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julio eutiquio sarabia

 

Mudar de vida, de Julio Eutiquio Sarabia

David Cortés Cabán

He aquí el poeta del lenguaje encantatorio; he aquí el poeta que habla del amor como quien ha cruzado un lago que refleja la más alta expresión de un erotismo que es gozo y esplendor, armonía y cántico de los cuerpos. Y es que Julio Eutiquio Sarabia llega con la inefable belleza de los clásicos, de la fuente de los místicos nos llega, no para revivir el espíritu sino la carne; ora nos muestra la desmesura y profundidad del amor, ora su apasible e impetuosa agonía, ora el fulgor del instante y la suprema consumación. Heme aquí, mientras las últimas lloviznas de esta tarde alardean rigurosas contra el cristal de la ventana, leo:

[…]

Ya que el amor apremia desmesuras,
no me despiertes con tu sombra
ni llames a rebato:
apenas, cuando puedas,
repasa las minucias
y el menstruo apacigua
--celo, leche, sol —
que bendito es el vino de tu vientre.
(p. 18)

Pero ¿cuál es la extraña virtud que posee esta poesía que nos sobrecoge y no nos permite reposo? Ya sé, creo intuir: es la armonía; el esplendor relampagueante de una sintaxis que nos descubre un ritmo, un sentido y una coherencia diferentes a las que estamos habituados. No es un orden estrictamente coloquial, por supuesto, ni un decir completamente hermético o barroco, sino una estructura equilibrada, pulcra, balanceada en el hábil manejo de un lenguaje que es maestría sólo de los poetas que dejan una honda huella en el lector. Es, también, la temática que configura todo el texto: el amor que como una ráfaga enciende el placer y el deseo, la sensación de nostalgia y soledad, el desamor, la memoria de un cuerpo imposible de recuperar. En horabuena me llega Mudar de vida (Puebla, México, Beremérita Universidad Autónoma de Puebla, Colección el Secreto, Serie Mayor, 2003). ¿Qué quiere decir este título ambiguo y significativo? Puedo intuir, ¿no es la intuición ese gran salto del que habla Dámaso Alonso? Me basta imaginar lo que sugiere esta imagen de vitalidad y sorpresa, pero qué sentido se esconde detrás de estas palabras, qué motivos llevan al hablante poético a mudar de vida. ¿Cómo puede uno mudar de vida sin despojarse de su propia realidad? Juan de Yepes mudó su ser. Ahí  está en la distancia, transformado en San Juan de la Cruz; vive avizorando en el horizonte un cielo más alto y puro; en rapto silencioso vuela su alma hasta el sublime y perfecto amor. Pero Eutiquio Sarabia va por otros rumbos. No basta adoptar otra actitud frente a la vida. No basta sentir el amor como una experiencia mística. Los versos de Juan de Yepes aquí son sólo un subterfugio, una forma quizás de insuflarle al amor una cualidad que bien pudiera ser cierta si no fuera por el descarnado erotismo que late en este libro. La agonía del hablante poético no es la agonía del espíritu sino de la carne.

[…]

Y si después -al oído dije- tu carne no se inflama
con grandes desfiguros
ni con los simulados rugidos de león senecto,
ni mausoleos ni estatuas me levantes:
sólo haz memoria, Luna, de tu lecho
y de la solitaria llama que avivabas.
No crecerán sino el polvo,
la piedra de la piedra,
la sal sobre la sal.
(pp. 21, 22)

Lo que persiste es un sentimiento marcado por un profundo erotismo que cristaliza un modo de vivir, de sentir la realidad del amor no como una posibilidad de salvación sino como un modo de recobrar la lucidez del cuerpo: “Desnudos aguardamos lo infinito” llega a decir en un verso y, en otros: “…Devórame para que calme / el trasnochado apéndice que hube / y desdeñé, con vista alegre, los días de octubre en que llovía”. Para Eutiquio Sarabia el lenguaje también se funda en el placer de poseer el cuerpo, en la agonía y la pasión del acto erótico: “Su lengua, de especias exquisitas, / erigen alturas y forja su declive.” El cuerpo como una especie de fatalidad que determina el mundo del poeta, sus palabras, su vocación, su misma plenitud. No basta nombrar el cuerpo sino poseerlo, abismarse en él, dejarse arrastrar hasta el infinito por un acto que no admite otra forma de desafío que una entrega total. Esta es la razón que abriga la profunda experiencia del amor. De ahí surge la intensidad de cada imagen, la nostalgia y la ausencia del amor y lo que representa esa experiencia individual que el hablante poético trasluce en cada poema:

No sucumbas al celo de mi carne.
Manténte nenúfar sobre el agua,
muy abiertos los ojos y con pasmo
mora en el corazón de la intemperie.
(29)

La imagen unificadora del amor se nos presenta como una visión desacralizada de la carne, un erotismo exento de cualquier sentido de culpabilidad si pensáramos, por ejemplo, en el sentido religioso. El cuerpo está visto no como algo pecaminoso sino como el centro de un erotismo donde brilla la más profunda libertad amorosa. Este erotismo justifica esa libertad, pero se convierte, también, en una especie de libertad ilusoria donde el poeta mismo se reconoce, al final, como un ser desposeído: “quema tus alas en lumbre de intensa combustión, / abrásate en el rugido efímero del semen”, señala en estos versos; “bálsamo sé de mi furor y del eclipse que hay en las pasiones”, advierte al final del poema.

En la segunda sección del libro, “El vino de su cuerpo”, otra vez nos topamos con los versos de Juan de Yepes ( “y véante mis ojos / pues eres lumbre dellos” ) ¿Es ésta la ruta que ha elegido el hablante poético? ¿Será esa experiencia mística el motivo principal que cristaliza el lenguaje de esta poesía? Presiento que no. En Mudar de vida el cuerpo no es la búsqueda y la unión de un amor místico, ni tampoco el fin de una pasión ilusoria, sino el centro y la plenitud de un erotismo que se funda en la plena libertad de los sentidos. Si algún sentido espiritual nos sugieren los versos que sirven de epígrafe, hay que buscarlo en la unión de esos cuerpos, en el abandono total de ese erotismo, en la unión y voluntad de ese encuentro amoroso:

Estaba yo en “los órdenes celestes”
y en el acantilado había el estruendo
y el viento de marzo derribaba
cables de sol artificial.

La anunciación, oh estrella de la sangre,
descendió de un barco inmóvil.

Alguien teñía de menstruo sus mejillas
y ocultábase en la oscuridad profunda
para libar el néctar incierto de mi prole.   

Luces fugaces, ¡ay!, las de mi semen. (p.43)

Si bien es cierto que algunas imágenes, como las que abren este poema, y los versos de Juan de Yepes al comienzo y en la segunda sección del libro, podrían sugerirnos la temática de algunos de estos textos como originados en una experiencia mística, lo que predomina, sin embargo, es un marcado erotismo. La textura misma de los poemas y su contenido nos colocan frente a un cuerpo real. Y la vivencia de ese cuerpo condensa toda la emoción en la lucidez de un lenguaje que encarna el placer, la satisfacción y el deseo del hablante poético. El espíritu y la carne no conviven aquí en pertinaz lucha. El poeta conoce su destino. Ha escogido el camino que lo conduce al más fiero erotismo: “Serpentea, diente; / labio, pulula. / Oscila, trenza, / en mi clavícula / y pócima sé / de mis voraces dentelladas”, nos habla de un cuerpo sentido como plenitud y dicha, como fuente y exaltación del placer. De ahí que el cuerpo no sea una idea abstracta, ilusoria o mística, sino una realidad que lo rescata de la estéril cotidianidad. Es en ese cuerpo que el hablante se reconoce y conoce también su carencia y su soledad: “Cuerpo, te obstinas en su cuerpo y olvidas / el físico lastrado que aposentas / en ciertas mesas de café / y en bares de menjurjes criminales”, nos dice en estos versos. Esta imagen del cuerpo llega a convertirse casi en una expresión de conmiseración. Pero una conmiseración o indulgencia que tiene que ver más con la realidad de la vida que con el cuerpo mismo. Desde la altura de la soledad el cuerpo es el paisaje de un amor que también se va transformando en un espacio sombrío; exilio y paraje donde el poeta se siente abandonado: “También yo comí bellotas de tu mano / y hallé placer en la dádiva que aliviaba mis quehaceres” señala en esta imagen. Lo que permanece son los recuerdos. Lo que fue esplendor y placer, lo que fue exceso y exaltación de los cuerpos queda ahora como “la brizna en el agua”. Ya de alguna manera en “Nimbo” (palabra que nos sugiere además otra dimensión significativa de esta poesía) se proyecta esa conciencia de desamparo como uno de los rasgos dominantes de esta última sección del libro: “(Zozobra me invandió en noviembre, / llanto contuve andando entre los cactus, / hormigas y moho proliferaron en los platos rotos”.), imagen que condensa también un sentido de pérdida y nostalgia. El sentido de las relaciones humanas queda además como una interrogante frente a la pérdida de ese amor: “¿A quién amaste que te lleva aunque te quedes?, dice en este verso, y en otro: “Que atrás queden la sombra de lo dicho / y las migajas que compartimos entre las sábanas y la cocina”. Y es que el intenso y fugaz esplendor de esos cuerpos queda como una conciencia que permanece aunque el tiempo proclame una nueva actitud ante la vida. Por eso este cuerpo que, a veces, adquiere cualidades cósmicas (“oh, muchacha bañada por la luna.”) y (“Los mismos sentidos que toda te bebían / y alelados estaban del resplandor que deja de ser / cuando se toca.”.) no deja de ser una realidad punzante en la vida del poeta. El esplendor, las dolencias y las incertidumbres del amor, los reproches y el abandono marcan el tono y la tensión de este desenfrenado erotismo: “…de tanto amor y tanto olvido / soy la simiente y el veneno.” exclama para reafirmar su presencia y las consecuencias que lo justifican. Así, en estas páginas, queda inscrita una experiencia que trasciende toda lógica para instalarse en un cuerpo que se convierte en la única y absoluta verdad del poeta. En este sentido el cuerpo se transforma en el centro referencial de un universo donde el lenguaje refleja también las impurezas y virtudes del amor. Hay lugares (Venecia, Estocolmo, Manhattan) y alusiones a esculturas, personajes bíblicos o fantásticos, y cantantes de ópera o de la música popular (David [el rey y profeta de Israel], José Alfredo [Jiménez], Bernini [Gian Lorenzo], Drácula, María Callas) que se convierten también en parte integral de ese universo poético. Y alusinones a poetas: “--Gonzalo dice, Rojas las pícaras maneras. / Y, “veneno”, advierten los adversarios / mientras sucumben ante el rigor de la sintaxis.”, que nos revela sutilmente la ironía que gravita también sobre algunos de estos textos. “Rigor de la sintaxis’ -como dice el poeta- palabra clave para asomarnos al abismo y al cielo de estos versos: cuerpo y palabras; “reunión de espejos”, lenguaje que nos recuerda las profundas y graves consecuencias de:

Haber tocado el deseo
con yemas de azul inextinguible
y nunca mirar la sombra del amor
que acaso parecía.

 

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