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Le
pido a Juan Antonio que, si algún día…
Francisco
Madariaga
De la cercanía de
los bañados de Chascomús, se alejó un día Juan Antonio,
cruzando el río San Borombón por una pasarela hecha con las
mantas tendidas, e variados colores, que - según cuenta Guillermo
Enrique Hudson - allí dejaron abandonadas en 1807 los soldados
ingleses cuando las invasiones.
Juan Antonio llegó a la
ciudad de Buenos Aires y muy pronto nos conjuramos para tratar de
encontrar a aquella taberna donde reinaran “los ojos de una
mulata que inventaba la poesía”, como decía Apollinaire.
Entramos a aquella
taberna, nos recostamos contra un aljibe, no nos peleamos por la
mulata y bebimos el vino de la llamarada blanca del amor, la poesía
y la libertad.
Después él se marchó
para Venezuela, y con un “sombrero guayanés” anduvo por caseríos,
llanos, esteros, palmares, morichales, montañas, boticas,
chalanas alcanzadas en puentecillos de los grandes ríos o de la
mar, hasta que de pronto se vino para Montevideo, en un acto de
“justicia para la Banda Oriental”, y ahora lo tenemos con
nosotros y esta noche lo proclamamos dueño y propietario del
habla, del amor y también de la condenación de nuestra “América
ingenua de Cristóbal Colón”, como decía el muy grande mulatón
Rubén Darío. Le pido a Juan Antonio que si algún día me
encuentra transformado en una ánima trajinante por la Cuenca del
Plata, me eche al hombro - con gracia y con gala de querido
compadre - su abrigo blanco de algodón americano. |
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Texto
originalmente publicado em Tierra de Nadie (Ediciones del
Doc., Buenos Aires, 1998), livro de homenagens a Francisco
Madariaga. O desenho que aqui se reproduz é de Carlos
Latorre e foi feito para a edição original de Destino común
(Ediciones A partir de cero, Buenos Aires, 1959), de Juan Antonio
Vasco. |