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juan antonio vasco

Destino común, de Juan Antonio Vasco

Algunos poemas de
Destino común

ANTIGUAS COSTUMBRES

Misericordia oh mundo oh vida oh conocimiento del arte, oh ciego cantor de la balada de nosotros mismos

Fuera de tono

Este siglo completo habrá que transportarlo a través de la nieve a pulso y a crédito

Allá en la gran parrilla San Sebastián gusta de los placeres de la música;

el cordial caballero sujeta los cordones de sus zapatos y no tiene tiempo para más

porque todo se le va en sufrir

¡Cómo fracasan las costumbres naturales!

 

SENTENCIA FIRME O EN CAUSA CERRADA NO ENTRAN MOSCAS

Oh justiciero nadador de alta mar oh pájaro de otro mundo

oh  enhebrador de la aguja del juicio final

oh camello de largo radio de acción

oh profeta

 

me has hecho justicia de agua

yo pájaro de este mundo

has enhebrado la aguja del juicio final para mí

has sentenciado para mí

 

No te odiaré por nadar en la sala del juicio

si te odiara enhebraría la aguja del juicio por tu ojo de largo radio de acción

ojo por ojo mundo por mundo

 

te saludo desde abajo del agua

los ahogados no profetizan no enhebran no tienen radio de acción

saludan para nadar

nadan para ahogarse

ahogados saludan

siempre saludan hasta que el agua cae al fondo del agua

 

Pez volador

a enhebrar la aguja del juicio final el pez espada de la justicia

pez espada:

a ajusticiar

pez palo a dar garrote

pez juez a sentenciar para mi

pez y plumas

 

pez y plumas para el alma que adapta la forma del mundo que na contiene

 

kaputt

saludos

burbujas

no se apela

 

LO MISMO DA

El gesto de dar a luz

el gesto de ofrecer lumbre con un niño

y la rúbrica de un documento póstumo

¿facilitan la salvación?

Así se justificaría la magnifencia cotidiana,

la explotación del aire por el ázoe,

mucho aerostato,

las mañanas de gran radiación,

la memoria de los distraídos, los pinos que encajan,

el fluir de los rayos,

la meditación con la cabeza en el puño,

con el paño del cabezal,

con la compañía del descabezado

y con el gran relumbre de la guillotina en la sopa de costra de pan eucarístico que el Gran Nivel de Artesano Mesopotámico obsequia cotidianamente al Gran Medidor de la Compañía de Electricidad

 

EL ARPA DE MADERA

I

Un país de esplendorosa piel de botella

pasa desnudo como una mujer

junto a los edificios del mar

Sus alegres pechos de arena conservan imborrable la huella de unos dientes

los dientes con adornos de ébano

los dientes de sonreír al sol

Bello país de piel hinchada por la velocidad de sus hijos;

camisa de culebra que agita la humedad:

tambor despeñado del cerro al mar con su guijarro dentro,

la piedra de la buena suerte y la música de piel.

 

II

¿Saben ellos que han aplastado el reloj de pulsera con una montaña?

Señalan el norte con nubes

fuego

seco humo de conservación

y dejan pasar al extranjero

hacia los cerros contorneados por el sol desde sus pies de apisonada luz hasta la cumbre

Allí verás

subiendo de ventana en ventana

mejillas o vientres frenéticos de calor

Son los morros de cuero por cuyos ojos de buey asoman niños amarillos de inocencia

con la mollera raída por los duros bastones de mandioca

Allí verás los santos de piel de palma de la mano colgados en los corredores

incensados con humo de ron

Cabezas reducidas por el patriotismo que beben jarabe de luciérnaga

buenos amigos de un anochecer

buenos ciudadanos de su alto horno de paja perforado por el bastón del hechicero

 

III

Hay también grandes hormigueros donde se esconde a las mujeres

Se escucha el arpa de madera que retumba sobre los árboles como la lluvia en los aviones

Allí se suda entre las cañas

Se aprende a no esperar sino la magra paga del calor del año

Despojos

redondas palanganas de gozar efímeras

instrumentos de serenata

y una pinta de agua para el honor

Oh mensajero acostumbrado al espesor de la memoria:

no se siembra en la piel

Y sin embargo a veces el frondoso pelo de estas momias recuerda los compases del Vals Sobre las Olas

o el bambuco de agua de coco que se acumula entre dos pechos de mujer apretados por el deseo

chorreando amor sobre lo que se ve

lo único que existe

Aquí lo que se ve

lo único

que existe

 

LA INSURRECCIÓN

I

La voz de los tambores habituales suena como Calipso entre las piedras y las cañas

sobre la piel madura de este valle donde remansa la indiferencia de los dioses

La república huele débilmente sus orquídeas agitadas por los filosos abanicos de palma

y un día que se pudre rodando bosque abajo se desgaja y ordena

un gran cerro de sal se incorpora y ordena

una vuelta del río de azúcar y veneno ancho como la eterna voluntad de mandar en América se desliza y ordena:

 

al cuarto de parir la que ha velado la tarea de su vientre durante todo el año

a su jardín de cal los súbditos del hambre

a su pozo el alzado contra sí mismo

a su grávida luz los que encienden el fuego de la esperanza con los propios huesos

al basural las manchadas vendas del hábito que la ciudad devora con fruición

a su muerte el condenado a su baile el arpista

a su cuartel el relámpago triste de la semana

a su silla el guardián de esclavos con alegres zapatos de sangre

 

II

Pero cambió la voz de los tambores como el niño que cambia de voz en una sola noche

y sacaban a luz antiguos instrumentos de revancha

timbales de sangrienta gelatina redondos y populares como el mundo

templados para la muerte como el mundo

Levantando los cerros encontraron esos ojos de vidrio multicolor salpicados de fuego en cuyo interior la saliva de la venganza circula velozmente

los tejos de raspar la memoria las botellas de la justicia las ruedas de ir a ver

Y el sol en Naiguatá con un ojo en el cielo y el otro en el mar

a caballo sobre la montaña como la eterna voluntad insurgente de América

 

III

Ordenan afinar los violines de plomo

administrar la espuma de la confesión

lustrar los monumentos

Pero ¿quién puede fusilar al pan?

¿Quién sitiará a la gaviota en su nido?

Ya caen de los balcones recuerdos de familia y los antiguos paños

ofrendas relicarios hijos mayores y trajes de domingo

Ya la imprenta resiste con la mecha encendida junto a la altiva Musa sentada sobre sus ornamentos

Con la bala en el pecho y el polvo de la calle entre los dientes arrojan sus galletas de pánico mordisqueados en los bordes

clausuran los pasillos donde yacen sus muertos

lanzan las llaves al rostro del enemigo

sus pesadas esperanzas de sobrevivir

la inutilidad del cielo sobre sus cabezas

Y el padre de los hermanitos sonríe sin dejar por eso de dar rienda suelta a sus lágrimas que bebe bajo la mesa el perro de la bondad del hombre

el perro de la familia

el magnífico perro de la Ciencia hijo de la perra del Poder

el perro fiel del destino

el bello perro innato de la muerte

 

IV

Tambores de la sangure tambores del furor retobaron la noche

Otro día amanece sobre su víspera como la mano sobre el hombro

y el sol en Naiguatá que envaina su machete en la montaña

roído por la costa lamido por el cielo

La libertad un rayo una naranja de sangre

Esa mujer desnuda despierta en el estanque de sábanas blancas

la libertad el sudor de su sueño

una bola de pelo impregnada de sueño

El hombre de los puentes el enano del alba

el combatiente del instinto

la libertad su lecho bajo el puente

la libertad el viento de sombrero de copa perforado por la distancia

¿Y dónde están los muertos?

¿Dónde están esos locos navegantes del amor

esos que santiguaban este día entre sus palmas que se pudren?

La libertad su tumba

su botella en el mar

Una ciudad de América respira en su laberinto

¡beber el ron ardiente de la fraternidad! 

Destino Común (Ediciones A Partir de Cero. Buenos Aires. 1959). A capa é de Amália Cernadas. A edição traz ainda duas ilustrações internas, assinadas por Mary Luz Luna e Carlos Latorre.

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soares feitosa

coordenação editorial da banda hispânica

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