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Jaime
Sabines: La imprecación que no cesa
Evodio
Escalante
Desde
su título, Algo sobre la muerte del mayor Sabines, el
poema deja entrever el tipo de relación que se ha establecido
entre él y su autor. Se trata de una relación extraña, que
trasmina un aire de distancia, de extranjería. En lugar de los términos
convencionales, "elegía', "treno", “cantata fúnebre”,
el autor anota "algo". No estarnos ante un poema sino
ante la grisura de "algo", una suerte de object trouvée
que en realidad no pertenece a Jaime Sabines, aunque él haya
merecido el hallazgo. Una realidad superior, una potencia acaso
incomnensurable, le ha dictado estos versos. Ráfagas de inspiración
que pueden ser desiguales entre sí y que a veces parecen
atropellarse, pero unidas todas por el hilo del sufrimiento.
Subyace a ellos un grito de dolor como no se había escuchado
antes en la literatura mexicana. El desgarramiento es tal, que se
convierte en una suerte de confrontación entre el autor del poema
y el creador de todas las cosas, esa presencia invisible que
algunos llaman Dios.
Algo
sobre la muerte del mayor Sabines es una imprecación de la que no
se salva nadie, en primer lugar Dios, y que incluye por supuesto a
sus devotos lectores, a quienes va dirigida la bofetada: “¡Maldito
el que crea que esto es un poema!” Mi problema como lector y
como crítico literario es que esta maldición me afecta por
partida doble, y muy evangélico pongo la otra mejilla para
recibir el sopapo. Leer y volver a leer este poema de Sabines es
experimentar, como si acabara de surgir, un grito de dolor que es
capaz de desarticularlo todo, que desborda literalmente las letras
que lo circundan y que parece sumir al universo en el caos
original, pero que la conciencia del lector reconstituye, no como
grito desnudo sino como uno de los poemas extensos más poderosos
que se han escrito en nuestro siglo.
Algo
sobre la muerte del mayor Sabines
es un poema que se permite todos los excesos y que se sobrepone a
ellos por la fuerza endemoniada de su rigor. Desde cierto punto de
vista, se diría que el poema es una mescolanza de estilos, un
carnaval de reminiscencias donde están la Biblia, por supuesto,
con su gusto por los paralelismos, pero también José Gorostiza
(uno de sus autores de cabecera), César Vallejo, el romancero
tradicional español, Miguel Hernández... Secciones construidas
en verso libre se mezclan con otras donde predomina el soneto.
Aunque abre y cierra con secciones en versos de arte mayor, acaso
siguiendo el ejemplo de Gorostiza, la parte media del poema
retorna el modelo del romancero, desplegándose con una suerte de
letanía en versos de arte menor. El aliento lírico, de factura
impecable ("Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las
ramas,/ por eso es que este hachazo nos sacude"), convive sin
problemas con la maldición callejera, de proceder rasposo: “¡A
la chingada las lágrimas!, dije, /y me puse a llorar/ como se
ponen a parir.”
Así
como Gorostiza organiza en Muerte sin fin una suerte de
confabulación cósmica por la cual animales, plantas, piedras, en
fin, todos los elementos de la tierra involucionan hacia su forma
primigenia, en una suerte de viaje desaforado hacia Dios, que es
también un viaje hacia la Nada, Sabines asocia la muerte de su
padre con una conjura que involucro al mar, a la tierra, a algunas
rocas, a la sal, a los huesos, a la lluvia y, por supuesto, a
Dios, que ríe de modo incomprensible ante la tragedia que él
mismo ha provocado, como si se tratara de un viejo desmemoriado
que no sabe que está acabando con uno de sus hijos.
Esta
carcajada de un Dios amnésico y ciego, que no sabe lo que hace y
que si lo sabe, se regocija, es lo que provoca la rabia del autor
del poema. Nunca se había insultado tanto y tan amorosamente a
Dios en un texto literario como lo hace Sabines. Lo llama “manco
de cien manos”, “viejo sordo, sin hijos”, lo nombra “ciego
de tantos ojos”. El remolino de la muerte viene de los huesos,
del hígado, del llanto, pero también viene "de Dios
riendo". ¿No es esto el colino del sarcasmo? En lugar de
padecer por la muerte de sus hijos, se diría que el creador se
alegra como un bufón de mala entraña, al que le gustara jugar
con ellos, y a sus expensas, una broma siniestra. No, Dios no ha
muerto, podría contestar Sabines a los filósofos del nihilismo:
se ríe soberanamente de nosotros desde su escondite celeste.
De
aquí el coraje y la rebelión del poeta. No quiere escribir un
poema. No quiere contribuir con una sola silaba al trabajo de
Dios. Se avergüenza hasta los pelos – dice - por tratar de
escribir estas cosas. Por cebarse en la muerte de su padre como un
pájaro carroñero. Se resiste a ser el "padrote de la
muerte", el "alcahuete", "el pinche de
Dios", el colaborador de su sucio trabajo. Y, sin embargo, no
puede dejar de involucrarse. De contribuir con sus lágrimas al
portentoso parto de la muerte. Por eso asegura al padre que acaba
de enterrar: “Voy a volverme un llanto subterráneo/ para
echarte mis ojos en tu pecho.”
Ese
muerto, desde su catafalco, habrá de "crecer igual que un
feto". Ya desde ahora el autor, es decir, el hijo, colabora
con este crecimiento hipotético. Va a echarle sus ojos de hijo en
el pecho, para que el feto crezca, y acaso para que se vea crecer
a sí mismo, en su sepultura.
¿Esta
imagen de un "río subterráneo" formado por una hilera
de ojos que desembocan en el pecho del padre, es una imagen
surrealista? Puede ser, y la verdad no importa. El texto acepta
todas las rnixturas. En este poema hay, además de rabia, una
desoladora impotencia y hasta una inusitada reversión de los
papeles. En un momento dado, uno siente que el que se muere no es
el padre del poeta, sino el poeta mismo, dispuesto a canjear su
muerte por la vida del padre. Así, los contrarios se funden,
parecen desvanecerse las fronteras entre las polaridades enemigas.
Por un lado, una urgencia vital hace decir al poeta, como
invocando una posible resurrección antes de tiempo: “Saca tu
cuerpo viejo, viejo mío, / saca tu cuerpo de la muerte”,
mientras que, por el otro, confiesa impotente:
Estoy
llamando, tirándote la puerta.
Parece que yo soy el que me muero
¡padre mío, despierta!
En
la desesperación, hasta los tiempos versales parecen tropezarse.
El poeta tiene que corregirse de inmediato: "Te has muerto
cuando menos falta hacías,/ cuando más falta me haces, padre,
abuelo..." ¿Qué es lo que separa al padre y al hijo? Todo y
nada. Vuelve otra vez la imagen intangible de Dios, quien ahora
adquiere una configuración pétrea, fría, inconmovible. La
imagen deshumanizada de una pared: "Una pared caída nos
separa, / sólo el cuerpo de Dios, sólo su cuerpo.” La muerte
había sido primen "una espada escapada de la boca de
Dios". Termina siendo una pared caída.
Gorostiza
parece a todas luces más lírico (y más amoroso) cuando habla de
Dios como un ser inconmensurable que juega acaso a las escondidas
con sus criaturas y que nunca deja que nadie vea su rostro, aunque
es posible mirarlo, sin verlo a Él, en todo aquello que anda
escondido a sus espaldas: el tintero, la silla, el calendario. El
Dios de Gorostiza puede ser incluso un personaje tímido, que no
se deja ver, que regatea su presencia, pero a quien sin embargo
conocemos, como se lee en Muerte sin fin, en la forma de una
transparencia acumulada, de “un coagulado azul de lontananza”,
oculto quizás al ojo pero fresco al tacto, el cual de alguna
manera puede percibirlo. Los recursos teofánticos de Sabines son
en este punto declaradamente brutales. Mientras que Gorostiza
puede hablar de “un circundante amor de la criatura”, dando a
entender que Dios abraza con su amor a quienes no son sino sus
hechuras, Jaime Sabines sólo alcanza a hablar del “manco de
cien manos”, y del “ciego de tantos ojos”, o sea, de un Dios
deslumbrado de claridad hasta la ceguera, que termina convirtiéndose
-lo cual es todavía peor- en una inhóspita pared interpuesta de
modo irrevocable entre dos cuerpos.
De
nada vale golpear “las paredes de Dios”: nadie habrá de
responder al llamado. Se impone una tremenda desolación, de la
que al parecer no puede escaparse nadie, pues no hay nadie aquí
para contestar, para aportar el bálsamo de una mirada. Se diría
que los últimos versos de Algo sobre la muerte del mayor
Sabines son declaradamente pesimistas:
Pasó
el-viento. Quedaron de la casa
el pozo abierto y la raíz en ruinas.
Y es en vano llorar. Y si golpeas
las paredes de Dios, y si te arrancas
el pelo o la camisa, nadie te oye jamás, nadie te mira.
No vuelve nadie, nada. No retorna el polvo de oro de la vida.
Estos
versos traducen, a su modo, una desolación parecida a la de Job,
y no sería difícil establecer de modo más fino las analogías
entre el texto bíblico y el de Sabines, pero le agregan, como sin
querer, un rizo positivo. Con pesadumbre se sabe que no retorna el
polvo de oro de la vida, así es, pero la vida fue ese polvo. Y es
un polvo glorioso. El más desgarrado de los gritos sólo se grita
desde la vida - y como un acto de vida, habría que agregar. Las
maldiciones que Sabines reparte a diestra y siniestra en su gran
poema, adquieren otra dimensión cuando se piensa que del tono
imprecatorio el autor pasa sin solución de continuidad, a la
esperanza escatológica. Todo reproche cesa cuando el hijo se
refiere a su padre muerto en una sola frase de avasalladora
ternura: cuando lo llama “larva de Dios, semilla de
esperanza”. En este momento - que es el momento de la promesa -
el poema restituye el horizonte de un tiempo cíclico que con
tanto énfasis había tratado de negar. No puedo apartar de mí,
en este momento en que concluyo, la imagen juguetona de un Ave Fénix
que resurge de sus cenizas y emprende otra vez el vuelo.
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