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Teófilo
Cid o la razón ardiente
Altenor
Guerrero
Teófilo Cid pertenece a
la familia chilena de los poetas malditos. Acaso sea el más
significativo de ellos, junto con Carlos de Rokha. La imagen de su
vida, a seis años de su muerte, impresiona con una aureola de
leyenda y los jóvenes miran hacia él con cálida admiración. Título
honroso que contados poetas chilenos pueden ostentar. En esto
emula a Charles Baudelaire, su espejo de un tiempo y poeta que
veneró e imitó existencialmente. Como Baudelaire, Teófilo Cid
fue hijo único y como él un edípico incurable. Amó con entrañable
amor a su madre hasta el final de sus días y nunca quiso
destetarse de su recuerdo. Su filial fide-lidad le arrancó poemas
estremecedores. ¿Pero cómo explicar la malditez de Teófilo Cid,
siendo que ella no es una herencia sino una quebradura de su
acontecer vital? Cada poeta maldito tiene su historia íntima,
intransferible y personal. La de Teófilo es dramática y acaso única.
Tal vez ella explique dialécticamente la evolución poética de
un joven que lo tenía todo y todo lo perdió por decreto
voluntario. El juego de la poesía, ejercicio de su adolescencia
felíz, acabaría en el fuego de la vida, poesía verdadera y
vocación de su madurez. Como todos sabemos, Teófilo Cid
contribuyó a fundar el Grupo Mandrágora, sección chilena del
Movimiento Surrealista francés y extendido mundialmente. Mandrágora
se propuso renovar la poesía chilena y también purificarla. Había
en sus miembros, todos pequeño-burgueses y bien alimentados, una
actitud estética novísima y una conducta ética perfectamente
sopesada, todo esto fundido en una pasión juvenil del más noble
cuño. Se vio a la Mandrágora recorrer las calles de Santiago,
con la antorcha de la poesía en las manos, resuelta a quemarles
las barbas a los burgueses y chamuscarles los bigotes a los bueyes
sagrados. Ay de los poetas ri-madores y telúricos, ay de las
poetisas pasionales y de alcoba. Amén de la iconoclastia, a la
hora en que muchos parloteaban en los bares u otros caían en el
pesado sueño de la molicie, ellos traducían, investigaban y leían.
Mejor que mejor. Se hicieron lo suficientemente antipáticos, en
un medio casi aldeano, como para conseguir un abundante prestigio.
Eran temibles y manejaban muy bien el dicterio y la ironía. Por
lo demás, hacían labor y publicaban libros y revistas. Sólo que
estos jóvenes, insolentes y cultos, se parecían demasiado a sus
maestros afuerinos. Uno quería tener el estilo de Eluard, otro el
aliento de Breton y el de más allá una particularidad de Aragon.
Convengamos en que los madragóricos realizaron un milagro:
transformar la aldea de Santiago en una ciudad internacional,
cosmopolita. Exposiciones, conferencias, asaltos culturales,
revistas detonantes, etc. A todo esto, la juventud los dejaba con
su tren fugaz y quimérico. Pasaba mucha basura y tiempo bajo los
puentes del Mapocho. Santiago no era París, ni los jóvenes
chilenos iban a estarse toda la vida haciendo los terribles. La
autenticidad, con su conciencia de fondo, reclamaba por sus
fueros. El proceso que relato no fue tan sencillo ni breve y sólo
a treintaicinco años corridos puede reducírselo a una síntesis
aproximada. El hecho es que la Mandrágora jugó un papel
importante en el desarrollo de la última poesía chilena. Teófilo
Cid, siguiendo el hilo de Ariadna de su poesía, la propia e
ineludible, abandona la Mandrágora en busca de su ser: el llamado
de su individualidad como poeta y chileno de raíz. Ulteriormente,
el AGC de la Mandrágora no incluiría la c teofilesca. ¿Es que
iba él, Teófilo Cid, a girar indefinidamente en torno a la noria
ancilar de un grupo con limitaciones de escuela, ciertamente
cerrado? He aquí una clave de su vida y de su poesía, hasta
ahora separadas, y que debía fundir en una sola, vertiente
central de su personalidad sólidamente integrada. Comienza a
desconocerse y a desconocer la sociedad que lo prohijaba: una
burguesía aparentemente generosa con el sicofante y el asentidor,
y que le había abierto, en su caso por razón de su talento, las
faltriqueras del éxito a través de una carrera diplomática que
se prometía brillante. ¿Cómo conciliar el desarreglo de los
sentidos y la rebeldía, con el arreglo y la sociedad económicos?
¿Es que la poesía era sólo un juego que aplaudían los snobs y
vecinos culturados? ¿Y dónde quedaba el modo vertical de vida,
la libertad sin mediaciones, el auténtico delirio creador, la
verdad sangrante, la exploración honda y acendrada de la propia
esencia personal? Teófilo Cid resuelve, con un gesto definitivo,
tirar por la borda el lúdico objeto que admiraban sus amigos y
termina por caer de bruces en la hoguera abisal de su vida, método
más profundo y eficaz para salvar su condición de poeta y con
ello perdurar. En el sacrificio del fuego está su rescate, en su
inmolación vital está su ejemplo. Nadie pide prestado un
temperamento y Teófilo Cid lo tenía avasallador y robusto.
Se penetra al mundo por un
lugar de la tierra y en un instante del tiempo. Teófilo nace en
Temuco cuando la Primera Guerra Mundial hacía estallar los bellos
pero mortales obuses de Apollinaire. Después le toca ser
espectador de la Segunda y activo sufridor de su prolegómeno, la
Guerra Civil Española en la que actuó como guerrillero de la
juventud chilena, por las calles de Santiago. Vive el nacimiento y
la toma del poder por el Frente Popular. En forma lenta pero
segura, gestor y producto de su propia formación intelectual y
afectiva, Teófilo Cid se va acercando al lugar de su nacimiento.
Era muy consciente y deliberado en sus actitudes fundamentales..
Fue un buen lector tanto de Hegel como de Marx y ellos le enseñaron
a ser dialéctico y la inmunidad contra el inmovilismo y la
esclerosis de la sensibilidad y la reflexión. No podía ser un
fanático y menos un sectario. Su poesía es un modelo de armonía
y sus crónicas, un ejemplo de sindéresis, impregnadas de sabiduría
cultural y humana.
Es el representante más
raro de la promoción de poetas nacidos en la Frontera, a la que
llegó como un hijo pródigo el día que se inclinó asombrado y
lleno de pavor ante el brocal de sus aguas natales. El camino del
Ñielol, poema vasto y coherente, encuentra su germen en un poema
compuesto en la época mandragórica y que Teófilo Cid se extraña
de haber compuesto en trance de escritura automática. Se verifica
el encuentro del poeta con sus reales y auténticas huellas
digitales. Por cierto que no quería ser un poeta más salido de
aquella región, sino entrar al río vivo de la poesía nacional y
chilena. ¿Acaso ser un buen poeta chileno no es pertenecer a la
mejor poesía de habla his-pana? Insertándose en el plasma orgánico
de la poesía chilena, Teófilo Cid resuelve la segunda
contradicción de su vida. Y jamás con un renuncio, lejos de
abjurar su formación y las preferencias que siempre señorearon
su poesía. ¿No escribe Aragon Le Paysan de Paris? Pues
él escribe El Camino del Ñielol, poema que lo afirma y confirma
en su verdad natal. En una entrevista que le hiciera para la
revista “Travesía”, me dijo: “Indudablemente que el paisaje
de la Frontera ha tenido mucho que ver en la formación de muchos
de sus habitantes. Es un paisaje que ha bebido durante siglos
sangre de conquistadores y conquistados y que, a esa
transubstanciación sanguínea, debe gran parte de su
ennoblecimiento. No hay que olvidar que esta tierra, priviligiada
como ninguna otra en el mundo hispánico, tiene más poetas épicos
que Roma y que la misma Grecia. ¿No crees tú que en las cosas
sobreviven las almas de quienes las tocaron y prestigiaron con su
convivencia?”.
No fue un bohemio ni un
predestinado. Construyó su existencia sobre la base de unos
principios que supo encarnar y organizó su obra con los
materiales de una cultura sabiamente elaborada. El bohemio es
desordenado por inculto y el predestinado es un esclavo de su
superstición y mala fe. De aquí que sea falso, por
desconocimiento de lo que pensó e hizo, afirmar que después de
su muerte no queda nada. Apenas su leyenda y unas anécdotas
alusivas. Fue un poeta ambidextro como son los grandes. Vicente
Huidobro, que lo llamaba “mon cher Théophile”, lo consideró
el joven más promisorio de su tiempo. En mi opinión, Teófilo
Cid cumplió la promesa. Su poesía es particularmente novedosa y
delicada, finísima en la buena acepción de la finura profunda.
Nos deja poemas definitivos acerca de la noche y el amor,
palpitantes exploraciones sobre el ser eterno y actual,
desgarrados trozos de su vida cifrada en esencia y el registro
emocionante de su tránsito santiaguino.
Hay más. Ahí está su
labor en prosa. Buriladas y elegantes crónicas escritas para un
diario matutino y que lo señalan como el más brillante
“croniqueur” de la generación del 38. Comparto enteramente el
juicio de un amigo cuando afirmaba que las crónicas de Teófilo
Cid, en su tiempo apacible y de buen pan, lograron opacar los
jueves de Joaquín Edwards Bello. No repetimos aquí la inquietud
que sintió el gran cronista ante las arremetidas del poeta. Hay
una que traspasó sus límites y llegó a la frontera del ensayo,
acerca de la poesía de Pablo de Rokha, certera y magistral. ¿Y dónde
está, me pregunto, su obra novelística: “Pacto para
Noviembre”, “El País de las Luciérnagas” y “Tarde en el
estadio”? ¿En qué manos estarán sus “Poemas de la Calle”,
de los cuales leyó uno en un recital organizado por la Asociación
de Escritores en Huérfanos 11 y tantos? Teorizó y dio
conferencias acerca de poesía y autores que darían para un tomo,
necesario y útil a las nuevas generaciones. Viajó a Estados
Unidos y sus artículos de viaje son un acertado diagnóstico,
todavía válido, del país del norte. Obtuvo el Premio Municipal
con una obra de teatro, Alicia ya no sueña, escrita en colaboración
con Armando Menedín y representada por un conjunto de empleados
del Ministerio de Relaciones. ¿Dónde estará “La Razón
Ardiente”, un libro de poemas que recoge gran parte de su obra
poética y de la cual “Nostálgicas Mansiones” era sólo una
parte?
Hemos querido demostrar
que la obra de Teófilo Cid existe concretamente y está a la
altura de su leyenda personal. Repetimos que fue un poeta
ambidextro y que no se dispersó, como podría pensarse con ánimo
frívolo y desaprensivo. Desarrolló, no hizo más ni menos que
eso, las múltiples vetas que atesoraba su talento universalista.
El poeta puede escribir con fortuna la prosa y narrar con gran
calidad. Pareciera que este proceso no es reversible para el
narrador escueto.
Teófilo Cid nació en
Temuco, 1914. Publicó Bouldroud (cuentos, 1942); Nuestros
amigos los poetas (Antología, en la revista “Clío” del
Departamento de Historia y Geografía, 1944); El tiempo de la
sospecha (Nouvelle, 1952); Niños en el río (Poema,
1953); Camino del Ñielol (Poemas, 1954); Nostálgicas
mansiones (Ediciones “El Viento en la Llama”, 1962); Alicia
ya no sueña (Teatro, en colaboración con Armando Menedín,
1965).
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