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Abrupto abordaje de Dámaso Ogaz

Juan Calzadilla

¿Qué lugar ocupa la obra de Dámaso Ogaz en las letras o en el arte venezolanos? Tal pregunta salió a relucir en las jornadas que hace poco se realizaron en Barquisimeto para recordar la muerte de este trashumante poeta y pintor. La pregunta queda mejor formulada así: ¿A cuántos y a quiénes puede interesarles un autor de quien seguramente no han oído hablar y que no figura en los compendios oficiales de literatura ni en los catálogos de los museos? Entonces se trata de alguien a quien antes habría que descubrir, de cuya obra habría que ocuparse. Este es el drama general de los poetas.

El éxito de un escritor está seriamente amenazado cuando por necesidad se ve llamado a expresarse simultáneamente en varias disciplinas; cuando encuentra en éstas pretexto para una obra total, más allá de los géneros. O cuando los mezcla a éstos para obtener un subproducto híbrido que saca de quicio a los manualistas profesionales. Poesía, narración, ensayo, dibujo, teatro reunidos bajo una voluntad de diseño gràfico empeñada en lograr con todo ello un patrón visual parecido al que proporciona un collage o un objeto de arte. He allí la tarea de Ogaz.

El prestigio del escritor se mide por el sello de sus libros, el tiraje de sus ediciones, ejemplares vendidos, premios, la editorial que consagra; el prestigio del pintor, por las exposiciones, recompensas y el currícuum. Pero ¿qué tal si por una razón opuesta que se obstina en descubrir en los mecanismos del éxito una patología del sistema, una deformación del poder, aparece alguien que viene a trastocar los valores y, renegando de éstos, propone vías alternas y plantea el trabajo creador como un compromiso subvertidor destinado a escapar del aparato o a sabotearlo?

Esto último puede haber sido lo que convirtió a Dámaso Ogaz en una especie de mártir de los años sesenta. En un transgenérico sin audiencia, en un experimentalista de la estirpe de Tzara y Picabia, pero insociable, solitario, incapaz de asimilarse al trabajo de equipo en que se fundó la acción de las vanguardias dadaísta y surrealista, y las cuales parecieran costituir sus principales referencias o el tipo de tradición al que personificó, dándole un vuelco.

Las jornadas de Barquisimeto apuntaron a valorar la obra de Ogaz a partir de un aspecto en que ya comienza a ser reconocido por Internet. El de comunicador interpersonal que lanza la obra de creación como medio para establecer una relación dialógica y cosmopolita, de quien a quien, con otros actores del drama de la expresión en el mundo, a través de lo que se ha venido llamando arte postal o mail art, y del que fue Ogaz, sin duda, un indiscutible adelantado. Pero éste es el aspecto más superficial de una obra abundante y polifácetica que se diversifica en sorprendentes formatos: la revista, el libro armado a mano, salido de fotocopiadoras o, cuando, más, de imprentas de pedal, la edición artesanal, el libro intervenido para hacer de él ejemplar único. La dificultad para acceder a esta obra estriba en que fue lanzada en ediciones muy pequeñas, de no más de cien ejemplares numerados, en formato de revista, mal distribuidos, puestos a circular de mano en mano o en sobres de correo ordinario, a la par del volante, de la hoja de calle o el poema visual de consumo unipersonal o para exhibir en exposiciones pobres montadas por lo general en espacios anodinos.

Su verdadero nombre era Víctor Manuel Sánchez Ogaz. Llegó a Caracas en 1967 expresamente para sumarse a las actividades de El Techo de la Ballena. Se reportó, invitado por Carlos Contramaestre, como un exiliado voluntario que había decidido romper todo vínculo con su país de origen: Chile, donde nació en 1928. Allí había dado los primeros pasos en pintura y en poesía, y luego de publicar un libro inicial, se instala en 1963 en París, para darle un cambio decisivo a sus ideas al adscribir, si así puede decirse, a la estética del Surrealismo, pero al margen no obstante de las acciones emprendidas por este movimiento que se reunía en torno a la figura de André Breton y a la revista La breche.

La llegada de Ogaz a Venezuela fue como su declaración de pertenencia a este país del cual nunca salió. Fue como el abordaje clandestino de un subversivo de mayor experiencia y de temperamento controversial, que aportaba a El Techo de la Ballena, además de su oficio de diseñador, imaginación y gran voluntad de trabajo. Pero tal vez, también, demasiada intolerancia y un talante intransigente con lo que no compartía. Su tránsito por Venezuela fue, por eso, uno de los más duros episodios por los que haya pasado escritor alguno venido de afuera. En Caracas se dio a conocer como pintor exponiendo en los salones de la Facultad de Arquitectura, UCV, a tiempo que se dedicaba a un diseño sui géneris, del que se sirvió en adelante, mediante el collage, para diagramar sus propias publicaciones.

Ogaz era en el fondo un gran anarquista y un escéptico convencido, aunque no rehusara, de cara al país, un cierto compromiso con la izquierda venezolana. Pero le interesaba más la subversión en estado puro (en orden a la provocación por medio del absurdo y el humor negro, explicable dentro de los parámetros dadaístas que manejaba) que el testimonio político que obsesionaba a su amigo Edmundo Aray y a los miembros de la redacción de la revista Rocinante., que él diseñaba.

De fines de los sesenta fueron las dos publicaciones más importantes de Ogaz: Anverso y reverso del número ocho y Los métodos y las deserciones imaginarias, este último publicado en las ediciones de El Techo.de la Ballena. Dos caras de una misma moneda: un libro de relatos breves, con buenos momentos de humor negro, y un poemario despiadado y acre, que pasaron casi completamente inadvertidos. Aunque hablar de relato y poema tiene escaso valor genérico en este autor versátil que, con sus limitaciones de lenguaje -y remiso a que se le catalogara- mezclaba la escritura y la imagen gráfica sin prejuicios de forma, con fiera libertad.

Deshecha la Ballena, perdidos los soportes de la subversión, incluso allí donde, como en la literatura, resultaba más reconfortante la derrota, al igual que otros creadores sin profesión reconocida, Ogaz tuvo que luchar a brazo partido para poder sobrevivir en un medio cuyas condiciones, debido a su rol de inmigrante y renegado del sistema, eran mucho más duras para él que para el escritor nacional. Fue así cómo, desde 1968, se inició para este apóstata irreverente una aventura que lo llevó al ingrato malabarismo de tener que conjugar la docencia mediocre con la terca de creación personal. Docencia tristemente marginal, cumplida sin embargo con pasión inconforme y hasta con fogosidad, pero en todo caso ejercida entre penurias, incomprensión y dificultades burocráticas. Coordinador de talleres de lenguaje integral, que él mismo programaba con sentido individualista y autoritario, Ogaz rodó por la vasta geografía venezolana casi sin saber nada de ella, de pueblo en pueblo, con la altivez de un Quijote que en el fondo hubiera deseado para sí una vida sedentaria como la de Baudelaire o la de su ídolo Nerval. En el interín de su odisea, a lo largo de un itinerario absurdo trazado por el azar y la necesidad, Ogaz fue realizando una obra creativa tan obstinadamente prolífica como clandestina. En 1974 presentó en Trujillo, con actores de su curso de pintura, el primer espectáculo multimedia que se montó en Venezuela, con el título de Cacosinthetón. Panfletos, manifiestos, revistas, pinturas, collages y hasta una obra de teatro: impreso todo eso en múltigrafo y, a lo sumo, en multilith, bajo irónicos sellos como ¨La pata de palo¨ (eufemismo por pirata) o cualquier otro título prevaricador. Ogaz fue inagotable editor, tipógrafo de viejo cuño, animado como estuvo por una inquebrantable fe en el poder subvertidor de la palabra y la imagen juntas. Partidario de la comunicación por escrito, pero desconfiado siempre de la amistad o del trato personal, se asoció a Clemente Padín en esa empresa transatlántica (hoy imposible de remozar) que es la poesía postal. La extraordinaria revista Arte Cisoria representa su mayor contribución a la divulgación experimental del discurso literario entre nosotros por aquella época. Ogaz supo hacer de esta publicación una experiencia alternativa única frente a las revistas institucionales, para privilegiar lo artesanal, el recurso pobre, el objeto de comunicación personal, de autor a lector.

En su fuera íntimo, Ogaz fue siempre el hombre-equipo, el actor intransigente de sus gestos. El protagonista de su autovivisección en marcha. Dispuso de su espacio a entero arbitrio. Eligio la tarea que quiso, que era el camino de su perdición. Tuvo los alumnos que se buscó. Y todos los enemigos que entraron en sus cálculos, y que eran ante todo los que él consideraba adversarios de su ideario ético, de su total asepcia escritural. Elección masoquista de sí mismo que, lejos de afirmarlo en el camino de libertad que buscaba, le allanó el del ostracismo más completo. Su vida terminó en un geriátrico público de Caracas, en el cual fue internado tras la diligencia que realizó Caupolicán Ovalles para traerlo, desde Barquisimeto, donde residió ultimamente.

En el caso de Dámaso Ogaz no se podría afirmar que tuvo la muerte que se buscó o si, como es presumible, murió por negligencia o insensibilidad de los que pudieron hacer algo frente las atroces condiciones en que, ya casi inválido, en una silla de ruedas, vivió el escritor sus últimos días. Aunque, por lo demás, pudiera justificarse tanta indolencia alegando que la muerte de Ogaz equivalió a la aceptación, por él mismo, de que se trataba de un suicidio lento y laboriosamente ejecutado. 

 

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