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Raúl
Henao, interprete de sueños
Stefan
Baciu
Hace ya varios años, recibí
enviado desde Medellín, Colombia, un librito de poesía que, a
pesar de sus pocas páginas, era todo un libro, hecho y derecho.
Se titulaba “Combate del
Carnaval y la Cuaresma”, y su autor firmaba Raúl Henao.
Desde las primeras páginas me di cuenta que la voz de Medellín,
esta voz, aunque venía de una tierra de verdaderos poetas y de
poetas verdaderos (en mi lista: Luis Carlos López.(a) El Tuerto,
abuelo honoris causa de los Nadaistas, León de Greiff con todos
sus seudónimos, Barba Jacob, dictador de una república llamada
Acuarimántima), no se parecía en nada a los demás, ni su
mensaje era parecido a los demás colombianos.
Raúl Henao, como se verá
–en estos poemas, no es sólo un originalismo “intérprete de
sueños” (y – tantas veces – de pesadillas), sino, de manera
igual y, no tan sorprendentemente, paralela, oyente solitario de
“los organilleros que corrían en la noche”, primo-hermano del
“ladrón de la mona lisa”, secretario privado de la “viuda
de un bosque de charol” , novio eterno de “una tímida dama
china” (la encuentro a veces, por las tardes, con su parasol, en
la calle Nuuanu en la Isla Oahu), cliente permanente de “un
vendedor de corbatas”, afilador de cuchillos de “un verdugo de
la revolución francesa” y guarda espaldas de un “barón
feudal”.
Esta poesía que viene de la
misma ciudad donde se habla el caló del Barrio de Castilla (que
es un mundo poético diametralmente opuesto al universo lírico de
Raúl Henao), se singulariza no sólo en Colombia sino en la
producción poética de Latinoamérica, porque Raúl Henao sabe
que “los gobiernos pasan
pero que la policía queda”. Se lo han dicho
“cuadrillas de verdugos que levantan patíbulos sobre la faz de
la tierra”.
En mi carnet secreto, su nombre
escribo con letras de fósforos, queda al lado del de los de Jaime
Saénz, Guillermo Bedregal García (bolivianos los dos, y –por
ende- casi ignorados), Ricardo J. Bermúdez, el gran poeta de
Panamá y, tal vez, uno o dos más.
Con mi chambergo comprado en
Berlín, que tanto le gustaba a mi entrañable amigo Jorge Carrera
Andrade, saludo al poeta de Medellín, que es también, poeta de
Colombia y, en el más puro sentido de nuestra América.
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