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También
soy poeta: me llamo Pablo De Rokha y cumplo 110 años
Naín
Nómez
Aquí estoy, aquí
estoy poetastros de Chile y abrómicos de Europa, multitud de
escritorzuelos rufianes, no me mostréis el rabo; viví setenta y
tres años sobre la tierra, pobremente, vi grandes a mis nietos
menores y amé, amé, amé mi oficio con la honorabilidad del
hombre decente, odié al capitalista imbécil y al peón canalla,
vil y utilitario; viví setenta y tres años sobre la tierra,
fallecí en el patíbulo POR REVOLUCIONARIO, pero sigo vivo, todavía
sigo vivo porque también en las bodegas y las tonelerías de la
muerte estalla la carcajada de la poesía
Nací un 17 de octubre de 1894 con el fracaso total del mundo y
aunque mi dolor chorrea de sangre la ciudad, aunque aúllo por los
barrios mordido de canallas y haya sido el gran solitario de las
letras chilenas, sigo escribiendo, sigo viviendo, cantando con
este lenguaje extraño, trunco, espantoso, deforme, dinámico,
flexible, que los alones, los silva castro, los omer emeth y los
valente rechazaron; grafómano irredimible es verdad, pero ni matón
ni perdonavidas como decía el tal basualto, el bacalao de isla
negra, ni verdugo, espía, soplón ni plagiario ni menos falsario,
hueco o polítiquero como apostillaba el pije de cartagena.
Aquí estoy con mi voz grande, mi voz oscura, cantando alegre y
nueva, alegre y nueva, cantando alegre y nueva por los caminos
imaginarios de la antigua ciudad de talca, la ácida la árida
talca, por las granjas de putú y licantén, por las provincias
del mundo y los pueblos en que nacimos, vichuquén y hualañé,
llico y lora; me acuerdo de mi padre don Ignacio y el rucio
Caroca, de la perdida felicidad en los escombros cuando el amor
nos agarró y nos estrujó como a limones desesperados; escribí y
sigo escribiendo porque tengo la palabra agusanada y el corazón
lleno de cipreses metafísicos, ciudades, polillas, lamentos y
ruidos enormes; como el pelo me crecen, me duelen las ideas,
dolorosa cabellera polvorosa, al contacto triste de lo exterior
cruje, orgánica, vibra, tiembla y cargada de sangre, parece un
manojo de acciones irremediables.
Aquí estoy: ayer me creía muerto, hoy no afirmo nada, nada,
absolutamente nada, y con el plumero cosmopolita de la angustia
sacudo las telarañas a mi esqueleto sonriéndome en gris de las
calaveras, las paradojas, las apariencias y los pensamientos; cual
una culebra de fuego la verdad, la verdad le muerde las costillas
al lúgubre Pablo, por eso ni hoy ni mañana acabarán conmigo.
Arrastro la porquería maldita de la vida, como la pierna
tronchada de un idiota y espero el veneno del envenenador, la
solitaria puñalada literaria por la espalda en el minuto crucial
de los crepúsculos, el balazo del hermano en la literatura, como
quien aguarda que le llegue un cheque en blanco desde la otra
vida; me da vergüenza ser un ser humano, como con asco de
existir, duermo como un perro que bramara en el desierto encima de
una gran piedra tremenda, hablo con espanto de cortarme la lengua
con la cuchilla de la palabra; no deseo el sol sino llorando y la
noche maldita con la tempestad en el vientre.
Cuando los naranjos del siglo den la última flor de azahar, todos
nos habremos muerto, nos habremos muerto con nuestros dolores y
nuestros errores y espantos, nos habremos muerto con la época y
todas las formas de la época; constituiremos el retrato del
antepasado oficial, polvoso, telarañoso e idiota como batea de
comercio y nuestros bigotes y nuestros garrotes de peleadores por
la vida trágica serán como viejo lobo muerto en los acantilados
del gran océano de la eternidad.
Pero aquí estoy de nuevo, aquí sigo respirando sin disfrazarme
de nada herido muerto resucitado sin homenajes ni congresos ni fábulas
de buen amor muriendo de pequeños insultos, fracasado en la vida
y en la muerte oteando el nuevo siglo desde la vuelta de la
esquina con los mismos vaticinios de siempre mirando con tristeza
los despavoridos caballos del crepúsculo y la lenta muerte de
este país como decía en infinito contra infinito porque sobre el
hambre, el andrajo y el asesinato se construyó la historia y hoy
los verdugos y las víctimas propiciatorias, los niños pasados a
cuchilla o violados por degenerados, los ancianos y las antiguas y
heroicas madres, todos yacen en la misma tumba helada.
Aquí estoy con mis poemas insobornables, enhiestos, justicieros,
fracasado pero vivo, sentado a la sombra de un sepulcro pero vivo
y viviendo del recuerdo, amamantándome del recuerdo, padre y
abuelo padre de innumerables familias reales e imaginarias, porque
lo hicimos todo, lo quisimos todo, lo pudimos todo y se nos
quebraron las manos y los dientes; aquí estoy infinitamente
cansado, desengañado, errado, aunque el dolor nacional es mío y
el dolor popular me horada la palabra, desgarrándome, como si
todos los niños hambrientos de Chile fueran mis parientes.
Aquí estoy todavía agarrado a la tabla de salvación de la poesía
y las batallas ganadas son heridas marchitas, pétalos de una gran
rosa sangrienta, porque sé que perderé la guerra eterna y parece
que encienden lámparas en otro siglo del siglo, en otro mundo del
mundo y presiento que el porvenir es un sable de sangre.
No fui dueño de fundo, ni marino, ni atorrante, ni contrabandista
o arriero cordillerano, mi voluntad no tuvo caballos ni mujeres en
la edad madura y a mi amor lo arrasó la muerte azotándolo con su
aldabón tronchado, despedazado e inútil, pero aquí estoy como
el tigre martiano espantado del fogonazo que vuelve de noche al
lugar de su presa y que muere echando llamas por los ojos y con
las zarpas al aire aquí estoy ahora cantando con la desmesura de
siempre ya sin diatribas ni gemidos o enemigos que griten que no
fui poeta que no fui consecuente que no me jugué mi destino hace
36 años vociferando de nuevo en las entrañas de este país donde
todavía existe alguien más maldito que yo sabiendo siempre que
la batalla de la vida va perdida de antemano pero lo heroico es
ganarla. |