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Eternidad
del exilio: la poesía de Pedro Lastra
Martha
L. Canfield
Si
tuviéramos que hablar de una generación o de un grupo de
"Poetas profesores", como ocurrió en España con la
generación de Salinas y Guillén, Pedro Lastra, chileno,
nacido en 1932, tendría que ser incluido entre ellos. Por otra
parte, si el fenómeno podía ser excepcional entre escritores
nacidos a finales del siglo XIX, en el siglo XX en cambio, cuando
poesía y poética se enlazan en estrecho vínculo, ya no lo es. Aún
más, una característica del siglo que acaba de terminar es,
precisamente, el mayor desarrollo de la reflexión teórica sobre
la literatura, hecha por los mismos creadores, y la confluencia en
la misma página del lenguaje creativo y del analítico, de la
invención y de la cita, de literatura y metaliteratura. Grandes
ejemplos, asimismo muy conocidos en ambos campos, son el argentino
Saúl Yurkievich (1931) y el venezolano Guillermo Sucre (1933),
compañeros de generación de Lastra. Pero el modelo se multiplica
a medida que nos acercamos a nuestros días: pensemos en Óscar
Hahn (1938), compatriota y amigo de Lastra, o bien en el mexicano
José Emilio Pacheco (1939), que ha llevado a un extremo de
sofisticación el uso del palimpsesto, de la cita y de la
intertextualidad, ya experimentados por Pound, Eliot o Borges.
Pero deberíamos agregar al cubano José Kozer (1940), los
peruanos Ricardo Silva-Santisteban (1941), Marco Martos y Julio
Ortega (ambos de 1942), los colombianos Giovanni Quessep (1939),
Armando Romero (1944) y Augusto Pinilla (1946), los uruguayos
Jorge Arbeleche (1943) y Hugo Achugar (1944), la venezolana Márgara
Russotto (1946) y la boliviana Blanca Wiethüchter (1947); y también
los más jóvenes Luz Mery Giraldo (Colombia 1951), Eduardo Llanos
(Chile 1956), Renato Sandoval (Perú 1957), Jorge Ernesto Olivera
(Uruguay 1964), aunque sabemos que la lista sigue quedando
incompleta. No obstante, urge subrayar cómo algunos de estos
escritores, por pasión crítica y didáctica, casi por un sentido
de misión dado al propio trabajo, han sacrificado en parte su
propia voz creativa, dando mucho más espacio a la investigación:
pienso sobre todo en Ortega, en Achugar, y precisamente en Pedro
Lastra.
Un
breve libro como Noticias
del extranjero (1959-1998), en efecto, nos hace
entender inmediatamente, no solo la calidad de esta voz, sino
también la coherencia de su dictado poético a través de los
decenios, la capacidad de renovarse y a la vez mantenerse igual a
sí misma, produciendo metamorfosis y constantes en una mezcla muy
especial que revela su imagen del universo y de la existencia
mediante inesperadas novedades de la expresión. Al mismo tiempo, se
deduce una conciencia generacional que la larga permanencia fuera
de Chile no ha perjudicado y que surge de su poesía en las
alusiones, por lo general bastante melancólicas, a "nuestra
juventud", así como en los estudios que Lastra ha dedicado a
otros poetas más o menos coetáneos, como Enrique Lihn
(1929-1988) o Jorge Teillier
(1935-1996).
La
generación de poetas chilenos nacidos alrededor de 1930, como ha
observado Eduardo Llanos, quien de ella se considera afortunado
heredero, constituye un fenómeno especial en la tradición
nacional y en el contexto de la poesía contemporánea del
continente:
No
se trata ya, por cierto – y por suerte –, de esos padres
tutelares que marcaron nuevos rumbos para el género en el habla
hispánica (la Mistral, Huidobro, de Rokha, Neruda, Parra);
tampoco se trata de figuras que se hayan sentido en la obligación
de romper con aquellos antepasados (o con otros, como Anguita o
Gonzalo Rojas). Se trata de un grupo que, si bien no parece
propiamente una generación, constituye un estadio de consolidación
de lo que durante la primera mitad del siglo venía articulándose
como nuestra tradición poética y que, en buenas cuentas, es una
especie de antitradición: un espacio amplio y libertario en que
diversos poetas, de concepciones y actitudes a veces
contrapuestas, practican una coexistencia más o menos pacífica
y, sobre todo, productiva.
Tal
vez lo que los poetas jóvenes chilenos heredan muy pronto de esta
generación es precisamente el sentido de hermandad y la clara
conciencia del trabajo colectivo. Por desgracia, como se sabe,
esta actividad es brutalmente interrumpida por el golpe del 73 y
muchos de ellos se ven obligados a sufrir la persecución política,
la prisión, el exilio o la marginación en su propio país, a
menudo acompañada por despidos e imposibilidad de encontrar
nuevos empleos.
Hermandad
y exilio se cuentan entre las constantes más intensamente
desarrolladas en la poesía de Pedro Lastra. En la primera,
entendida de manera muy amplia, se coloca un modo de cantar que
recurre a los poetas que la precedieron evitando la cita erudita y
continuando los temas iniciados por éstos con la intimidad y la
naturalidad de una conversación entre amigos. Por ejemplo, más
que Quevedo, citado en el epígrafe, parece ser Antonio Machado y
su famosa sentencia "cantar es ir al olvido" a lo que
alude la composición "Ya hablaremos de nuestra
juventud". Aquí la palabra que recrea la juventud perdida
nace precisamente del olvido de lo vivido ("confundiendo las
noches y sus nombres"), porque los años que vuelven,
reencarnados en la palabra, no
son los nuestros, son días que llegan desde el mar,
gran metáfora del todo indiferenciado, para volver a su profunda permanencia. Se habla (se canta) de lo que se olvida:
Ya
hablaremos de nuestra juventud,
ya hablaremos después, muertos o vivos
con tanto tiempo encima,
con años fantasmales que no fueron los nuestros
y días que vinieron del mar y regresaron
a su profunda permanencia.
Ya
hablaremos de nuestra juventud
casi olvidándola [...]
Una
famosa imagen de Neruda se asoma en los versos de "Balada
para una historia secreta". "Me gustas cuando callas
porque estás como ausente", rezaba el primer
alejandrino del inolvidable Poema 15; y dicen los versos de
Lastra:
Estabas
y no eras,
hablabas y el silencio:
nunca eres más bella que cuando sé que eres
la que no está conmigo.
Sin
embargo, si en el lenguaje juvenil de Neruda permanecía una
cierta exaltación romántica, en perfecta armonía con su
modernismo epigonal, en los versos de Pedro Lastra la dulzura romántica
aparece quebrada por la angustia de vacío, de ausencia, de sin
sentido que es el signo de su (de nuestro) tiempo. Mientras que
entonces todo podía ser recuperado y vuelto a ordenar como después
de un mal sueño ("una palabra, una sonrisa bastan"),
ahora no hay nada que pueda poner las cosas en orden, no hay un
puente sobre el abismo, no hay redención. Y la ausencia no es una
impresión subjetiva, sino la cruda realidad:
Y
por eso la lluvia, y por eso el silencio
y la fuga que eres, y el vacío y el vértigo
que eres
cuando la ausencia toma tu figura.
A
veces la poesía de Lastra adopta el tono de la evocación, de la
conversación íntima con los maestros-amigos, o con los
amigos-poetas, por ejemplo en las hermosas composiciones dedicadas
a Enrique Lihn, a Roque Dalton, o a su maestro Ricardo Latcham,
"muerto en La Habana". Otras veces elige la
cita literal, o casi literal, pero la combina con personajes
imposibles, que se encuentran saltando el vacío de los siglos o
el espacio intangible entre la realidad y la ficción literaria.
Dice un Don Quijote recreado por él que por suerte existe
"el bueno de Sancho", que ve con la fe y ama lo que ve;
que de no ser así
más
valdría
(como dirá Vallejo cuando yo me haya muerto)
que se lo coman todo y acabemos.
Las
palabras van y vienen; quizás ya no estén acompañadas, como en
su poema precedente, por notas eruditas a la manera de Eliot en The Waste Land; sino que se presentan simple y ambiguamente
evocativas, doblemente significantes, con el sabor embriagador del
largo camino recorrido, de la condición antes encarnada. Parecería
que el poeta hubiera aceptado la afirmación de Gonzalo Rojas,
antimaestro de su generación, según el cual "las palabras
son de todos", y hubiera decidido
moverse lúdicamente en este paisaje verbal, sembrando y
recogiendo frutos que al fin, como la mujer amada en la ausencia,
probarán su propia indecible eficacia en el silencio sagrado:
Escribo el nombre de
Nerval
recuerdo
un verso y lo repito
es su palabra la que digo
la que recuerdo y alguien dice
y no soy yo y el balbuceo
de su palabra es el silencio
(¿quién
habla aquí, quién está aquí?)
Con
Nerval, huésped privilegiado de este paisaje de palabras, se pone
en evidencia otro rasgo característico de la poesía de Pedro
Lastra: la raíz surrealista, afinada y domesticada pero no
desterrada. Junto con Nerval aparecen otros testimonios igualmente
significativos: André Breton, René Magritte, Marcel Duchamp,
Robert Desnos. Pero sobre todo, entre las constantes que tejen una
red de envíos en el conjunto de la obra, se reiteran el motivo
del sueño y las imágenes oníricas, el sueño como tentación y
consuelo, o incluso como trampa, o bien como metáfora del objeto
del deseo, siempre utópico, imposible de alcanzar. El sueño
entonces se vuelve el territorio habitado por desconocidos
deseados que invaden y aniquilan el espacio vital:
y
entonces empiezan a entrar en tu noche
y te miran con sus ojos fijos
y tu sueño es ahora su acuario
un medio difícil para un ser tan terrestre
y no hay tiempo ni espacio para otros prodigios
Como
afirma la breve "Copla", no nos queda más que el
"Dolor de no ver juntos / lo que ves en tus sueños". El sueño substituye la
vida, tanto que el poeta regresa envejecido
de los sueños, y la amada
inevitablemente ausente se encuentra sólo en los sueños:
"Yo sólo puedo hablar con ella en sueños". A tal punto que,
mientras los viejos surrealistas trabajaban
en el sueño, hoy el poeta substituye directamente la vida con la
actividad onírica, definitiva demostración del sin sentido que
ha invadido el mundo en que vivimos:
Instrucciones para la
vigilia
No
te preocupes, ya vendrá la noche,
tratarás de dormir con tus fantasmas
después de un largo diálogo
de palabras cruzadas.
No te dejes ganar por la impaciencia.
Esta
articulada poética del sueño, al final, parece conducir a una
metafísica del sueño, de modo que éste se revela, no sólo una
elección existencial, sino también una condición: que es la
condición humana, pobre substancia destinada al fracaso
y no redimible. Sigue diciendo el poeta:
para
mí
nosotros fuimos hechos a semejanza de la sombra
deformes e inconformes
con
su igual turbulencia
En
la línea de Calderón de la Barca y de Shakespeare, como en
general en la poética del barroco, la
vida es sueño, las personas están hechas de la materia de la
sombra, y por lo tanto también la escritura pertenece al mundo
inaccessible del deseo. En el título de otra composición el
autor la define de manera fulgurante como fascinación del vacío y nos cuenta la historia ejemplar de una
cita fracasada – probablemente con ella,
la siempre ausente –, que al fracasar hace posible la escritura.
Siguiendo estas coordenadas sombrías, la historia se cuenta con
signo negativo – si hoy
hubieras llegado [...] nada me quedaría por escribir –, y
de manera circular, o sea interminable, a partir de ese punto de
fuga, o de encuentro perennemente fracasado, que es la
"carretera del sur":
Si
hoy hubieras llegado
por la carretera del sur,
si hubieras llegado, como te digo,
a la hora en que las apariciones nocturnas
suelen tomar su sitio en la realidad que las supone,
y despiertan a los dormidos
para restituirlos a su pasión original,
nada me quedaría por escribir de esta pequeña historia de viaje
en la que eso no sucede
y yo sigo buscándote en la carretera del sur.
La
espera constante, la ausencia, el sueño, la pérdida como
sentimiento fundador de la escritura y de la vida misma conducen
al tema central y constante de Pedro Lastra: el exilio. Como no
podía ser de otra manera, el exilio es recurrente en la
literatura chilena a partir de 1973 y sigue todavía presentándose.
Lastra también recuerda el dramático evento que transformó sus
sueños en pesadillas:
Hace
tiempo, el país fue invadido
por fuerzas extrañas
que aún siento venir en las noches
a poblar otra vez mis pesadillas.
Yo vivo también en un país extranjero
Pero
este evento en su poesía se difunde y se amalgama con una visión
del exilio como destino existencial y como metáfora de la
existencia. Si provenimos de un paraíso del cual fuimos
expulsados y la nostalgia de ese lugar y de ese estado no tiene
fin, el exilio es eterno. Vivir es anhelar, es probar "cuán
amargo es el pan ajeno y cuán duro camino el que conduce a subir
y bajar las escaleras de otros", como nos enseña el exiliado
Dante. Es por eso que, al fin,
patria y país extranjero se confunden:
Mi
patria es un país extranjero, en el Sur,
en el que vive una parte de mí
y sobrevive una imagen.
Ahora
bien, la clave de este reiterado extrañamiento nos la da el poema
"Puentes levadizos", que el autor ha vuelto a proponer
sin ningún cambio en varias publicaciones a partir de 1979. La
imagen del monarca sin cetro ni corona, perdido en el centro de su
propio palacio como en una prisión laberíntica, indica dramáticamente
la condición irredimible de la raza humana. El rey de Pedro
Lastra, que coincide con el sujeto poético, no sólo no es
reconocido, y por lo tanto expulsado y humillado, sino que al fin
él no se reconoce ni siquiera a sí mismo, y su condena culmina
en este exilio interior, que es la incapacidad de reconocer su
propio rostro. Si Borges ha expresado repetidas veces la idea de
la salvación en el acto sublime de ver el propio rostro, el poeta chileno
expresa la idea opuesta de la condena eterna mediante la clara
conciencia de no conocer el
propio rostro, o el propio cuerpo, la propia mano, los propios
ojos:
¿De
quién pues esta mano
inhábil, estos ojos que sólo ven fronteras
indecisas o el viento
que dispersa los restos del banquete?
Llegué tarde, no tengo
nada que hacer aquí,
no he reconocido los puentes levadizos
y ése que se tendía
no era el que yo buscaba.
Me expulsarán los últimos centinelas despiertos
aún en las almenas: también ellos preguntan
quién soy, cuál es mi reino.
No
obstante, en el desolado panorama de un mundo que ha perdido
dioses, héroes e ilusiones, sigue quedando en pie el principio ético
del amor ("Y el que ame no será castigado"), así como el motor
creativo de la imaginación: la expulsión del paraíso se renovará
siempre, pero junto con ella se renovará también la invención
del paraíso. El reino y el exilio, dos conceptos que se reúnen
en el título de otra composición, son para Lastra inseparables.
El vocablo reino, que
tal vez él identifica con el término rubendariano, probablemente
constituye una cita sobrentendida, o sea el verso "la pérdida
del reino que estaba para mí". Pero por lo mismo lo es
también la reinvención del "reino", o paraíso; y
también la escritura, mediante la cual adquiere forma el sueño
del paraíso recuperado:
El exilio o el reino
Si
algún dios furibundo
nos expulsa otra vez del paraíso
que tú y yo hemos creado
fundaremos una nueva ciudad bajo las aguas
en esos continentes sumergidos
donde no importan las noches ni los días
y todo lo que amemos será nuestro
y todo amor
a nuestra semejanza
Por
esta razón, este poemario ejemplar de Pedro Lastra, condensada
muestra del infatigable oficio de una vida entera, se cierra de
manera emblemática con esa "Arte poética" que resume,
breve y eficazmente, todo lo que aquí hemos tratado de
reconstruir con menos felicidad y más fatiga. Después de ese
poema el autor ha querido agregar tres textos más, dedicados a
Juanita, tres poemas de amor, como para reafirmar ese principio ético
original, ya mencionado. Ello sin embargo no cambia el hecho de
que la verdadera conclusión del itinerario poético se encuentra
en esa declaración-explicación, que puede ser asimismo
considerada como un breve manifiesto y con la cual, por tanto,
quisiéramos concluir estas reflexiones:
Arte poética
En
un cielo ilegible he pintado mis ángeles
y es allí que combaten por mi alma,
y en la noche me llaman de uno y otro lado:
no en el día,
porque la luz les quita la palabra.
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