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Historia
de [Juan Antonio] Vasco
Ricardo
H. Herrera
“Juan
Antonio Vasco nació en Buenos Aires, parroquia de San Telmo,
calle Bolívar entre Garay y Brasil, en 1924”. [1] Recuerdos
suyos nos lo muestran hacia 1934 vendiendo serpentinas en el
carnaval de Gerli. A los trece años, dice en las mismas páginas,
“funcioné como ese germen de brurócrata que llaman mandadero.
Trabajaba para Bunge y Born, una empresa internacional. Uno
siempre trabaja para una empresa internacional. La única excepción
no fue una empresa sino la pensión para turistas –al cabo una
empresa, pero muy chica- que tenía el abuelo en Chascomús. Y
aunque mi antepasado nació en los Bajos Pirineos, el accidente no
bastaba para calificar de internacional a esa casa de huéspedes.
Me pusieron a llevar las comidas, a traficar servicios en carácter
de operador subordinado. En fin, ya era adolescente y aquel verano
me sirvió como aprendizaje de la tolerancia”. [2]
De
la provincia, donde la madre de Vasco se ha trasladado para poder
sobrellevar su reciente viudez con cuatro hijos a cargo, Vasco no
se moverá hasta después de su adolescencia. Estudia y comienza a
escribir”poemitas en los cuales me ajustaba a las formas españolas
que nos enseñaban en las clases de literatura castellana. Todo
esto sucedía en Chascomús, donde viví tantos años. Quizá por
razones de esa geografía, me fu apegando a los poemas de
Baldomero Fernández Moreno”. [3] Una geografía que en algún
verano, tal vez, incluyó la presencia física del autor de Las
iniciales del misal; ya que en octubre de 1968, invitado por
Rodolfo Alonso para presentar en la Librería Atlántida La
mariposa y la viga, dirá: “Veo venir a Fernández Moreno
caminando abstraído por la calle principal de Chascomús o lo
entreveo por las ventanas del Club Social, jugando al mah jong o
al póquer” [4]
En
1941 Vasco se recibe de maestro rural. “me recibí de maestro
rural y me trasladé a Dolores para dar algunas matrias libres y
terminar el bachillerato. En esa ciudad conocí a Mariluz Luna,
que más tarde fue la esposa de Carlos Latorre. Por esta vía me
vinculè con el surrealismo, porque años después Latorre integró
el grupo de Enrique Molina y Aldo Pellegrini”. [3] Pero aún
falta una década para la experiencia surrealista. Por el momento
trabaja en Gándara como maestro y publica en Chasomús sus
primeros poemas: El ojo de la cerradura (Imprenta Baltar,
Chascomús, 1943). Se trata de veintisiete composiciones de
mediana variedad métrica y formal (romances, romancillos,
sonetos, sonetillos, cuartetos, octavas, coplas y espinelas). Unos
versos de Fernández Moreno podrían ser la síntesis del
conjunto: “Lugareño, anecdótico, crudo, circunstancial,/y su
ritmo, y su buen consonante al final”. En Gándara gana poco y
decide trasladarse a Buenos Aires. Allí visita, en el barrio de
Flores, a su maestro: un Fernández Moreno que alguna vez le dijo
de sí mismo que solía moverse como una palabra más dentro del
lenguaje; y le aconsejó que, como poeta, no se metiera con la
Iglesia o alguna otra institución de las llamadas eternas. [4]
Vasco, que vive en una pensión, estudia humanidades y trabaja
como vidrierista para Palmolive. “Cayeron bajo mi
responsabilidad las vidrieras de las farmacias capitalinas. Eran
clientes –las farmacias- de la compañía dentífrico-jabonera
que más roncaba por aquí. Fui mal recibido, ignorado,
hostilizado, denostado y hasta expulsado de sus locales por
infinitos boticarios porteños. Saqué en conclusión que no
adoraban a mi representada. Los inmarcesibles jaboneros les
inspiraban toda la gama de actitudes contrarias, desde la
animadversión hasta el odio homicida. […] Me sentía un poco
disminuido trajinando al nivel de la calaña cero” [2]
La
segunda publicación de Vasco se produce en el otoño de 1948: Cuatro
poemas con rosas, cuaderno núm. 4 de “El balcón de
madera”, colección de poesía que dirigen Jorge Melazza Muttoni
y Manrique Fernández Moreno. Transcribo la primera pieza del
conjunto, el soneto “Niño”:
No
tomes muy en serio a tu poeta / cuando está con la estrella y con
la rosa, / dueño e la palabra primorosa, / casi ángel de la luz,
casi profeta. // Pero déjale fiel sobre su veta, / hazle dulce la
noche laboriosa, / y que a tu oculto diapasón de esposa / calle
en torno la sombra más discreta. // Espérale paciente en esta
orilla / mientras el corazón de la belleza / palpita los minutos
inmortales. // Y que de vuelta de la maravilla, / madura para el
sueño su cabeza, / se encuentre con tus ojos maternales.
Retengamos
tres elementos de este soneto: primero, la obvia adhesión de su
autor a la retórica del ritmo y de la rima (de la oralidad no
aniquilada aún por la escritura, habría que decir); segundo, la
evidente pertenencia de esta pieza al espíritu sencillista de
Fernández Moreno (“No tomes muy en serio…”); y, tercero, la
mención de la palabra “belleza” ligada a la inmortalidad.
Este último elemento es, en ese año de 1948, particularmente
significativo si tomamos en cuenta que Vasco era vidrierista:
revela una contradicción entre sus ideales, por retóricos que
fueran, y su realidad cotidiana. Ahora bien, esta contradicción,
que pudo haber exacerbado su idealidad hasta límites
insospechados, estaba firmemente sujeta por la leve ironía de la
estética sencillista que condensa la primera línea del soneto:
ese no tomar demasiado enserio su papel de vate. De esa sencillez,
que aún es leve sonrisa, saldrá su humor negro y su corrosiva
ironía. Y saldrá cuando, por contacto con el grupo surrealista,
su mordacidad deje de tenerlo a él mismo como sujeto y,
contraviniendo el consejo de Fernández Moreno, se dirija a las
instituciones llamadas eternas; el trabajo, el matrimonio, el
hogar, la virtud, etcétera.
Estamos
en el año 1950. Vasco comienza a hacer sus primeras experiencias
de escritura automática y Fernández Moreno, que muere ese mismo
año, se pierde de su horizonte. “A mi deslumbramiento
adolescente le sucedió una reacción empequeñecedora. Fernández
Moreno se me hizo tan conservador, en aquel aire politizado de mi
juventud, que preferí relegarlo al olvido, como a una culpa.”
[4] De la experiencia surrealista de Vasco nos quedan varios
testimonios: los poemas que publica en A partir de cero y Letra
y Línea (que recogerá inmediatamente en Cambio de Horario,
su primer libro), y las cinco notas críticas que se conservan en
los números 3 (diciembre 1953/enero 1954) y 4 (julio 1954) de Letra
y Línea. De Cambio de horario digamos, por el momento,
que su título evidencia el reconocimiento de una realidad poética
personal anterior a su adhesión al surrealismo (“Mi primer
libro, Cambio de horario, se llamaba así, creo, porque
testimonió mi traslado desde la tradición española al distrito
francés y mundial del surrealismo) [5] Las notas críticas son
cinco: una elogiosa, pero con reparos, destinada al primer libro
de Ceselli, y cuatro adversas dirigidas a publicaciones de Eduardo
González Lanuza, Silvina Ocampo, Rodolfo Wilcock y César
Rosales. Si comparamos estas críticas con cualquier otra de las
publicadas en esa revista, se verá claramente que Vasco es uno de
los pocos dentro del grupo surrealista que parece no haber perdido
el sentido del humor. No hay ni admoniciones ni condenas al estilo
de Latorre, sino ironía y algunas observaciones relacionadas con
la preceptiva tradicional, a la cual, como hemos visto, Vasco
conocía no sólo de oídas sino por experiencia personal. Ello,
pienso, le da una madurez que le impide caer en la grandilocuencia
del denuesto: sabe que la poesía es caprichosa y que basta
casarse con ella (o creer que uno se ha casado con ella) para
perderla. Así, en 1968, podrá decir de Fernández Moreno: “He
vuelto a él con otra cautela, Me parece que mucho de lo suyo es
simplemente poesía, mal que nos pese a los que demandamos mayor
ferocidad y ensañamiento en la iluminación”. [4]
Esta
expresión, “mayor ferocidad y ensañamiento en la iluminación”
–un poco fuerte tal vez, ya que en él hay energía y violencia
pero no saña-, nos lleva a Cambio de horario (Ediciones
“Letra y Línea”, Buenos Aires, 1954). En efecto, Vasco no fue
violento nada más que en la iluminación. “Una poética de la
mordacidad”, “desaforada semblanza del mundo cotidiano” [6]
ha escrito Adriano González León, una de las tres personas que
se han ocupado con seriedad de la obra de Vasco. Las otras dos son
Juan Calzadilla y Graciela Maturo. En su Proyecciones del
surrealismo en la literatura argentina, anota esta última:
“En (un) imaginismo que lleva el sello de la pasión, del odio,
de la cólera, es donde la poesía de Vasco alcanza sus momentos
de mayor intensidad”. Agrega que la conciencia del existir
individual de Vasco “se liga a una conciencia histórica del
existir colectivo. Y así se ubica (…) como hombre de América
en una actitud negadora y a la vez fáctica; destructiva y
augural”. [7] Este concepto es especialmente atinado e
instructivo pues revela el esquema de la tensión que organiza la
aventura poética de Juan Antonio Vasco, que se puede resumir así:
a) negación de la retórica, incluso de la surrealista, cuando la
aproximación de los elementos que componen la imagen es buscada
para alcanzar un efecto decorativo y no la explorsión de una
verdad soterrada, b) crítica del mundo cotidiano y c)
proferimiento de un renacer que se identifica con la vida del
hombre y la tierra del continente americano.
Cambio
de horario,
entonces, aparece dividido en cinco secciones: en las dos primeras
y las dos últimas (“Los buenos consejos”, “El testigo
ocular”, “La reconstrucción del hecho”, “El amor a
primera vista”) se asienta la crítica, la mordacidad, el humor
negro; en la sección central (“El nuevo continente”) la utopía.
Esta utopía (no lugar) ha ocupado el sitio que en el soneto “Niño
“ antes citado, ocupaba la belleza inmortal. Sólo que ahora ha
desaparecido el humor. Y con justa razón: “Abracemos el destino
de América”, dice Vasco. Y: “Te intimo a que comprndas te
obligo a que bebas de rodillas te sujeto a que mires…” Hay
otro curioso paralelismo con el soneto “Niño”. En aquél
llamaba a los ojos de la esposa “ojos maternales”, en Cambio
de Horario, por su parte, la madre es América: “Yo el último
hijo” dice, “América tiene hijos”, “América desuella a
sus hijos”. Su ámbito poético se ha acrecentado enormemente:
ya no vuelve de la belleza inmortal al encuentro con la esposa
maternal, sino de la crítica de la hodierna vida cotidiana al
encuentro de una tierra madre que lo desampara. La idealidad de la
belleza se ha refugiado en otra forma utópica del amor: la
justicia. Es decir, que la justicia se ha transformado en un
tesoro de poesía y, como tal, no se puede concebir que esté
ligado a la retórica. Vasco ha tocado un núcleo explosivo de la
realidad que no admite ningún tipo de subterfugio, ninguna broma,
ningún elemento decorativo, sino que inclusive amenazará la
posibilidad de la poesía misma.
Antes
de continuar, veamos qué relaciones se están estableciendo entre
el automatismo psíquico y la publicidad, el trabajo de Vasco.
Tenemos, en primer lugar, que la publicidad, junto con el
surrealismo, han contribuido (la primera negativamente o por
reacción, el segundo afirmativa y activamente) al
desenmascaramiento de la cotidianeidad. Ello explica no sólo la
eficacia de la expresión, sino también la aparición de ciertos
temas: “los seres inclinados sobre los muestrarios de un mundo
mejor”, para citar un verso aislado; o “Muchas felicidades”,
para citar un texto entero:
La
joven que va a casarse está acostada en la mesa de operaciones,
rodeada de enfermeras que se cubren el rostro con máscaras de
goma y se hacen señas burlonas con los ojos. Un ayudante maniobra
las palancas que suben y bajan la mesa, poniéndola a la altura de
los ojos de las mujeres, y haciéndola girar un cuarto de círculo,
para que la joven pueda ver las láminas quirúrgicas colgadas en
la pared, en un orden establecido que sería peligroso quebrar.
Ella siente el frío del mármol en la espalda, y en el pecho la
opresión de un gran termómetro, continuamente reemplazado por
las enfermeras. Por la ventana se ve una azotea donde varios
hombres en traje azul de mecánico están colocando un anuncio
luminoso. Ha transcurrido el día. La joven está sola en la sala
de operaciones. Los médicos han olvidado soltarla, y se
entretiene leyendo el anuncio luminoso, que repite una sola frase,
encendiéndose y apagándose: muchas felicidades.
Hay
dos elementos en este texto que me interesa destacar: primero, la
expresión”un orden establecido que serìa peligroso quebrar”
y, segundo, la evidente relación de esa expresión con el anuncio
luminos que repite una sola frase (y que “entretiene”,
enajena, a la novia). He aquí una nueva e insólia crítica a la
retórica del ritmo y de la rima: esta última, parece decirnos
(luego lo dirá sin ninguna mediación simbólica), ampara la retórica
de la publicidad. [8] Ambas buscan no el conocimiento, sino la
persuasión y el hechizo a través de la repetición de un patrón
de sonido. Y sin embargo la oralidad, que la escritura automática
parece negar, se refugia en la narración, en la progresión del
contenido semántico que avanza de manera inequívoca hacia un
blanco, no preestablecido pero sí conocido. Quiero decir, que el
poema, al narrar una historia, persigue, aun de manera
inconsciente, una forma: y que la forma, con toda seguridad, busca
su autonomía y no la mera refracción del caos inconsciente,
busca transmitir un determinado estado del psiquismo que la
voluntad ha aislado para lograr la comunicación. “Así que nada
de historias ningún consuelo ningún símbolo para el asco ningún
pacto secreto…”, dice Vasco en otro poema, y sin embargo, se
ha recurrido a una historia (el poema), a un consuelo (la
mordacidad), a un símbolo (el lenguaje), a un pacto (el
surrealismo) para establecer la comunicación.
Como
vemos, ninguno de los problemas que planteaba Cambio de horario
ha podido ser resuelto: la retórica continúa amenazando la
autenticidad de la expresión, y la utopía exige algo más que
mera adhesión lingüística para convertirse en una verdadera crítica
de la cotidianeidad. A todo esto, después de ese relámpago que
es su actividad en el grupo surrealista, Vasco abandona la
Argentina y se va a Venezuela. “De Chascomús salté a Buenos
Aires, que era el centro de una fogata poética asombrosa. De
entre esos fuegos me fui a Venezuela, en 1954.” [3] Es decir, el
mismo año en que publica sus críticas (o para-críticas, como él
prefería llamar a sus aproximaciones literarias) y su primer
libro de poemas.
“¿Cuál
fue su experiencia en Venezuela?”, le ha preguntado Alberto
Szpunberg a Vasco en un memorable reportaje. Este respondió:
“Al principio, procuré mantenerme al margen de la actividad artística
y abocarme a mi trabajo específico: la publicidad”. [3] El
poeta venezolano Juan Calzadilla dice al respecto: “Vasco vivió
en Venezuela desde 1955 ó 1956 (1954 en realidad) … Había
hecho voto de renuncia a la literatura y decidido abrirse campo en
una profesión libre de toda sospecha literaria, como era la
publicidad. Ya en Caracas, llegó a ser directivo prominente de
una agencia de publicidad transnacional que operaba en el país, y
todo contribuía a prever para él un flamante destino burgués.”
[9] Cedámosle nuevamente la palabra a Vasco: “Regresé a la profesión vendedora en Caracas, mediado el año 1954. De entrada
representé a una imprenta; vendía formularios de todo tipo. Vendía
o no conseguía vender, ya se sabe cómo es la cosa. Pero allá me
recibían los presidentes de las empresas, incluidas algunas de
considerable importancia. Me costaba comprenderlo, porque no conocía
el estilo llano de aquel país. En Buenos Aires las bisagras de
las puertas no eran ni son tan dóciles. Todo estaba más que
estructurado. No se sabía para qué, pero estructurado. Sólo el
presidente del Directorio tenía camello propio. El Presidente de
la Compañía se conformaba con la única jiba de su dromedario.
Después retorné a la publicidad, que había ejercitado en
nuestra capital portuaria como vidrierista, según he dicho.
Editaba ´house organs´ y redactaba textos en una agencia.
Entonces cada operador creativo andaba por su lado, sin que el
bocetista supiera lo que estaba cocinando el literato. Esta
especialización publicitaria me recuperó en Caracas, pero no en
el aposadero de redactor, que era mi fuerte, sino como
representante, ´contacto´o ´account executive´. Alegué mi
impericia en tal destreza, pero la decisión de Alberto Betancourt
era tan inamovible como su sonrisa fraternal. Quedé con una mano
puesta en los avisos de mis clientes y la otra en sus ventas,
porque en el universo mundo el publicitario debe ayudar a que su
cliente cumpla las cuotas. No se trataba, pues, de imaginar ´comerciales´
de TV que pudiesen filmar Abel Gance, Ernst Lubitsch o Franco
Zefirelli. Salíamos al campo de batalla con frecuencia suficiente
para mantener en nuestros oídos el pulso de la plaza. En la
jurisdicción de la cerveza, por ejemplo, cumplìamos con
periodicidad este programa: a) salir con el camión cargado, a las
6 de la mañana, acompañando al chofer-vendedor. Los cajones (las
cajas les llaman allá) de cerveza iban quedando en almacenes,
bares y bebederos de toda suerte; b) por las tardes recorríamos
botillerías para ver qué marcas estaban absorbiendo los
consumidores. Con pocos recesos, esta inspección se prolongaba
hasta la medianoche, abarcando desde los despachos más inocentes
hasta los recintos non sanctos. Siempre nuestra marca en la
mira. Y era inevitable consumir algunas botellas. El merodeo nos
llevaba de vez en cuando a las ferias, ´mercados libres´del trópico,
hormigueantes de sol, color, sudor y algarabía. Una lancha
cargada con Coca-Cola atracaba a la izquierda. Pasan a la derecha
con una carretilla llena de plátanos. Y cerca, los buhoneros, con
la lona tendida bajo la sombra de un árbol para desparramar en
ella sus preseas. En El Tigre le pregunté a un marchante
sedentario quién compraba semejantes potes de laca Helena
Rubinstein, aerosoles de 12 onzas. Haciendo la clásica señal
venezolana que apunta al objeto con los labios cerrados, me
contestó ´esas mujeres´. Sí, tenían el pelo petrificado de ´spray´.
Cabezas donde se juntaban dos mundos, la vida humilde y el consumo
frenético.” [2] Cabezas donde se juntaban dos mundos, la poesía
y la publicidad… Pero no nos dejemos cegar por esta antinomia, más
bien admiremos la vivacidad de la mirada y la honestidad de un
hombre que nos permite entrar en sus contradicciones sin
refugiarse en ninguna coartada.
Si
nos atenemos a las fechas que Vasco le ha puesto en su segunda
edición [10] a sus poemas publicados en 1959, durante el lapso
1955-1959 escribió ocho poemas. Aparte, la afirmación de
Calzadilla, en el sentido de que Vasco había hecho voto de
renuncia a la literatura, es de relativo valor, ya que recién
llegado éste a Venezuela publica, en el Papel Literario de
El Nacional, una nota sobre Gerard de Nerval. [11] habría
que pensar, más bien, en una doble circunstancia: la necesidad
imperiosa de dedicar casi todo el tiempo a su actividad laboral,
para afirmar su posición en el país, sumada a su aislamiento o
desconocimiento de la vida literaria venezolana. En poco tiempo
Vasco pasa, de representar una imprenta, a ocupar un cargo
directivo en McCann-Erikson, una de las agencias publicitarias más
importantes del planeta, y en 1958 se conecta con el grupo de
escritores que se nucleaba en torno a la revista Sardio.
Pero antes de historiar ese encuentro, que tan importante habría
de ser para nuestro poeta, hagámosle un lugar a la naturaleza y
al pueblo de Venezuela.
Ya
vimos recién, en la extensa cita que hice (de un libro suyo que
no tiene nada que ver con la poesía), cómo el lenguaje mudo de
un buhonero es atesorado por la memoria y devuelto a la vida con
una fidelidad plástica insólita; también el paisaje
–“hormigueante de sol, color, sudor y algarabía”- nos llega
como una isla salpicada por el mar del trópico. Venezuela es para
Vasco el descubrimiento de América, de una América
deslumbrantemente bella pero también paupérrima. “Un país de
esplendorosa piel de botella / pasa desnudo como una mujer…”,
pero los hijos de esta mujer, son “los súbditos del hambre.”
[10] Y es también un descubrimiento, o redescubrimiento (si el
lector está de acuerdo conmigo en valorizar la experiencia
sencillista de Vasco) de la lengua española. Es como si dijéramos
que Vasco está mareado por la belleza del paisaje y embriagado
por el sabor de las palabras, por las tonadas. He aquí la prueba
de fuego para saber si un poeta es tal: la forma en que saborea el
lenguaje. En las antípodas de Octavio Armand –por poner un
ejemplo citado por el propio Vasco-, que llega a decir desde su
exilio indeseado: “Me llamo Traducido / hablo en lengua hervida
/ para que me comprendan todos”; [1] nuestro poeta afirma: “se
me da sonrisa y se me da palabra / sabrosa / en español.” [10]
Este sabor, ya lo veremos, es la contrapartida del hambre; porque
si Venezuela es el descubrimiento de la madre naturaleza y el
redescubrimiento de la lengua madre, es también el encuentro con
el hambre.
Veamos,
a través de un pasaje del cuento inédito Recuerdos con una
pierna ulcerada, qué efectos produce en la mente que la
nombra esta rara amalgama, el esplendor hambriento (dicho sea
entre paréntesis, Vasco es poeta de la physis, physiólogo, pero
también patafísico, esa ciencia que estudia lo que está más
allá de la metafísica, en este caso la idealidad de la belleza
clásica): “Los ranchos parecían brotados de la arena. Lo que
los cumaneses hicieron fue pintarlos de violeta combinado con
amarillo, verde delirante, rojo, que parecía la parte de adentro
del cuerpo, vos me entendés, o, si hablamos de hombres, un
machetazo en el muslo. Y pintaban de color negro como araña, con
rayas amarillas le escribían títulos en el adobe o en la chapa
de zinc; decía por ejemplo Salón de Velleza Vety; el letrero
‘Velleza’ con una enorme V mayúscula; un descompás ortográfico,
estremecimiento lingüístico te hacía saltar el pedazo de
mosaico que tenés en el cráneo con la palabra Belleza
correctamente anotada; saltaba, como te digo, a veinte o treinta
metros por el aire y te quedaba un agujero, se te iba llenando
poco a poco de arena y de adentro salían dos ojitos negros de
cangrejito que se volvían a meter en tu cabeza.”
Dije
antes que el lenguaje español, la sabrosa tonada venezolana, es
la contrapartida del hambre. Quiero aclarar un poco este concepto,
ya que no me refiero al hambre propiamente dicha sino a la herida
que ella deja en la mente de Vasco. Es allí, en su mente, donde
el lenguaje se convierte en una fuerza que lo exalta y lo
alimenta. Luego vendrían las ideas de justicia y libertad, pero
primero, para que se pueda hablar de poema y de poesía, es
preciso paladear el vigor del idioma. Es como si Vasco sintiera,
al choque del surrealismo natural de Venezuela, la incongruencia
que implica la escritura automática practicada en un
laboratorio-escritoria porteño. Se libera entonces de la actitud
un tanto envarada del surrealismo a la francesa, se suelta, y
empieza a surgir un paisaje lingüístico similar al colorido
caserío cumanés: para los devotos de la belleza clásica el
efecto que produce es similar al estremecimiento de la visión
ante una villa miseria.
No
se crea con esto que Vasco ha encontrado un mecanismo para expresarse: al que le ha saltado “el pedazo de mosaico […] en
el cráneo con la palabra Belleza correctamente anotada” es a él
mismo. Lo que ha encontrado es un problema, un problema que nunca
podrá resolver: el mentado embrollo de la identidad
latinoamericana. Tiene un paisaje que ama, una lengua que reconoce
apasionadamente como suya, pero también tiene un trabajo por cuyo
intermedio se filtra una jerga que desnaturaliza ambas cosas; y tiene, además, una ideología política que está en franca
contradicción con ello. Aquí es preciso, para evitar
malentendidos, hacer saber que Vasco valoraba la belleza clásica.
Ello lo comprobamos no sólo por el visceral rechazo que implican
las expresiones que usa para describir el caserío cumanés
–“la parte de adentro del cuerpo”, “un machetazo en el
muslo”-, sino también al leer las versiones de Cecco Angiolieri
[12] y Gottfried Benn [13] que comienza a elaborar en Caracas por
aquellos años, si bien publicadas mucho más tarde. Estas
traducciones nos sirven para ejemplificar y comprender las
distancias internas que Vasco siempre debe haber guardado con
respecto a algunos de sus compañeros de A partir de cero y
Letra y línea. En efecto, en el número 2 de esta última
revista, noviembre de 1953, Osvaldo Svanascini, comentando las
traducciones de John Donne realizadas a la sazón por William
Shand y Alberto Girri, dice: “Las versiones de Shand y Girri,
que con buen criterio evaden la rima y que además son honestas
sin que por ello se llegue a la traslación eminentemente literal,
llevan implícitas un aire de contemporaneidad que interesa de
inmediato. Y ello ocurre precisamente al despojar al verso de su
presión musical y de dotarlo de una rigurosa autonomía.” Este
nefasto punto de vista, que aún sigue siendo esgrimido por los
artífices de nuestra “modernidad”, es exactamente opuesto al
de Vasco. Sus versiones de seis sonetos de Cecco Angiolieri tienen
rima consonante y están rigurosamente medidos. Son, como puede
comprobarlo cualquiera que se tome el trabajo de leerlos, una
excelente traducción. Otro tanto cabe decir de sus versiones de
Gottfried Benn, las únicas en nuestra lengua –por lo que yo
conozco- que nos hacen llegar algo de la dignidad expresiva del
original. Tan consciente de esto era su autor, que en 1972, en una
Carta del sur publicada en Imagen, anotaba: “Desafío
para traductores: este verso de Gottfried Benn que dice ‘la
blanca perla vuelve rodando al mar’, die weisse Perle rollt
zurück ins Meer. Que suene (y que se vea) tan bello en
español como en alemán.” [14]
Hay
otro texto, fechado en Caracas hacia fines del ’58, pero
publicado en Buenos Aires ocho años después, que también marca
esta distancia interna entre él y el grupo surrealista que he
hecho notar. Ella no corresponde ya al concepto de musicalidad,
sino que nos muestra la brecha ideológica que ha comenzado a
abrirse entre su propio pasado y su presente. Se trata de una reseña
sobre En la masmédula, de Girondo, publicada en la revista
Testigo. Dice allí Vasco: “…en Oliverio la diatriba es
total y engloba quizás hasta la propia mala conciencia de ser
americano. Oliverio sólo se ofrece a la comunión con los
hombres a través del acto poético, acto límite, solitario y
ejemplar. Amarrado a la roca o crucipendiente solo de sí mismo,
quemado en su proprio fuego, dejará que comulguen los que
queran com esse pan ardiente manchado de ceniza. Esto lo hace
quizás más vulnerable a los reproches de nuestro tiempo. América
comienza a pedir testigos más piadosos. Porque este Cristo es
crucificado ante todo para sí mismo y por sí mismo,
crucipendiente sólo de sí mismo.” [15]
Pero
volvamos a Venezuela y al año 1958, es decir al momento en el
cual toma contacto con los integrantes del grupo nucleado en torno
a la revista Sardio. Este encuentro, dije antes, es muy
importante para comprender a un escritor que se consideró a sí
mismo como argentino-venezolano, a un hombre que nos transmite
–desde sus poemas- la alegría de que una de sus dos hijas sea
caraqueña. Sardio fue una revista políticamente
comprometida que comenzó su trayectoria apenas caída la
dictadura de Marcos Pérez Jiménez (enero de 1958). La formaban
hombres afiliados a la ideología del partido Acción Democrática
junto a otros de pensamiento más radical. En el primer número de
la revista puede leerse: “Ser artista implica tanto una voluntad
de estilo y un ejercicio del alma como una reciedumbre moral y un
compromiso ante la vida. No se vive, ni se deja de vivir,
impunemente.” [16] Vasco publica allí, por primera vez en sus
cuatro años de estadía venezolana, un poema. La revolución
cubana, en el ’59, disgrega a los dos sectores ideológicos que
nucleaba Sardio. De esa escisión un camino conduce a la
derecha y otro a la izquierda. El de la izquierda, que apoyaba la
revolución desde una postura antiestalinista, antiburocrática,
es el que tomará Vasco junto con otros integrantes de aquella
revista. Ese camino conduce a una nueva aventura: El techo de
la ballena. Edmundo Aray, Adriano González León, Carlos
Contramaestre, Rodolfo Izaguirre, Efraín Hurtado, Hugo Baptista,
Daniel González, Salvador Garmendia, Francisco Pérez Perdomo,
Juan Calzadilla, Caupolicán Ovalles, Rafael Cadenas, son algunos
de los poetas, novelistas y pintores venezolanos que integraron el
nuevo grupo dentro del cual Vasco habría de encontrar su
identidad de creador latinoamericano.
No
voy a historiar la trayectoria de este conjunto de intelectuales,
cosa que Vasco ya ha hecho en su Introducción al Techo de la
Ballena, [16] señalaré solamente una línea de pensamiento
que dentro de él se dio para poder trazar con más precisión el
perfil de nuestro poeta. El problema fundamental reside, a mi
entender, en la extracción burguesa de los integrantes del grupo.
La agresión contra todo conformismo –sello distintivo de El
techo de la ballena- la vuelven, debido a su culposa
conciencia de clase, en contra de ellos mismos. Transcribo un párrafo
de la introducción de Vasco en relación a este aspecto: “Pérez
Perdomo y Calzadilla vuelven la agresividad contra sí mismos, se
torturan en voz alta dando testimonio que tal vez haya alcanzado
destino en muchas conciencias, cobrando así una dimensión política.
O, mejor dicho, una dimensión total que incluye la política.”
Esta dimensión, a mi entender, es absolutamente religiosa. Es
casi imposible que esas palabras no nos evoquen en la mente la figura de una crucifixión (esa crucifixión que el mismo Vasco
había valorado de otra manera en el caso de Girondo); y creo que
no nos equivocaríamos si dedujéramos de ellas que estamos en
presencia del remanente judeo-cristiano de la conciencia del physiólogo,
paracrítico, poeta y patafísico Juan Antonio Vasco. Que ello es
así, lo comprobamos por unas palabras suyas recogidas por Juan
Calzadilla: “Escribir o ganarse la vida en la Publicidad (en mayúsculas).
Me remordía ganarme la vida con el ejercicio de la palabra
comercial, tener una cara sumisa y la otra libre, más todavía:
libertaria. ¿No había dicho Breton que la imaginación creadora
deja muy pronto solos a los avasallados por los ‘pretextos’ de
la supervivencia? La poesía, su moral, impugnaba el uso
publicitario del lenguaje, hacía sospechoso el pan cotidiano,
arruinaba mis digestiones y me creaba una atmósfera interior
explosiva.” [5]
En
esa atmósfera explosiva, Vasco publica su segundo libro de
poemas: Destino común (Ediciones A partir de cero, Buenos
Aires, 1959). La estructura de este nuevo conjunto es similar a la
del anterior, si bien de un dibujo mucho más neto. El material
está dividido en dos secciones: la primera, que lleva el título
del libro, es una crítica de la cotidianeidad vaciada por las
contradicciones (nuestro “destino común”); la segunda,
intitulada No obstante, está integrada por dos poemas: un
canto de amor a Venezuela y un canto épico (“La insurrección”)
que aparece como el reflejo lírico de la revolución cubana: el
espejismo de la utopía encarnando en la tierra no ya como
naturaleza paradisíaca sino como orden social justo y
verdaderamente humano que acaba con el hambre. Frente a las
relaciones cotidianas interpersonales, que son sólo
contractuales, aparece un modo solidario de relacionarse: la
fraternidad. La utopía, “no obstante”, como la historia lo va
demostrando, seguirá siendo un no-lugar –no por nada Vasco ha
dedicado su último libro a la obra del exiliado cubano Octavio
Armand- pero el valor por ella iluminado, la fraternidad, ya no se
apagará nunca. Es desde este valor, nueva paradoja, que Vasco
juzgará la poesía de Armand como la obra de un solitario que ha
enfermado su lenguaje dialogando con el fantasma de las palabras,
con la huera esfinge de la nada. Quiero ahora transcribir un poema
de Destino común, “Poco interés”, no sólo para
mostrar cómo el automatismo psíquico se deja llevar por la
mediación reflexiva, sino también para terminar de configurar la
trama de las contradicciones del poeta:
Al
que llama a la puerta con su cesta de vituallas / le decimos que
no hay interés / Tenemos lámparas / Tenemos huevos / huevos-lámparas
/ lámparas que alumbran los huevos / huevos que dan a luz lámparas
de huevo / Tenemos pan cal almanaques guirnaldas / fe esperanza
caridad / calzoncillos / poema / paciencia / partos medos niños
de pecho / Tenemos un kakemono / un calientapies / una unesco /
Tenemos relojes pero no tenemos tiempo / Es tarde / Basta por hoy
/ Basta por el siglo / Vendedores abstenerse
En
1965 el Techo de la Ballena inaugura una galería de arte. “Eso
de la Galería”, dice Vasco, “era una retirada estratégica a
terrenos estéticos. La acción paroxística había agotado sus
fuerzas. […] Por más revolucionario que tú seas, tener una
galería es ofrecer objetos de consumo privilegiado. No importa
que muestres cuadros rebeldes: la gente los compra y los lleva a
su casa. El dinero digiere cualquier alimento. […] Y bien, a la
Ballena no le gusta vender nada. Su mundo no es el de la
competencia, sino el de la fraternidad”, [16] Esta última frase
parece condensar a la perfección su propia contradicción, esa
contradicción que hemos ido circundando en las páginas
precedentes.
Después
de diez años en Venezuela, Vasco se cae del mapa: “los
mecanismos de McCann-Erickson, frustrados por mi rechazo de una
gerencia en San Juan de Puerto Rico, me despacharon a Montevideo.
Entonces me tocó lo peor e la profesión: la Gerencia, el cargo
de racionalizador-expulsor. Pero había maravillosos membrillos en
conserva, la primavera llegaba con grandes cestas de hongos y los
uruguayos son adorables.” [2]
De
Montevideo pasa a Buenos Aires, donde, dice, “me valían los
prestigios de mercadista petrolero y petroquímico ecuménico,
fumigador de países tórridos con insecticida Black Flag y
maestro en el arte de refrescar Coca-Cola”. [2] De Buenos Aires,
en 1966, vuelve a Caracas por dos años. Este período vital, que
va desde 1959, año de la publicación de Destino común,
hasta 1968, en que Vasco retorna definitivamente a la Argentina,
está contenido en Pasen a ver. Se trata de veinticuatro
poesías que fueron reunidas en libro, junto com Cambio de
horario y Destino común, recién en 1982. [10] En este
conjunto figuran algunos de sus más bellos poemas: la despedida
de Venezuela (“Déjame pasar”), la despedida del Uruguay
(“Justicia para la Banda Oriental”), la tristísima salutación
a la recobrada tierra argentina (“Pasaje de vuelta”) y su
“Epitafio de un limpio”.
Juan
Calzadilla ha señalado en el retorno de Vasco a la oralidad
(“el canto solar y telúrico”, la llama) [5] posibles
influencias extranjeras. Si bien yo pienso que ese retorno estaba
implícito en la potencialidad lírica de sus comienzos
sencillistas, que renace al contacto con el habla popular de
Venezuela, la observación no es desdeñable. Señala Calzadilla
dos posibilidaddes, el modernismo brasileño y el lenguaje de la
generación beat. Vasco, en efecto, había traducido en 1964, para
el tercer Rayado sobre el techo de la Ballena, el poema
“Obligato del chatarrero” de Lawrence Ferlinghetti, ese poeta
que ha señalado: “La imprenta ha silenciado la poesía en
medida tal que olvidamos el poder de los poemas en cuanto mensajes
orales. No debemos olvidar la canción callejera.” En Déjame
pasar, por ejemplo, la retórica del ritmo y de la rima
cohesiona todo el conjunto de voces que se desparraman en el adiós
a una tierra desesperadamente querida. Y no sólo la rima, sino
también las repeticiones, los paralelismos silábicos de todo
tipo, incluído el estribillo. Hay otro detalle importante en este
poema, como así también en “La salsa de el hambre”, y es la
voluntad integradora que comienza a ejercer el lenguaje. Voces
comarcanas, diminutivos, modismos de la más variada extracción,
se reúnen para configurar la idealidad de un continente lírico,
ya que no real (véase, a este respecto, el Mapa oficial del
muy magnífico Reyno de Pi, de su libro de cuentos para niños
publicado en 1976). [17] Copio su primera estrofa:
A
Bordo de la chalana el Orinoco parecía poca cosa / porque llevaba
puesto mi sombrero guayanés / Adiós adiós mirador / adiós mi
amor / Mi sombrero de palma sujeta el son en Angostura / aguanta
el viento en Guasipati / y pica el toro en Maracay / Aguanta
porque sí / Ahora tocan a cuarenta por cabeza adiós adiós /
ahora las gaviotas hacen lo que ellas quieren / Ahora Bolivia
delira de hambre porque sí / Vamos a los cuarenta / y mis
paisanos cantan / la marinera en el Perú / bailan el Tamunangue
porque sí / Bucaramanga Siquisique Chascomús / Orinoco de agua
grande / que van al mar / déjame pasar
Pese
a que hay una sola referencia a su persona en esta estrofa
(“Vamos a los cuarenta”), tal vez lo que en verdad cohesiona a
este poema escrito en 1964 no sea sólo el ritmo, sino, sobre
todo, la emoción que lo sustenta y lo dicta. Esa emoción es la
nostalgia anticipada de una tierra que el poeta está viendo quizá
por última vez (no sería la última pues volvería a Venezuela
en 1966); es nostalgia pero es también memoria henchida, saciada,
y por eso mismo puede Vasco despedirse de lo que ama y, con ello,
hacer poesía. Esta memoria generosa, agradecida, empapa de
humanidad toda esta última parte de su trabajo creador. Ella es
la que nos obliga no a adularlo, sino a criticarlo, es decir, a
situarlo dentro de nuestra literatura en su verdadera dimensión:
no sobrevaluándolo, pero tampoco dejando de reconocer lo que de
ejemplar hay en su contradictoria (y, por lo tanto, rica)
trayectoria. ¿Pudo haber dejado una obra de mayor calidad o
solidez? No podemos saberlo, nos dejó una poesía
indisolublemente ligada a su vida, y eso es lo que de verdad nos
interesa: esa inextrincable y explosiva mezcla es su legado.
En
1968, en Buenos Aires, aparecen los primeros síntomas de la
enfermedad que habrá de postrarlo hasta la muerte: una esclerosis
múltiple que paralizó todo su cuerpo en los cinco años
siguientes. Aún así, Vasco continúa trabajando; al principio
con el lápiz envuelto en telas, más tarde con un grabador:
“Como no puedo dar vuelta la cassete cuando se termina, [paro]
el grabador usando el palito que muevo con los dientes”. [18] De
esta manera transcurren los diez últimos años de su vida. A esta
época pertenecen sus libros: Marketing de la imagen (un
volumen de 500 páginas subtitulado “estimulación de la actitud
compradora”), Conversación con la esfinge (una lectura
de la obra de Octavio Armand) y La cama carnívora
(cuentos).
En
las notas a Pasen a ver, 1982, Vasco dice: “En 1980
escribí un poema para mi hija Clara, después de haber estado 12
años sin producir poesía”. [10] ¿Es esto cierto?
Relativamente. Pienso, más bien, que esta afirmación encubre las
dudas que puede haber tenido sobre el material que estaba
trabajando por aquellos años. Digo esto porque en una nota
aparecida en La Opinión hacia fines del ’71 Vasco
publica dos poemas-panfletos, [19] aparte de informarnos que está
elaborando um largo poema, “Está muriendo mucha gente de
hambre” (presumiblemente engendrado por los motivos ideológicos
de “La salsa de el hambre”, y que alcanzará su plasmación
definitiva en “Parranda y funeral”, extenso poema que apareció
fragmentariamente en Perú en julio del ’83, [20] y completo en
Buenos Aires en 1985). [21] Usa la misma técnica compositiva que
en Déjame pasar, pero en gran escala y de una manera que
no dudo en calificar de programática, esto es, sin la
espontaneidad y el sentimiento de aquel poema. Si los problemas
aparejados a la falsa o acertada antinomia arte culto-arte popular
en Déjame pasar se presentaban de manera implícita y se
hallaban resueltos por la ingenuidad de una oralidad llena de
felicidad, en estos textos se nos muestra de manera explícita la
voluntad de su autor por resolverlos. Ello perjudica esta última
etapa del trabajo lírico de Vasco. La antinomia en sí misma difícilmente
pueda ser resuelta por una palabra no-crítica, y plantearla críticamente
conduce de manera inexorable fuera del terreno de la literatura,
esto es, a la necesidad de enfrentarse a la injusticia social en
la que se genera la contradicción. Sólo un genuino impulso lírico
visionario puede adivinar lo que hay más allá de la
antinomia, pero no es el caso de “Parranda y funeral”.
Este
tema, la contradicción arte culto-arte popular, le interesó a
Vasco desde la década del ’60. En efecto, el Papel Literario
de El Nacional publica a comienzos del ’68 un pequeño
ensayo suyo sobre el tema: “Le Parc y la cultura de masas”.
[22] La voluntad integradora de Vasco se muestra allí claramente:
“Mientras las masas se acercan a primer plano con su cultura,
progresivamente copada por el comercio, las minorías artísticas
se adentran en una orgía crítica y experimental que las aleja
del gran público. […] Es angustioso sentirse obligado a
plantear, en nuestra América Citerior, la antinomia ‘si es arte
no es de masas, si es de masas no es arte’. Quizás el planteo
sea esquemático y exagerado, pero aunque la premisa flaquee por
un lado, mal apoyada en un concepto fósil del arte ‘culto’,
se impone por el otro, proyectada sobre la realidad disgregante
del ‘arte’ de masas.” Más adelante, identificando su
angustia con la síntesis buscada por le Parc, define las
limitaciones y los alcances del nuevo arte-de-masas: “es un arte
social más que individual, arte de lo vividero, consumible y
reemplazable, más que de lo contemplable y eterno. Llevando esta
intuición hasta un riesgoso extremo, me atrevo a decir que éste
es, en cierto modo, un arte de uso y de consumo puesto al alcance
de toda la gente, un arte distribuido en función del bien
y de servicio, lanzado sin ilusión de perennidad a la corriente
velocísima de nuestro tiempo.” Aún en enero de 1984, pocos
meses antes de su muerte, el tema lo inquieta. En un artículo
intitulado “Dependencia y pesadilla culturales”, [23] vuelve
sobre la antinomia buscando la solución imposible. Menciona allí
a Machado como ejemplo del ideal que lo guía, pero se olvida que
Machado quedó atrapado igual que él en las ramificaciones cada
vez más sutiles de este problema infinito; si bien es cierto que
la mención de Machado ilumina bastante el caso del propio Vasco,
ya que éste, al igual que aquél, encontró una salida desviando
el impulso imaginativo hacia la prosa.
Las
traducciones publicadas en 1978 amplían un poco este panorama.
Tanto Reverdy como cummings muestran un horizonte espiritual que
rebasa la contradicción y que le permitió a Vasco superar, por
momentos, los términos de la antinomia que lo tenía atrapado y
dar cumplimiento a su obra narrativa. Doy dos datos solamente. Las
traducciones de Reverdy aparecieron precedidas por una nota que
llevaba el significativo título de “En busca de una realidad
interior con la purificación del lenguaje”. [24] Cita Vasco allí
a Marcel Raymond: “En el París del armisticio, el lenguaje de
los afiches y de los anuncios luminosos creaba nuevas
alucinaciones. Un mal viento, ‘la atmósfera de la época’,
sacaba toda cosa de su quicio y la arrastraba al torbellino. […]
Reverdy […] daba un ejemplo de arte intuitivo, que buscaba por
intermedio de cierta segunda visión el contacto con una realidad
plenamente interior.” Sigue luego Vasco: “Baudelaire dijo su
desprecio por la publicidad. Cuando Reverdy produce su poesía está
llevando a cabo una terapéutica del lenguaje que tal vez sea, hoy
por hoy, la gran meta de toda creación poética. […] Pienso que
está en sus manos la purificación continua del lenguaje, una
pugna permanente contra las lacras de la retórica.” Tenemos,
entonces, un primer elemento: superar la contradicción volviendo
a las fuentes de la sensibilidad con un lenguaje que diga sin énfasis
lo que en ella sucede; lo que en ella sucede, no lo que debiera
suceder. Voy al segundo dato, esto es, a las palabras de cummings
que no por azar, seguramente, cierran la nota introductoria a las
versiones de sus poemas. [25] Transcribe allí Vasco una frase del
prefacio de aquél a su libro New Poems: “Ocurrirán
milagros. Les dejo una rememoración de milagros: los ejecuta
alguien capaz de amar, alguien que renacerá continuamente, un ser
humano: alguien que dijo a quienes lo rodeaban cuando sus dedos ya
no podían sostener el pincel: ‘átenmelo a la mano’.” La
identificación Renoir-Vasco surge inmediatamenbte en nuestra
mente y, junto con ella, el sentido que éste encontró en su obra
narrativa final, La cama carnívora. [26] Lo diré con sus
propias palabras: “la ideología que lo condena[ba] también
guarda[ba] la llave de la salvación, […] esencias de fe y de
poesía, de religión y de cultura que por primera vez emergen
como testimonios de identidad. El pecador inviste la túnica del
arte, el canto de la belleza que es amor.” [27] Sólo que de una
belleza con V y la H que nunca acceden a la B y la A, la que le
permite amparar en su escritura lo que de único e insustituible
hay en cada ser humano. Quizás haya sido en honor a esta virtud
–el desechar lo abstraco y general para realzar lo particular y
concreto, el abandonar la regla para enaltecer la excepción- que
el Colegio de Parafísica le abrió sus puertas. En efecto, el 19
de mayo de 1983 (2 merdre en el calendario de la Orden) es
aceptado en el Colegio en calidad de corresponsal, y el 9 de abril
del año siguiente, pocos meses antes de su muerte, es promovido
en la Orden de la Gran Espiral al grado de “Comandante
exquisito”.
NOTAS
1
JAV, Conversación con la esfinge. Editorial Fraterna.
Buenos Aires. 1984.
2
JAV, Introducción a Marketing de la imagen, libro inédito.
3
Alberto Szpunberg, “La nostalgia del ron” (reportaje), La
Opinión Cultural, Buenos Aires, 28 de septiembre de 1975.
4
JAV, Baldomero Fernández Moreno (conferencia inédita). Librería
Atlántida. Buenos Aires. 10 de octubre de 1968.
5
Juan Calzadilla, “También en Caracas se partía de cero”
(nota y reportaje), Papel Literario de El Nacional.
Caracas. 22 de abril de 1984.
6
Adriano González León, Bengalas para Juan Antonio Vasco,
prólogo a Pasen a ver. Universidad de Los Andes. Consejo
de Publicaciones. Mérida. 1982.
7
Graciela de Sola (Graciela Maturo), Proyecciones del
surrealismo en la literatura argentina, págs. 164-167.
Ediciones Culturales Argentinas. Buenos
Aires. 1967.
8
JAV, “Introducción al tema de la persuasión comercial”, Actual.
Revista de la Universidad de Los Andes. Mérida. Enero de 1981.
9
Juan Calzadilla, “El adiós a Juan Antonio Vasco”, Imagen
# 100-103. Revista del Consejo Nacional de la Cultura. Caracas.
Enero de 1985.
10
JAV, Pasen a ver (contiene Cambio de horario y Destino
común). Universidad de Los Andes. Consejo de Publicaciones. Mérida.
1982.
11
JAV, “No hay que ofender el pudor de las divinidades del sueño”,
Papel Literario de El Nacional. Caracas. 27 de enero
de 1955.
12
JAV, “El poeta colérico” (nota y versiones de seis sonetos de
Cecco Angiolieri), La Opinión Cultural. Buenos Aires. 20
de mayo de 1979.
13
JAV, “La blanca perla rueda retornando al mar” (nota y
versiones de poemas de Gottfried Benn), revista Poesía #
41. Universidad de Carabobo. Venezuela. Marzo-abril de 1978.
14
JAV, “Carta del sur”, Imagen # 54. Caracas. 4-11 de
julio de 1972.
15
JAV, “Oliverio Girondo o la pervivencia del deseo”, Testigo
# 2. Buenos Aires. Junio
de 1966.
16
JAV, “Introducción al Techo de la Ballena”, Separata,
Órgano del Departamento de Literatura de la Universidad de
Carabobo. Venezuela. Noviembre-diciembre de 1971.
17
JAV, Historias del Reino de Pi. Librería Huemul. Buenos
Aires. 1976.
18
JAV, “Un hilo de baba”, en El monigote y otros relatos,
pág. 30. Fundarte.
Caracas.
1981.
19
“Panfletos, el poeta Juan Antonio Vasco intenta una síntesis de
lenguajes americanos” (nota y muestra), La Opinión.
Buenos Aires. 15 de diciembre de 1971.
20
JAV, “Parranda y funeral”, Haravi # 67, año XX. Lima.
Julio de 1983.
21
JAV, “Parranda y funeral”, La danza del ratón # 7.
Buenos Aires. Diciembre de 1985.
22
JAV, “Le Parc y la cultura de masas”, Papel Literario
de El Nacional. Caracas. 14 de enero de 1968.
23
JAV, “Dependencia y pesadilla culturales”, Claves # 1,
año I. Buenos Aires. Enero de 1984.
24
JAV, “Pierre Reverdy, en busca de una realidad interior con la
purificación del lenguaje”, Poesía # 42 (Vol. VIII #
1). Universidad de Carabobo. Venezuela. Mayo-junio de 1978.
25
JAV, Con mucho gusto, poemas de e. e. cummings. Introducción,
selección y traducción del inglés de JAV. Fundarte.
Caracas. 1978.
26
JAV, La cama carnívora, libro inédito. Fundarte (Caracas,
1981) adelantó parte de este material con el título El
monigote y otros relatos. Otros cuentos se publicaron en el Papel
Literario de El Nacional, Caracas; en Cuadernos
Americanos, México etc.
27
JAV, “Armando Rojas Guardia, todavia la esperanza”, ensayo inédito. |