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Desde lo oscuro, de Víctor Bravo

David Cortés Cabán

Entrar a la poesía de Víctor Bravo es recoger vastos dominios donde las palabras se transforman hasta cristalizar múltiples sentidos de la realidad, pues cada palabra encierra un sentido más profundo y real de lo que imaginamos: “ Cada palabra, hasta la más humilde, / es vientre, mundo, escudo, manos, ojos, sol, /  pero más allá del borde de las palabras / desde lo oscuro, desde el silencio: / lo oscuro / el silencio”. (37), nos dice en estos versos.  Y es que Desde lo oscuro (Ediciones Actual, 2003) es un poemario donde confluyen los enigmas de la creación y el conocimiento, la razón de existir y la memoria, el tiempo y la naturaleza, el sentido y el sinsentido de la vida, la palabra y el cuerpo en un lenguaje que nos sugiere otra manera de acercarnos a las cosas que nos rodean y de sentir la vida y el peso de la cotidianidad. Las diez secciones que componen la estructura del libro abren con epígrafes que encarnan otras voces, puntos de convergencias que representan un diálogo importante con autores significativos en la vida y la poesía del poeta. Estos epígrafes aluden desde el comienzo a la visión poética y a los motivos y temas que integran el libro. 

Lo primero que llama la atención al acercarnos a la poesía de Víctor Bravo es el título mismo del libro: Desde lo oscuro. Imagen al parecer hermética para quien no comprenda que esa oscuridad implica solamente una postura, un concepto desde donde el poeta nos comunica su visión de mundo y afirma su ser en el supremo instante de la creación: “Mis raíces quizás no existen /  pero me atan / a la frágil certeza / de lo que soy”. (14)  Lo oscuro como indagación y conocimiento es también una presencia que concreta  y altera el ritmo de las cosas en el fluir de ese acto creativo donde el poeta se reconoce.  “Las horas / nos arrastran / dejando atrás / lo apenas entreabierto / lo apenas saboreado”. (31), nos dice. Por eso el tiempo es como la imagen fugaz de un “lejano barco sumergido”, o como la memoria que se transparenta en ese “… intentar recuperar / lo que en verdad ya se ha ido para siempre” (33).  Las cosas se deterioran, desaparecen. Sólo le queda al poeta un lenguaje que le permite revelarnos su interioridad desde el insondable enigma de la creación. De ahí surgen los motivos que componen su horizonte poético, de ahí devela no sólo el misterio de las cosas (“A veces remonto vuelo / Más allá de las aves depredadoras  /  y entonces / me conmueve / el abismo del mundo”.) sino, también, reconquista  esa otra dimensión del universo donde la mirada parece encarnar una imagen que refleja el sinsentido de las cosas o la  dualidad de  la vida y la  muerte:

   La luz
   extiende su aliento plateado
   y hace brotar la esfinge.
   La luz sacia la sed del mundo
   y vigila
   la sombra pegada a los cuerpos
   y el rumor de las palabras.
   El reinado de la luz
   ha precipitado en el olvido
   la respiración desde lo oscuro
. (24)

Es de ahí, desde lo oscuro que el poeta nos habla; ésta es la metáfora que nos revela su existir, su constante reflexionar sobre  la presencia y el enigma de las cosas. Pero lo “oscuro” no como negación de la existencia o la naturaleza humana, sino como la iluminación de un instante que nos sitúa en una realidad al parecer indiferente al hombre común. Es decir, esa cotidianidad donde se instala todo destino humano es vista por el poeta como un continuo acontecer que nos revela, en última instancia, nuestra propia transitoriedad: “las nubes dibujan / sobre la página del cielo / el quebradizo destino de los hombres”. (43) nos dice en estos versos. Y es que el poeta mismo se instala en un espacio que es centro y transformación de un instante que adquiere múltiples formas en la mirada. No lo que permanece de ese instante, sino lo cambiante, lo que escapó en el momento mismo de la contemplación:

   […]

   El avión pasa produciendo un oleaje
   y mi mirada salta
   en un mínimo estallido del asombro
   de esa acomulación de enigmas
   de esa precisión de formas
   al rostro indiferente
   y solícito
   de la azafata.
(45)

Frente a la indiferencia, sólo al poeta le es dado intuir lo infranqueable.  Lo que se presenta no como una gratuita revelación  a los sentidos, sino lo fugaz, lo inadvertido; lo que en el acto rutinario de la contemplación ha perdido todo sentido de trascendencia. Sólo el lenguaje poético es capaz de iluminar ese espacio donde la vida y las palabras mismas se funden en una sola presencia: “Estoy  hecho de palabras”, nos  advierte en este verso; y  más adelante: “Voy pegado a las palabras como el hombre a su sombra / y no soy sino la sombra / del temblor de las palabras / que no dejarán huella”. (57) La sutil presencia de la realidad que nace del lenguaje mismo se contrapone también al sentido de la permanencia. No lo que permanece en su estado natural indefinidamente sino lo que asume “la máscara de la permanencia”. Por eso los poemas de esta sección del libro, (“Fotografías”), son como aforismos que inútilmente intentan asumir el espacio de la memoria, retener el cauce del tiempo en una imagen cuyo centro es el recuerdo mismo de ese instante: “La fotografía / es una piedra / minúscula / Intentando detener / el torrente del río”. (53) nos dice. Pero si la fotografía es la ilusoria sensación de lo que permanece, y la palabra la esencia misma de esa realidad, las moscas,  por su parte,  representan el rumor del pasado y la ruina, la inquietante presencia de lo que se aborrece: “Llegan sedientas / y siempre hemos creído / que son las enviadas secretas de la muerte”. (62)  Las moscas, ¿no son acaso partes del universo; no justifican acaso una imagen más del ámbito de nuestra cotidianidad? Si esta imagen nos instala en esa dimensión de lo decadente,  más adelante, en los seis poemas que aparecen en la sección “Los espejos”, el sujeto poético nos enfrenta a otra realidad: la imagen que copia y  refleja nuestro propia presencia y (¿por qué no?) la razón de la escritura misma como un espejo que revela la identidad del otro, del personaje poético que da vida a estos versos:

       El otro
       el extraño
       es en el inesperado espejo
       el trazo de una indescifrable escritura.
       Es el ruido, el deseo,
       la distancia.
       El otro
       reproduce con exactitud mis gestos
       desde el cristal de un sueño recurrente.  
      
El otro es en la noche
       el temblor
       que se desprende de mí
       hacia la fiebre.        
( III, 69)

Para Borges, como señala Guillermo Sucre (La máscara, la transparencia, p. 163),  “los espejos ejercen un doble poder anulatorio: sobre la realidad, que se vuelve caótica y por lo tanto fantasmal al duplicarse y multiplicarse en ellos; sobre el hombre, para que sienta que es ‘reflejo y vanidad’, mera cifra de un poder superior…”  En Víctor Bravo los espejos aluden también a esa compleja y profunda realidad: copian y reproducen las acciones; fijan la imagen del entorno; son una especie de frontera donde el hablante reconoce su propia dualidad. Incluso, la escritura misma asume la imagen del hablante, en ella se revela su otro yo: “El otro es en la noche / el temblor / que se desprende de mí / hacia la fiebre”. (69)  Pero es el poeta quien rescata la plenitud del universo  y lo llena de un sentido más luminoso: “Para el poeta / el lenguaje es una red / de atrapar ángeles”. (73)  nos dice el hablante  en los poemas que se agrupan bajo el subtítulo “Poeta”.  La anáfora, recurso expresivo que se reitera una y otra vez a lo largo de estos textos enfatiza la imagen del poeta como un ser cuya labor no busca alterar la lógica de lo que contemplan sus ojos, sino decir la entera plenitud de las cosas que sustentan su visión de mundo.  De ahí que las palabras reflejen la realidad de un universo  sólo perceptible por el poeta:

 Para el poeta
 la luz es la expresión máxima
 de la poesía
 pero quisiera nombrar también
 la existencia secreta
 inconmensurable
 de lo oscuro.
(79)

Es a través del lenguaje de la poesía que el poeta refleja un sentido mucho más luminoso y sorprendente del universo, es él quien rescata y le devuelve su plenitud. Nos acerca a otras vías de conocimiento como, por ejemplo, en  Casa y Viento”. Aquí entramos al espacio que fija nuestra presencia, al espacio habitual. Por un lado el “viento”, como lo fugas, lo impreciso, lo abstracto; y, por otro, la casa: muralla que proteje nuestra intimidad cuando escapamos del sinsentido del mundo. Es la casa la presencia física de otro diminuto universo: “La casa en su penumbra, / es el centro del universo”. (85) Es la casa la que nutre nuestro espíritu en éxtasis de contemplación y amorosa convivencia.  Pero la casa, más que la idea concreta del espacio físico que todos compartimos, es más bien el sentimiento que trasciende hasta convertirse en la imagen misma de la poesía. No, no es tan solo el espacio de cuya memoria se llena nuestro corazón y nuestros sentidos. La casa por sí misma representa la naturaleza de la poesía. De ahí parte el  poeta hacia la contemplación del universo. Es ahí donde la presencia de lo intangible  le revela su propia realidad:

         En la penumbra
         la casa se expande
         en el ritmo secreto
         de su respiración.
         Ella sabe viajar
         hacia el interior de sí misma
         y reconocer las voces
         y los rostros
         de las vidas de otros tiempos.
         Ella hace florecer sus ruinas
         y regresar
         con su penumbra
         su leve fiebre
         su íntima dicha.
(87)

Los poemas que componen la última sección del libro contienen (sin ser totalmente degarradora) una imagen enigmática de la vida, del tiempo y de las acciones que rigen el destino humano. Parece que el poeta busca acercarnos a lo más íntimo de nuestra naturaleza humana y revelarnos las apariencias y el sentido (¿sinsentido?) de la compleja realidad de la vida. Por eso, pienso, es natural que el poeta fije su atención en el cuerpo y aluda a la piel misma como “máscara y estremecimiento” de un sentimiento que nos permita comprender la verdadera imagen de su universo poético: 

         Veo el mundo pasar
         veo la danza enmascarada de las pasiones
         y el fragor apresurado de las horas
         trocando el horizonte en naufragio.

         Te veo a ti
         inventada por mi deseo
         dejando el rastro 
         de la huida.
  (“Mirada”, p. 106)

La mirada también nos relaciona con esa frontera donde el amor y el deseo, los sentimientos y las acciones de la vida diaria se funden para mostrarnos, a veces, los más doloroso de nuestra condición humana: 

 Camino, y en las esquinas
 encuentro la flor del mediodía.
 Miro el horizonte de ceniza
 que me habla.
 En la calle soy un sonido
 que se disuelve en el musgo.
 Alguien pasa con su vida
   y con su muerte
me da con su sombra
y saluda. (“Esquinas”, p. 108)

El sentido de la vida y la carencia de esa humanidad parece desvanecerse en los quehaceres del ámbito cotidiano.  Pero dentro de esa cotidianidad la mirada justifica la presencia del amor, pues hay tiempo para decir los asuntos del corazón. La pasión es un anhelo fugaz y lejano que ha dejado su silenciosa huella en la mirada del hablante poético. Realidad o deseo, invención o recuerdo de un femenino cuya presencia ha quedado ya para siempre registrada en el lenguaje de esta poesía: “Te veo a ti / inventada por mi deseo / dejando el rastro / de la huida”. (106)  nos  dice el poeta; y, más adelante: “Quisiera no ser la víctima de tu crueldad / ser el elegido / que te transformara / y sembrara en tu pecho / el más íntimo / de los jardines. /  Pero tú / eliges a otro”.” (107). Y es que esa mirada abarca las circunstancias y la precariedad de la vida que se manifiesta a través de una escritura que nos permite sentir lo que calla la conciencia: “Mi enemigo me vigila / desde la orilla de otra vida /  y es el espejo que reproduce mis gestos”. (110) nos revela en estos versos; o, por ejemplo: “Mi cuerpo / a veces es sólo un olvidado dolor / el ruido sordo de una piedra / que ha caído en el abismo”. (112)  Es que frente a esta experiencia ganamos acceso a los caminos más entrañables de esta poesía. Sin duda, hay lugar para la sensualidad que asoma sobre la superficie de algunos versos. Acaso el poema titulado “Erotismo”, ¿no es también raíz y metáfora de los motivos que encierra este libro? Y es que en todo libro de poesía los poemas son como estrellas relampagueantes ofreciendo cada uno su propia luz,  revelándosenos en la superficie de un lenguaje  que configura la individualidad de cada texto. En fin, Desde los oscuro nos transmite la imagen  y el sentido de las relaciones del hablante con ese universo que le reclama las impresiones vividas o imaginadas por el poeta. Impresiones que también encarnan un sentimiento de carencia y soledad como las que  sentimos en uno de los poemas más conmovedores del libro:  

         […]

         Sin ti, madre
         no estoy donde estoy
         a pesar de las miradas bondadosas o crueles
         que insisten en vigilarme.
         Tu muerte es mi muerte anticipada
         hoy soy la sombra
         el hijo viejo que no entiende el mundo sin tu presencia frágil y cósmica.  
        
Un hijo viejo extraviado
        que se precipita con sus huesos dolientes
         hacia lo oscuro.  

         (“Madre”, pp. 120-1)

Quizás estos versos no encierren tanto la dura realidad del yo ante sí mismo o frente a la existencia,  sino la propuesta de que  lo único que nos queda es la fe en el lenguaje para restituirle al universo desde el ámbito de esa posible oscuridad (enigma, asombro, (sin)sentido, creación, estremicimiento) el esplendor y el verdadero sentido de la vida.

 

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