|
Luis
Moreno Villamediana de espaldas al infierno
Jacqueline
Goldberg
A mediodía el teléfono es un bicho imprudente. Sea
quien sea fastidia. Luis Moreno almorzaba cuando un inoportuno
ring exigió el esfuerzo de abandonar un promisorio paraíso de
pasta. Sin embargo, el nombre del interlocutor permutó hastío
por nervios, hambre por dolor de estómago. “Es el señor Santos
López de la Casa de la Poesía”. De inmediato el poeta de 30 años
recordó que un libro suyo se hallaba en las garras de la suerte y
aquella llamada auguraba algún coqueteo con el Premio
Internacional de Poesía Pérez Bonalde de 1998. La palabra
felicitaciones se coló por el auricular como un susurro ajeno y
remoto. Todavía incrédulo, Moreno hablo con López, luego con
Eugenio Montejo, quien se encargó de explicarle en nombre del
jurado que el libro Manual
para los días críticos se había hecho merecedor de uno de
los premios más importantes del país. Suspicaz como es, Moreno
no se da aún hoy por aludido. Está feliz pero calmado. Orgulloso
pero humilde. Reconoce la magnitud del galardón pero no por ello
siente que la vida habrá de cambiar demasiado: continuará dando
clases en la Alianza Francesa, de semiología y de literatura y
religión en la misma escuela de letras donde se graduó hace seis
años; seguirá reuniéndose con amigos para tomar tody a las
cinco de la tarde en la avenida Bella Vista.
También la poesía permanecerá ahí como un puñal
severo y silencioso, lentamente espesada bajo los ardores de esa
ciudad natal que no le es del todo grata. “Por quitarme cierto
estigma digo que nací en Santa Cruz de Mara, que es un lugar sin
mayor importancia en la geografía zuliana y por tanto no existe.
Dado que critico tanto a los maracuchos, eso me otorgaría el
derecho de seguir haciéndolo con dureza. No me siento
perteneciente a la extraña raza nacida a orillas del lago, no
comparto muchos de sus rituales, me enerva su comportamiento, su
extraña moralidad”. Aunque tentado a dar cuenta de un relato apócrifo,
soba con picardía una recién estrenada barba y ahonda a regañadientes
en los rigores del tema autobiográfico: “Nací bajo el signo
virgo en 1966, tengo ascendente cáncer y la luna en aries. La
astrología me interesa solo desde el año pasado, cuando me hice
la carta natal y como resultó tan favorable solo puedo aceptar tácitamente
sus augurios. Esa carta hablaba de éxito en mi labor creativa y
decía que en los primeros días de octubre iba a recibir una
importante cantidad de dinero.....ja,ja,ja...¿sería el
premio?”.
JG - ¿Maracaibo permite escribir?
LMV - “Si, porque es una ciudad que no existe. A
pesar de lo que dicen los cartógrafos no es más que un grupo de
lugares poblados. Por lo tanto no existe tampoco como obstáculo.
Uno vive aquí, pero habita determinados espacios rodeado de
alguna gente que uno quiere. Por ser Maracaibo tan forzosa trato
de escabullirme a su camisa. Prefiero, como mecanismo de defensa,
omitir todo lo que ella puede obligar. Escribo de espaldas, sin
considerar cuáles son sus gustos o su reprimenda. Sólo
interviene en mi vida y en mi poesía de manera irónica y como
una ofensa. No la nombro, porque además su mote me parece feo,
hablo de algún lugar caluroso e infernal que ofende a las buenas
ánimas que penan por aquí˝.
JG - Una magnífica excusa para la poesía
LMV - “Es cierto que en una ciudad perfecta no se
podría escribir. Maracaibo ha sido un karma a favor porque aquí
he escrito, pero espero liberarme de él pronto. Espero no morir
en Maracaibo, aunque no he escogido todavía ese lugar final....
espero que no sea Lagunillas, ni Santa Cruz de Mara, que también
son espantosas”.
EL OTRO ORIGEN
Luis Moreno Villamediana pensaba estudiar ingeniería
química, pero al enfrentarse a la planilla de preinscripción
universitaria la mano adquirió una suerte de voluntad propia que
talló el abismo de las letras, quizás viendo con horror pasar el
resto de la vida en un laboratorio, cuando lo que más le gustaba
era leer y escribir unos poemas torpes –dice– plagiadores del
dolor de Vallejo o del encantamiento de Sanit John Perse: “Ahora
no me queda más que imitarme a mí mismo, esa especie de
ectoplasma que somos y no conseguimos aprehender”
El espejo primordial
LMV - “Mis lecturas en la universidad se alejaban
del pensa de estudios. Es lo bueno de escoger un maestro a
temprana edad. Antes de entrar a la universidad yo había leido Rayuela
y como me pareció tan fascinante su combinación de
intelectualismo y sentimentalidad me quedé prendado de Cortazar,
cuya cultura e información permea toda la novela. Inmediatamente
sentí curiosidad por aquello que el autor argentino refería y
traté de buscar algunas cosas. Otros libros llegaron a mi por
intuición y azar, por un olfato ingenuo que me hacía comprar títulos
que sonaban interesantes. Luego descubrí que muchas de las obras
leídas eran catalogadas como maestras˝.
JG -¿Y el interés por la traducción?
LMV - “No estudié otros idiomas –francés,
portugués e inglés– por abominar el español sino por
requerimientos de la propia lectura. Es otra lengua la que permite
tener la experiencia de la materia poética. El monolinguismo es
una tragedia. No se puede ser un gran lector con un sólo idioma.
Además, la traducción es un acto de creación”.
JG - También el ensayo es una obsesión..
LMV - “Como buen virgo no puedo ni quiero liberarme
de lo que llamamos la reflexión, que no es más que una modalidad
de la poesía. La literatura no puede ser ingenua, a diferencia de
la pintura y la gente que la valora. Requiero un grado de
pensamiento lúdico visceral, necesito a la hora de leer verificar
cómo el libro halla cobijo en mi propia vida. Me exijo esas
simetrías y analogías, el abanico de las referencias. El ensayo
es quizás el momento en que el autor del poema se convierte en
lector; es el género en que uno irónicamente comienza a hacerse
preguntas. El ensayo es la gran metáfora, en él debe hablar un
simulacro de interlocutor, la máscara que es capaz de fustigar
toda la sentimentalidad de la primera persona. En este género se
explaya la parodia, la crueldad, una voz teatral˝.
JG - Dar clases de semiología... ser semiólogo
LMV - “Soy profesor de semiología, se de qué se
trata, me interesa, pero no está para nada presente en mi poesía.
Se ha visto en ciertos escritores que practican esa ciencia que
ella suele conducir al fracaso, porque acumula una gran cantidad
de nociones, abstracciones y jergas que aniquila la escritura. No
creo que Umberto Eco sea novelista, probablemente pase a cierta
historia como semiólogo˝
JG -¿Literatura y la religión?
LMV - “Esa otra cátedra que dicto me interesa más
para mi trabajo personal. He descubierto cosas maravillosas en la
cultura musulmana, en San Juan de la Cruz. He estado pensando
vagamente en algunos poemas para un futuro libro, quizás al
margen del poeta español, aunque soy un escéptico en materia
religiosa, no creo que sea posible ninguna comunicación con Dios,
ni siquiera creo que exista. No soy nihilista, pero si un hombre
que duda. A veces me pregunto si dios existe, pero me respondo que
él tiene tanto poder que ha hecho que yo no me interese por él.
Dios no me necesita para la alabanza, la economía del universo,
la salvación del prójimo, por lo tanto mi vida acepta si acaso
que Dios sobrevive teóricamente como un ente antropomórfico, y
eso porque me interesa su preservación como iconografía en el
arte˝.
JG - Pero algo nos ata a la vida....
LMV - “Desde el año pasado creo que hay un
proyecto de destino y que tal vez sea planetario. Me interesa que
sea así porque la carta natal me es muy beneficiosa y me gustaría
que se cumpliera. Aunque el éxito que ella supone es demasiado
hollywodense. Solo pido que no me traiga miseria”.
LA
DUDA MANIATADA
Luis Moreno dice ver todos sus libros como una
antología, sin una imagen central desarrollada. En Manual para los días críticos hay poemas muy viejos, rescatados de
una agenda de principios de esta década, aunque el cuerpo del
poemario está compuesto por textos más recientes. A esos poemas
se suman unas traducciones tan personales que se convirtieron en
versiones que no exigen ya el nombre del autor original: “Lo que
escribo puedo restringirlo a cuatro estancias: los poemas de la
persona, del hombre Luis que vive en una ciudad miserable que
tiene tal o cual opinión y necesita tal o cual exilio; la segunda
es la detenida visión del mundo, que en mi caso es miope; la
tercera es la voz del amor, de la mujer que se ama; y una cuarta
que es la voz prestada, la de los poeta que admiro”.
Moreno ha venido ejercitándose en la espasmódica
discplicencia editorial y de los concursos desde hace un par de años,
cuando ganara la Bienal Pocaterra y su primer libro, Cantares digestos apareciera en Mérida bajo el sello de ediciones
Mucuglifo. Seguro como parece estar de su destino literario,
Moreno había reservado su segundo libro para una gran
oportunidad, un espacio de confrontación que reiterara la fuerza
y eficacia de su lenguaje poético. En la última edición de la
revista on-line La Mano
junto al muro, unos poemas de Moreno fueron puestos a navegar
tras una insistencia casi intuitiva de los editores.
JG - La cotidianidad ideal para un poeta
LMV - “La de un aristócrata cultivado. Alguien que
puede levantarse tarde sabiendo que tiene algo que desayunar.
Alguien que pueda pasear por una ciudad donde es anónimo, donde
haya arboledas y espacios abiertos y con un clima decente. Alguien
que pueda tomarse un café con toda la morosidad del mundo y
trabaje sólo a medio tiempo en cualquier cosa que no exija
demasiado a su espíritu, una labor que termine cuando cierra la
puerta. Alguien que vaya al cine y consiga piezas no sólo
norteamericanas. Alguien que regrese a su casa y encuentre a una
esposa extraordinaria con la que hacer el amor˝.
JG - Nunca escribiría...
LMV - “Tal vez en la madrugada. Eso sería lo menos
importante”.
JG - Nada parecido a nuestras vidas...
LMV - “Siempre que uno sea capaz de olvidar que hay
una posible culpa, que uno sea capaz de saltar sobre la camisa
vuelta polvo, la escritura es posible. En Maracaibo hemos leido ya
muchos poemas de gente que paga recibos de luz y compra pantaletas
a la esposa. La realidad no es lo terrible. Yo también pago
cuentas. Eso es natural. La dificultad está en creer que
semejante cúmulo de detalles sean suficientes para hacer una obra
literaria, como si la poesía pudiera reducirse al tráfago de la
vida cotidiana. La poesía es esa vida doméstica, pero con un
punto de vista, una agudeza verbal sobre ella. Es una ridiculez
considerar que en el papel, como en una fotografía, se va
desarrollando el día de cada poeta y que el lector deba aceptarlo
sin mas”.
JG - Se necesita una voluntad férrea para evadir la
realidad...
LMV - “Se requiere la voluntad de vencer la
cotidianidad y la arrogancia de confiar en un destino literario,
pensando que cuanto nos pueda ocurrir tal vez sea una ordalía y
que al final lo que uno crea superior terminará por salvarnos de
la mediocridad. La vida de nadie es en sí poética, porque de
serlo mi vida rutinaria y aburrida no habría merecido el premio.
No fueron mis 30 años los que concursaron, sino el Manual para los días críticos.”
JG - El mundo poetizable
LMV - “Me gustaría que el mundo visible, que es
mucho más importante que el teológico, tuviera una abrumadora
presencia dentro de mi cráneo. Quisiera poder ver como ven
algunos grandes poetas norteamericanos. Quisiera poder sentir como
Funes, el personaje de Borges, pero menos patológicamente.
Quisiera ser sensible al hecho de que hay vibración en las hojas
y en las nubes. Es simplemente una aspiración”.
JG -¿Dónde queda la poesía urbana?
LMV - “Para ejemplificarla me restrinjo a un solo
nombre: Rafael Arraiz Lucca. Lo único que he sacado de su poesía
es un dato pragmático. Por él supe que basta un mínimo de crema
dental en el cepillo para lavarse los dientes. Aparte de ese
detalle que agradezco, no creo que su obra tenga suficientes
grados de conmoción para hacerlo un poeta perdurable. Insisto, no
es la ciudad, ni la raza, ni la cola en el banco lo que escribirá
el poema. Es la mano que ha copiado esa realidad la que se
encargará de transmutar esa miseria en magia. Parecería que la
poesía venezolana de estos últimos tiempos se conforma con
inventariar el mundo. Eso no es suficiente para que el lector
intuya la existencia de una sensibilidad. Se requiere mucho más
que la modestia del catalogador”.
JG - Tanta ironía, tanto simulacro.
LMV - “A veces pienso en eso y recuerdo que
alrededor de los 18 años quise ser budista, todo por culpa de
Cortázar que tiene un piso de cultura orientalista. Una de las
consecuencias de Rayuela
fue comenzar a pensar en la posibilidad de aniquilar el yo,
siquiera como juego.... pero con mis condiciones y gustos
sibaritas no pude continuar considerando la idea de extinguirme en
vida. Entonces decidí un movimiento contrario: mantendría el yo
pero lo vería desde una distancia sonreida e irónica, tratando
de no tomarme demasiado en cuenta. Me propuse que la vanidad
mostrada a mis interlocutores fuera artificiosa, construida para
el momento. No quiero tomarme casi nada en serio, aunque mis
amigos me consideren distante y excesivamente racional. Esa
distancia establecida como imposibilidad budista fue reforzada por
lecturas a algunos grandes ironistas como Borges y Montaigne. La
ironía es una gran virtud en la literatura, más que la piedad.
Prefiero ser cruel y burlón. Me es imposible ser públicamente
afectuoso.....Claro, algunos amigos han descubierto la artimaña y
ven en mi ironía un parapeto que estimo y alimento”.
|