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juan antonio vasco

 

Los recuerdos resplandecientes de Juan Antonio Vasco (testimonios)

 

1 ALGUNAS PALABRAS PARA MI PADRE 

Carmen Vasco

Carmen Vasco

El recuerdo más remoto que tengo de mi padre es a orillas del mar.

Me tomaba de las manos y me hacía girar sobre el agua.

Eso era en Venezuela.

A papá en movimiento lo recuerdo también en la Argentina.

Una vez salimos a dar un paseo; él llevaba puesta una campera de cuero suave marrón claro (¿dónde estará?), que me gustaba mucho. Recorrimos el largo pasillo que iba de nuestro departamento a la puerta de calle. Yo tenía unos cuatro años.

Algunas veces papá volvía del trabajo por la noche con su traje gris oscuro; la luz del comedor, donde mamá lo recibía, era tenue; las niñas estábamos ya en la cama. A veces saltábamos a darle un beso, a veces traía unas golosinas para nosotras.

A veces notaba yo que su cansancio era demasiado, o que hablaba con mamá con mucha preocupación.

Por las noches ponía música clásica que me arrullaba desde el comedor, igual que la luz almibarada y suave que llegaba desde allí.

Papá miraba por la ventana de su habitación, sentado en la silla de ruedas, el verde jardín, tesoro de los paisajes que había visto antes. Observaba si el césped necesitaba ayuda en alguna parte; planificaba una cantero de flores a pocos metros de su vista.

Yo, Carmen la Jardinera, quien fuera un personaje en los cuentos del Reino de Pí, aún si algún amiguito se enojaba conmigo, defendía de los embates de una bicicleta al pequeño pino que crecía. Porque papá me lo había pedido.

Miraba y pensaba, pensaba mucho. En las cartas que enviaría y contestaría; en el dinero que nos alcanzaría o no y en cómo lo guardaba en sobres, cada sobre para gastos diferentes; formaba parte de su gran organización.

Miraba los bellos gatos que él quería, acostumbrado por sus hijas y su mujer, a amarlos. Se fijaba en sus movimientos y su forma de actuar. Cuando una de ellos murió, no dejó de comentarles por carta, apenado, a sus amigos, la desaparición de Perlita. Así se llamaba y era de un gris oscuro tan contundente y parejo como el metal. Aludía a ella en las cartas diciendo que había muerto como la dama que había sido.

Algunas veces veíamos en la tele Dos Tipos Audaces, que le gustaba mucho, y también la Pantera Rosa, con nuestro vecino amigo, cuya presencia era fundamental en la alegría de la casa.

Yo le preparaba por las tardes su trago favorito y seguía sus instrucciones, como siempre y sin ningún cuestionamiento, al pie de la letra. El gin transparente y de olor fuerte, el bitter rojo oscuro, hielo, y si no me traiciona la memoria aferrada que me acompaña, también limón.

Por las noches siempre nos contaba cuentos antes de dormir; luego los recogió en un libro. Y mamá nos contaba cuentos también, que no recogió en un libro, pero que acompasaban un ritmo de ternura con los de mi padre. Si mezclo todo como en un gran cocktail, había osos, campesinos, panaderos, arrozales… potes de dulce, reyes buenos.

No me dan ganas de mencionar la parte del dolor, presente como alumno infaltable a su clase: todos los días. Del dolor físico al espiritual, una demoledora combinación de desasosiego, tristeza irreversible, necesidad de ayudar a Vasco, sabiendo que nunca nada sería suficiente para satisfacer alegremente al que ya no iba a curarse.

Papá me decía: “si el cuerpo está enfermo, el alma está enferma”. He pensado en eso muchas veces, mucho tiempo. Y llegué a una conclusión: su alma no estaba enferma, porque siguió trabajando y amando hasta su partida. Tal vez algo entre su psique y su cuerpo (si existiese esta separación que solamente sirve para intentar describir con palabras) fue lo que hizo un cortocircuito silencioso, tan silencioso como existente, pues mi padre lo escuchaba en estas líneas del poema Pasaje de Vuelta, escrito en 1965, mucho antes de enterarnos de su esclerosis múltiple:

“A vos que estás en el cielo de Buenos Aires
si estás
pido coraje y sentimiento
Dame un pan de pasto con su tierra para comer
Dame mi escarapela de sumiso mi garita de enfermo
mi guitarra de ausente
Dame mi guardapolvo de argentino”

Entonces, digamos, simplemente y con el corazón, que me dejó de sí todo: el amor por los ríos y el sol, por mi patria latinoamericana y nuestro idioma español (Me voy / me llevo todo / me voy limpio / hablando en español con mi boca de tierra), por el trabajo, por la amistad, y vamos a usar un lugar común; amor por la vida.

Experto en trinar de pájaros
pájaro delicioso y tierno
me dejaste todo.


Veo
ese árbol de hojas blancas
entramadas de filamentos lechosos
la pulpa de las hojas en la copa
ejercitando el volumen del cuerpo
restallante de calor en este otoño.


Las múltiples móviles silvestres
flores amarillas
que se agitan en el viento.

Oigo
el ave que conversa
entonando cada nota con dulzura
celestial
y amor terreno.

Me dejaste todo.
 
Tengo puesto mi guardapolvo de argentina
Hablo en español con mi boca de tierra.

 

[diciembre de 2004]

 

2 RECUERDOS DE MI PADRE, JUAN ANTONIO VASCO

Clara Vasco

Clara Vasco

Ver a mi padre en silla de ruedas me producía la pena más honda que conozco hasta este momento de mi vida. Pero a pesar de su invalidez, la imagen que yo recibía era la de un hombre activo, fuerte, que tomaba decisiones. Todas las mañanas y todas las tardes se levantaba a trabajar. Lo levantaba en realidad el portero del edificio, un correntino fornido y fidelísimo, con quien papa gustaba de conversar y aprender palabras en guaraní. Bromeaban, a veces, en medio de la difícil operación de pasar el pesado cuerpo de papa, hombre de 1,85 mts., de la cama ortopédica a la silla de ruedas. Luego, ya sentado en su bello y gran escritorio, con un palito de madera en la boca, que tenia un agregado de goma en cada punta, daba vuelta las paginas de libros, diarios, y operaba las teclas de un grabador. Desde esa silla escribía cuentos, ensayos, traducciones, y otras colaboraciones a revistas y diarios argentinos y latinoamericanos. Recuerdo llegar a verlo, abrazarlo y darle un beso, y que me pidiera que le diese una ¨patadita¨. Esto significaba apoyar la rodilla más o menos a la altura de su coxis, a través de la silla de ruedas, y empujar un poquito de manera que él se deslizara levemente hacia adelante. Es que tantas horas en la misma posición le provocaban dolor y molestias, y con la ¨patadita¨se aliviaba por un rato, para seguir trabajando.

Siendo yo un poco más grande, a veces también lo ayudaba en su trabajo. Pasar a maquina una carta que dictaba, rotular carpetas y biblioratos, o alguna otra tarea de oficina. Papá era increíblemente estricto con el orden y llego a tener sus libros guardados como en una biblioteca publica, rotulados, con ficheros donde buscar por tema y autor…

Los recuerdos más gratos … cuando venían los amigos poetas, y los amigos venezolanos (poetas o no). Eso era una fiesta, papá estaba feliz, había empanadas y vino, y la casa se llenaba de música y conversaciones. Papá contaba anécdotas de Venezuela y otras cosas que no recuerdo. El sabía cocinar muy bien, y a veces daba las instrucciones para preparar comidas típicas venezolanas: arepas, pabellón criollo… En esas ocasiones también se tomaba ron, si alguno de los amigos venezolanos había traído una o varias botellas…

Yo había inventado una forma de llamarlo, que a él le gustaba mucho. Le decía “papitín” y creo que le causaba una inmensa ternura. Y él me decía “granito de café” o “carboncito” y también me decía que me había raptado de una tribu de indios “maquiritare”, en Venezuela. En realidad yo nací en Venezuela porque él amaba tanto ese país, que decidió que quería tener un hijo venezolano, y ese hijo resulté ser yo. En vez de “Pedro” … fui Clarita, “la caraqueña”.

En la casa familiar, un departamento en la planta baja, había un jardín. En ese jardín jugábamos con mi hermana y creo que fue un pulmón, una especie de pequeño paraíso para todos. Papa lo adoraba, armado con paciencia por él y mamá, desde el tiempo en que llegaron y era sólo un fondo lleno de escombros y malezas. Su cuarto tenía ventana al jardín. Cuando yo estaba afuera jugando lo veía, y él nos veía también, tal vez un poco abstraído pensando en la palabra exacta para una traducción, o para continuar la escritura de un cuento, o pensaba en el hambre de Latinoamérica, o en cómo hacer para llegar a fin de mes. Justo frente a su ventana había un rústico cantero con flores que estaba creado por sus instrucciones, y cuidado por su atenta mirada. Nunca olvidaré su forma de mirar hacia el jardín, ni su cabeza brillando detrás del vidrio iluminado por el sol.

Mi papá era, además de un papá enfermo que no podía abrazarme o llevarme al colegio, un hombre que transmitía su profundo amor por la vida, que gozaba de recordar tonadas, lugares, de hacer su trabajo, de tener cerca a sus hijas. Él me enseñó mis primeras lecciones de inglés, que luego continuara mi hermana y más tarde el colegio secundario. Él quiso que aprendiera a escribir a máquina, para defenderme en la vida. Estos hechos que parecen un poco banales, sin embargo, fueron los que me permiten hoy tener un buen trabajo y ganar mi subsistencia. Me enseñó muchas otras cosas, difíciles de resumir en unas pocas líneas. Tal vez pueda transmitirlas en este poema.

EL AMOR DEJASTE ESCRITO. PALABRAS PARA MI PADRE

Las hojas de la memoria las tazas de café

cuando tu amor impregnaba la calle French

cl jardín el cantero y el lomo de los gatos

acariciado por tu pensamiento

convertido en brazos, en pierna , en tambor

 

No hay ausencia, estás en el mundo

palabras de aire palabras de fuego

dejaste escritas en la piedra del mundo

dejaste escritas tus mañanas tu perfume de campo

de escuela primaria

de alumno

Dejaste escrita

la pasión de tu cabeza feroz de tu corazón feroz de tu alma

dejaste escrito tu amor en las hojas de los árboles en el níspero

en tus hijas en tu mujer

dejaste escrita tu elegancia de caballero de maestro de hombre

 

Tus abrazos imposibles los mandaste por carta por transatlántico

a tus amigos

a todos nos llegaron tus abrazos así, desde esa silla inmóvil

así, desde la miel de tus cartas sembraste una red

que hoy sostiene las caídas de todos los abismos

 

Cómo hiciste

mi querido

para darme la mano a los 12 años

cuando me escribiste un poema

cómo hiciste para hacerme mujer

desde esa silla, punto fijo en tu habitación con ventana

 

Ya no tengo miedo

todo tiene un sentido

todo vale la pena

me explicaste

la vida es para internarse a fondo en su corriente

no importa cosas se interpongan

el río arrastre maderos, cadáveres, ramas de tormenta

se despeñen las rocas acicateen filos cuchillos

o gárgolas negras

 

Estamos aquí para vivir

estamos aquí para ser lo mejor de nosotros

A tu salud

brindo

[Noviembre-diciembre de 2004]

Depoimentos solicitados a Carmen Vasco e Clara Vasco, filhas de Juan Antonio Vasco, especialmente para este dossiê.

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