|
Bengalas
para Juan Antonio Vasco
Adriano
González León
En
primer plano vemos una poética de la mordacidad. Pueden admitirse
antecedentes. Pero Juan Antonio Vasco ha inventado una especialísima
manera de convertir las esperanzas en tensores celestes:
instrumentos aptos para mantener sobre nosotros un fosforescente
salto de la palabra. Y ello ocurre mientras se magnifican objetos
viles, se rescatan frases herrumbradas por el lugar común, se
resucitan imágenes que la estricta teoría del buen gusto había
metido bajo tierra. Ahora, en manos de Juan Antonio Vasco surgen
como fuentes desmelenadas para balancear los vocablos cultos y los
rectos principios. Se trata de una técnica de la aglomeración,
un poco a la manera de la escritura automática, pero en este caso
inconscientemente organizada, para llevarnos, de tonos adredemente
violetas a cortes radicales y abusivos que buscan desconcertar al
lector. Y si éste penetra voluntario en la trampa que el poeta le
ha tendido, viene entonces el fenómeno de la participación.
Puede construirse a dúo la más desaforada semblanza del mundo
cotidiano, mediante un juego de repeticiones en el cual la imagen
primera da pie sorpresivo para un encadenamiento poético entre
desolador y radiante. Este es el procedimiento:
Los
trenes no tienen médula y el desastre les lleva la cola porque se
casan cada noche con la posteridad
Su
numerosa familia se seca las manos en el delantal proyecta gozosos
asesinatos
grita
o ríe en la noche por los pequeños ojos de buey iluminados de
luz de hueso
Un
pasajero de anteojos de carey lleva de la mano a la niña que recién
ha salido del internado
la
muchacha núbil prometida a los rieles y las ruedas del
accidente…
Si
el lector quiere continuar el desafío tendrá oportunidades donde
amaestrar su coraje. Este conjunto de textos (tres libros de épocas
diferentes) mantiene suficiente unidad tonal y nos permite
instalarnos en el acento singular de un poeta de América Latina,
bastante lejos de lo manido y lo rutinario, aunque los temas de la
banalidad y lo habitual sean utilizados por Vasco, repetidamente,
con la segunda intención de desacreditar la realidad. Se ejerce,
casi con deleite, una actividad corrosiva. Transformar el mundo,
burlándose de él, es una manera de reconstruir el mundo.
Instancia última del humor negro que la gente parece no haber
comprendido todavía. No sólo el amor y la abnegación sirven de
puntales. Rimbaud habla de “destrucciones necesarias”. Y son
éstas las claves para entender el despliegue, a veces brutal, que
Vasco vierte a encontronazos con la vida de todos los días. La
enajena, la hiere, la cubre de acritud, para que el lector rompa
con sus costumbres y ascienda a un puesto novedoso de observación,
donde lo imaginario, curado de sus vicios sensibleros, nos permite
otra faz del universo. Se diría que en cierto modo es el mismo
camino que siguieron los malditos. ¿Y por qué no? La certidumbre
poética procede del abolengo. ¿Quién no siente un orgullo frenético
de hallarse en la estirpe de Villon, Baudelaire o Isidore Ducasse?
Pero
vale la pena advertir que el proceso vital de Juan Antonio Vasco,
sus viajes, su inmersión en la cultura, su paso por zonas poéticamente
enrarecidas como son la Publicidad y lo diario-oficinesco, le
dieron materiales suficientes para montar la provocación. De allí
su originalidad bullente: ese sabor extraño que experimentamos
entre palabras refulgentes y frases hechas, entre comparaciones
sorpresivas y giros usuales, entre ritmos lujuriosos y encuadres
deliberadamente prosaicos. Estamos frente a una combinación,
inteligente y sensorial a la vez, con el fin de propiciar los
encuentros inesperados. Hay poemas que son totalmente narraciones,
como la grotesca historia del juez que instruye su primer caso y
va a la reconstrucción del delito: es su propio proceso y su
obstinada muerte presentados por Vasco con una redentora crueldad.
A veces, como en El Arpa Abandonada los temas prestigiosos
son bajados de su santificación y sometidos a vejamen. El poema
es la puesta en escena del eterno reclamo amoroso. Pero aquí las
candilejas han sido cambiadas, y en vez del espacio donde se
representa, aparece la tramoya ante los ojos de los espectadores.
El tú y yo de los poemas inmemoriales y de los boleros populares,
presentado en hirviente registro de asociaciones insólitas.
Sin
embargo, un tormentoso y cálido entusiasmo amatorio está en el
fondo de numerosos poemas, con apoyaturas, infrecuentes en poesía,
pero con la fuerza incandescente de cierta cotidianidad jamás
nombrada. El amor surge como una comunicación desnuda, sin
temores, en medio de elementos y paisajes que hasta ahora habían
sido considerados poco propicios para la pasión y que Vasco sabe
utilizar para darnos, por encima de la retórica, la certeza de la
condición humana. Música con orejas, Clara se peina
mucho, Dientes blancos y Chanson resultan
evidentes muestras y sobre todo prueban que la acritud y el
desenfado que acompañan esta poesía son simplemente mecanismos de
exploración para obtener una verdad más honda de la existencia.
Lo áspero cede paso a la nostalgia y la aglomeración de los
recuerdos domésticos promueve un esperanzado fulgor:
Ojalá te hubieras llamado Luciana como quien dice
Luciérnaga o luz de ciénaga
Ojalá te hubieras venido a América
Comeríamos una choucroute au champagne cada lustro
Y entre semana guiso y puchero
cartas de amigos y facturas de electricidad
Pero no llegamos a nada mi amor
Tus poemas todavía me llenan de pesadumbre
tus sostenes con las cintas ajadas aparecen en mis
maletas
y no termina de salir el sol…
He
dejado expresamente para el final a Juan Antonio Vasco, el hombre.
Pocas veces he conocido una inteligencia superior como la de él.
Pocas veces también he visto una sensibilidad puesta en juego con
tanta diligencia. Dotado de una extraordinaria capacidad de
trabajo, se ocupa por igual de los asuntos del Marketing, de la crítica
literaria, de los estudios helenísticos, del cultivo de cinco
lenguas, de las raíces latinas, de la cábala, de la cátedra y de
la patafísica. Durante muchos años vivió entre nosotros y
estuvo cercano a las tareas de El Techo de la Ballena. Debo
advertir también que pocas veces he sentido a alguien
naturalizarse como él, a través de la pasión venezolana, a
punta de selva y mar, con canciones como la del río Manzanares,
con las coplas y el viento, con los giros del habla popular. Y en
torno a esto vale recordar que su registro de las cosas
venezolanas, aún las más llenas de simplicidad y ciertos rasgos
devaluados por el excesivo comercio folklórico, en los poemas de
Juan Antonio se muestran dimensionados, adquieren un desconocido
temblor, saltan la barrera de lo pintoresco para convertirse en
una permanente exaltación de la tierra. Y en las vías de la
exaltación está el costado universal. Juan Antonio Vasco junta
sus memorias argentinas, sus visiones de paseante en otros
continentes y sus alardes venezolanos, en una estructura luciente,
donde el ejercicio, que es mucho, cede el paso a lo imaginativo,
en una enaltecida combinación. Juan Antonio está ahora lejos de
nosotros. El sabe bastante sobre distancias y despedidas. En un
poema lo consigna:
Mis
amigos
con una bengala en cada mano
para mí
carpintero de la nostalgia
mudo de padre y madre
me daban la bienvenida
y mis mujeres
la vida
en Londres bajo la lluvia
en Caracas bajo el sol
Damos,
entonces, la bienvenida a estos poemas. Sus amigos, otra vez,
levantamos bengalas en su honor. |