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Raúl
Henao: el bebedor nocturno
Carlos
Bedoya
Caminando entre eucaliptos por
el sendero que me conduce a la soledad de los fantasmas y al
silencio del campo sembrado de rumores, y tras haber leído varias
veces El Bebedor Nocturno de Raúl Henao, recordé con insistencia uno de
los más hermosos poemas de Apollinaire, “El músico de
Saint-Merry“. Aquel flautista misterioso, errante y hechicero
que arrastraba detrás suyo un enorme cortejo de mujeres de ojos
extraviados que abandonaban sus casas con “las manos tendidas
hacia el melodioso raptor”. Músico demoniaco cuya risa
estremecia las callejas desoladas del corazón humano.
Bien sabemos, desde Baudelaire,
que la risa no pertenece a la alegría paradisiaca. Es, por el
contrario, una fuerza expulsada del cielo cristiano en santo signo
del hervor subterráneo y arma del bailarín satánico. Risa e
infierno se ligan íntimamente, son excesos que descomponen la
estabilidad del asceta. La risa y el infierno (así como la locura
) tienen algo de inhumano, el último hombre no sabe reír. A propósito
del papel transgresor de la risa y su vínculo con el mal, Octavio
Paz ha escrito: “Hace
apenas unos cuantos siglos (la risa) ocupó un lugar cardinal en
los procesos de hechicería, como síntoma de posesión demoniaca;
confiscada hoy por la ciencia, es histeria, desarreglo psiquico,
anomalía. Y sin embargo, enfermedad o marca del diablo, la
antigua risa no pierde su poder. Su contagio es irresistible y por
eso hay que aislar a los enfermos de risa loca”. (Puertas al
Campo, p. 169).
Son escasos los escritores
colombianos (tal vez Rojas Herazo, Gómez Valderrama, Gaitán Durán)
que han intentato sin nihilismo una apertura al infierno. En
Colombia se prefiere de manera vehemente una poesía aérea,
espiritual, por no decir intelectural, marcada por una
predominancia de las ideas (o el “mensaje”) sobre las imágenes,
hábil manera de cerrar puertas a la sensibilidad.
Como ya se revelara en El
Combate del Carnaval y la Cuaresma, Raúl Henao es uno de los
pocos arriesgados capaz de dar el salto y sorprender los juegos
del ángel orgiástico a la manera del convidado a las últimas
fiestas de Belfegor. Así mismo su escritura explora una forma de
expresión completamente desusada en Colombia como es el caso de
la prosa poética.
Forma abierta por el flamenco
Aloisyus Bertrand, Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud y el conde
de Lautrémont.
El infierno emana una forma
fantástica pero acontece en medio del mundo. No se trata de
guardarse en rincones sino de indagar en la penumbra de las
calles, en los bosques, en bares llenos de humo y de música, en
los nenúfares del lago al mediodía, en apartamentos
clandestinos, en castillos desvencijados por cuyas escalas
descienden bailarinas de tacón diamantino o furtivas sombras
tocando el trombón. Armado con el violín del diablo al fantasma
de la poesía escarba en las maletas de la viajera, en las
visceras de los alguaciles. Una risa inagotable penetra por las
ventanas en el billar frecuentado por “un vendedor de corbatas
que mostraba su mercancía consintente en media docena de sogas de
seda adquiridas en los diferentes cadalsos levantados en la
ciudad” (El Bebedor Nocturno, “El Billar”).
La obsesión manifiesta en los
textos de Henao por el infierno y el señor de las tinieblas va
ligada por una fascinación por la mujer y los dioses danzantes de
la naturaleza. Oscilando en la cuerda floja, bailando sobre una
grieta , alguien espera la noche para beber del corazón de las
divas “la esperma derramada en el parque de guerra” (E.B.N.,
(“Un diente de luz”). La mujer es la vibración demoniaca que
le conduce al desván donde sus miembros desarticulados se
iluminan con la risa, el sol nocturno que se burla de sus males y
celebra a puertas abiertas el brillo del goce que gotea del
sufrimiento, ávido de experiencias, de insólitos encuentros. Ríe
“de último y mejor” en el mundo donde la gente de plástico
arrastra su cadáver. Arroja el dado virgen sobre el paño verde.
El azar le lleva, como al filósofo estoisco o el sacerdote
huasteca a masturbarse en la plaza pública, a “bailar con un
hacha en el parlamento (homenaje a los políticos; esos monos del
hombre”. (E.B.N., “Acapite”), o a esparcir la música del
hechizo en el paisaje donde “Un manicurista más fino que la sal
del mar acaricia los pechos de las escopetas inclinadas sobre las
verdes barandas de los puertos que a dichas horas amamantan el
manatí de voz de pastelería” (E.B.N., “Alguaciles”).
Hay un viaje que es del bebedor
nocturno a través de tierras virgenes, en las cuales el goce erótico
permite trascender la muerte, amarla y desafiarla encontrándose
con el río cubierto de juncos y lotos, con la barca del pescador
que vive el eterno presente despierto al vacío maravilloso de la
existencia: “Al fin pescador pero sin el mal olor del cristiano
“(E.B.N., “Sacerdote huasteco”).
El agua, los perfumes, el vino,
las manos, los dedos, las bocas, la música, el baile, el extravío
orgiástico, la contemplación, la desintegración personal, el
gusto por lo que el orden social excluye etiquetándolo como
obceno, en fin, el estado zen la percepción alerta y la sensación
de duda, son algunas de las intensidades encarnadas por las prosas
poéticas incluidas en El Bebedor Nocturno, las cuales poseen un
tono peculiar y más confluyente con cierto aire onírico y sabático,
que la parte segunda, “El Dado Virgen”. Sin embargo,
los poemas de esa segunda parte amplían en buena medida la
perspectiva, el abismo abierto por la aventura del bebedor
nocturno, bebedor que, en la tradición de la transilvania, no es
otro sino el vampiro, el bailarín de cuello duro, disfrazado de
cristal, espejo, ciervo blanco, mujer barbada, o hermosa y cruel
como Sharon Tate en alguna película de Polánski.
Hallamos presente en esta obra
el humor negro, cierta mordacidad , lo imprevisto lanzándonos al
sinsentido y, por otra parte, la manera como la imaginaciónm se
despliega para hacer visible lo oculto, con un lenguaje a la vez
fluido y fragmentado, de imágenes que alcanzan su expresión en
el arduo juego de dar una superficie de palabras a aquello cuya
naturaleza es ser indecible. Pero se trata de producir un
simulacro de la revelación, de la intuición de lo desconocido
para romper las cadenas que nos atan al pasado impidiéndonos la
errancia en el infinito. Y para ello se requiere vencer el miedo,
la culpa, la angustia, la tristeza. Sólo entonces nos acercamos a
lo imposible, asumir la muerte, y el vértigo alucinante del
“Has lo que quieras” rebelaisiano.
El Bebedor Nocturno logra descubrirnos el infierno y otros mundos enclavados
en este desierto de los “derrotadores de muerte”. Allí donde
el postre de la vida se deshace convirtiéndonos en una
multiplicidad seducida por un caos que exige del cazador o el
arquero la mayor serenidad en medio de la tormenta: “En su éxtasis,
los jasidim continuarán cantando y bailando, incluso cuando el
mundo se hunda en la nada. Los santos aún gozarán con un buen
coito, un coito santo, porque ellos son inmunes, incorruptibles y
están más allá de la melancolía y la desesperación” (Henry
Miller, “Pirotécnica vs. La Bomba”).
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