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Sor Juana Inés de la Cruz

Enrique M. Loaeza Tovar

Aquellas cosas que no se pueden decir, es menester decir siquiera que no se pueden decir, para que se entienda que el callar no es no haber qué decir, 
sino no caber en las voces lo mucho que hay que decir

 

Felicito a la prestigiosa Biblioteca Ayacucho, por la idea de recoger bajo el título “Polémica” textos fundamentales de la poetisa, como son entre otros, la Carta Atenagórica y la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz gracias a los que podemos adentrarnos en su personalidad y pensamiento y que cumplen además cabalmente con la Misión Declarada de la Colección Claves de América es decir “llamar la atención acerca de la necesidad de entablar un contacto dinámico entre lo contemporáneo y el pasado a fin de revalorarlo críticamente desde la perspectiva de nuestros días”. Como lo dice Humberto Mata “hace contemporáneos a los clásicos del continente” En efecto, la prueba más elocuente del acierto de la selección reunida en el libro comentado, lo constituyen la actualidad y vigencia de las reflexiones que Sor Juana formuló sobre la condición de la mujer en la segunda mitad del siglo XVII. Pues como bien afirma en su presentación la maestra Mirla  Alcibíades, “la Respuesta a Sor Filotea, ha pasado a estimarse como pieza fundadora de los derechos de la mujer al estudio y a la cultura”.

La aproximación a estos escritos, además de despertar en el lector un sentimiento de profunda admiración por su fina erudición e inteligencia, nos mueven a una entrañable solidaridad, con quien fue capaz de enfrentar el stablishment de su tiempo en defensa de su pasión por el estudio y la lectura.

A nuestro juicio, son varias las formas en que podemos leer la Obra de la Jerónima,  mas todas ellas, a final de cuentas, convergen y se sintetizan en la que se concreta a la entrega y devoción que invariablemente tuvo por la verdad y la libertad.

Juana de Asbaje nace en el caserío de San Miguel Nepantla, no lejos de la capital de la Nueva España en noviembre de 1648, es decir en plena época en que la sociedad colonial regía su vida con base en supuestos valores inmutables y según los dictados de una religiosidad estrictamente vigilada por el Santo Oficio.

Aunque por ella misma sabemos de su precocidad (aprende a leer a los 3 años), en el 2001 un investigador acucioso dio a conocer el primer poema de Sor Juana, escrito cuando sólo tenia ocho años de edad. Se trataba de una loa al Santísimo Sacramento compuesta por 360 versos en náhuatl y en español.

En 1665 entra en Palacio como dama de la virreina Marquesa de Mancera y desde entonces la Corte admiró a Juana Inés por su ingenio y belleza.  Realmente su curiosidad científica universal “su signo y su sino” al decir de Paz, siempre se hizo evidente, y cuando el virrey Mancera la sometió a un examen sin igual en el que intervinieron 40 letrados de todas facultades del que la sacaron triunfante sus escasos años al decir del propio Virrey “a la manera de un galeón real se defendería de pocas chalupas que lo embistieran”.

En 1667, repentinamente y sin manifestar la causa abandona la Corte y unos pocos meses después de cumplir 20 años profesa los votos religiosos e ingresa al Convento de San Jerónimo, en el que permanecerá por el resto de su vida. Se ha escrito que su decisión no obedeció a desilusiones amorosas (sin que debamos descartarlo por completo) ni a la pura devoción, sino a una decisión necesaria llena de angustia. Detrás del disfraz de una devota vocación, escondió el verdadero propósito: la libertad de pensamiento.

Utilizó los hábitos como disfraz para ejercer una vida cortesana que le permitió relacionarse con el mundo exterior, y aún más, entregarse al conocimiento y a la escritura. La totalidad de su producción literaria abarca 211 obras profanas y 267 religiosas.

Será también en el claustro donde se vuelva a enfrentar al poder masculino, en la figura de su confesor, el padre Antonio Núñez de Miranda. Como se sabe, los confesores tenían poder absoluto sobre las monjas, bajo la supuesta vigilancia de su conciencia espiritual. En 1681 en un documento titulado: Carta de la Madre Juana Inés de la Cruz escrita al Reverendo. Antonio Núñez de la Compañía de Jesús, el cual es conocido como Auto Defensa Espiritual o Carta de Monterrey, y que se incluye también en la publicación que comentamos, la monja decide romper con el que durante 34 años fue nada menos que calificador de la Inquisición y responsable, entre otras cosas, de la condenación y censura de libros.

Este valiente acto de la poetisa es uno de los más subversivos, en lugar de obedecer a quien debía potestad y sumisión espiritual, se rebela sin miramientos no sólo contra el confesor, sino también contra el hombre, contra la autoridad eclesiástica –la que por antonomasia era masculina-, con un solo propósito: ser libre de pensar y actuar, es decir, escribir.

Resulta difícil comprender una situación tan paradójica: Sor Juana fue criticada por sus obras profanas y sus relaciones mundanas. Sin embargo, es su única carta teológica la que más provocó el escándalo. No fueron censurados sus poemas de amor a las virreinas, sus comedias de capa y espada o sus sátiras sexuales, sino más bien sus ideas sobre las “finezas de Cristo”.

Este hecho fue de una total subversión a los cánones religiosos en su condición de mujer, monja y literata, frente a la jerarquía eclesiástica, a quien estaba reservada la máxima ocupación religiosa: la teología. Este atrevimiento resultó un caso no sólo inusual, sino insólito, que le acarreará el período más extenuante de crisis y combates.

El entonces obispo de Puebla, Fernández de Santa Cruz, se encargó de publicar el texto, siendo él mismo quien lo bautizó como Carta Atenagórica, y escondido bajo el pseudónimo de Sor Filotea de la Cruz escribe a Sor Juana reprimiendo, entre otras cosas, su dedicación a la literatura profana en lugar de la sagrada.

Sor Juana contesta con la celebre Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, documento que hace las veces de defensa, de alegato, de confesión, de autobiografía y de exposición de ideas. Octavio Paz escribe “se da cuenta de que la atacan sobre todo por ser mujer y de ahí que su defensa se transforme inmediatamente en una defensa de su sexo” porque “la poesía, cualquiera que sea el contenido manifiesto del poema, -añade Paz- es siempre una trasgresión de la racionalidad y la moralidad de la sociedad burguesa”.

Mirar y admirar a Sor Juana es todo uno, pues además de poetisa, es música, matemática y teóloga; y entre sus múltiples inquietudes hay también tanteos y exploraciones, por ejemplo en la acústica, y hasta investigación experimental, como cuando puso a bailar un trompo en harina para estudiar las curvas que describía, o cuando especulaba sobre triángulos de alfileres, y hasta sobre las reacciones del huevo, la mantequilla y el azúcar en el brasero. Seguramente, esta personalidad fue la que provocó en un comentarista la exclamación “fue  mucha mujer esta mujer”.

Escuchemos lo que de ella tiene que decirnos el ilustre mexicano Alfonso Reyes: “Sorprende encontrar en esta mujer una originalidad que trasciende más allá de las modas con que se ha vestido. Sorprende este universo de religión y amor mundano, de ciencia y sentimiento, de coquetería femenina y solicitud maternal, de arrestos y ternuras, de cortesanía y popularismo, de retozo y de gravedad, y hasta una clarísima conciencia de las realidades sociales: América ante el mundo, la esencia de lo mexicano, el contraste del criollo y el peninsular, la incorporación del indio, la libertad del negro, la misión de la mujer, la reforma de la educación. La misma que, a veces, parece –según Reyes- una chica traviesa, una chica que anda en fruslerías, muñecas, “comiditas y matatenas”, otras se nos muestra tocada con el birrete de las facultades; y al fin, luce un halo de santidad”.

Si hacemos contemporánea a esta clásica del barroco novo-hispano será justo entonces verla como precursora no solo de la insignes poetisas, Ibarburu, Storni y Mistral sino igualmente, de todas aquellas mujeres cuya obra es la lucha que libran todos los días en la defensa de sus derechos a la libertad y al saber.

Permítaseme concluir con cuatro versos luminosos compuestos por el gran mexicano Octavio Paz y que se contienen en la Oración Fúnebre que pronunció a los 300 años de la muerte de la monja.

 

Juana Inés de la Cruz, cuando contemplo
las puras luminarias allá arriba, 
no palabras, estrellas deletreo, 
tu discurso son cláusulas de fuego.

Enrique M. Loaeza Tovar es Embajador de México en Venezuela

 

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