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Selva
Márquez: la ciudad del tiempo en cautiverio
Tatiana
Oroño
“No hay más tiempo que de
dar cuerda al reloj”
(“Dando vueltas”, El gallo que gira)
La obra poética y narrativa [1] de
Selva Márquez puede leerse como un alegato contra los rigores del
disciplinamiento ejercido por la ciudad sobre la vida pública, y
sobre todo privada, de sus habitantes [2] .
Empero, su ciudad literaria no es identificada nominalmente con la
que fue su escenario de vida, Montevideo [3] ni con
ninguna otra real o ficticia. Y esa tachadura no es la única en
la configuración simbólica del espacio ciudadano omnipresente,
como escenario o como tema, en este corpus. Tampoco es
representado el topos urbano como unidad física de la civitas,
ni tampoco comparece el proyecto civilizatorio de la urbe. Esta polis
no es impulsada por la utopía del progreso. Su ciudad no sólo
no tiene nombre propio, ni mapa que la cartografíe: carece de
proyecto a escala humana que la justifique y de una apropiación
de pasado que la unifique en sus diversidades. Es literariamente
anónima quizá como modo de dar a entender que cualquiera de las
dos, tanto la histórica Montevideo, querellada a través de su
representación fantasmática en la obra, como la ciudad que le
duele al yo del texto en sus suburbios desamparados, en el
hormigonado que lapida sus calles [4] o en
el trazado que las corta [5] , no
son excepciones sino muestras representativas del género
“ciudad”. En otras palabras que la ciudad singular, ante todo,
es parte dramáticamente inespecífica del género denotado por el
plural ”ciudades”. Un moderno utopos travestido [6] donde
se desvanecen, sujetas al ritmo mecánico del “sueño del
desarrollo” [7] , las
utopías de identidad.
Esta interpretación, que
desarrollaré en las próximas páginas, se apoya en primer término
en el texto del poema aquí abordado, uno de cuyos versos he
citado a modo de epígrafe. Desde un principio el yo poético
declara, apodícticamente, que la sujeción a una dinámica
inercial engañosa es el uniforme eje ciego sobre el que rotan “las
ciudades”
Las ciudades dan vuelta bajo un
pie de granito
teñido de azul por nuestros pobres ojos. [8]
El poema en sus contextos
Se trata de una composición
donde se concentran líneas de fuerza de su poética,
representativa del “Montevideo de las revisiones y de las
crisis que se abre en 1933” [9] , y
también fruto de la “crisis formal e ideológica del arte en
los años 30” [10] . El
período en el que, siguiendo a Sonia Mattalía, “el
reacomodamiento del capitalismo internacional en expansión voraz”
cambió “el perfil de las portuarias Buenos Aires,
Montevideo, Río de Janeiro, La Habana, fundamentalmente” y
culminó la gestación “de la América Latina contradictoria
y violenta, eruptiva y descompensada de hoy” [11] .
El poema entona una queja,
admonitoria, contra la tiranía del tiempo ciudadano y su vacuo
presente. Se trata de un vertiginoso circular en redondo. La
primera imagen cancela toda ilusión dinámica o de progreso: las
ciudades (análogamente a otros arquetipos de suplicio [12] ), “dan
vuelta”. Un “dar vuelta” que se advierte estéril, al ser
dado “bajo un pie de granito”. De modo que sólo pueden
ser vueltas en torno a (“bajo”) un eje o pedestal (“pie”)
inmóvil e inmovilizante. Comienza, pues, con la presentación de
las ciudades sometidas a un yugo monolítico que no sólo pasa
inadvertido para los ojos [13] , sino
que también es absurdo. Apoyado en imágenes desrealizadoras y
con ritmo crispado, el poema da la alarma contra la enajenación
de la vida ciudadana y fustiga la naturalización del determinismo
horario adscripto a las prácticas de la industrialización
capitalista.
Esta mirada coincide con una
perspectiva literaria que, en toda la obra, desenmascara
disimulados mecanismos de confinamiento naturalizados por las prácticas
de la urbe. Un registro que no pasó inadvertido para Elvio
Gandolfo [14] : “aparentemente
sencilla a primera vista, comunica con desusada transparencia
experiencias y percepciones de difícil aprehensión, y el radical
desorden o cambio que yace bajo las aparentes seguridades”.
Podría decirse incluso que su obra impugna tales “seguridades”
y hasta se malquista con los ritmos consuetudinarios, en tanto
unas y otros fijan preestablecidas, reductivas, posiciones de
sujeto. Imponer “seguridades” permite naturalizar
imposturas. Tal como denunciara Paul Valéry, a quien cita Walter
Benjamin [15]: “en
el curso sin roces del mecanismo social, todo perfeccionamiento de
dicho mecanismo pone fuera de juego ciertos modos de
comportamiento, ciertos sentimientos y emociones”. Una
suerte de mimetismo alienado en el cual ya había fijado su atención
Karl Marx en el siglo anterior: “en el trato con la máquina
aprenden los obreros a coordenar «su propio movimiento al
siempre uniforme de un autómata»” [16] .
Lo que esta mirada predica y el
lugar de enunciación que determina puede considerarse a la luz de
su clima epocal en el cual las matrices no siempre son claramente
discernibles, en el marco de una tónica ecléctica, determinada
según Gabriel Peluffo [17] por la
“alquimia entre arte y política”. [18] Esta
obra puede leerse como un yo acuso uruguayo que diseña un
lugar de enunciación y un receptor responsables de la historia
(en una apertura de ángulo que abarca tanto la guerra europea
como la historia de puertas adentro de la soltera). Ella apela al
código fundante del contrato social en procura de un contrato de
lectura que democratice o más exactamente, que ciudadanice la
lectura en tanto toma de conciencia y de derechos simbólicos. Hay
por lo tanto un trazo político de su escritura, se reconoce en la
actitud interpelante del llamamiento, la convocatoria: “Ayudadme
a escuchar, que yo no puedo!” [19] .
La poesía de la autora fue
publicada entre 1936 y 1941, período coincidente con el proceso
de reconfiguración del canon literario uruguayo cuya custodia
pasaba en aquellos mismos años a la generación del 45, al tiempo
que -precedida por la Guerra Civil Española- se desencadenaba la
Segunda Guerra Mundial. Su obra no fue tomada en consideración
por la crítica hegemónica. A su invisibilidad habría
contribuido la propia autora al cancelar, en la temprana fecha de
1941, sus ediciones en libro. Ese mismo año, y no deja de ser una
coincidencia llamativa, vieron la luz simultáneamente a El
gallo que gira otras dos obras referidas a Montevideo: La
ciudad sin nombre, de Joaquín Torres García – texto [20] que
registra la toma de la ciudad en tanto campo de investigación
doctrinaria y programática, que venía procesando el Taller
Torres García, desde mediados de la década anterior [21] - y Canto
a Montevideo, de Sara de Ibáñez.
Selva Márquez (1899-1981)
publicó tres libros de poesía -Viejo reloj de cuco; Dos; El
gallo que gira-; dos cuentos [22] y el
capítulo de una novela (Mañana es domingo) en Asir,
a comienzos de los ‘50; ya en 1969, el cuento “¿Quién es
Dios?”, en El País [23] ; cuatro poemas antologados en 1971 [24] . En
1982, Ediciones de la Banda Oriental edita con prólogo de Aldo Cánepa
una selección póstuma de seis cuentos -El daimón de la casa
López-, que incluye cuatro inéditos. Tras cuatro décadas de
ostracismo editorial se encontraron poemas inéditos, en general
sin ordenar ni fechar, y un número mayor de relatos en desorden,
inconclusos, que dificultaron la tarea del antólogo. (En el
citado prólogo, éste asentó su protesta: “ no fechaba sus
trabajos; ignoraba el uso de la palabra «Fin».
“¿Qué aporta Selva Márquez
a la literatura uruguaya?”- se preguntaba Alejandro
Paternain en 1967 [25] .
Washington Benavides recuperó esta pregunta en 1989 [26] y,
nuevamente, en 1993 [27] ,
destacando que “la poesía solidaria de Selva Márquez
(...) releída en la década de los 90, resiste la inevitable
comparación (...) resiste, vale”. La opinión crítica
más reciente es de Pablo Rocca [28] . Éste
ve, sumariamente, en la “ceñida producción lírica” [29] de la
poeta, a la adelantada del “moderado y tardío surrealismo
uruguayo” [30] representado
por José Parrilla y Álvaro Figueredo. Junto a la transcripción
de un breve poema -“Velada” [31] -,
Rocca agrega una sola frase, incluyendo una cita de W. Benavides [32] : “la
madura dicción poética de Selva Márquez había logrado «una
casi imposible aleación de surrealismo y denuncia»”.
Ya a fines de los cincuentas
Hugo Pedemonte [33] había
anotado que: “Su obra, la menos sensual de la poesía
femenina uruguaya, es sensible a la piedad y a la cólera.”
Y había reconocido filiaciones literarias sugerentes: “La
incidencia profética de sus poemas -advenimiento de redenciones
sociales- no deja de hallarse como clima espiritual
vinculada al estilo de Alexander Blok y, en cierto modo, a
Vladimir Maiakovski”. Alrededor de una década después ya
pueden confrontarse las dos tendencias críticas: mientras el
canon hegemónico la excluía, su obra era recuperada por
Domingo L. Bordoli [34] , A.
Paternain [35] y
Jorge Medina Vidal [36] . Emir
Rodríguez Monegal no la incluye en Literatura uruguaya del
medio siglo [37] ; Ángel Rama la menciona lateralmente en La generación
crítica [38] , al referirse a las influencias de la poesía extranjera
en la generación “después del Centenario” y antes de
“la gran transformación de la cultura” que operarán
los entonces veinteañeros. Ocupa una sola línea en una serie
enumerativa panorámica: “un juego similar de influencias
aparece en los breves poemas epigráficos de Gallo que gira
(sic) de Selva Márquez” [39] . No
ingresa al corpus canónico. Los críticos más prestigiosos
devaluaron su obra. Mientras, otros la reivindicaron, interrogándose
por su silencio. Éste, empero, no pudo ser revertido. La nota de
W. Benavides publicada en 1989 está fechada en 1981 [40] , muy
poco tiempo antes de la muerte. En ella reconoce el testimonio de
la amistad del poeta Juan Carlos Macedo por la poeta y su obra
durante los años sombríos, distinguiendo el aporte que supo
hacer A. Paternain como el de “quien, de toda la crítica, [es]
quien mejor apuntó los valores de la obra lírica de Selva Márquez
”. La nota no es sólo caritativa despedida a la anciana,
sobreviviente al “ostracismo literario ”, sino
ratificación del reproche contra el desestimiento -o desidia- de
la crítica, que había lanzado Paternain. Tras la muerte, y después
de la publicación de El daimón de la casa López , la crítica
renueva puntuales tentativas de revisión. Al prólogo de A. Cánepa
y a las notas periodísticas del momento se suman, entre otros,
Elvio Gandolfo [41] ,
Mercedes Rein [42], Luis
Bravo [43] y
Washington Benavides [44] ,
nuevamente. Pero a pesar de esos esfuerzos, la obra -que no ha
tenido reediciones- continúa siendo poco y mal leída; falta una
revisión en totalidad. Mi trabajo trata de aportar - desde la
perspectiva del tratamiento de la ciudad tal como se ofrece en el
texto “Dando vueltas”- una lectura interpretativa de la obra
de la autora, incluida su poesía inédita.
Una poética de denuncia: círculos
ciegos y dispositivos maquínicos
Se podría identificar la poética
en cuestión como denuncia de los mecanismos de exclusión
-la obra los presenta como rotatorios e inerciales, simultáneamente
de reclusión y expulsión- que ejerce la urbe moderna sobre los
ciudadanos. En el poema “Dando vueltas” estos últimos son
presentados como observadores de ojos cansados [45] -heridos
tal vez por los desengaños de la fe en las apariencias-, con
quienes la hablante se identifica (“[...] nuestros pobres ojos).
En la “cárcel sin rejas” [46] de
esta escritura diversas representaciones de la vida cotidiana
modeladas por la autovigilancia, las rutinas y normas, el miedo,
la represión del deseo, el silencio, la sordera funcional que
acompaña a las políticas de silenciamiento de las diversidades
son desenmascaradas. Desestabilizadas de su aislamiento e
promovidas a las interacciones del coloquio (“decir decir no
es nada/ y quién escucha!”). Su obra diseña una
posición de sujeto solidario dramáticamente consciente de las
barreras de su soledad. De allí el proyecto recuperador de las
pequeñas o grandes herencias genealógicas (“son muertos y
están en mí” [47] ),
así como de las estrategias contrahegemónicas –en este caso,
los tropos- con que espiar/representar los mecanismos de poder
que, atravesando las identidades fijas (“No hay más tiempo
que de llenar la boca del horno/ No hay más tiempo que de hacinar
en las trojes!” [48] ), se
ejercen a través de ellas. Al respecto, son paradigmáticas en la
obra, dos configuraciones: el reloj, la veleta.
Mi lectura intenta relevar
signos recurrentes en la obra. En ésta se representa la realidad
como fragmento, resorte, recorte o casilla de dispositivos maquínicos
sistémicos-, como juego de jaulas [49] .
Desde el “viejo reloj” de péndulo, simulacro de casita
del ave tiesa, asida al resorte que la retiene cautiva del tiempo
isócrono -tiempo a través del cual el espacio doméstico es
articulado como pieza clave en la construcción de la subjetividad
colectiva-, desde ahí y hasta el arca que encierra “el daimón
de la casa López”, pasando por El gallo que gira
sobre el eje fijo de la veleta, o por Las ciudades [que]
dan vuelta bajo un pie de granito, el mundo simbólico de
Selva Márquez anticipa las representaciones de Michel Foucault [50] . Es
decir, se anticipa a su concepto de una anatomía política del
detalle cuyo procedimiento -el tabicamiento y la verticalidad, la
pirámide continua- son introductores de separaciones tan estancas
como sea posible para extraer de los cuerpos el máximo de tiempo
y de fuerzas en la aplicación de una tecnología fina y calculada
del sometimiento.
El mundo literario que estamos
abordando denuncia la divisoria entre espacio público y privado,
calle y espacio doméstico, meras cuadrículas disciplinadoras
entre construcciones de género sexual y estamentos sociales. “La
distinción público/privado actuó como un poderoso principio de
exclusión que -según recuerda Chantal Mouffe [51] - desempeñó
un importante papel en la subordinación de las mujeres”.
Hay desde el primer opus una mirada irónica arrojada sin piedad
sobre los falsos esplendores y las encubiertas miserias del
“dulce hogar”: “Las casas cubos de azúcar/ por dentro
cubos de hiel” [52] .
Con idéntico gesto, en “Rito doméstico” [53] repasa
con sarcasmo, subrayando el fraseo, los almidones de aquella
mitología del salón familiar: El amor:/ la flor bajo el
daguerrotipo/ donde ampuloso miriñaque/ donde manos de lilas y
empaque/ de la levita tiesa ante el equipo/ asombroso del
retratador (...) Una letanía de polisílabos abundantes en
consonantes oclusivas (“p”; “t”; “k”) refuerza el
artificio del encierro en la pose (otro cautiverio), en contraste
con los vértigos del mundo: Bate la inmensa mar los
farallones/ Ruge la fiera/ afuera. Parva domus en paz. [54]
Al igual que el cuadrante del
reloj, la cuadrícula ciudadana y su maquinaria ordenadora
ocultan lo que aprisionan. La escritura postula el poder político
-crítico, cognoscente- de la palabra [55] : “Para
saber las cosas que se ocultan/ detrás de rascacielos y de máquinas/
con un temblor de luces en la niebla” [56] .
Ciudad
oclusa: ¿qué oculta?
Quisiera introducir el tema
del cautiverio identitario solapado por las construcciones hegemónicas,
reconocible como isotopía del discurso tanto lírico como
ficcional de la autora -gesto configurador de su escritura en
distintos niveles-, a pesar de ser hasta hoy un punto no
explorado por el discurso crítico. Carlos Martínez Moreno [57] se refiere a una Montevideo del 900 como “espacio
de cautiverio sensitivo”, en tanto que Mabel Moraña [58] alude a las “identidades cautivas” en los 70
en el Cono Sur como punto de inflexión de la crisis del proyecto
modernizador. Ambas lecturas me sugirieron el título del presente
trabajo.
Quiero situar rápidamente
los antecedentes del tema de la ciudad en la obra antes de
detenerme en los aspectos que adopta específicamente en El
gallo que gira.
Dos textos pueden ser
ilustrativos. El poema “Sudario” ya citado reúne en la última
estrofa el motivo de la destrucción de las flores bajo el asfalto
con el de los sueños del yo bajo el “sudario de las horas
que pasan”:“Realidad de las horas que pasan/ también
es sudario que cubre mis sueños”. En la imagen, el tópico
clásico del tempus fugit no puede leerse disociado del
alerta dado contra la naturalización del reloj, moderno
dispositivo de control: chronos mecánico que “devora” [59] el kairós [60] humano, el tiempo psíquico. La denuncia contra
la enajenación humana está tematizada también en un poema muy
representativo de los escenarios entornales al universo ciudadano:
la topografía del buque, símbolo arcaico de la travesía como
tentativa y como posibilidad pero también símbolo fuertemente
historizado para una comunidad trasplantada. En tal sentido
entiendo que “Mascarón de proa”
[61] puede leerse como alegato antiutilitarista puesto
que, desde el principio, la conjunción adversativa “Mas”
hace una advertencia: anuncia que la cariátide, destinada por el
hombre (que manipuló materia y artefacto) a ser heraldo y
mensajera de su sed de conocimiento (“él quiso que trajeras
en tus ojos convexos algún nuevo paisaje que estaba más allá”),
no servirá a esa finalidad, no saciará esa sed (“a tus oídos
sordos/ a tus dos labios quietos.../ tu cuerpo estaba muerto, como
tus ojos muertos”), porque es ya tan solo objeto. No puede
actuar en sustitución de un sujeto, de una mirada selectiva,
porque el sujeto es insustituible. (Las imágenes náuticas del
mascarón, análogas en simbolismo a las del reloj de cuco y el
gallo-veleta -tropos de la oclusión-, tienen una acentuada
particularidad. Se apoyan en la inversión del procedimiento del
oxímoron ya que en lugar de aproximar antónimos, ellas alejan u
oponen sinonimias: buque y horizonte abierto se disocian. La
mirada, oblicua, percibe la oclusión oculta, enmascarada, por la
máquina de navegar.)
Ahora
ahí está la cabeza avanzando en la proa
entrando y emergiendo de las amargas olas.
Parece que avanzara. Y en verdad está quieta
Los hombres de la nave la mantienen sujeta
y si anda la cabeza es que quieren los remos.
Árbol vivo o alma/cuerpo,
el sujeto sujetado es degradado a eslabón-cosa de una cadena
instrumental, desnaturalizadora.
Habemos
así almas como tú, mascarón de la proa.
Almas que fuimos árbol: hojas, sombras y trinos.
Nos hacharon las manos que labran los destinos (...)
Las almas son parangonadas a
objetos toda vez que se reconocen enajenadas a un rol
instrumental. De esta suerte la imagen poética introduce la dialéctica
sujeto-objeto y con ella abre la posibilidad también a una
segunda lectura: el texto como alegato reivindicativo de la
identidad individual y sus derechos naturales, entre ellos el de
la búsqueda del propio destino. En las últimas estrofas la
comparación distribuye los datos en dos campos: el de lo
descrito, el avance de la embarcación percibido bajo la
apariencia de avance autónomo de la proa y el de lo simbolizado
por la imagen, esto es: la apariencia de movimiento autónomo que
enmascara acciones gestionadas por disimulados mecanismos de
trasmisión (“parece que avanzara, y es que avanzan los
remos ”). La imagen de los remos no enfoca a los remeros
porque no cuentan. Importa la representación del movimiento mecánico:
el dispositivo de la máquina acuática de avance. Los remeros están
borrados por la función del remo. Son fantasmas presos de
estructuras maquínicas, falsas duplicaciones -neblinosas- de los
seres vivos. Un desdoblamiento de este tópico es el motivo de los
tripulantes/prisioneros [62] . En 1948, Max Horkheimer y Theodor W. Adorno [63] teorizarán la operación consistente en la
instrumentalización del mundo y sobre todo, de los otros,
reducidos a objeto por parte de la racionalidad del poder. La
denominarán “dialéctica de la Razón Instrumental”.
El universo representacional de la autora aparece como intuición
literaria de aquellas lúcidas especulaciones.
El gallo muerto en la veleta
El penúltimo texto del
volumen El gallo que gira, “Si llegara la hora de
pedir”, es, como lo sugiere su título, un poema de expresión
de deseo. Condicionalmente, a través de sucesivas fórmulas
aseverativo-afirmativas en la extensión de cinco estrofas, se
expresa qué se desea. Pero en la sexta y última estrofa se
invierte la construcción afirmativa: el yo se expresa por la
negativa, proclama qué es lo que no desea: ¡No la rabiosa
tarde rechinante./ carreta enmohecida/ pasando cuatro ruedas por
el lodo,/ bamboleante y siniestra,/ que se quedó rodando en mi
recuerdo (...)”. Sorpresivamente en el último verso, la
construcción analógica revela a través del término que oficia
como comparante del símil -“igual que el gallo muerto en la
veleta!”- cómo se ha afectivizado por contexto y, por lo
tanto, cómo se resemantiza la lectura del título del presente
volumen. Esto nos interesa particularmente, como es obvio, porque
aquí está comprendido el poema “Dando vueltas”.
El poemario expone el tópico
del movimiento giratorio u oscilante (círculo/rueda/
[manecillas] péndulo ) sobre un eje fijo (veleta/ pie
de granito/ [resorte] vástago ) que, al exhibir el
principio mecánico, evoca simbólicamente la sujeción del sujeto
( yo / la virgen de cincuenta años / los niños
de la calle/ los hombres/ nosotros/ alguien) al dispositivo
cosificador. Y con ello menta, paradójicamente, la inmovilidad
existencial del sujeto sujetado [64] . De modo que las figuraciones de este universo simbólico
se aproximarían al juego inteligente de la ironía, y deberían
tematizarse a contrapelo. Estarían tensadas por el doble código
–analogía e ironía- cifrado, según Octavio Paz [65], en el universo de la modernidad.
A título de inventario doy
cuenta, no exhaustiva, de un posible repertorio tópico.
Los dos primeros ejemplos
pertenecen al segundo libro, Dos: “Al filo de
medianoche/ golpeó la puerta el rapaz/ Temblaba de miedo. El
padre/ caminaba sin cesar/ por la casa, como un péndulo /
tac! Tac! ” (“Cuando vuelva”); “Y yo, atada a mi círculo
/ como una hora al tiempo ”(“El hombre”).
Y los que transcribo a
continuación, pertenecen a El gallo que gira: “Giran
los círculos de fósforo ” (“Instante”); “El
reloj de cuco / que rueda siempre alerta / en el
comedor ” (“De las cuatro esquinas. Norte”); “Damos
vueltas en medio de un círculo endiablado”
(“Salto”); “Y golpeaban los círculos cerrados /
de los cielos ” (“La mudanza”); “Que en el círculo
hermético rueda .” (“Rueda ”); “Donde corren en
círculo los rieles / para el reloj de vagones vacíos
” (“Paz”);“Que se quedó rodando en mi recuerdo
/ igual que el gallo muerto en la veleta ” (“Si llegara la
hora de pedir”).
Si a esto le agregamos que Viejo
reloj de cuco se subdivide en tres secciones -“Las horas de
la ventana”, “Las horas de la estancia interior”,
“Las horas del mundo”-; que la subdivisión de Dos es
binaria -“Día”, “Noche”-, y, aún, que la subdivisión de
El gallo que gira vuelve a ser triple -“Primera
vuelta”, “Segunda vuelta”, “Tercera vuelta”-, la
semiosis numérica es evidente. El cuadrante o esfera del reloj
subdividido por/con números representa el transcurso no fluido
sino cautivo del tiempo ciudadano. Una poética que denuncie
los dispositivos de vigilancia y control naturalizados en la
sociedad moderna tendrá que simbolizar, con sagacidad artística,
el cautiverio del tiempo -código numérico, movimiento de las
agujas-, para poder inducir a un extrañamiento de mirada sobre lo
cotidiano. En el Uruguay emergente de la modernización del
Centenario, la propuesta de Selva Márquez invierte el lema
sarmientino que los nuevos tiempos llevaban cuidadosamente
guardado bajo el poncho: “barbarie o civilización ”.
O, al menos, lo convierte en un verdadero dilema.
Por eso el simulacro -así
se trate del recorte de hojalata sobre la cruz del tejado- motiva
la mirada al sesgo, el distanciamiento. Del mismo modo que el vértigo,
falaz, de las ciudades motiva la denuncia. Siendo la parte
funcional al todo, en la máquina, el desmontaje de uno solo de
sus artificios ayuda a poner al descubierto el sistema de
falsificaciones que cada uno de ellos sostiene y encubre.
Esta poética estatuye como principio de valor la desconstrucción
de las apariencias.
Ello puede contribuir a
explicar de variadas maneras la función del componente
surrealista en su poesía.
Hacer volar los números
El poema “Dando vueltas”
está compuesto por 23 versos largos, mayoritariamente dodecasílabos
o alejandrinos, aunque se encuentren un decasílabo y un endecasílabo.
Sólo hay tres heptasílabos: en la última de las diez estrofas,
la más larga (siete versos) de las que lo componen. Siete de
ellas son dísticos, dos de ellas son versos con autonomía estrófica,
y la décima es de siete. En resumen: son siete estrofas, de dos
versos; dos, de uno; uno, de siete. He marcado con color las
distintas cifras para hacer llamativa la secuencia numérica
(resultante de la correlación métrica), y su efecto de
circularidad. Creo que tal efecto merece subrayarse en un texto
que lleva por título “Dando vueltas”, situado en la sección
“Segunda vuelta” (de El gallo que gira) , y cuyo último
verso termina haciendo mención a los “números que vuelan
”.
Por lo demás, abundan las
rimas asonantes y las repeticiones triples de vocablos (“Apurad!
”; “sueña ”; “enseguida ”), así como de
frases (“No hay más tiempo que de... ”) y de versos
enteros como el primero, que constituye el leit-motiv. El poema se
organiza en tres tiempos o vueltas . Lo transcribo a
continuación ya que es de difícil consulta.
Las ciudades dan vuelta bajo
un pie de granito
Teñido de azul por nuestros
pobres ojos.
No hay más tiempo que de
llenar la boca del horno
No hay más tiempo que de hacinar en las trojes!
Apurad! Apurad! Apurad!
Un niño llora y enseguida
es un hombre!
Esta es una semilla y enseguida es un bosque!
Las ciudades dan vuelta bajo
un pie de granito.
Una silla encerrada sueña
ciervos y piojos,
sueña trinos y rayos, vientos y topos.
El metal del anillo sueña
fuegos en mares,
abrazado a las aguas convertidas en aire.
El papel de la carta sueña
vientos salados,
camisa pescadora que el tiempo hizo pedazos.
No hay más tiempo que de
dar cuerda al reloj
y el polen, como un hombre, ya se multiplicó!
Las ciudades dan vuelta como
un kaleidoscopio
bajo un pie de granito
y girando, girando,
nace del mármol una espiga de oro
la sombra de una hilacha mañana es una estrella
y enseguida, de un canto,
nace una inmensa suma de números que vuelan!
El título del poema es
derivación del verbo conjugado en presente del primer verso y
juega, dándole una vueltaa aquel, con la polisemia de la
expresión apoyada en el gerundio: denota acción continuada de
recorrer en círculos, pero también connota el deambular sin
rumbo fijo. La figura del círculo y el movimiento de
circularidad, o elipsoidal, tematizan no sólo la poesía sino
también la obra en prosa de la autora. Dos cuentos pueden servir
de muestra: “Boomerang” y “Vueltas de rueda” [66] . En contraste, otro movimiento, el de “zig-zag”,
se registra en “Velada” [67] .Allí, la retratista de una ciudad cuyos habitantes
ofician como guardianes cautivos de la norma y sus máscaras ,
rasga el velo del acto de escribir y lo enseña en su desvelada,
íntima, finalidad: significa dar voz a una comunidad imaginada de
voces cautivas que roen impacientes el umbral de la enunciación,
que lo vencen y logran escapar atravesando las mallas de la
escritura. El poema textualiza la tentativa de rescatar la memoria
de los antepasados, dictada por el saber inconsciente, por la
herencia cultural. Son voces-otras que desbaratan, y reorganizan
dinámicamente con su irrupción, el cursus reglado
del verbo ciudadano. En este caso, el libre juego de las voces
fugadas del doble cautiverio (la muerte y la desmemoria), remitiría
a la poética postulada: la recuperación de las genealogías -lo
que Abril Trigo denomina memorias culturales [68] -, en una suerte de “jugada” reconfiguradora de la
identidad en la ciudadanía.
La primera imagen de
“Dando vueltas” es desrealizadora: no sólo asocia realidades
tan alejadas como “ciudades ” y “pie ” sino
que además altera las relaciones lógicas entre los términos
sintácticos al emplear una preposición incongruente -“bajo
”- como introductora del grupo sintáctico nominal “un pie
de granito ”, en lugar de la que sería más previsible. (En
este caso -suponiendo el movimiento adscripto a un eje de rotación-,
correspondería “sobre”.) “Pie” es una referencia
polisémica y ambigua. Según la escuela freudiana constituye un símbolo
fálico. J. Cirlot lo registra como “sombrío símbolo
funerario” [69] , aunque también -en la acepción de pedestal o pilar-
le corresponden “cabalísticamente, las cualidades de firmeza y
esplendor” en tanto “eje del mundo”: “Axis Mundi;
centro del universo, pilar áureo, árbol de hierro, pilar celeste
que une el microcosmos con el macrocosmos” [70] .
El primer dístico
constituye una unidad: el segundo verso abre la posibilidad de
interpretación del primero, así como del texto que inaugura.
Este segundo verso (“teñido de azul por nuestros pobres
ojos// ”) constituye un adjetivo frase del grupo sintáctico
nominal “un pie de granito”. Introduce la idea de ilusión
engañosa en el doble plano de imagen visual y representación
simbólica. Si para los pitagóricos la definición del tiempo
como “esfera que lo abraza todo”, es decir como esfera
celeste, sugiere la idea de perfección, el tiempo-reloj de la
ciudad moderna desmiente la ilusión clásica, persistente en las
concepciones filosóficas contemporáneas, como la del
existencialismo heideggeriano [71] . Así, el sintagma “bajo un pie de granito
” apareja la noción de sometimiento. Bajo la presión aludida,
por alegórica o desrealizadora que se juzgue la imagen, el
movimiento mentado sólo puede concebirse como un remedo de acción.
A pesar de que el cansancio de los ojos -y el pensamiento-
derrotados, tiña de azul ilusorio la visión.
En los tres versos
siguientes -un dístico y un verso-estrofa- se actualiza la
fugacidad del presente citadino. Se trata de un penoso presente de
acciones dependientes. Son textualizadas como alarmada protesta
que el ritmo repetitivo enfatiza.
No hay más tiempo que de llenar la boca del horno
No hay más tiempo que de hacinar en las trojes!
Y se refuerza con la secuencia de tres imperativos:
Apurad! Apurad! Apurad!
Resulta evidente que el
efecto acelerador del ritmo ciudadano transmuta la percepción de
los tempos naturales. El adverbio “enseguida ”,
reiterado en los versos del dístico siguiente, debe leerse como
consigna que apremia a la percepción urgente del mundo y, como
consecuencia, desvirtúa cualquier otra posibilidad, morosa, de
mirada.
Los siguientes tres dísticos,
enmarcados por el leit-motiv (en su primera reaparición) y por la
tercera y última reaparición de la frase “No hay más
tiempo ...”, a la que podría considerarse también un
estribillo, ilustran el efecto desnaturalizador de la opresión
utilitarista sobre la materia primordial que los objetos retienen
cautiva. El texto espía el encierro de la madera en la “silla
encerrada ”, del metal en “el anillo ”, del papel
“en la carta ”. El yo lírico proyecta su rebeldía en
la materia inerte a la que el soplo de la imagen infunde latencia
imaginaria, pulsiones oníricas, el soñar con la libertad de
movimientos -ese objeto de deseo inmanente a la obra-. Esta
secuencia enumerativa minimalista supone una inversión no sólo
repentina sino también violenta de la escala global de apertura.
Del plano gigantista de “las ciudades ” se pasa a la ínfima
singularidad de “una silla encerrada ”, a la microfísica
del “metal del [es uno solo] anillo ”, y al
papel de “la [una sola] carta ”. La nueva
colocación de mirada performativiza el deseo de libertad de
movimiento el cual se percibe como fuerza motriz de la escritura.
Si el ritmo ciudadano inhibe la percepción natural de lo que de
la naturaleza persiste en la cultura, la palabra poética al
desautomatizar el discurso permutando por ejemplo las categorías
de los referentes, busca desregular esa percepción condicionada y
empobrecida, hacer fallar los mecanismos de control del imaginario
dispuestos en/por las ciudades .
Este pasaje confirma el
dictamen de André Breton respecto a “que cuanto más
alejadas sean entre sí las realidades puestas en relación por la
imagen ” más eficaz será el efecto de extrañamiento. Es
posible hace una hipótesis interpretativa de “la casi
imposible aleación de surrealismo y denuncia” [72] , que con acierto se ha atribuido a su obra. El
fragmento en el que me he detenido no sólo textualiza el
vertiginoso deseo, proyectivo, de libertad del yo enunciante, sino
que también puede leerse como relato: la rebelión hiperestésica
de la materia inerte sería la inversión simbólica de la
cosificación anestesiante infligida sobre cuerpos y almas en la
ciudad. En principio, se trata de una eventualidad latente en
todas las configuraciones míticas, en las cuales el sacrificio es
promotor de salvación. Estamos ante la propiedad de bigeminación
del símbolo. Pero la representación tiene su espesor semiótico:
se subleva la materia primordial ya que la sujeción es tan
desnaturalizadora, tan caótica, que opera justo al revés
provocando el despertar del deseo, racionalmente imposible, en la
materia. De modo que, por ser el modelo disciplinador
violentamente inmovilizador, conviene la enumeración surrealista
toda vez que ella facilita la textualización de esa violencia inmóvil
-oximorónica- a través del libre asociacionismo de las
representaciones. El empleo de este procedimiento sugiere,
entonces, una lectura compleja: la sujeción ciudadana de la
naturaleza es metódicamente irracional y, por extremo de
irracionalidad, provoca lo racionalmente imprevisible: el
despertar deseante de la materia bruta. Creo que la “ casi
imposible aleación de surrealismo y denuncia”, que
antes cité, puede ser iluminada por la presente interpretación.
El cierre de esta segunda vuelta
o tiempo del poema está dado por el dístico ya transcrito en el
cual recrudece la angustiada percepción del tiempo. Se observa la
recurrencia de la expresión formularia de alarma y advertencia,
pero en este caso referida al tiempo de dar cuerda al reloj,
objeto-emblema de la modernidad. Toda máquina es subsidiaria del
reloj y podría considerarse a cada una de ellas como un reloj
particularizado. Lewis Mumford [73] afirma que “se hubiera podido llegar a la
modernidad sin carbón, hierro ni vapor, pero no sin ayuda del
reloj”. Es sugerente que el primer poema de la sección
específicamente urbana (“Cuadros parisinos”) de la primera
obra poética de la modernidad (Las Flores del Mal), se
titule, justamente, “El reloj” [74] . La comparación del polen -destinado por la
naturaleza a la dispersión- con la multiplicación indiferenciada
del hombre, sugiere la masificación y pérdida de
individualidad. Quizá también la anomia social. En este caso
habría un irónico contraste subyacente entre la dinámica
social, ciega, y las leyes previsoras del determinismo natural.
Sería una nueva inversión, o vuelta, dada por la lógica.
No es absurdo que el polen se disperse, lo que es absurdo es que el
hombre se multiplique[y disperse], como si fuera polen.
El poema culmina con los
siete versos de la última estrofa, iniciada con el leit-motiv al
cual se le introduce una variante (se le da una vuelta)
al intercalar nexo y término comparante: “como un
kaleidoscopio”. La evocación del juguete, connotativo
de goce o embeleso visual, reinserta el tema de la ilusión óptica
que ya estaba presente desde el comienzo del texto con la frase
“teñido de azul”. Sin embargo, aquí viene
vinculado a la inducción de una posibilidad taumatúrgica
inmanente al movimiento, por más prefijado que sea su ciclo. El
gerundio repetido en el tercer verso -“y girando, girando”-
introduce una serie enumerativa predicada a recurrencia por el
verbo nacer: “nace ... una espiga”; “de un canto,/
nace (...)”. Con reticencia y ambigüedad, el poema
logra una clausura abierta a la recepción lectora.
Si bien la surrealidad de
las imágenes continúa oficiando la denuncia de la
desnaturalización que, a punto de partida del engranaje
ciudadano, puede adquirir dimensiones virtualmente cósmicas, esa
misma técnica visionaria que impone la estética -y la ética,
vitalistas, del surrealismo [75] - produce significados opuestos al código de énfasis
apocalíptico que sería la otra opción configuradora disponible
en el archivo literario [76] . A la hora del cierre del poema el logro consiste en
no cerrar sino en abrir el campo de significaciones posibles,
tanto a través de las connotaciones propuestas por la selección
léxica como por la sintaxis de esquema binario, inductor de la
idea de duplicación y por eso mismo también de lucha, el cual
opera a modo de “la doble luz” ambigua aconsejada por
Antonio Machado [77]. Pero también es abierto el campo de significaciones,
sobre todo, por el cambio radical de la silueta estrófica que, a
nivel de una semiosis viso-verbal del texto, parece indicar la
ejecución de una vuelta suelta del eje de las
regularidades, de una vuelta que vuela, para glosar el último,
sugerente, vocablo de la composición.
Es hora de recordar que uno
de los contextos del poema, el título del poemario, resulta
recuperado según esta lectura en su inquietante y por eso, rica,
ambigüedad. El gallo, que participa del simbolismo general del
animal alado: espiritualidad y poder de sublimación (ya que se
identifica con el alma frecuentemente en todos los folklores y, en
la alquimia, representa las fuerzas en actividad), es también
nuncio del día, mensajero de la jornada, una suerte de mediador
arquetípico. Si bien el gallo epónimo del libro es silueta que
gira sobre el eje de hierro, su fantasma -el movimiento
transformador- sobrevuela al cierre de este poema. Así como para
los alquimistas la posición del ave determinaría su sentido,
también para la voz textual las representaciones son modificadas
por la posición del ojo, como fue advertido desde el segundo
verso. Es decir, son modificadas por el punto de vista. De modo
que este poema sobre las ciudades, en el contexto de este libro
sobre el gallo-guardián cautivo, también tematiza la necesidad
de producción de significados e incita a interpretar desde las técnicas
polifocales de la vanguardia. Estos últimos versos sugieren la
posibilidad de leer no sólo con los ojos abiertos sino también,
me permito la metáfora, con las alas abiertas a las tensiones del
universo textual. Invitan a leer las representaciones de la ciudad
oclusa y sus circuitos inerciales en la página abierta de la
ambigüedad poética: aquello que escapa al orden previsto -cuyo
paradigma es la escala numérica, la esfera del reloj- es lo
imprevisto, el accidente. La circularidad maquínica tiene un talón
de Aquiles: una mínima falla liberaría su energía inercial. Y
junto a ésta, es de imaginarse, se dispararía el acumulado monto
de energía deseante reprimida. Estos últimos versos del poema
invitan a leer las posibilidades vibrantes del deseo, las
clarinadas de la imaginación en movimiento: hechos volar (echados
a volar) los números, rota la máquina/jaula del tiempo
computado, las horas libres ya no serán vacuas, ni se irán
volando.
Montevideo, junio 2004.
[1] Viejo
reloj de cuco, Montevideo, 1936; Dos,
Montevideo, 1936; El gallo que gira, Montevideo, 1941 (poesía).
El daimón de la casa López, E.B.O., Montevideo, 1982
(cuentos).
[2] Alejandro
Paternain señalaba en su poesía “la intensa piedad
por las criaturas débiles, la infancia, los solitarios, los
desamparados”, en el marco de “la transfiguración poética
de su entorno cotidiano”. 36 años de literatura uruguaya,
Alfa, Montevideo, 1967.
[3] Ya Carlos
Martínez Moreno señaló que no ha sido necesario nombrar a
Montevideo para expresarla: Montevideo en la literatura y el
arte, 27. Ed. Nuestra Tierra, Montevideo, 1968.
[4] “Si yo fuera la mano de dios/ levantaba en seguida
el sudario/ que ha cubierto las flores doradas/ el sudario de
asfalto. (...) Nadie sabe, ciudad que apuñalas/ que tus
calles ya son cementerios!” “Sudario”, Viejo reloj de cuco.
[5] “Callecita
de mi barrio/ que no lleva a ningún lado/ Cerrada está por dos
cercos/ de un cabo y del otro cabo.” “La calle cortada”,
Viejo reloj...
. “La
modernización fue el más vertiginoso y complejo baile de máscaras
de la historia cultural del continente”. Beatriz González
Stephan, “Modernización y disciplinamiento. La formación del
ciudadano: del espacio público y privado”. Esplendores y
miserias del s. XIX. Cultura y sociedad en América Latina,
472. Monte Avila, Caracas, 1994.
[7] Sonia Mattalía:
“Sueño y desilusión de la Modernidad: Imágenes de la ciudad
en el fin de siglo latinoamericano”. Beatriz González Stephan,
op.cit., 521.
[8] “Dando
vueltas”, El gallo que gira. Impreso en los talleres de
“La industria gráfica uruguaya”.
[9]
Carlos Martínez Moreno, op.cit., 3.
[10] Gabriel
Peluffo Linari, El paisaje a través del arte en el Uruguay,
Ed. Galería Latina, Montevideo, 103.
[11] S.
Mattalía, op.cit. 520.
[12]
La noria; el mito de Sísifo (con su piedra); etcétera.
[13] Conviene
recordar que el movimiento de la ciudad supuso -según conjetura
Walter Benjamin- “un espectáculo al que la vista hubo de
adaptarse” (Poesía y capitalismo. Iluminaciones 2,
145. Taurus, Alfaguara, Madrid, 1990).
[14] “Márquez:
una sólida narradora”, Opinar, Montevideo, 29/7/82.
Citado por Mercedes Rein (Diccionario de literatura uruguaya,
T. II, 55. Arca-Credisol, Montevideo, 1987) y por Pablo Rocca
(Historia de la literatura uruguaya, T. I, 123. E.B.O.,
Montevideo, 1997).
[15] P. Valéry,
Cahier B 1910, W.Benjamin, 146 (op.cit.).
[16]
K. Marx, Das Kapital. La cita es
de W. Benjamin, 147 (op.cit.).
[17] Gabriel
Peluffo, Realismo social, Museo Blanes, Montevideo: 21.
[Catálogo exposición]
[18] Por
los mismos años tenían difusión mundial Tiempos modernos
(1936) y El gran dictador (1940) de Charles Chaplin.
[19] “Alguien
está llamando”, El gallo... op.cit.
[20]
Una “novela” según Jorge Schwartz. Notas personales
del curso que dictara en la Maestría en literatura
latinoamericana, FHCE, Universidad de la República,
Montevideo, 2001.
[21] “No
un arte naturalista sino un arte férreamente vinculado a la
ciudad: comentando o cantando su vida, poniéndola de relieve,
mostrándola y hasta como guiándola”, J.Torres García, Universalismo
constructivo, “Lección 30”, Feb. 1935.
[22] “El
daimón de la casa López” y “Carta para Sinda”.
[23]
El País, 1/11/69.
[24] Jorge
Ruffinelli, Poesía rebelde uruguaya, Biblioteca de
Marcha, Colección Puño y Letra/2, Montevideo, 1971.
[25]
36 años..., op.cit.
[26] “La
obra de Selva Márquez”, Revista Estudios Nº 103: 6-8.
[27]
Mujeres. Las mejores poetas uruguayas del siglo XX.
MEC-Instituto del Libro, Montevideo, 1993.
[28] P.
Rocca, Historia de la literatura uruguaya, T. II. Op.cit..
[29]
P. Rocca, op.cit., 47.
[30]
P. Rocca, op.cit., 19.
[31] El
gallo..., op.cit..
[32]
P. Rocca, op.cit., 21.
[33]
.H. E. Pedemonte. Nueva poesía uruguaya. Ed. Cultura Hispánica, Madrid, 1958.
[34] Domingo
L. Bordoli: Antología de la poesía uruguaya contemporánea,
Universidad de la República, Montevideo, 1966.
[35] 36 años..., op.cit..
[36] Jorge
Medina Vidal, Visión de la poesía uruguaya en el s. XX.
DIACO, Montevideo, 1967.
[37] E.
Rodríguez Monegal, Literatura uruguaya del medio siglo,
Alfa, Montevideo, 1966.
[38] Á.
Rama, La generación crítica (1939-1969). Arca, Montevideo, 1972.
[39]
Á. Rama. Op.cit, 130.
[40] Revista
Estudios, op.cit..
[41] “Márquez:
una sólida narradora”. Op.cit.
[42] “Márquez,
Selva”, Diccionario de la literatura uruguaya, T.II.
Arca-Credisol, Montevideo, 1987.
[43] “Viejo
reloj de cuco”, Diccionario de la literatura uruguaya, T III,
Arca, Montevideo, 1991.
[44] Mujeres.
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