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Algunos poemas de
Destino
común
ANTIGUAS COSTUMBRES
Misericordia
oh mundo oh vida oh conocimiento del arte, oh ciego cantor de la
balada de nosotros mismos
Fuera
de tono
Este
siglo completo habrá que transportarlo a través de la nieve a
pulso y a crédito
Allá
en la gran parrilla San Sebastián gusta de los placeres de la música;
el
cordial caballero sujeta los cordones de sus zapatos y no tiene
tiempo para más
porque
todo se le va en sufrir
¡Cómo
fracasan las costumbres naturales!
SENTENCIA
FIRME O EN CAUSA CERRADA NO ENTRAN MOSCAS
Oh
justiciero nadador de alta mar oh pájaro de otro mundo
oh
enhebrador de la aguja del juicio final
oh
camello de largo radio de acción
oh
profeta
me
has hecho justicia de agua
yo
pájaro de este mundo
has
enhebrado la aguja del juicio final para mí
has
sentenciado para mí
No
te odiaré por nadar en la sala del juicio
si
te odiara enhebraría la aguja del juicio por tu ojo de largo radio
de acción
ojo
por ojo mundo por mundo
te
saludo desde abajo del agua
los
ahogados no profetizan no enhebran no tienen radio de acción
saludan
para nadar
nadan
para ahogarse
ahogados
saludan
siempre
saludan hasta que el agua cae al fondo del agua
Pez
volador
a
enhebrar la aguja del juicio final el pez espada de la justicia
pez
espada:
a
ajusticiar
pez
palo a dar garrote
pez
juez a sentenciar para mi
pez
y plumas
pez
y plumas para el alma que adapta la forma del mundo que na contiene
kaputt
saludos
burbujas
no
se apela
LO
MISMO DA
El
gesto de dar a luz
el
gesto de ofrecer lumbre con un niño
y
la rúbrica de un documento póstumo
¿facilitan
la salvación?
Así
se justificaría la magnifencia cotidiana,
la
explotación del aire por el ázoe,
mucho
aerostato,
las
mañanas de gran radiación,
la
memoria de los distraídos, los pinos que encajan,
el
fluir de los rayos,
la
meditación con la cabeza en el puño,
con
el paño del cabezal,
con
la compañía del descabezado
y
con el gran relumbre de la guillotina en la sopa de costra de pan
eucarístico que el Gran Nivel de Artesano Mesopotámico obsequia
cotidianamente al Gran Medidor de la Compañía de Electricidad
EL
ARPA DE MADERA
I
Un
país de esplendorosa piel de botella
pasa
desnudo como una mujer
junto
a los edificios del mar
Sus
alegres pechos de arena conservan imborrable la huella de unos
dientes
los
dientes con adornos de ébano
los
dientes de sonreír al sol
Bello
país de piel hinchada por la velocidad de sus hijos;
camisa
de culebra que agita la humedad:
tambor
despeñado del cerro al mar con su guijarro dentro,
la
piedra de la buena suerte y la música de piel.
II
¿Saben
ellos que han aplastado el reloj de pulsera con una montaña?
Señalan
el norte con nubes
fuego
seco
humo de conservación
y
dejan pasar al extranjero
hacia
los cerros contorneados por el sol desde sus pies de apisonada luz
hasta la cumbre
Allí
verás
subiendo
de ventana en ventana
mejillas
o vientres frenéticos de calor
Son
los morros de cuero por cuyos ojos de buey asoman niños amarillos
de inocencia
con
la mollera raída por los duros bastones de mandioca
Allí
verás los santos de piel de palma de la mano colgados en los
corredores
incensados
con humo de ron
Cabezas
reducidas por el patriotismo que beben jarabe de luciérnaga
buenos
amigos de un anochecer
buenos
ciudadanos de su alto horno de paja perforado por el bastón del
hechicero
III
Hay
también grandes hormigueros donde se esconde a las mujeres
Se
escucha el arpa de madera que retumba sobre los árboles como la
lluvia en los aviones
Allí
se suda entre las cañas
Se
aprende a no esperar sino la magra paga del calor del año
Despojos
redondas
palanganas de gozar efímeras
instrumentos
de serenata
y
una pinta de agua para el honor
Oh
mensajero acostumbrado al espesor de la memoria:
no
se siembra en la piel
Y
sin embargo a veces el frondoso pelo de estas momias recuerda los
compases del Vals Sobre las Olas
o
el bambuco de agua de coco que se acumula entre dos pechos de mujer
apretados por el deseo
chorreando
amor sobre lo que se ve
lo
único que existe
Aquí
lo que se ve
lo
único
que
existe
LA INSURRECCIÓN
I
La
voz de los tambores habituales suena como Calipso entre las piedras
y las cañas
sobre
la piel madura de este valle donde remansa la indiferencia de los
dioses
La
república huele débilmente sus orquídeas agitadas por los filosos
abanicos de palma
y
un día que se pudre rodando bosque abajo se desgaja y ordena
un
gran cerro de sal se incorpora y ordena
una
vuelta del río de azúcar y veneno ancho como la eterna voluntad de
mandar en América se desliza y ordena:
al
cuarto de parir la que ha velado la tarea de su vientre durante
todo el año
a
su jardín de cal los súbditos del hambre
a
su pozo el alzado contra sí mismo
a
su grávida luz los que encienden el fuego de la esperanza con los
propios huesos
al
basural las manchadas vendas del hábito que la ciudad devora con
fruición
a
su muerte el condenado a su baile el arpista
a
su cuartel el relámpago triste de la semana
a
su silla el guardián de esclavos con alegres zapatos de sangre
II
Pero
cambió la voz de los tambores como el niño que cambia de voz en
una sola noche
y
sacaban a luz antiguos instrumentos de revancha
timbales
de sangrienta gelatina redondos y populares como el mundo
templados
para la muerte como el mundo
Levantando
los cerros encontraron esos ojos de vidrio multicolor salpicados de
fuego en cuyo interior la saliva de la venganza circula velozmente
los
tejos de raspar la memoria las botellas de la justicia las ruedas de
ir a ver
Y
el sol en Naiguatá con un ojo en el cielo y el otro en el mar
a
caballo sobre la montaña como la eterna voluntad insurgente de América
III
Ordenan
afinar los violines de plomo
administrar
la espuma de la confesión
lustrar
los monumentos
Pero
¿quién puede fusilar al pan?
¿Quién
sitiará a la gaviota en su nido?
Ya
caen de los balcones recuerdos de familia y los antiguos paños
ofrendas
relicarios hijos mayores y trajes de domingo
Ya
la imprenta resiste con la mecha encendida junto a la altiva Musa
sentada sobre sus ornamentos
Con
la bala en el pecho y el polvo de la calle entre los dientes arrojan
sus galletas de pánico mordisqueados en los bordes
clausuran
los pasillos donde yacen sus muertos
lanzan
las llaves al rostro del enemigo
sus
pesadas esperanzas de sobrevivir
la
inutilidad del cielo sobre sus cabezas
Y
el padre de los hermanitos sonríe sin dejar por eso de dar rienda
suelta a sus lágrimas que bebe bajo la mesa el perro de la bondad
del hombre
el
perro de la familia
el
magnífico perro de la Ciencia hijo de la perra del Poder
el
perro fiel del destino
el
bello perro innato de la muerte
IV
Tambores
de la sangure tambores del furor retobaron la noche
Otro
día amanece sobre su víspera como la mano sobre el hombro
y
el sol en Naiguatá que envaina su machete en la montaña
roído
por la costa lamido por el cielo
La
libertad un rayo una naranja de sangre
Esa
mujer desnuda despierta en el estanque de sábanas blancas
la
libertad el sudor de su sueño
una
bola de pelo impregnada de sueño
El
hombre de los puentes el enano del alba
el
combatiente del instinto
la
libertad su lecho bajo el puente
la
libertad el viento de sombrero de copa perforado por la distancia
¿Y
dónde están los muertos?
¿Dónde
están esos locos navegantes del amor
esos
que santiguaban este día entre sus palmas que se pudren?
La
libertad su tumba
su
botella en el mar
Una
ciudad de América respira en su laberinto
¡beber
el ron ardiente de la fraternidad! |