la luz, sin referente, sin su sol
primero, la luz de cualquier mes y cualquier signo, un residuo de
la muerte.
Lo que por cierto no
fracasa es el exacto brillo sombrío de este poemario ineludible.
El equilibrio entre la intuición y la inteligencia, la sabia
coexistencia de elementos cultos y populares, la pensada unidad
del conjunto, a la que contribuye el aliento sostenido del
hablante, esa voz poética siempre reconocible, he ahí algunas de
las características que hacen de esta Luz… (Civiles
iletrados. Maldonado, 2003) uno de los grandes, generosos momentos
de la poesía nacional.
Hasta el presente, la obra
de Alvaro Ojeda incluye Ofrecidos al mago sueño, 1987, En
un brillo del olvido, 1988, Alzheimer, 1992, Los
universos inútiles de Austen Henry Layard, 1996, Substancias
de Calcedonia, 2000. Entre otros premios, obtuvo el de
Cuadernos de Marcha por Una celada para Philip Marlowe, aún
inédito. |