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Nueva poesía de Luis Pereira: el sedutor y las ruinas

Alfredo Fressia

Manual para seducir poetisas (Civiles iletrados. Maldonado, 2004), el más reciente poemario de Luis Pereira (Paso de los Toros, 1956), constituye el sexto opus de una obra poética iniciada con Murallas, 1980, y cuyo último título era Retrato de mujer azul, 1998 (ver el No. 512 de este suplemento, del 27 de agosto de 1999). En seis libros y veinticuatro años de creación, el poeta habrá aprendido, supone el lector, cómo se seduce a las poetisas y, más aún, si realmente vale la pena ejercer ese saber.

Ocurre que durante la lectura del poemario, el lector descubrirá que lo de “Manual” es un recurso meramente retórico y más bien paródico. La mano diseñada en cubierta e implícita en la idea de “manual” sirve más bien para señalar y ordenar un mundo de seres y objetos olvidados por la sociedad de consumo. Hay en este libro poemas enteros que son listas de esos objetos desprovistos de sentido “funcional” y que, como las “poetisas” de otros tiempos, ya no tienen lugar, y sólo se acumulan en un lugar periférico como el Uruguay, conformando una “patria” en desuso, alienada, en el sentido que estará siempre fuera de la realidad, especialmente de la del emblemático mercado.

Se trata de un tema ciertamente gigantesco como el malestar humano frente a esos mundos que se destituyen, un desvanecimiento potenciado en la tierra arrasada de este comienzo de siglo “neoliberal”. Es también un tema de angustias, pero en sordina, porque el poeta no privilegia la subjetividad de la queja. Lo que hay es más bien el registro de ese mundo acabado y reconstruido de memoria (“fui vedette durante la guerra// bailarina en los bailes del huracán/ bailes de disfraces: películas/ en blanco y negro// combinado Punktal// Calcomanías con brillantina/ Aldabas/ Chocolates Águila/ Ferrosmalt/ Caramelos cande/ Claraboyas”, pág. 50). No es la primera entrada de esa actriz que recuerda: “He aquí un romance magnífico:/ Nunca perder// me han enviado/ rosas anónimas al camarín/ Ni un mísero perro aquí./ Que ladre.// Tetra Break// Vías de ferrocarril clausuradas a mansalva./ Y unos peruanos  (pág. 29).       

En estos poemas, el mundo de seres y objetos excluidos se organiza en “patrias”, círculos creados frente al “desprecio cultural”, casi como una forma de resistencia. Cada estrofa de cierto poema (el de la pág. 55) introduce un adjetivo nuevo destinado a calificar esas patrias, que son, por orden: “minúsculas”, “inciertas”, “en la pantalla chica”, “impropias”, “ajenas a lo heroico”, “pequeñas”. Por otro lado, la obra de Pereira (y su biografía) superó siempre las posibles tensiones entre Montevideo y el interior que de algún modo se detectan en otros poetas. La voz de Pereira puede surgir, horizontal, sin alteración de tono, de un camino a Dolores, de una pensión del Cordón o de Maldonado (ver “libre composición de patria”, pág. 53).

Sin embargo, la real “patria” del libro es la poesía y viene desde las poetisas mencionadas en el título. El universo de citas de Pereira remite, como en prácticamente toda su obra, a una generación, que incluyó al grupo UNO, y a poetas como Aldo Mazzucchelli, autor de un “catálogo” que podría nombrar al mundo por acumulación, y no por metonimia, Elder Silva (hay un “paisaje Elder”), Eduardo Darnauchans, Roberto Mascaró, Henry Trujillo y la “poetisa” Ana Cheveski, quien más que un mero pseudónimo parece un alter ego de Héctor Barcanca. El libro se cerrará con una doble confesión, a saber, la real profesión del poeta y un amor: “Estás confundido/ yo sólo/ soy empleado de la/ empresa eléctrica/ Estoy enamorado de la Cheveski”. Es naturalmente un amor literario que sólo podrá realizarse en la palabra, única instancia en que Cheveski existe (y es acaso la única instancia en que todos los poetas existen). También comparecen en la obra de Pereira el español José Daniel Espejo (n. 1976), el argentino Raúl González Tuñón (1905-1974), así como el equívoco “cariño del 10” y “literaturas nacionales del/ cuarenta y cinco”. Finalmente, la retórica mención de Charles Bukowski (1920-1994) se deslíe en el universo de Pereira debido a la propia inflación icónica de las alusiones y las citas de ese autor que fue “obligatorio” para más de una generación.

Si el gran tema de este libro es la propia poesía, incluyendo el acto de escribir, los lectores y aun los “gendarmes” del lenguaje, se verifica un cierto abandono de la estructura dinámica del video-clip que caracterizaba la obra anterior del poeta. Más bien toda la estructura de este libro tiende a la simetría. Pero guarda en cambio el mismo pudor frente al lenguaje. Una vez más el poeta escribe en un español de doblaje televisivo. La perplejidad de los objetos de un país desmontado (como los basurales que atraviesan la obra narrativa de Juan Introini, en una de las experiencias estéticas más radicales de la actual literatura uruguaya) comparece en Pereira, pero nombrada por un lenguaje que juega a no tener otro locus que el de los medios, los canales por cable donde en la práctica el Uruguay simplemente no existe. Viene de ahí el peso enrarecido de las menciones de la miseria en hospitales tan concretos, tan duramente reales como estos: “hospitales siquiátricos públicos/ yerba mate, mate cocido, corvinas/ (...) dispensarios, el pereira, el maciel” (pág. 27).

Finalmente, entre los modos de seducción que este libro ejerce debe destacarse la calidad editorial de la edición, de un buen gusto que el lector agradece al poeta Víctor Cunha, así como al epílogo de Helena Corbellini. Luis Pereira es también el director de las excelentes ediciones “civiles iletrados” de Maldonado y de la página Web de “civiles...” sobre poesía uruguaya.

 

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